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Una ascensión de tres metros

En alguna entrada previa ya he hablado de Flor de Gaube. Que es tanto nombrar al piolet más celebérrimo de la historia del pirineísmo. El innegable rey de la tecnología alpinística del siglo XIX, una época en la que a esos chismes picudos se les asignaba un nombre propio. Y al que dediqué una novela que recibió el áccesit en el Premio Desnivel del año 2001… No voy a cantar aquí las cualidades casi míticas de este piolet de Henri Brulle, gracias al cual se pudo vencer el puñetero Bloque Empotrado del Couloir de Gaube en 1889. Sin embargo, acaso valga la pena volver la vista hacia la otra proeza menos conocida que igualmente protagonizó Flor de Gaube. Con frecuencia, los títulos de trepadas modestas ocultan gestas deportivas bravías.

 

Quien bucee entre las páginas de las Ascensions (1944) del padre de la escalada pirenaica, puede verse sorprendido por el arranque de uno de sus capítulos: “Una ascensión de tres metros”. ¿Acaso Brulle trepó de un salto varios peldaños del acceso a la parroquia de su Libourne natal? ¿O brincó una tapia de algún vecino para robarle las peras…? Nada más lejos: con tan misterioso título se refería a un percance sufrido en el glaciar de Ossoue del Vignemale que estuvo cerca de costarle caro. De hecho, parece que nuestro escalador terminaría guardándole mayor afecto a su piolet Flor de Gaube por cuenta del auxilio que le brindara durante este mal trago, que en la histórica jornada del Couloir…

 

El propio Henri Beraldi abordaría como de pasada esta peripecia tragicómica. Así, el cronista del pirineísmo avanzaba en 1944 su resumen: “Hizo el Vignemale en dos ocasiones: el lunes 14 de agosto y el lunes 31 de julio [de 1893], cuando Brulle sufrió una caída en una grieta que luego narró con el título de Una ascensión de tres metros”. Por suerte para sus futuros seguidores, al parco escalador galo le debió de impactar semejante experiencia, dado que se decidiría a registrarla por escrito con bastante meticulosidad, rompiendo una de sus costumbres más asentadas. Sin duda que aquellos tres metros de escalada jamás se difuminaron en la memoria de Henri Brulle:

 

“¿Quién no ha subido al Vignemale? Por mi parte, lo he hecho de día y de noche, solo o acompañado, por un lado o por otro. He realizado doce veces esta ascensión, aunque siempre viví incidentes nuevos que le dieron encantos inéditos a cada ascensión. El último de estos incidentes, bien fecundo en enseñanzas, creo que se puede contar. Por suerte, no es demasiado corriente.

 

”Aquella jornada, el conde Russell se alojaba en sus Grutas de Bellevue, cerca de la Hourquette d’Ossoue. Me había invitado a tomar el té junto a De Monts y Astorg. Pero a ese plan pensamos añadirle la realización de alguna punta en el cercano Vignemale. Nos pasamos por la arista de Montferrat y la cima del Clot de la Hount […]. Una vez sobre la Pique Longue, advertimos que la orilla izquierda del glaciar [de Ossoue] estaba aquel año en malas condiciones e impracticable, tal y como se decía en Gavarnie, así es que decidimos que era obligatorio el tomar dicha vía. Hallamos algunas grietas y, seguido, un corto declive de hielo azul donde fue preciso tallar algunos peldaños que reclamaron algo de atención. Después, no hubo nada más.

 

”Parecía que todo había terminado, por lo que nuestra caravana descendía alegremente… Incluso se había considerado el plegar la cuerda, a lo que el líder [Brulle], consciente de su cometido, se opuso. No tengamos nunca vergüenza: jamás nos olvidemos las precauciones útiles, ya sea por bravuconería, ya por despiste. Ser prudentes vale la pena. Por nuestra izquierda se extendía una llanurita de nieve muy blanca y de aspecto inocente, cuya travesía resultaba tentadora […].

 

”Pero en la montaña, como en otras partes, los senderos atractivos son a menudo los que conducen a la perdición. Y sucedía que el bonito neverito aparecía surcado hacia su mitad por una grieta que delataba una pequeña depresión. El líder [Brulle] prescindió de las precauciones que han de tomarse al uso: cada uno a su distancia y atento, con la cuerda en la mano. Después, sondeó el terreno varias veces. La nieve parecía que iba a resistir pero, súbitamente, bajo una presión más enérgica y confiada, cedió, y el líder, que era yo, fue el primero en sorprenderse.

 

”Caí a pico. Seguido, un violento tirón me enderezó.

 

”Por instinto, extendí brazos y piernas, encontrándome frenado en seco, con los riñones curvados y una pierna contra una de las dos paredes.

 

”Al notar la cuerda tensa, situé con rapidez mi segunda pierna al lado de la otra, me emplacé como mejor pude y de ese modo obtuve el suficiente confort como para dedicarme a un examen riguroso de mi situación.

 

”La providencia había querido que conservase mi piolet: era Flor de Gaube, […]. A despecho de la preciosa compañía de Flor de Gaube, la situación no era brillante. Me hallaba a tres metros y medio de profundidad, viendo la luz por la abertura estrecha por la que había caído. A derecha e izquierda, unas ojivas verdosas se perdían en la oscuridad. Por debajo, se abría un abismo que se prolongaba sin mostrar el fondo. Era muy bello, aunque algo intimidante.

 

”Se hablaba de turistas aislados o de grupos enteros que habían caído en grietas y que salieron de allí sin auxilio externo. ¡Me hubiera gustado verlos trabajar en esta grieta!

 

”Mientras hacía aquellas observaciones, mis camaradas me llamaron. Se encontraban sólidamente instalados, aunque la cuerda caía oblicuamente por el borde de la grieta. Era preciso determinar su tamaño, por lo que mientras yo me sujetaba con todas mis fuerzas, Astorg se puso a hacerlo: abatiendo la cornisa, me llenó de restos de hielo y nieve, aunque también aumentó mi horizonte de cielo azul […].

 

”De forma cándida, imaginé que mis dos amigos tirarían fuerte de la cuerda y que mi extracción sería cosa de un minuto. Ya era hora: comenzaba a sentirme entumecido y exhausto por la presión enérgica que era preciso ejercer constantemente contra las paredes.

 

”Muy pronto voló tal ilusión: el esfuerzo combinado de dos hombres poco seguros de su estabilidad no podía con mi peso, aumentado por el frotamiento de la cuerda sobre la nieve. Sentí un escalofrío cuando me indicaron que para salir de allí tendría que contar, sobre  todo, conmigo mismo […].

 

”Rascando el hielo con mi piolet, que por nada del mundo hubiese soltado al caer, afiancé mis suelas [claveteadas] para evitar un resbalón fatal y, después, subí los pies, uno detrás de otro, una quincena de centímetros. A mi señal, tiraban de la cuerda otro tanto, mientras situaba con mis manos bajo los riñones para ayudar para que subiera mi espalda.

 

”Este trabajo, simple en teoría, era extremadamente delicado en la práctica. Ante todo, no podía perder el pie: eso era capital. Un golpe, un movimiento en falso, y hubiese ido a pender al extremo de la cuerda, incapaz de ayudarme en modo alguno, para tener que esperar inerte, temblando y roto, cualquiera sabía durante cuánto tiempo, hasta que algún equipo viniera para sacarme de aquel agujero maldito. Por lo tanto: poco a poco, fui subiendo. Pero debía detenerme a menudo, a veces incluso teniendo que bajar un poco para desatascarme, perdiendo entonces ese terreno conquistado con tanto esfuerzo.

 

”Ninguno de nosotros supo jamás cuánto tiempo duró aquella ascensión de tres metros. Fue una lucha larga, toda hecha a base de paciencia y de sangre fría, aunque no por ello menos encarnizada y, más de una vez, desesperante. Al final, mis hombros alcanzaron el borde de la grieta. Me estiré como un resorte y, a una orden mía, cuatro brazos correosos me alzaron como habrían hecho con una gavilla de paja.

 

”De ese modo terminé por encontrarme sentado entre mis dos amigos, más pálidos que unos cadáveres. Como daba pena verlos, me vi obligado a prodigarles mis mejores palabras. En especial Astorg tenía un aspecto siniestro. Era él quien había hecho los nudos de la cuerda, sirviéndose de los que recomendaba el Alpine Club: unos nudos que recordaba mal y con los que dudó durante algún tiempo. El desdichado suponía que había hecho mal el famoso bowline knot, por lo que se había temido que en cualquier momento viese aparecer el cabo de la cuerda sin peso entre sus manos […].

 

”Así, llegamos con tanto retraso a [la cueva de] Villa Bellevue que el festín había terminado hacía tiempo. El conde Russell tuvo a bien el volver a encender los hornillos. Un tanto extrañado, nos pidió alguna explicación, por lo que le respondimos a coro, sin reparar en nuestra falta de honestidad, que hacía un tiempo tan bueno que nos entretuvimos en las grietas. Pero su guía [¿Haurine?], que desde lejos nos había estado espiando, desconfiaba. Una vez partimos, subió para descubrir lo que nos había pasado”.

 

Yo no sé a vosotros, pero a mí esta anécdota me ha sabido a poco. ¿Hace una segunda correría de Henri Brulle por el Vignemale? Pues vamos a por ella… Este nuevo episodio sucedía un 8 de agosto de 1884. Nuestro hombre deseaba subir al Vignemale y acudir a otra invitación de Henry Russell para pernoctar en sus cuevas. En el valle de Ossoue y al mediodía, tendría lugar el encuentro con su amigo Bartoli, quien no dejó de anotar las siguientes impresiones en su diario:

 

“Al fondo del valle, cerca de una cascada soberbia, nos encontramos con [Henri] Brulle y con Célestin Passet, quien en ese momento era su guía, y que sería el nuestro para mañana:

 

”–¿Dónde vais a estas horas?

 

”–Vaya –me respondió [Brulle] con su flema de siempre–: no sabía qué hacer, por lo que voy a pasearme hasta el Vignemale y a pasar la noche en su gruta.

 

”–¡Qué idea tan graciosa! Pero, ¿por qué demonios no hacéis que vuestro guía os lleve la mochila?

 

”–Prefiero llevarla en la espalda. Eso me castiga.

 

”Tan sorprendente andarín siguió con su ascensión, dando grandes zancadas y luego, volviéndose, nos gritó:

 

”–Hasta mañana por la mañana! Estaré de regreso en Gavarnie sobre las 10:00 h y almorzaremos juntos.

 

”Este hombre es fabuloso”.

 

No importa cuántos reportajes se publiquen sobre nuestra magnífica Comachibosa: el macizo más alpino del Pirineo siempre guardará algún as en la manga con el que sorprendernos. Una afirmación que se puede comprobar hojeando el número de 185 de la revista Grandes Espacios del presente mes de febrero: en este “Especial Vignemale/Señor del Pirineo”, destaca su “Vignemale: Alpes en los Pirineos” (pirineísmo), “Juego de pillos: la doble conquista” (el Caso Lister), “Por delante y por detrás: todas las rutas normales” (montañismo), “La Vuelta al Vignemale: tiempo de silencio” (trekking), “Póker de descensos: Vignemale con esquís” (esquí de montaña), “La galaxia Vignemale: una montaña, dos parques, tres valles” (turismo y naturaleza). Entre su listado de autores, andan plumas como Marta Iturralde, Alberto Hernández o Jordi Longás. ¡Que os aproveche esta fantástica vignemalada, amigos!

16 Comentarios

  1. Alberto: llevo años con ganas de escaparme al Museo Pirenaico, así que no me pongas los dientes más largos. Una desgracia esto de ir siempre al “Piri” con el tiempo justo.

    Por cierto, acabo de descubrir el nuevo blog de José Sierra, y ya que él no lo menciona, con permiso, os pongo el enlace. “Mis Pirineos” es una página realmente interesante y trabajada. Felicidades a su autor:

    http://rondapyrene.blogspot.com.es/

  2. Pues sí, yo quería hacer alusión precisamente al exceso de confianza, en el que todos caemos tarde o temprano y más bien, bastantes veces.
    En fin, suerte para todos y mucho monte.

    • Por fin aterrizo por Mañolandia. Mis excusas por el eclipse…

      Hugo: de cualquier forma, si pasas por el Museo Pirenaico de Lourdes, échale un vistazo al piolet de Henri Brulle, que exhiben sin rótulo alguno sobre si es “Flor de Gaube” o no… Mira a ver si parece tan equilibrado y contundente de pegada como su dueño afirmaba que era… Trata de imaginarte a este “Made in Grindelwald” tratando de hacer saltar el hielo pétreo del Bloque Empotrado de 1889…

      Jesús, José y Hugo: vaya, ¡veo que os habéis resquebrajado a base de bien en mitad de unos ventisqueros…! Fuera de “cognas marineiras”: sí; tenéis mucha razón… Aunque quede como una especie de Abuelita Paz, creo sinceramente que la alta montaña pirenaica siempre esconde peligros, y desde aquí abogo porque se la trate con el debido respeto. Eso sí, para que no me quede el llamamiento demasiado rimbombante, en este punto he de reconocer que “no puedo tirar ninguna piedra” porque, en el tema de la seguridad durante la progresión por glaciares (pirenaicos o alpinos), “no estoy libre de toda culpa”… ¡Ni mucho menos! Pero eso es algo para corregir, que no para presumir…

      Luis: con todo el cariño del mundo, tengo que hacerte una mínima rectificación… En realidad y salvo casos especiales, no suelo pedir o recomendar que nadie adquiera nada. ¡Corren muy malos tiempos para la lírica! Simplemente, intento ayudar en la difusión de alguna editorial con cierta preeminencia obvia (que pretende no resultar obsesiva) por los productos “Powered by Desnivel”, claro está… Y salvo algún desliz sin intencionalidad, tampoco indico dónde se pueden comprar esas publicaciones de las que me limito comentar, las más de las veces, que “les echéis un vistazo” o que “las pilléis”, sin entrar en detalles… ¡Y eso que conozco a un autor de nuestro gremio que abogaba por que se acudiera a ciertos grandes almacenes para cometer unas raterías que, ni mucho menos, voy a recomendar aquí…! En cuanto a tu segunda afirmación, pues estoy plenamente de acuerdo contigo: el artículo de este GE 185 (febrero de 2013) que más me ha gustado ha sido el de Marta Iturralde.

      En la siguiente entrada, que ya me dispongo a colgar, voy a sugerir una vez más que os “pilléis” (del modo que creáis conveniente) cierto producto literario…

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