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La Maladeta y sus maldiciones

Aunque su nombre suene mucho, casi nadie sabe gran cosa de la Maladeta. La antaño denominada “Mala de Aragón” es, en gran medida, una tremenda desconocida. Entre su propia gente; entre quienes la cortejan, incluso… Y eso que, desde antiguo, ha estado ahí: vistosa como pocos tresmiles del Pirineo, plantada frente a las mismas narices de los humanos, en un sector relativamente concurrido durante el estío. Como poco, se podría alegar que el desencuentro no ha sido culpa suya…

 

Nuestra cumbre hizo cuanto pudo por llamar la atención desde los tiempos más remotos. ¡Era difícil no avistarla desde cualquiera de los puertos que comunican Benasque con el Luchonnais o con la val d’Aran! La primera referencia escrita sobre esta punta hay que buscarla en una Relación de los Montes Pirineos (1586) donde se la declaraba “Peña Maldita”. No obstante, la mayoría de los estudiosos prefieren explicar que la cima benasquesa se llamaba desde antiguo Mala Eta, lo que sencillamente venía a designar a “la más alta” o a “las rocas de arriba”. Unos topónimos que parecía que buscaban provocar a los más inventivos: ciertos visitantes foráneos se dedicaron a deformar este término celtíbero para italianizarlo como la Maladette, que quisieron traducir como la Maldita. Y recurriendo más al ingenio que al rigor, se llegó por este mismo procedimiento a otro nombre artificioso para todo el macizo: los Monts-Maudits. Unos Montes Malditos de nuevo cuño que se decidieron a saltar hasta las cartas españolas en 1880, merced al Mapa de Aragón de Magallón. A su vez, la Maladetta lo hacía en 1898 gracias al pliego de Sánchez. En fin: cuando una montaña inspira sensaciones tétricas desde algún universo onírico, tiene muy fácil la perpetuación de su mito. Por los siglos de los siglos.

 

La mitología aportó mayor confusión a este debate… Así, resulta imprescindible citar esa Crónica de Catalunya del siglo XVI donde el escriba Pujades certificaba la existencia de un anatema sobre estas cumbres que hoy nos interesan. En 1719, el cartógrafo galo La Blottière también recogía lo que consideró una “fábula divertida”: los terribles alaridos que los montañeses escuchaban en las vísperas de las cuatro fiestas cristianas más importantes, debido a que “cierto día, Jesús llegó con aspecto de mendigo y fue rechazado por los pastores, maldijo a la montaña y la volvió estéril”. Tanto se extendió dicha leyenda, que el alcalde de Esterri organizó una expedición en 1725 para comprobar que en las rocas de la Maladeta se distinguía el ganado y los pastores petrificados. Sobre 1850, Pascual Madoz incluía esta “leyenda puramente fantástica” en su Diccionario, ayudando de esta manera a consolidarla en toda España. Otras tradiciones ficticias no gozarían de tanta fortuna… Por ejemplo, François Samazeuilh recogió en 1827 las aventuras folletinescas de Laurent d’Ostarlitz y de Sophie de Frégeville sorteando mil peligros a la sombra de la Maladeta, junto con las vivencias de ese cazador que operaba al pie de los heleros para velar la tumba de su amada Marie… Y desde ambientes scouts de comienzos del siglo XX se extendió el cuento del guía que tuvo que cortar la cuerda que le unía al resto del grupo para evitar caer todos en una grieta… ¡Ah, esas lóbregas hendiduras! Abiertas en medio del glaciar o insinuadas, vestidas con nieve o desnudas en grises, las simas y las rimayas de la fachada norte de los Monte Malditos siempre han estado muy presentes en los anales de estas desolaciones.

 

Con tales antecedentes, poco extraña que el topónimo Maladeta, desde el primer intento conocido de ascensión por parte de Louis Ramond de Carbonnières en 1787, fuera sinónimo de peligro… ¿Exageraban? Bueno; lo cierto es que casi parece como si la montaña se hubiera propuesto dar por buena la mala fama que le habían colgado. En 1805, el botánico suizo Augustin De Candolle atravesó en horizontal el glaciar de la Maladeta para alcanzar las cotas donde podían brotar los ejemplares de Ranunculus glaciaris… En su empeño,  estuvo a punto de precipitarse entre las fauces de una grieta. Hubiera sido su primera víctima confirmada.

 

Pasemos a la siguiente escena de nuestro lienzo en tonos lúgubres… En septiembre de 1817, Friedrich von Parrot y Pierrine Barrau se allegaban hasta el prado de la Renclusa con objeto de conquistar a nuestra cima, supuestamente sin hollar. A pesar de las reticencias del guía, cruzaron la Gran Rimaya para escalar una canal y, desde la arista, ganar su codiciada punta oriental. Tuvieron éxito y se hicieron con la primera confirmada a esta montaña. Como era de esperar, la pareja fue recibida como héroes en Luchon, pues todavía se consideraba a la Maladeta como el posible Techo de la cadena. Mas por poco no hubo sepelio en lugar de festejos: durante el descenso al glaciar septentrional, Parrot estuvo a punto de despeñarse desde las rocas cimeras.

 

La montaña parecía fraguar con calma su venganza. Así, siete años después de su conquista, se cebaba con uno de sus artífices: Pierrine Barrau. Cuando el viejo guía ascendía las defensas finales de la Maladeta junto a los turistas parisinos Blavier y De Billy, se cayó dentro de la Gran Rimaya a resultas de que le fallara un puente de nieve. De este modo fue la descripción de la muerte del luchonés, según los aterrados clientes de aquel nefasto 11 de agosto de 1824:

 

“Habiéndole parecido la nieve bastante sólida, puso un pie sobre ella, llevando el segundo hacia delante tan lejos como pudo, creyendo dejar la grieta entre las piernas: el desgraciado estaba encima de ella. Tan pronto levantó el primer pie para llevarlo adelante, bajo el otro se hizo un agujero en la nieve, donde se precipitó. Le oímos enseguida gritar: ¡Dios, estoy perdido, me hundo! Uno bajó hacia abajo, en tanto que el otro escuchó durante dos minutos más gritar: ¡Dios, estoy perdido! Un poco después: ¡Dios, me hundo! Silencio”.

 

A pesar de las búsquedas emprendidas por sus familiares, los hielos eternos no devolvieron los restos del infortunado sino en varias veces y cuando había pasado más de un siglo: en 1931 y en 1934. El fatal accidente provocó que, durante lustros, ningún montañés quisiera acercarse hasta los ventisqueros. Los guías apuntaban con expresión de horror hacia la Maldita diciendo: “¡Está allá, el pobre Barrau!”. Sin embargo, el drama suscitó gran interés por la prominencia: incluso se le dedicó una ópera en Francia donde un Hada de Hielo sembraba el Mal desde el fondo de su palacio congelado bajo los ventisqueros. Así somos los humanos. Igualmente, proliferaron las más disparatadas versiones literarias del accidente, como las tituladas Idaho Iderac (1835) o Barran (1843). Nada que ver con el verdadero periodismo, claro está. Y con los años, los turistas le  tomaron gusto a eso de estremecerse de miedo desde el Portillón de Benás imaginando la muerte de Pierrine en la grieta. En cuanto al hallazgo del cuerpo del protagonista de esta historia, terminó revelando a la ciencia la velocidad del desplazamiento glaciar: catorce metros anuales. Hace hace no demasiado, algún hueso de Barrau se exhibía en una vitrina del Musée du Pays de Luchon…

 

Con la segunda mitad del siglo XIX, arribaron nuevos tiempos a las montañas benasquesas. Se quiso rehabilitar a la Maladeta con su inclusión en el libro sobre las Grandes ascensiones (1866) de Henry Russell. Eso, a pesar de que, para vencer la parte más delicada de su trepada final, se solicitara cierta atención a sus candidatos: “Se ataca la punta por el oeste o por el sur después de haber franqueado la pequeña depresión de su cresta occidental; hay allí una grieta espantosa, más bien un bergschrund”. Sin embargo, ocho añadas después de redactar estas líneas, su autor sufría un percance en la Gran Rimaya que estuvo a punto de costarle la vida. El texto de esta experiencia russelliana de 1874, no dejaba lugar para la duda en cuanto a la prudencia que reclamaba el entorno de la Maldita:

 

Endurecido por todas mis excursiones y sintiéndome infatigable, partí solo con la mañana, muy ligero [desde Casa Cabellud]. En una hora y diez minutos estaba, en la Renclusa, donde no permanecí más que varios minutos. Dos horas después, me encontraba a una altura de más de 3.000 metros, después de haber seguido y recorrido al oeste, la larga arista granítica y fácil que sube de norte a sur, hasta la punta extrema de la Maladeta (3.312 metros). Esperaba llegar a la cima sobre la roca, pero fue imposible: a veinte minutos del final, me vi detenido claramente por un caos de rocas verticales, y tuve que embarcarme a la derecha por el glaciar, para tomar finalmente el pico por el oeste, o bien renunciar a la ascensión… No había otra alternativa… Todo el mundo ha visto, mirando los Montes Malditos desde el norte, esta prodigiosa grieta siempre abierta, corriendo de este a oeste, a varios metros por debajo de la Maladeta. Parece una corbata, y hay que franquearla para pasar del glaciar a la cima. Es una rimaya, pues no es más que el vasto intervalo que separa el glaciar de la roca… Expliquémoslo aquí. Estando en tierra firme, a la izquierda del glaciar, y prolongándose esta grieta por ahí en semicírculo a lo largo de las rocas, estaba forzado de pasarla dos veces para llegar al pico: primero, para tomar el hielo y, después, para salir. Pero, como parecía estrecharse e incluso cerrarse por completo al pie de los bloques que me habían detenido, di un salto sin dudar, sin sondear la nieve que la cubría… ¡Por desgracia, esta nieve era nueva, de un espesor de pocos centímetros, y no pudo sostenerme! Hice un agujero dentro, y mi pierna derecha desapareció en el agujero. Tenía quince metros de profundidad, y se oía discurrir el agua por el fondo. Pero mi salto me salvó: no me hundí más que cerca del borde, y me icé muy fácilmente a la superficie. Allí, un tanto impresionado al mirar el agujero de donde salía, solté mi bastón, que resbaló sobre el hielo, y se fue tan lejos que no me atreví a ir en su busca, a la vista de lo nervioso que me encontraba. Así perdí a mi pobre bastón, fiel amigo que nunca me había fallado, y que acababa de salvarme la vida. Verdaderamente, creo que lo amaba cuando lo vi descender sin mí. Me dejaba justo en el momento en que más lo necesitaba: pues, aun renunciando al pico, tenía que franquear todavía la misma grieta para retomar la tierra, ¿y con qué sondearla? Pero como la reflexión, en un caso así, no servía sino para desmoralizar, atravesé como un cohete los metros de nieve que se extendían entre la orilla y yo. Resistió, y, sano y salvo en las rocas, di gracias a la Providencia: solo estaba nervioso. Esta grieta fatal, es la que se tragó hace, muchos años, al desafortunado Barrau, del que todavía no se han encontrado los restos”.

 

Para el pirineísmo galo, puede decirse que la montaña de las maldiciones adquiría su máximo prestigio hacia finales del siglo XIX. Bien pronto iba a constituir una excursión hasta cierto punto habitual. Mas no por ello menos aventuresca…  Albert Laporte hablaba en 1876 de unos americanos que la suponían una especie de Cervino de los Pirineos, con “dificultades mayores y pasos más peligrosos”. Mejor no hacer comentarios… ¿Más testimonios de su fama de chica mala? Pues sirva, como ejemplo, la intensa actividad del verano de 1892. Por un lado, Jules Leclercq llegaba a Luchon para escalar una Maladeta a la que comparó con la Jungfrau suiza: la crónica negra de la punta ribagorzana acababa de acrecentarse a raíz del accidente del conde de S., de quien se dijo que allí perdió una pierna. Más comedido se mostraría Bertrand de Lassus, su vencedor en 1896 junto a Henri Passet y François Bernat-Salles por el itinerario novedoso del ibón de Cregüeña: aunque dicho aristócrata casi se precipita en otra rimaya, pudo completar una ardua trepada por bloques en equilibrio inestable. ¿Más todavía…? En el verano de 1912, la cordada compuesta por Bal, Susseman y Cabellud se empecinaba en ganar la Maladeta desde el mismo collado Maldito, “donde un extraplomo procuraba enseguida el placer del paso del Hombro del Cervino”. A escala bastante reducida, es de suponer.

 

Pero los tiempos de estas crónicas terroríficas ya terminaban. ¿O no…? En 1998, René Descazeaux apuntaba sobre nuestra montaña: “La Maladeta y los Montes Malditos son lugares infernales, malditos por Dios, y no tienen esos nombres por casualidad. Se supone que son una de las puntas que surgen del Infierno”. Este estudioso galo de las supersticiones pirenaicas hablaría también de forjas construidas sobre estas montañas de Benasque desde donde un genio demoníaco, hermano del Demonio Rojo que moraba en el pic d’Anie/Auñamendi, arrojaba a las Tierras Llanas esas tormentas y granizos devastadores con los que castigaba a los buenos cristianos. En el terreno del abra-cadabra, cerraremos el círculo…

 

A modo de remate de estas líneas, vaya una última recomendación desinteresadilla… ¿Os apetece haceros con un catálogo de las posibilidades que brinda hoy la Maladeta Oriental? Nada más sencillo: buscad el número de julio de la revista Desnivel. Entre sus páginas, se sirve una monografía que aborda en profundidad a la antigua “Mala de Aragón”…

  1. El 16 de agosto de 1911, Emilio Juncadella subió a la Maladeta por una ruta, al parecer, muy novedosa.

    Pero por donde subió Juncadella? podria ser una primera?

    <<Pasamos el Portillón inferior y, por suaves y blanquísimas pendientes y algunas rocas, llegamos a una pequeña brecha que se abre en la arista S SE de la Maladeta y hace comunicar el glacier del Medio con las pendientes superiores del Valle de Cregueña.
    Jean [Haurillon] quería seguir el itinerario clásico, que es el indicado por Russell en los "Souvenirs d'un Montagnard", es decir, bajar unos 200m por este último valle y llegar al pico por el SO; pero yo me opuse a esta bajada y vuelta a subir, para evitar unas paredes sud-orientales de nuestro pico y alcanzar la cresta poco antes de llegar a él.
    Retrocedimos algunos pasos y José [Delmás] fué a explorar el terreno. Después de pasar el primer contrafuerte nos dijo que la cresta parecía practicable y le seguimos teniendo a la izquierda la pared de la Maladeta formada por bloques graníticos enormes, con muy buenas presas, pero con ángulos que variaban entre 60º y más de 75º.
    Al cabo de un cuarto de hora de esta gimmnasia de brazos, unas rocas verticales y lisas nos impiden el paso y hemos de atravesar de flanco la parte superior del glacier, de unos 55º de inclinación, en que el hielo al vivo está recubierto por una capa de nieve fresca de 15 cm de espesor y que forma pequeñas avalanchas en cuanto se pone el pié sobre ella.
    Cortamos pasos y al salir de la nieve por un restablecimineto sobre los brazos, en una roca que se adelanta y sólo ofrece presa en su parte opuesta, volvemos a escalar la pared. Algo más allá hemos de pasar, tendiéndonos de espaldas, por un estrecho orificio que forman tres rocas. Llegamos, por fin, a la arista y, siguíendola durante unos 500 metros, estamos en la cima a los 35 minutos de la brecha antes citada.

    Alguien se anima?

    • Saludotes, “Perro de Roca”… En el resbaladizo tema de las cotaciones de las vías, no voy a entrar sino de refilón: la discusión podría extenderse al modo bizantino durante días y días, y no están por aquí presentes todos los invitados… La ruta a la que aludes no la tengo fresca: la hice en julio de 1980, pero mis nebulosos recuerdos no hablan de serios problemas… Aunque cualquiera sabe qué esquives de arista tomé, elegante de mí… Sí que te puedo asegurar que la idea que se lleva en estas monografías es que sean muy, pero que muy prudentes en la cifra que se da, y no la de ir de “sobrados”… Sobre ese cordal sur no hubo debate alguno, pero ahora mismo recuerdo uno sobre la dificultad del Collado Maldito desde Cregüeña, tanto de subida como de bajada, que no veas lo que se alargó… Y solo éramos dos: imagínate si llegan a entrar en escena media docena de calificadores…

      Hola, Jaume… Sí, ya lo puedes jurar: por problema de espacio, la reseña histórica de la Maladeta ha tenido que ser poco menos que taquigráfica, temo que incluso en lo que atañe al estilo literario… Por cuenta de tu comentario sobre el libro “maladetiano”, Martola ya está pensando en mandarte un jamón (¿de York?) a casa por navidad… Es decir: que a los cerdicos que tenemos en el corral de atrás, les leeremos todas las noches a Shakespeare, a ver si se les pega el “oink” con acento de la campiña inglesa…

      Bueno, Hugo: si no te llega el jamón (serrano o yorkiano, que no sabemos de las aptitudes para el english de nuestros gorrinos), la Iturralde dice algo de enviarte por correo unas morcillitas… Yo optaría más por el fardel fresco, desde luego… En cuanto a las tormentas, qué te voy a decir tras las granizadas gordas que nos pillaron por el Lavedan la semana pasada… Anota: esencial en el equipo montañero, ¡la chichonera!

      Hey, David… Muchísimas gracias por el anexo, que ha vestido que no veas estas “maladeterías”… En cuanto a la posibilidad de ruta nueva por parte de Juncadella y los suyos, no me mojo… Pero bien podría ser, desde luego… Los ensayos de reconstruir vías añejas son siempre complicados, y los resultados nunca obtienen la unanimidad: bien que te podrían hablar de esto último los hermanos Cadier, Henri Brulle o Jean Arlaud… A través de una medium, claro está…

      ¡¡¡Gracias a todos por vuestras aportaciones, amigos!!!

      • ¿Hace una historia moderna de caída en una grieta de las gordas…? Recientemente, se ha publicado un relato magnífico que os recomiendo pilléis. Trata de un percance sufrido por un esquiador de montaña “peñalaro” en el Bishorn suizo, este mes de marzo de 2013. Anoto la reseña:

        VÁZQUEZ CASTRO, Jesús, “Cascomío”, en: Revista Ilustrada de Alpinismo Peñalara, 544, II Trimestre de 2013. pp. 79-80.

        Apto para todos los públicos: por suerte para Jesús (que no para su casco), hay “Happy End”.

  2. Magnífica lección etimológica, Alberto.

    Comparto totalmente el comentario de Jaume acerca de Lágrimas de la Maladeta. Me pareció una gozada de libro y además, excepcionalmente documentado.

    A disfrutar del verano (si nos dejan las tormentas…).

  3. Alberto, a pesar de la tergiversación toponímica de Maladeta, parece que al final este pico acumula razones más que suficientes para merecer el nombre de Maldito o Maldita. Te confieso que el topónimo Montes Malditos (sobre todo la versión de Verdaguer: “Muntanyes Maleïdes”) me resulta muy atractivo y no me inspira ningún miedo, sólo el respeto debido a cualquier montaña.

    Esta entrada es un magnífico complemento de tu artículo de Desnivel, quizás demasiado esquemático (exigencias editoriales, seguro). De todas maneras, lo mejor que he leído sobre la Maladeta, sin ninguna duda, es la extraordinaria obra titulada “Lágrimas de la Maladeta”, de un tal Alberto Martínez Embid y Marta Iturralde…, que a lo mejor te suenan de algo.

  4. Bueno Alberto, el pasado verano recorrí la cresta sur desde el collado Maldito siempre por el filo y encontré algunos pasos de III sup y IV. En vuestro artículo de DESNIVEL la catalogais toda de II.

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