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El derrumbamiento de la Norte del Perdido

Hace algo más de un año, serví un trabajo donde se relataban los pormenores del rescate tras el accidente en los séracs del Monte Perdido de 1953. Entonces aún no lo sabía, pero aquello constituía un flagrante ejercicio de “construir la casa por el tejado”. En efecto: la amable Hija del Capitán, Conchita Grávalos, me proporcionó con posterioridad la reseña oficial sobre dicha tragedia, confeccionada en su día el Ejército. Buceando por este dossier puede reconstruirse cómo discurrió la última escalada de los capitanes Grávalos y Pérez-Santacruz. Un texto tan triste como imprescindible para nuestro alpinismo…

 

Entremos ya en materia. Como era del todo lógico, la Escuela Militar de Montaña redactó el correspondiente “Informe sobre el accidente sufrido en el glaciar del Monte Perdido por una patrulla de profesores de este Centro durante los ejercicios y marchas de fin de curso el día 21 de julio de 1953”. Por lo que se constata después de leer sus diecinueve documentadas páginas, lo hizo en caliente: transcurrido poco más de un mes de la tragedia. Es de suponer que, en esencia, a partir del testimonio de los dos tenientes supervivientes: Emilio Pradillo y Manuel Vicario. Seguramente, los otros tres militares presentes en el Marboré también aportaron sus respectivas visiones para completar el cuadro del desastre.

 

La secuencia de los hechos se iniciaba en Pineta un 20 de julio de 1953. Las maniobras arriba citadas encuadraban entre sus participantes al propio coronel director de la Escuela Militar de Montaña, más siete de sus profesores, dieciocho alumnos, una decena de suboficiales y una sección de soldados de los esquiadores-escaladores. Su vanguardia avanzó hasta la Plana del Marboré con objeto de reconocer la posibilidad de que alguna cordada escalase la Cara Norte del Monte Perdido, en tanto que el grueso de la columna atravesaba el Cuello del Cilindro y accedía hasta Góriz. Los profesores de la EMM que lideraban la primera opción eran los capitanes Mateo Grávalos y Daniel Pérez-Santacruz, secundados por los tenientes Emilio Pradillo y Manuel Vicario. Con ellos ascendieron unos alumnos, los tenientes Luis García López, Mateo Escalas y Alejandro Lozano, quienes planeaban patrullar la frontera por el sector de Tucarroya. Los siete oficiales plantaron sus tiendas en el Balcón de Pineta. Al día siguiente, el resto de la columna se allegaría hasta el corazón del Marboré desde el fondo del valle del Cinca… Pero ya es tiempo de pasar a la crónica de esa escalada fatal que, con toda probabilidad, presentaron a sus superiores los tenientes Pradillo y Vicario:

 

“La ascensión al Monte Perdido por su Cara Norte ofrece un gran interés desde el punto de vista de la técnica de montaña. En efecto: tal ascensión supone realizar una escalada en hielo, para franquear las barreras de séracs que conducen a la zona glaciar inferior; atravesar luego éste, aplicando la técnica de travesías de glaciar; escalar en roca, para alcanzar la zona glaciar superior y, finalmente, ascender de nuevo por roca más o menos descompuesta para situarse, por fin, en la cima, a 3.355 metros sobre el nivel del mar.

 

”El día 21, alrededor de las 05:30 h, la Patrulla Grávalos iniciaba la marcha en dirección a la cascada de séracs. La patrulla iba dotada del material adecuado para escalada en hielo: clavijas y mosquetones, crampones, martillo de tallar y cuerdas. A la misma hora, la Patrulla García López se dirigía al pico y collado de Tucarroya, después de haber cambiado a distancia unas palabras de salutación con los profesores, deseándose mutua suerte. Al cabo de media hora de ascensión por el helero, la Patrulla Grávalos se encontró al pie de la cascada de séracs, por donde debía realizar la escalada, eligiéndose la vía tras un breve examen. Es el momento en que los cuatro miembros de la cordada se calzan los crampones, en cuya operación, por cierto, se desprende una punta a los del teniente Vicario. La ascensión se inicia por la parte derecha de la cascada, siendo fácil y rápida la progresión en los primeros momentos. Más tarde, al ganar altura, aumenta la pendiente de la pared de hielo y la dureza de éste, lo que se traduce en mayor lentitud, riesgo y fatiga, al tener que tallar continuamente escalones en posición forzada y bajo una verdadera lluvia de agua helada procedente del deshielo, que iba en aumento, a pesar de lo temprano de la hora y de no recibir aún los rayos solares aquella parte del macizo del Monte Perdido. Cuando la patrulla casi había superado la cascada –pues solo faltaban cuatro o cinco metros para llegar a la primera plataforma glaciar– se presentaron dificultades insuperables; la dureza del hielo era enorme, la pendiente de la pared pasaba de los 70º y, por otro lado, sordos y prolongados rumores indicaban hundimientos internos de aquel caos de séracs, presagiando inminentes desprendimientos en la zona donde se encontraba la patrulla. En aquel momento, el teniente Pradillo, en cabeza de la cordada, se encontraba a unos metros del borde superior de la cascada, asegurado desde un poco más abajo por el resto de la patrulla. En vista de la inutilidad de sus esfuerzos y de que no parecía prudente intentar salvar aquellos metros de pared lisa apoyándose solamente en las puntas delanteras de los crampones (que no ofrecían muchas garantías después de la rotura de una punta en los del teniente Vicario y otra, en plena escalada, en los del capitán Grávalos), y de que al transcurrir el tiempo el peligro de un desprendimiento se podía considerar como probable (a juzgar por los crujidos, deshielo abundante y caída de trozos de hielo), el teniente descendió hasta una pequeña oquedad, protegida por una visera, donde se encontraban sus compañeros, decidiéndose allí la retirada por el mismo itinerario de ascensión, aprovechando los escalones tallados en la subida con ánimo de realizar por otra vía el reconocimiento del Cuello del Cilindro, que también se les había encomendado.

 

”En primer lugar, descendieron el capitán Santacruz y el teniente Vicario, asegurados por los dos restantes, hasta una pequeña cornisa situada a unos diez metros. A continuación, inició el descenso el capitán Grávalos asegurado desde arriba por el teniente Pradillo, y cuando llevaba recorridos cuatro o cinco metros, se produjo el desprendimiento espontáneo de dos bloques de hielo de regular tamaño, que sobresalían de la visera que protegía la oquedad antes citada, dando de lleno al capitán Santacruz y al teniente Vicario, a los que precipitó en el vacío, al tiempo que casi simultáneamente se abría una profunda grieta a los pies del teniente Pradillo, desprendiéndose una enorme masa de hielo que arrasó en su caída a éste y al capitán Grávalos, que descendía en aquel momento. El capitán Grávalos quedó aprisionado a gran altura, en la pared vertical de hielo que produjo el alud, cerca del lugar en que fue sorprendido. El capitán Santacruz fue arrastrado y quedó empotrado en una pared de hielo, a unos treinta metros por debajo del anterior, en su vertical. Los tenientes Pradillo y Vicario fueron proyectados y arrastrados entre los bloques de hielo a varios centenares de metros del lugar de la rotura.

 

”Alrededor de las 08:30 h, la Patrulla García López descendía del collado de Tucarroya, después de haber reconocido éste y el pico del mismo nombre, cuando un ruido lejano y estruendoso les hizo dirigir sus miradas al glaciar del Monte Perdido, observando entonces la caída de un alud en la zona de la cascada. No sabían cuál era en aquel momento la situación de la patrulla de profesores, pues no habían observado su ascensión. Hicieron comentarios sobre ello y se dirigieron a paso vivo hacia el campamento, oyendo entonces voces de socorro que al acercarse más identificaron como del teniente Vicario, lo que les hizo comprender que el alud había sorprendido a la Patrulla Grávalos […]”.

 

Hasta aquí, la reconstrucción de la escalada. Pero el texto del accidente se complementaba con el de las primeras operaciones de rescate acometidas por el teniente Escalas y su grupo. De este modo las explicó el referido oficial en su informe:         

 

“Al oír las voces del teniente Vicario marchamos corriendo hacia la zona de la cascada, oyendo por el trayecto nuevas voces a las que contestamos diciendo que íbamos en su auxilio. Al llegar a la zona inferior del helero adonde habían llegado los últimos, y nieve producidos por el alud, descubrimos al teniente Vicario medio aprisionado entre bloques de hielo de distintos tamaños. Quisimos sacarlo del helero y llevarlo a sitio seco, pero al intentarlo, debido a la fractura y contusiones que tenía, se le producía un gran dolor, por lo que desistimos, limitándonos a dejarlo en buena postura, abrigándolo con nuestra ropa […]. Cuando García López comenzaba a descender, descubrió al teniente Pradillo, malherido, casi inconsciente y semienterrado entre el hielo. Nos avisó de su descubrimiento y acudimos, desenterrándole y auxiliándole entre los tres […]. Como el teniente Pradillo tenía atada la cuerda de seguridad de la patrulla y desaparecía bajo los bloques de hielo, tratamos de remover estos sin conseguirlo, con la esperanza de hallar a alguno de los que faltaban, cuando se oyeron nuevas voces que, al parecer, procedían de la parte superior de la cascada, adonde me dirigí subiendo por el helero y después de escalar una pared lisa, de roca, continué ascendiendo por un tubo hasta una pequeña plataforma desde la cual divisé al capitán Grávalos en mi vertical y a unos treinta metros por encima, empotrado en la pared de hielo producida por el desprendimiento, con la cabeza, busto y brazos fuera, pudiendo observar que movía estos. Le grité que pronto iríamos en su socorro […]. Tuve que permanecer en la plataforma, pues al no disponer de crampones, no me era posible intentar la escalada por aquella pared vertical de hielo, observando, por otra parte, la existencia de una cornisa que amenazaba desplomarse y que era frecuente la caída de bloques de hielo animados de la gran fuerza por proceder de la parte superior de la cascada. Allí estuve, pues, hasta la llegada de los primeros elementos de socorro de la columna, a los que indiqué el sitio donde se hallaba el capitán Grávalos”.

 

En este punto, quienes deseen conocer el colofón de la tragedia del Monte Perdido, pueden enlazar con el texto previo sobre “La Hija del Capitán” del mes de diciembre de 2010… A modo de implemento, me limitaré a transcribir la nota que se publicó sobre este “Accidente lamentadísimo” en El Pirineo aragonés del 25 de julio de 1953:

 

“A las 09:30 h del pasado martes 21, el capitán de infantería de la Escuela de Montaña, don Mateo Grávalos Riera, y el también capitán, médico, don Daniel Pérez-Santacruz, murieron en acto de servicio al realizar ejercicios de escalada en el glaciar del Monte Perdido, con motivo de la marcha y ejercicios de fin de curso. Desprendiose sobre ellos un enorme alud de hielo y sucumbieron dolorosamente ambos dignos militares. Los tenientes de infantería, don Emilio Pradillo Esteban y don Manuel Vicario Polo, víctimas también del mismo accidente, ingresaron en el Hospital de Jaca, con fracturas y heridas de pronóstico grave. Allí continúan perfectamente atendidos y con nuestro deseo de un rápido restablecimiento. La evacuación de todos ellos resultó penosísima, agotándose todos los procedimientos de salvamento, llevados a cabo en condiciones de gran peligro, por la amenaza de desprendimientos de nuevos aludes […]. Ha producido una dolorosa emoción en la vida militar de la ciudad, que, muy impresionada y por cordial ruego del Alcalde, cerró las puertas del comercio y ofreció su tributo en una enorme masa de ciudadanos, donde figuraban todas las clases sociales. En la tarde del miércoles tuvo lugar el entierro, siendo conducidos los cadáveres desde el Grupo Escolar hasta la Catedral, presidiendo el duelo el señor obispo de la diócesis, doctor Hidalgo Ibáñez, el prestigioso general Esteban Infantes, varios ilustres generales con el Capitán General, señor Franco Salgado, el coronel director de la Escuela Militar de Montaña, señor Vicario, el rector de la Universidad, señor Sancho Izquierdo, y otras muchas personalidades, llevando todos en el rostro reflejos de la tristeza y la pesadumbre que sentían […]”.

 

En el plano alpinístico, hay que decir que ésta sería la última escalada en la mítica Norte del Monte Perdido…, justo cuando se venía abajo para interrumpir su histórica continuidad. Una ruta clásica donde todos los grandes del pirineísmo se habían medido desde su apertura por Roger de Monts, Célestin Passet y François Bernat-Salles, el 19 de septiembre de 1888. Aquella época dorada se clausuraba de modo luctuoso con la muerte de los capitanes Mateo Grávalos y Daniel Pérez-Santacruz. La vía de los séracs al completo pasaba así al universo onírico de los lugares desaparecidos para siempre…

  1. Y dejo por aquí otro añadido complementario. Lo aportaba Agustín Faus desde su, por ahora, última obra, “La larga excursión” (2012). Esto decía el veterano montañero barcelonés sobre sus contactos con el capitán Grávalos:

    “Un año más tarde (julio de 1945) fui al Pirineo aragonés, formando parte de un grupo de montañeros de Barcelona y Madrid, seleccionados por la Federación para acudir a una invitación de la Escuela Militar de Montaña de Jaca, recién fundada, a fin de estrechar lazos entre montañeros y militares de montaña. Fue una buena experiencia en la cual conocí a muchos militares que hoy son historias: […] y especialmente al capitán Grávalos, que se hizo muy amigo mío y de todos en el transcurso de muchas salidas en agradable amistad por las montañas de los alrededores. Grávalos tenía que morir unos años más tarde durante una escalada en el glaciar de la cara Norte del Monte Perdido. Y su hijo, recién nacido entonces o puede que sin haber nacido todavía, llegaría en el tiempo actual a ser, él también, el buen amigo mío coronel Antonio Grávalos, director en un largo tiempo de la Escuela Militar de Montaña”.

  2. ¿Queréis ver las imágenes que podrían acompañar a esta entrada…? Pues nada más sencillo si os hacéis con la siguiente publicación:

    MARTÍNEZ EMBID, Alberto, “Tragedia en el Monte Perdido. El desprendimiento de sus séracs septentrionales en 1953”, en: Revista Ilustrada de Montañismo Peñalara, 542, 4 trimestre 2012. Pg. 199-203.

  3. Me parece muy interesante este ejercicio magistral de recuperación de la historia menos conocida del Pirineo que llevas a cabo, Alberto. Tu incansable esfuerzo para iluminar un inmenso mar intrahistórico (siguiendo a Unamuno) en el que se viven experiencias tristes, conmovedoras, divertidas, solidarias, picantes…, y al que la mayoría de los mortales pertenecemos. Sí, hay unos nombres y unos hechos con mayúsculas, que nos ayudan a comprender las líneas maestras de la historia pirenaica, pero en las voces y acontecimientos menores encontramos algo mucho más importante: un estímulo vital, un ejemplo para aprender sobre lo humano. Gracias por tu valiosa labor de auténtico carácter humanista.

    Por cierto, aprovecho el tema del artículo para preguntar por la primera (o primeras) española a la cara norte del Monte Perdido. Confieso mi total ignorancia al respecto. Da la impresión que en la fecha de la historia que relatas ya era una vertiente más o menos conocida por parte de los pirenaicos del sur, ¿o era una excepción?

    • La crónica de las primeras aventuras hispanas en la cara Norte del Monte Perdido brinda páginas fascinantes… Protagonizadas por paisanos tuyos, Jaume…
      Según Agustí Jolis, quienes realizaron el tanteo más madrugador fueron Lluís Estasen, Albert Oliveras y Josep Rovira, en 1932. Pero el mal tiempo les forzó a desistir para buscar un escape… Otra cordada de “ilustres” se haría con este trofeo en agosto de 1941. Más en concreto: Josep Blasi, Ernest Mallafré, Josep Piqué y…, la siempre aguerrida Carme Romeu. Si tienes curiosidad por saber por dónde andaba la vía de entonces, nada como acudir a la página 161 del libro de Jorge Ferrera sobre las “Cumbres pirenaicas” (1951).

  4. Impresionante!!. Son historias humanas que dan para un magnífico guión cinematográfico y que nos recuerdan que para saber hacia donde vamos, siempre debemos tener claro de donde venimos. Un placer leerle.

  5. PEDAZZO DE HISTORIA,ME ENCANTAN LAS HISTORIAS DE MONTAÑA DE AQUELLOS TIEMPOS…

  6. Vale pero me suena que esta historia de los capitanes alcanzados por el desprendimiento de seracs ya la has relatado, ¿no?

    • Bueno, “Perro Viejo”; yo no diría que me he repetido precisamente. Creo, más bien, que he rematado una secuencia incompleta… En “La Hija del Capitán”, publicado el 9 de diciembre de 2010, la historia empezaba justo donde acaba ésta. Ya he dicho por aquí que “había construido la casa por el tejado” (mea culpa, mea culpa), aunque no por gusto, sino porque hace quince meses solo tenía la versión de quien subió desde Pineta tras el accidente, no las de quienes estaban allí y lo vivieron más o menos cerca. Tampoco pierdas de vista el hecho de que se trata de un tema no demasiado conocido.
      De todas formas, como soy bastante retorcido, voy a seguir dando marcha atrás en el tiempo con el siguiente texto. Sin abandonar la “Norte” del Monte Perdido y los temas poco o nada tocados, se entiende…

  7. alberto he leido los dos aretículos que decias y me han emocionado

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