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Una muy triste historia de esquí

Caen ya las primeras nieves importantes. Como todos los inviernos, algún suceso luctuoso llegará pronto para teñir de negro las páginas de la crónica alpina. Más que de ser agorero, ahora es tiempo de rogar por la prudencia. Porque, con excesiva regularidad, escucho hablar con ligereza a colegas que no aplazan una salida invernal cuando las condiciones recomiendan quedarse en las Tierras Llanas. Sí; ya sé que no siempre llega la fatalidad de la mano de la negligencia. De cualquier modo, estoy convencido de que la repesca de algún relato duro de digerir puede ayudar para que la sensatez se imponga un tanto entre nosotros. Dicho sea sin el menor ánimo de resultar morboso.

 

Vamos, pues, con el repaso de una de las primeras tragedias del esquí de montaña pirenaico. Femenina, para más señas. Supe de ella a través de la magnífica pluma de Jean-Victor Parant. Quienes hojeasen su Jean Arlaud et le GDJ (1991), seguro que también se quedaron helados al leer las siguientes líneas:

 

“El 28 de abril [de 1938] y en los locales de la calle Gambetta, se representó una revista del Ski Club titulada “Se trabajan las espátulas”, con textos de Arlaud, Prada y Ricard, canciones de Andrau y Gaubert, y música de Kunc, donde destacaba la famosa “Marcha del Ski Club de Toulouse” […]. Jean Arlaud representó dos papeles: el gorrón y el fiel sherpa Sonam Tsering. Participarían en diversos papeles: Odile Castet como la esquiadora de antes de 1914; Juliette Péré como la esquiadora lapona […]. De los maquillajes se ocupaba la Maison Louise et Rosy; la decoración y accesorios fueron amablemente proporcionados por la ciudad de Toulouse, los almacenes Au Capitole y el Conservatorio de Música. Con la primavera [de 1938], llegaron las malas noticias. Hasta ese momento, Arlaud no había sufrido un solo accidente mortal durante sus ascensiones. Deseando subir con esquís al Aneto a pesar de lo azaroso que resultaba penetrar en un territorio español cerrado durante la Guerra Civil, organizó una expedición que pasó por el puerto de la Glera para evitar los controles franceses en el Hospice de France. Le acompañaban tres buenas esquiadoras: Juliette Péré, Thérèse Grillet y Odile Castet. Esta última desapareció bruscamente entre la niebla y la nieve que caía. Solo al día siguiente, tras una noche de búsquedas, hallaron su cuerpo. Este primer accidente grave y la personalidad atractiva de la víctima afectaron profundamente al responsable de la marcha”.

 

A pesar del tono trágico del párrafo, reconozco quise saber más de un tema que se salía de lo habitual. No iba a ser difícil. Como de costumbre, el pirineísmo galo, siempre tan bien documentado, difundió en su día un relato al detalle del accidente. Quizás, demasiado pormenorizado. En fin: arranquemos ya nuestro viaje hacia esa rinconada cruel, amarga y fea del Pirineo…

 

Con la II Expedición Francesa al Karakorum prevista para el mes de marzo de 1939, el esquí de montaña iba a cobrar un relieve inusitado. Tras el chasco en el Hidden Peak de 1936, los galos habían clavado sus ojos en otros objetivos del Baltoro, pero esta vez con tablas y focas. En una de las salidas de entrenamiento de su futuro jefe, el doctor Jean Arlaud, arribó la fatalidad. Cederé la palabra sin mayores preludios al interesado, quien publicaría el siguiente informe en el número 5 del órgano del Groupe des Jeunes, “De Sac et de Corde”, correspondiente al mes de mayo de 1938. Unas líneas más en caliente, imposible:

 

“En la mañana lluviosa del 17 de mayo de 1938, abandoné Luchon a las 7:00 h junto con Odile Castet, Thérèse Grillet y Juliette Péré, con objeto de subir al Aneto con esquís. La Prefectura del Haute-Garonne nos había negado el salvoconducto obligatorio para pasar los controles de los guardias que había en el Hospice de France, por lo que nos vimos forzados a cruzar por el puerto de la Glère/Glera, tan incómodo al principio de la primavera.

 

”Sin embargo, todo arrancó bien: después de haber dejado el coche en el puente de Ravi, penetramos en el bosque del circo de la Glère cuando unos rayos de sol se dejaban ver a través de las nubes. Más adelante, nos resultó delicado franquear una cornisa del camino: había una gran capa de nieve recién caída y unos taludes deleznables habían sustituido al trazado antes plano, con unas avalanchas a punto de desprenderse. Sin embargo, no tuvimos incidente alguno y, hacia las 13:00 h, accedimos con suficiente visibilidad al vallecillo que precedía al collado.

 

”A partir de aquí, todo se complicó. Entre una bruma que parecía guata opaca entremezclada con copos de nieve, continuamos progresando lentamente, realizando largas detenciones cuando nos quedábamos sin referencias visuales, retomando la marcha cuando percibíamos algún roquedo. A pesar de todo, la confianza reinaba entre nosotros y no se planteó la retirada. Realizamos un alto más prolongado que los anteriores cuando debíamos de estar ya muy cerca del puerto, con la perspectiva de un descenso fácil por el otro costado… Acaso, sin nieve. Por detrás, barriendo nuestra ruta de subida, escuchábamos las avalanchas. Alguien se adelantó, para gritar alegremente desde su posición avanzada: ¡He encontrado el collado!. Seguimos, pues.

 

”Se franqueó dicho portal que se abría hacia España, para iniciar el descenso, muy lentamente y con mucha prudencia, marchando más que deslizándonos. Había mucha nieve en esta vertiente sur y sus pendientes parecían bastante vertiginosas. Al menos, en lo que la niebla permitía otear.

 

”Odile, que iba detrás de mí, me adelantó cantando: Para ver, me dijo. Avanzó una decena de metros y, bruscamente, algo se hundió: una fina plancha de nieve se soltó bajo sus esquís y la arrastró. Desapareció en la bruma, si bien nunca dudamos de que sabría detenerse. Nos paramos con ansiedad, tratando de escuchar algo. Solo oímos ruidos de rechinamientos sobre las rocas junto con caídas de piedras: debía de haber por allí algún resalte. Se escuchó un sonido de algo deslizándose, y luego nada. La llamamos: nadie respondió. No había lanzado el menor grito, ni siquiera llegó a esbozar uno de esos gestos desesperados que suscita el instinto de conservación. Algunos claros entre las nubes permitieron intuir una pendiente sin fin y terriblemente vertical.

 

”La seguridad de las demás exigía que diese inmediatamente la vuelta o que, al menos, esperara a que escampase de forma más clara. Pero no era esa la cuestión: era preciso tratar de socorrer de inmediato a nuestra camarada. Como seguir con los esquís era demasiado peligroso, los dejamos allí e iniciamos un descenso con cuerda. Juliette pasó la primera, excavando peldaños profundos que horadaban la nieve fresca para buscar puntos de apoyo más seguros en la nieve asentada. En cuanto se le acabaron los veinticinco metros de cuerda, Thérèse la siguió por el mismo procedimiento. En cuanto vi que ambas se habían detenido, las seguí, asegurándome con el único piolet que llevábamos. Tales maniobras se fueron sucediendo de forma interminable. Las nubes acabaron disipándose por abajo, dejándonos ver un auténtico abismo de paredes blancas que solo era verde por el fondo, así como un paisaje que no lográbamos identificar con el valle del Ésera. Siempre llevamos por uno de nuestros costados la huella de una caída que parecía no tener final.

 

”La noche cayó y, siempre en descenso, vimos cómo cierta claridad indecisa se mostraba por el oeste. Pero ese resplandor llegaba por nuestra izquierda y, si fuésemos hacia el sur, hubiera debido de aparecer por la derecha. Así pues, nos hallábamos en la vertiente francesa. Por la izquierda, se adivinaba un amplio corredor de avalanchas: acaso nos permitiese franquear esas barreras rocosas que se presentían por debajo. Lo ganamos tras un avance lateral en el que el aseguramiento resultó precario. Y retomamos el descenso, ya más sencillo. Sin embargo, unas rocas inferiores que formaban una especie de estrangulamiento por donde caía una cascadita, terminaron cortando nuestro corredor. La oscuridad no nos permitía percibir más que una peligrosa verticalidad: imposible arriesgarse por allí en mitad de la noche. Por ello, adoptamos la dolorosa determinación de vivaquear allí mismo. Vivaquear cuando, más abajo, nuestra desdichada camarada acaso estuviera agonizando por falta de cuidados.

 

”No había ni un rellano: todo estaba inclinado a 40º, tanto la nieve como los roquedos. Fue preciso excavar una plataforma en medio del corredor. Ascendí un poco y comencé a tallar con ayuda del piolet. ¿Tendría fuerzas para terminar dicho trabajo? Poco a poco, excavé una bañera. Cuando fue lo suficientemente amplia, Juliette y Thérèse se me unieron. Pudimos dejar allí mochilas. Seguido, los tres nos pusimos a trabajar agrandando nuestro abrigo. Cuando la plataforma fue lo suficientemente amplia como para que pudiera alojarnos pegados, pudimos entonces descansar.

 

”Por fin miramos la hora que era. ¿Era posible?: ¡la 1:00 h! Si bien el accidente se había producido sobre las 16:00 h, habíamos tenido que descender durante siete horas y, seguido, trabajar durante dos más. Por suerte, teníamos los duvets [colchas de plumas] y ya no nevaba. El resto de nuestra corta noche no fue demasiado glacial. Tragamos algunos víveres y bebimos algo de vino, pues era preciso estar listo para las pruebas que seguirían, por lo que tratamos de adormecernos. Pero estábamos demasiado angustiados como para dormir.

 

”A las 3:00 h, el cielo se despejó, la luna apareció y su claridad fue poco a poco sustituida por la del día. El frío se atenuó. Aguardamos los primeros rayos de sol para disipar nuestros temores. Hacia abajo, el circo de la Glère aparecía, mostrando justo a nuestros pies el sendero del col de Sacroux.

 

”A las 7:00 h, reemprendimos nuestro descenso, con más prudencia aún que la víspera a causa de la fatiga. Los últimos roquedos aparecieron extraplomados, pero un resalte nos permitió instalar un rápel. Juliette bajó la primera. Después, las mochilas: una vez al pie de las rocas, fueron depositadas en el talud de nieve. Seguido, Thérèse. Tras bajar el último, recuperé la cuerda. Por nuestra derecha, había caído una avalancha reciente. Hacia arriba, pegados contra las rocas, aparecían clavados unos esquís. Más abajo, parecía que una mochila había sido colocada sobre un bloque de nieve. ¿Acaso, por algún designio del azar, nuestra camarada se había salvado? Entonces, deberían verse huellas de pasos. Tomados por una loca esperanza, descendimos… ¡Qué desgracia!: unos metros más abajo, un brazo y una cabeza surgían a través de los bloques de la avalancha. El cráneo aparecía desfondado y todo el cerebro se había desparramado…

 

”Eran las 10:00 h. Desenterramos el resto del cuerpo y lo arrastramos con ayuda de la cuerda hasta un roquedo cercano al sendero, al abrigo de nuevas avalanchas. La muerte debió de ser instantánea: confiamos en que el primer resalte hubiese aturdido lo suficiente a nuestra pobre amiga como para que no fuese consciente del horror de su caída. A las 14:00 h, estábamos de regreso en Luchon […]”.

 

Aquí dejaremos el relato más espeluznante de Arlaud. Quien, por lo demás, tenía sus días contados: falleció, asimismo despeñado, en un sector sencillo de la cresta de las Gourgs-Blancs, el 24 de julio de 1938. Por un horrible guiño del destino, el extraño epitafio que le dedicara a la desdichada víctima del puerto de la Glère, bien se hubiese podido aplicar a sí mismo:

 

“Odile Castet había querido morir joven y en la montaña. Sus deseos le habían sido concedidos. Sin embargo, qué cruel resultaba aquello para quienes dejaba atrás, para quienes amaban en ella la encarnación de la alegría de vivir”.

 

Aún hay más. Respecto al tema de la cercanía en el tiempo y el espacio de ambos accidentes, el doctor Georges Gaubert redactó unas líneas no menos inquietantes en los póstumos Carnets (1966):

 

“En textos consecutivos, aparecieron las narraciones de dos ascensiones dirigidas [por Arlaud], igualmente trágicas: la del 17 de mayo [de 1938] en la que Odile Castet, arrastrada por una placa de nieve, encontró la muerte, y la del 24 de julio [de 1938], en los Gourgs-Blancs, donde falleció nuestro amigo. Extrañas coincidencias. ¡Cuántas preguntas van a quedar sin respuesta! Para empezar, ésta: ¿Arlaud tenía el presentimiento de que moriría en la montaña? […]. Durante la cena del 6 de noviembre de 1937, ofrecida como homenaje por su Legión de Honor, desde el fondo de su corazón nos comentó: Durante estos veinticinco años de montaña, he tenido la suerte de no tener que lamentar ningún accidente grave entre los compañeros que tenía a mi cargo, lo que es un gran orgullo. Pero también nos dijo: Habéis hecho mucho por mí: me gustaría desaparecer ahora con esta aureola que me habéis creado, y desaparecer como tantos montañeros, en el curso de una bella ascensión. ¿Hay que pensar que, unos meses después, la muerte de Odile Castet le pareció una especie de señal? Al descubrir junto a sus compañeros su pobre cuerpo maltrecho, ¿tuvo alguna premonición sobre su propio destino?”.

 

En fin, lo dicho al principio: mucha prudencia para que no haya que redactar trabajos similares en nuestra pequeña familia montañera.

25 Comentarios

  1. Por respeto al protagonista no citaré nombres, lugar ni fechas pero un gran escalador de los Pirineos dirigía un grupo de esquiadores de travesía tambien en un macizo fronterizo. Se desencadenó una avalancha y cuatro de ellos perdieron la vida. El famoso escalador no ha podido superar aquel drama y no ha podido recuperarse anímicamente hasta el punto de perder su estabilidad psíquica y sufrir actualmente una dependencia severa del alcohol. Nunca más ha vuelto a hacer montaña. Aquella masa de nieve se llevó cuatro vidas y el alma de un gran escalador de los Pirineos. Yo lo conocía bien por haber repetido una vía muy dificil del Tozal del Mallo que él habia abierto en 1969. Él tambien trabajaba de guía y en una ocasión coincidimos descendiendo del Pisón de Riglos y uno de sus clientes se quedó bloqueado por el nudo prusik en un rapel extraplomado a unos 40 metros del suelo. Yo ya estaba abajo y me percaté del peligro inminente que corría aquel “cliente”. Bajé corriendo al pueblo y conseguí un cuchillo. Lo até a las cuerdas del rapel. Nuestro guía lanzó otras cuerdas y descendió hasta su cliente, agotado ya y a punto de desfallecer. Se enrrolló las cuerdas a la pierna, recuperó cuerda y se hizó con el cuchillo. Inmediatamente cortó el cordino del prusik y los dos, ya libres, descendieron al suelo. Lo de la avalancha ocurrió unos quince años más tarde. Los nudos prusik para asegurar un rapel, mal manejados, pueden causar la muerte de los escaladores, como Pierre Forn, bloqueado hasta morir en una pequeña cascada de un barranco de Guara.

    • ¡Bueno!: el mochuelo está de vuelta en su olivo…
      Muchísimas gracias a todos por vuestras aportaciones. Un poco más, ¡y nos sale una biografía sobre Jean Arlaud! No autorizada, claro…
      Lo más importante de todo es que, hasta donde me he podido enterar, las páginas de sucesos siguen en blanco en lo que se refiere a sus secciones de montaña. A ver si la cosa sigue así…
      Siento despedir el año (¡el del fin del mundo maya, recordad!) con un tono tan triste… Porque la siguiente entrada, que enseguida colgaré, aún lo es más…

  2. Buff… Menos mal que a mí, por una vez, no se me ha ocurrido cuestionar nada. No me veo luchando contras las fieras acuáticas del frío lago de Gaube.

    Y ahora hablando en serio; es destacable el nivel de mis distinguidos compañeros de tertulia. Siempre respetuosos y con unas opiniones de lo más interesantes y bien argumentadas.

    Un saludo a todos.

  3. Por alusiones (indirectas) y para evitar cualquier equívoco, si lo hubiera. Antes que nada, quiero dejar muy claro mi respeto más absoluto hacia los homosexuales. El tono alegre utilizado -que, por cierto, acostumbra a ser el de esta agradable tertulia- nunca ha ido dirigido, por mi parte, a la persona de Arlaud, fuere cual fuere su condición sexual. Segundo, por supuesto que me tomo muy en serio el tema, porque para mi el pirineísmo es algo muy valioso, no sólo una sucesión de hechos y anécdotas, sino también una cierta sabiduría que algunos montañeros han aprendido de la montaña y han sabido reflejar en sus escritos y en sus actividades; por este motivo, creo que ahondar en los entresijos de la personalidad de Arlaud nos puede ayudar a entender mejor el espíritu que late en su letra (textos y vías, ambas también frecuentadas por mí, y mucho). Sin ninguna duda, valoro su trabajo, que me ha inspirado muy a menudo, pero pienso que para entender los hechos hay que elvarse a las ideas, a las emociones y a las circunstancias que los inspiraron. Es el alma de la obra de Arlaud lo que me interesa de verdad, el alma del pirineísmo. Cuarto, no creo que las fauces gigantes de esos animales norteños ni tan siquiera se figen en la carne marchita de un escuálido y viejo pigmeo. Y ahora sí que me callo, lo prometo.

    • Hey, Jaume… Más para “meterte marcha en el cuerpo” que no por otro motivo, te diré que en la Vertiente Norte suelen seguir nuestras pequeñas piruetas de monicaquillos pirineístas… ¡Ya lo creo! No las grandes masas de “cafistas”, pero sí una variopinta selección de miembros de consejos de redacción de revistas montaraces y de juntas directivas de ciertas secciones del CAF…

      Así es que, mi querido pigmeíllo revoltoso, empieza a poner en orden tus cosas que, si antes no lo remedian los chamanes mayas (según ellos, el 21 de diciembre se cierra todo este cotarro, ¿no?), pronto nos las veremos con el tablón y los escualos hambrientos del lago de Gaube… Por cierto: ¿Nadas bien en aguas frías…? ¿Sabes de algún buen repelente de tiburones…? ¿Conoces versos o cánticos bonitos para la ocasión…? Porque habrá que montar una escenografía wagneriana adecuada…

      Mientras tanto, desde luego que puedes seguir descolgándote por estas páginas para dejarnos tus opiniones, que siempre hacen pensar o sonreír… ¡Qué menos! ¡En el terreno de las últimas voluntades de un condenado, todo está permitido! Yo, hasta tengo pensado qué me pediré como “yantar de despedida” en la Hospedería de Gaube…

  4. Creo que el Jean Arlaud que nos interesa es el escalador pirineísta y sus espléndidas primeras en los Pirineos. He subido algunas rutas de este hombre. Algunas fáciles como la cresta sur del Russell, otras bastante serias como el corredor Jean Arlaud al Posets.
    Bueno, y si finalmente era “gay” ¡eso qué importa!
    Disfrutemos con el legado deportivo de aquel joven médico, apasionado de los Pirineos, donde amó, sufrió, disfutó y finalmente entregó su vida.
    ¡Jean Arlaud siempre vivirá en los Pirineos!

    • Dejad que me imagine la escena… ¿Fecha?: el 14 de julio de 2013 (si el fin del mundo no llega el próximo 21)… ¿Lugar?: el lago de Gaube… ¿Evento?: el CAF arroja a los tiburones que infestan dichas aguas a diversos heterodoxos de la vertiente Sur que se han atrevido a cuestionar las tendencias sexuales de Jean Arlaud…

      Bueno, voy a meter un pelín más de seriedad… No; no creo que sea demasiado importante saber si nuestro protagonista se “emocionaba” con las postales de la estatua del David o con las de Venus… Sin embargo, poniéndonos en plan académico, algo se puede conjeturar sin necesidad de convocar al interesado desde el Más Allá mediante una “guija”…

      Por un lado, la etapa más fructífera de Arlaud se desarrolló durante los años veinte: acaso, una de las épocas más liberales en nuestro Continente… ¡Y, encima, en la “inmoral” Francia! No; no creo que hubiese tenido problemas para ser homosexual más o menos declarado… Sin embargo, salvo por este debate entre heterodoxos hispanos, nada de esto ha trascendido… Y eso que, en ambientes montañeros, Arlaud vivió una época pirineísta bastante cruel, con toda clase de piques entre las diferentes secciones del CAF… De hecho, ya en vida le dedicaron diversas lindezas y ataques varios desde su personal corte de enemigos, a la que gustaba mutilar sus tarjetas de cima… A nuestro doctor le molestaban con otras historias… Como que tal primicia suya, en realidad, la hubiera conseguido gracias a que chupó cuerda en exceso… O que esquivó las dificultades del filo exacto de una cresta… O que se dijera que algunas de sus presuntas novedades, fueron previamente escaladas por, digamos, Jean Haurillon… Ahí le apretaba el zapato a nuestro hombre… Por lo demás, con lo ácidas que eran las bromas en el mismo seno del GDJ (¡Del GPHM, mejor no hablar!), de haber circulado algún rumor sobre su “excesiva sensibilidad”, hubiera terminado impreso en alguna cancioncilla… ¡Menudos eran sacando a pasear los chascarrillos ásperos por entonces…!

      Aunque, eso sí: en asuntos de con quién se mete uno en el catre, nunca, nunca se sabe…

  5. Totalmente de acuerdo con tus dos afirmaciones principales, Hugo: tanto la de la nula importancia del tema como la de la alcahuetería. Según la primera, lo lógico sería callar, puesto que lo que nos interesa de Arlaud son otras cosas, por supuesto. Pero la segunda verdad nos impulsa al chismorreo…, es bastante lamentable, lo reconozco, pero “homo sum, et nihil humano a me alienum puto”. Perdóname, Alberto, si no doy el tema por terminado y, por supuesto, entenderé perfectamente que me expulses para siempre de esta tertulia…

    Debo expresar una leve discrepancia contigo, Hugo. Volvamos por un momento a aplicar la ley de reflexión histórica situándonos en la primera mitad del siglo pasado en la Francia provinciana donde queremos publicar una biografía de un personaje admirado del cual sabemos a ciencia cierta que “no” es homosexual: ¿destacaría sin ningún tipo de prevención sus cualidades femeninas aún a sabiendas de que podrían ser malinterpretadas? No sería prudente. Optaría claramente por un tipo de elipsis que evitara cualquier ambigüedad en cuanto a su condición sexual.

    Bueno, situémonos ahora en la posición contraria: hablamos de alguien con unos términos que “sabemos” que podran ser malinterpretados, y lo hacemos en diversas ocasiones y en diferentes contextos; luego…

  6. Curioso debate.

    Tal vez la teoría de la elipsis de Jaume sea acertada, pero me inclino a pensar que en aquella época un hombre con cierta sensibilidad, como Arlaud, fuese visto como algo “raro”.

    Hoy, afortunadamente, nadie se extraña de ver a un hombre cocinando, o cosas por el estilo. En aquella época seguramente te tacharían de homosexual.

    Dicho esto… y a nosotros, ¿qué más nos da la orientación de Arlaud? Cómo nos gusta alcahuetear…

    Un saludo.

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