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Un Tíbet engarzado en el Pirineo…

El montañismo hispano comenzó a tomarse en serio Andorra con el inicio del siglo XX. Gracias a los tesoros que almacena el Butlletí del Centre Excursionista de Catalunya se puede observar la evolución de sus progresos. Hasta cierto punto, claro está, pues seguramente hubo ascensionistas discretos que no quisieron pasar al folio sus peripecias. Y, por desgracia, tanto montañeses como rebecos nunca han escrito demasiado…

 

El creciente entusiasmo que se vivió en la vertiente sur por el País del Pirineo se constata de muchas formas. Así, el CEC ya disponía de delegados en Escaldes (Francisco Pla i Gasch), Ordino (Guillem d’Areny) y Sant Julià de Lòria (Pere Baró) desde 1901. Otra muestra de la querencia por dicho Principado sería la proliferación de conferencias en la sede de la entidad barcelonesa. Destaca la del 6 de junio de 1904: “Una excursión a Andorra”, por el conde sueco Birger Mörner, delegado del Centre en Constantinopla, leída por el socio Emili Schierbeck, quien tradujo “las agradables impresiones que causó al distinguido excursionista la contemplación de las bellezas de la vall d’Andorra”. Por su parte, nuestro viejo amiguete, el conde de Carlet, obsequió a sus consocios con unas charlas sobre rutas y folklore andorranos: el 27 de febrero, el 3 de marzo y el 26 de marzo de 1905. Repetiría con una cuarta sobre temática etnológica, en marzo de 1906.

 

La crónica montaraz del CEC pronto iba a aparecer salpicada con recorridos en torno a las Valiras… De corte muy sosegado en un principio. Veamos una de estas marchas: en el verano de 1905, el grupo de Massó, Mitjans, Schilling y los Torras (César Augusto, César Albert, Josep Maria y Oscar), entraba desde la Seu para dedicarse durante tres jornadas a visitar “los valles y las parroquias de Santa Coloma, Andorra la Vella, La Massana, Ordino, Canillo, Encamp y Escaldes, admirando los hermosos valles de Ordino, Soldeu y Canillo, disfrutando del admirable panorama de collado de Ordino, emplazado en el bello costado de la gigantesca montaña de Casamanya”. Como el cuerpo les pedía marcha, nuestro sexteto regresó “por Entremesaigües y el lago de la Nou, atravesando bellos bosques y prados fértiles, entrando en España por el coll de Perafita [2.573 metros]”.

 

La tendencia a cobrar cota sería constante. El 5 de septiembre de 1909, los barceloneses Riera i Colom, Romà Pujol y Rigol i Font ingresaban en nuestro Principado monte atraviesa, conducidos por un guía de la Tor de Querol:

 

“Se completó el descenso por la Portella Blanca de Andorra, para ir a media ladera hacia el elevado pic Negre [d’Envalira], saliendo a la Portella de Joan Antoni, desde donde fueron a la región lacustre del circo de Els Pessons y el nacimiento de la Valira y, siguiendo curso descendente de este río, fueron a hacer noche a Soldeu”.

 

Los paisajes encrespados andorranos se asomaban cada vez con mayor frecuencia entre las crónicas del CEC. En agosto de 1910, su Secció de Sports de Montanya promovía cierta travesía desde el pueblo leridano de Tor que completaron Barnola, Miret, Pey, Ribera y Rocafort:

 

“Emprendieron nuestros excursionistas el camino del puente de Setúria, que pasa por el coll de Llumeneres y entre hermosos bosques. En aquel punto se despidieron del amigo Gosch, quien por el pueblo de Òs se dirigiría hacia la Seu d’Urgell. Siguiendo por la vertiente andorrana, bajaron hasta las bordas de La Massana, subieron al collet de la Botella [2.069 metros] y, por un camino plano en su primera parte y de fuerte bajada después, llegaron a La Massana, donde comieron, siguiendo después por la orilla del río hasta Escaldes, donde finalizaron la fiesta[…]. Mientras tanto, el amigo Enric Ribera salía de Soldeu, visitando el pintoresco circo de Els Pessons y el nacimiento de la Valira d’Orient, para volver, ese mismo día 20, a dormir a la villa de Soldeu. Al día siguiente, salió a primeras horas de la madrugada hasta el pie del port de Soldeu y subió a la Portella de Joan Antoni para encarar la Portella Blanca de Andorra. Desde la primera Portella llegó en media hora a la Blanca, divisoria de Andorra, Francia y España. Desde aquí, siguió por Campcardós […]”.

 

Estas peripecias del estío de 1910 se podían completar con las de Ceferí Rocafort. Formaba parte de la cuadrilla anterior, mas se descolgó debido a un pequeño accidente: tras cruzar desde Alins por el coll de l’Ovella, acudiría para recuperarse a Escaldes… Al menos subió hasta Engolasters junto con Marcel Chevalier, quien preparaba su mapa de Andorra. En Anyòs, Rocafort aprovechó para revisar los escritos del fallecido mosén Tomàs Junoy; alguno de ellos, con descripciones de marchas:

 

“Se hizo popular [mosén Junoy] por sus prédicas, si bien resulta que este fraile era también un buen excursionista, un amateur de la montaña catalana cuando nadie se acordaba de esta, como puede verse leyendo las sentidas relaciones que hizo del país donde que había ido descubriendo durante los años de su larga vida”.

 

He aquí una nueva pista que algún nativo podría seguir para completar la historiografía de las montañas andorranas… Nosotros continuaremos de la mano del Butlletí del CEC para dar otro repaso a su importante labor propagandística en favor del Principado. El 4 de septiembre de 1910 tenía lugar en Barcelona una conferencia con proyección de fotografías sobre sus raids estivales impartida por Guillem de Barnola y Ceferí Rocafort. El 11, este último repetía con otra exposición dedicada a su marcha hasta la frontera andorrana. Los días 3 y 10 de marzo de 1911, era el turno de Jaume Oliveras, quien mostró “algunas de sus muchas excursiones montañeras, describiendo con su lenguaje pintoresco y fantasioso varios itinerarios, bellezas y monumentos de los valles de Andorra”. La promoción catalana del País del Pirineo iba a ser una constante. Los días 14 y 21 de mayo de 1914, Pere Rius i Matas “realizó una detalladísima reseña de una excursión por Andorra”. El 26 de septiembre de 1915, Josep Maria Puig Martí refería su travesía desde Puigcerdà hasta Luchon a través del Principado. Cuatro jornadas después, Joaquim Girona divulgaba su excursión por los estanys de Tristaina. Los días 14 y 21 de octubre, Pere Rius i Matas brindaría nuevas descripciones de sus aventuras por Andorra… ¿Acaso el Centre quiso organizar en 1915 una especie de festival andorrano? En estas condiciones, no extraña que los socios del Club de la calle del Paradís se interesaran tanto por sus montañas.

 

Es preciso destacar dos incursiones más de este periodo de transición en el que, por estar Francia inmersa en la guerra de 1914-1918, dejó el terreno libre al pirineísmo ibérico. En primer lugar, acompañaremos al ya aludido Rius i Matas en su “Excursió a Andorra i a la Cerdanya francesa”. Un viaje que llevó a cabo en la segunda quincena de julio de 1915 junto con amigo Parés i Bartra… Arribaron a este campo de operaciones en compañía virtual de Artur Osona: con su Guia itineraria de les regions del Llussanès, Pireneus, Cerdanya, Serra de Cadí i Andorra (1894) en la mochila. Y tras haber leído las relaciones del conde de Carlet en 1905, claro está… No nos demoraremos con la detallada descripción de su ruta hacia el Principado. Mejor, atendamos esta interesante reseña de los Techos andorranos:

 

“La montaña se vuelve a enderezar inmediatamente sobre la orilla derecha de la Valira, elevándose de repente a gran altura. En el port de Asnurri vuelve a subir de firme hacia el norte, para pasar por el puig de Canòlic, domina la célebre ermita del mismo nombre, describiendo un semicírculo hacia España, y retomando después su dirección casi en línea recta por el port de Conflent, el puig de Coma Llempla, el puig de la Comapedrosa y el puig de las Bareytes/Pla de l’Estany, donde el límite alcanza el territorio francés. En esta parte del país, la más indómita de todo el valle, abundan los osos; y el invierno dura más de ocho meses. El puig de las Bareytes se levanta hasta los 2.800 metros sobre el nivel de la mar, y el de la Comapedrosa, a más de 2.900 metros. No obstante, allí es donde se encuentra la principal riqueza de Andorra. Vastísimos rasos, cubiertos de pastos, que son recorridos por rebaños de vacas y yeguas; hay grandes bosques de pinos y hayas que permiten a los habitantes pasar el invierno abrigados de los grandes fríos, y todavía puede el Consell General sacar dinero de las talas que manda hacer en los mencionados bosques”.

 

Pero algunas malas costumbres, procedentes del siglo XIX, tardaban en desaparecer. Así, estos trekkers del sur, a imitación de los del norte, se despacharon a gusto con una serie de epítetos poco favorables hacia la capital del Principado. Mejor será que escarbemos entre sus otras observaciones sobre los usos locales:

 

“El contrabando que desde esta República [sic] se hace a las dos naciones vecinas es de mucha consideración. Los tenderos y traficantes casi todos son franceses y españoles. La sencillez y la buena fe forman el carácter de estos montañeses, tanto más felices en cuanto no conocen la ambición ni la codicia; son religiosos, hospitalarios, sufridos, ahorradores, pacíficos, guardianes celosos de sus antiguas costumbres, libertades y privilegios, y caritativos con los pobres. Muestran gran afición a la caza, a la pesca y al vino, siendo sus idiomas, trajes y costumbres parecidas a los de los pueblos vecinos de Cataluña […]. La riqueza de Escaldes en manantiales de todo tipo, tanto como en su lujuriosa vegetación, sus accidentes variados y sus paisajes, han hecho exclamar a algún maestro en excursionismo [¿Osona?] que aquellos lugares no tienen rival ni en los Pirineos ni en los Alpes”.

 

Al parecer, una de las marchas imprescindibles de comienzos del siglo XX era hasta cierto laguito boscoso que ya hemos mencionado, no muy lejos de las zonas habitadas. Rius i Matas nos la describe como si de un viaje a la Arcadia se tratara:

 

“Siguiendo la subida por en medio de las fajas y pedrizas que forman la plana o plateau de Engolasters, en un cuarto de hora escaso se franquea un colladito, después de haber pasado por un agrupamiento de cortals; o sea, casas donde se guarda el forraje y el grano, y se encierra el ganado en la montaña. Al otro lado de este colladito se encuentra el lago de Engolasters, a 1.700 metros de altitud. Es de forma oval, y de una extensión de un kilómetro de longitud por setecientos metros de ancho; sus aguas son claras, de un morado intenso, habitadas por gran número de sabrosos barbos. Este estanque es uno de los atractivos más remarcables de Andorra por su poética situación, con sus orillas rodeadas de pequeños cerros cubiertos de bosque, teniendo como fondo las lejanas montañas de Canillo y Soldeu, por entre las cuales saca la cabeza el ya citado Casamanya. Lo avanzado de la hora y, más que eso, el aspecto de un cielo que, por instantes, amenazaba con una tormenta de las que se estilan en semejantes altitudes, nos impidieron descansar en las grandes rocas que allí se encuentran, para disfrutar de aquella apacible calma de la naturaleza a la vista de las aguas cristalinas de un lago que el viento rizaba en pequeñas olas. Y a fe que toda precaución por parte nuestra fue justa, puesto que la tempestad que nos vino encima fue de las que nunca más se olvidan”.

 

Sin embargo, el turismo deseaba trepar más arriba. En Encamp, los dos urbanitas acordaron con el dueño de la fonda que les acompañara hasta el port d’Envalira durante su segunda jornada de vagabundeo:

 

“El siguiente día, 16 de julio [de 1915], emprendíamos temprano la subida, por camino algo mejor que el de Engolasters, hacia la región lacustre de Els Pessons, pasando antes por la ermita de Sant Jaume, y después por el coll d’Enredot o de los Cortals, cerca del cual dejamos las monturas y sus conductores, mientras que nosotros, con el guía, nos dirigimos a visitar los lagos. Estos, en número de dieciocho o veinte, de diferentes medidas, están dispuestos en forma casi circular sobre una vasta terraza granítica desnuda de árboles, desde donde se arrojan las aguas que se escurren de uno a otro hasta el fondo del valle. Se ve un rosario de hermosísimos estanques unidos por el hilo de plata de la Valira oriental, que allí tiene su nacimiento. No creemos pecar de exagerados al aseverar que la grandiosidad de esta región es de las más soberbias y encantadoras de toda la cordillera pirenaica. Vistos los estanques, volvimos al lugar donde nos esperaban las caballerías y, a la sombra de unos árboles sobre la misma orilla del naciente río, despachamos las provisiones que la Fonda Oros nos preparó al efecto, en la animada conversación de sobre la tabla o, mejor, sobre la hierba”.

 

Estaba claro: el excursionismo catalán se iba proyectando hacia los territorios de las águilas. Un proceso que se asentaría de forma definitiva cuando una de sus figuras señeras, Josep Maria Guilera i Albinyana, se interesó por el País del Pirineo en su faceta más ártica. Para saber cómo discurrió el debut de Guilera será preciso traducir el capítulo que dedica a la “Semana Santa en Andorra” dentro de sus Excursions pels Pirineus (1959)… Los instigadores del proyecto fueron unos veinteañeros a quienes les apasionaba el montañismo de piolet y crampones cuando las marchas en invierno se contaban con los dedos en la vertiente sur del Pirineo. Además del cronista, se enrolaron para esta correría Antoni Asbert, Josep y Joan Botey, y Lluís Goytisolo. El quinteto se dirigió al Principado durante la Semana Santa de 1919: en gran medida, debido a los textos encendidos de Osona, para quien la Andorra a caballo de los siglos XIX y XX era “desconocida, inalcanzable y hermética como un Tíbet engarzado en el Pirineo catalán”. Aparte de este libro, sus candidatos rebuscaron entre las “revistas excursionistas” los relatos de viajeros durante el estío. Y, como medida suplementaria, solicitarían cartas de presentación a conocidos suyos con intereses comerciales en el Principado, pensando en evitar problemas en la frontera.

 

Nuestros aspirantes a las nieves de los picos andorranos salían hacia la Seu d’Urgell el 16 de abril de 1919. Las combinaciones desde Barcelona en tren y autocar solían reclamar unas doce horas de viaje. Una vez resueltos los trámites con los carabineros en la Farga de Moles, penetraron en una Andorra nevadísima. Nos saltaremos las descripciones de los núcleos del Principado, para explicar tan solo que, según Guilera, “en el sentimiento de hospitalidad de la Andorra de 1919 influía mucho los cinco años de guerra [Mundial] y la falta casi total de visitantes, la mayor parte de los cuales entraban en la categoría de indeseables, como los desertores franceses o los alemanes evadidos de campos de concentración”. Tampoco entraremos en las valoraciones que Guilera realiza del famoso libro de Osona, al que juzga rico en “literatura laudatoria hija de su tiempo”. Acudamos directamente a las cotas altas. El primer tanteo consistiría en una marcha hasta Els Pessons que desbarataría la niebla: el quinteto se tuvo que conformar con un paseo hasta Soldeu. La noche los sorprendió en Canillo, donde la gente del pueblo, al ver sus piolets, les preguntó si venían para arreglar la carretera, en tanto que exclamaban: “¡Pobre canalla! ¿Qué deben de haber hecho, para tenerlos merodeando hacia la frontera con Francia?”. Evidentemente, los tomaban por unos desertores castigados a trabajos forzados…

 

Para el segundo día, el plan era subir al pic de Casamanya y ganar Ordino. Una excursión con el valor añadido de situarse en el centro geográfico del país. En una hora estaban ya pisando el nevazo: a partir de las bordas de Montaup, “la blancura iba a ser constante” en su trayecto hacia el coll d’Ordino. Les esperaba una larga jornada abriendo huella en la nieve y dando relevos a quien ocupaba la cabeza, pues “era un trabajo agotador”. La marcha a pie, descrita por Guilera como “una sucesión de suplicios”, no les hizo perder su fe de que “era la única manera, adecuada y digna, de visitar la montaña en invierno, tan primitiva y desprovista de recursos”. Aunque, sensu strictu, hubieran ingresado ya en la estación primaveral. Situemos ya a estos chicos sobre su objetivo:

 

“Unas siete u ocho horas, todas parecidas, nos llevaron sobre el mediodía a obtener el premio de la cumbre del Casamanya. El día era radiante. La perfecta sucesión de crestas y de cimas que conformaba en las alturas los límites fronterizos de Andorra ofrecía un panorama pleno de grandiosidad que constituía el mejor premio a nuestra constancia […]. Con el mapa delante miramos y remiramos, repasando a la buena de Dios las montañas que se apilaban ante nuestras miradas curiosas despertando nuestra admiración. Los comentarios entusiastas volaban hacia algún pico esbelto o montaña de bella planta. El delirio de las alturas y de las cimas hallaba presas fáciles en nosotros, y seguiría dominándonos con persistencia. ¡La hora excelsa que pasamos en lo alto de aquella cima es de las que cuentan en la vida!”.

 

Mejor orientados para el descenso, lo realizarían por todo el cordal hasta el coll d’Ordino. Como es lógico, aquellos muchachos llegaron a la conclusión de que su aventura hubiera reclamado “menos penas” de haber traído los esquís. De hecho, la nieve les retrasó considerablemente en su trayecto por los bosques que antecedían a Ordino, adonde llegaron con el ocaso. Ante su puente, hallaron a un grupo de nativos que discutía sobre las huellas que se apreciaban en la bajada del Casamanya: ¿eran de lobos o de osos? Cuando los cinco hispanos les aseguraron que eran sus propias trazas, no terminaron de creérselo. Aun así, los andorranos anularían la batida ya programada para el día siguiente.

 

El montañismo catalán de piolet y crampones aterrizaba por fin en el País del Pirineo. Pronto le seguiría el de bastones y tablas

15 Comentarios

  1. Para que conste que es de agradecer que aqui no se hable nada de la puta politica
    Salu para todos que siguen tu blog Alberto y tanbien para ti

    • Hey, José: lo tuyo es entusiasmo, desde luego… Entonces, siendo maño como eres, supongo que me das un voto de confianza para que siga publicando esas cosillas sobre los Pirineos orientales que caen entre mis manos, ¿no? Saludotes gordos, paisano…

    • ¡Ups!, se me pasaba, por ir con prisa: acabo de aterrizar y el cuerpo me pide la ducha (anual)… Sí, José: también agradezco mucho que se hable lo menos posible de política por estos andurriales… Va otro saludo, “kó”…

  2. Tal vez no conozcas la oportuna expresión “Fer-se l’andorrà”. De hecho yo ni la conocía hasta que la leí en la biografía que Artur Osona -precisamente él- dedicó al superlativo Jaume de Can Valent; un precursor de leyenda aún por descubrir.
    Dice Osona que Jaume “sempre es feia l’andorrà” i aclara que era: hombre circumspecto, de pocas palabras y tendente a “fer-se el desentès”.

    Dicho esto sólo añadiré: “I quina delícia, la prosa del Guilera!”

    • Hola, Jordi… Sí; ya lo creo: Guilera me parece un fuera de serie… Mira qué casualidad: sus “Excursions pels Pirineus” (1959) me las recomendó, en la feria de Salardú, Caballé, el librero de Escaldes… Además, me hizo un buen precio para que el libro viajara hasta las orillas del Ebro… En cuanto a lo de “hacerse el andorrano”, desde luego que sí que conocía la expresión: yo diría que sale en dos de cada tres libros de viajes sobre nuestro Principado… ¿Sabes si les molesta a los autóctonos? Por si acaso, no suelo utilizar dicha expresión (a algunos turolenses les hiere ese otro slogan de “Teruel también existe”)… Saludos cordiales…

  3. Y SE ME OLVIDABA DECIR QUE SIGAS ESCRIBIENDO DE LO QE QUIERAS

    • Hola, Luis… ¡La “Peña Zaragocista” se materializa por estos barrios montaraces…! (¿Aguantaremos como unos jabatos en Segunda División? ¿Nos pasaremos para saludar al Huesca en Tercera…?). Ya fuera de coñas: muchísimas gracias por tu voto de confianza… Y a creer en los milagros, que igual llegamos a la liguilla de promoción, y el año que viene andamos padeciendo a CR7…

  4. MUY BIEN POR TI Y POR GOMEZ VALENZUELA QUE SOIS FANTASTICOS

  5. Con frecuencia, a los habitantes de la Andorra de otros siglos les llueven los juicios poco afectuosos. En tales casos, suelo apostillar que era esta una afición muy corriente entre los “señoritos viajeros” que acudían hasta las zonas altas del Pirineo: se divertían de lo lindo repartiendo estopa a diestro y siniestro contra cualquier uso local… ¿Un ejemplo en otro punto de la cadena? Hace un par de días, buscando unos datos, me tropecé con cierto artículo que publiqué en un Heraldo de Huesca del 3 de octubre de 2006. Os lo copio por aquí:

    Con gran éxito de asistencia, fue presentada en Sallent el pasado 12 de agosto la última obra de Manuel Gómez de Valenzuela: “Vida cotidiana en el valle de Tena en el siglo XVIII”, galardonada con el VI Premio de Investigación Histórica Villa de Sallent, correspondiente al año 2004. Animo a todos los amantes del Pirineo en general y del Alto Gállego en particular a que consigan un ejemplar, pues su tirada no es muy larga. Es una colección que favorece el Ayuntamiento de Sallent y el Instituto de Estudios Altoaragoneses, suele agotarse.
    Dentro de este, el cuarto libro de la serie de Gómez de Valenzuela sobre la “Vida Cotidiana”, se hallará un estudio serio del Siglo de la Luces tensino. La chispa de su autor nos sirve fragmentos divertidísimos:

    “Un testimonio –escribe Gómez de Valenzuela– poco halagador para los tensinos, de un viajero de 1794 dice así: Son maliciosos y borrachos. Escandaliza el vino y aguardiente que bebe su corto vecindario. No hay fiesta sin comida y borrachera.
    ”Que estas acusaciones no eran totalmente infundadas lo demuestra un recetario antialcohólico encontrado en la buhardilla de Casa Lucas en Panticosa (con letra del siglo XVIII), que no me resisto a transcribir:
    “El corazon del cuerbo cozido con un quarton de vino y dado a beber dicho vino, hace aborrecerlo.
    ”Echar dos o tres anguilas vivas en medio cantaro de vino dexandolas estar hasta que se ahoguen y dar este vino al que se embriaga: le causara tal aborrecimiento que no lo bolbera a beber.
    ”La flor del trigo que se hace en las puntas de las espigas, seca a la sombra y dada a beber en el vino, causa tal aborrecimiento a el que no lo pueden ver ni oler en toda la vida.
    ”Una cabeza de cordero con su lana, huesos, dientes y sessos, metido todo en una olla con una libra de sangre del mismo cordero, un puñado de cabellos de hombre, una hiel de anguila con su hígado, bien embarrada la dicha olla y puesta al horno asta que se tueste lo que tiene dentro de modo que se pueda reducir a polbo, al que se embriagase dareis dichos polvos en quatro o cinco onzas de vino y no lo provara mas”.

  6. Hola otra vez, José María… Sí; ya contaba con que las anetadas y moncayerías te iban a gustar… Por eso tranquilo, que en cuanto me dé una vuelta por el mundillo del esquí en el Pirineo oriental, me vuelvo corriendo a la cota 3.404 metros… ¡Larga vida al Rey!

  7. Estimado alberto: de veras que le voy cgiendo el puntillo a estos textos tan trabajados de andorra.
    Pero despues de haber disfrutado tanto con el Aneto y el Moncayo los dos reyes lamento un poco que salga de tu tierra.
    Hay mucho trabajo en Aragon por lo que se ve.
    Un abrazo de: josemaria.

  8. Curiosa reacción de los indígenas ante la llegada de los colonialistas montaraces. También sorprende su escasa familiaridad con las herramientas propias del montañismo, cuando en otros valles fue la población autóctona pionera en la introducción de esquí y piolet.

    • Hola, José… Sí, estoy contigo: en estos textos “vestustos”, tropiezas detrás de cada esquina con algún motivo para la sorpresa… En lo que se refiere a los cachivaches montañeros, tal vez no sea tan extraña la maravilla de los naturales de Andorra: el piolet apenas se vio por los Montes de Pirene durante el siglo XIX. Vamos, que todo el mundo iba con un palo o la gayata (en fino: “alpenstock”) y, en ocasiones excepcionales, con el hacha para tallar en el hielo guardada en la mochila… En cuanto a los esquís, pues más de lo mismo: hasta donde he podido saber, durante los inviernos, los pirenaicos tiraban de una especie de raquetas rudimentarias, ¡y eso cuando era imprescindible salir de casa tras las nevadas gordas! (con lo bien que se tiene que estar hibernando con la parienta en la cama, saliendo solo de debajo de la montaña de mantas para llegar hasta el orinal).

      • Hablar de montañismo en Andorra y citar a Manel Figuera, resulta imprescindible. Recientemente, este autor ha publicado “Andorra, 17 excursions a peu”. Quienes deseen estar más al tanto, pueden hacerlo desde esta entrevista:

        LUENGO, Andrés, “El pic d’Escobes té alguna cosa de totèmic, com el Carlit i el Puigmal”, en: El Periòdic d’Andorra, 18 de febrero de 2014.

        Por cierto, Manel: muchísimas gracias, tanto en nombre de Desnivel como en el mío, por tu amable referencia a la novela “Flor de Gaube”, finalista en el III Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Aventura y Viajes…

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