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Los cuentos tristes del Salbaguardia

Hace algún tiempo escuché historias muy similares en labios y ocasiones diferentes. En ambos casos referían la necesidad de que se explicara en la prensa, lo más claro y detallado posible, cómo se habían producido algunos accidentes de montaña. En plan “tal vez así se hubiese evitado”, sin demonizar ni cargar las tintas contra nadie. Tales eran las creencias de un guardia del GREIM y de un médico del CUEMUN. Dos pasajeros asiduos del helicóptero de rescate Bölkow que deseaban reducir su número de salidas…

Sin el menor deseo de resultar truculento o catastrofista, he rebuscado entre las crónicas pirineístas varios hechos luctuosos que en su día conmocionaron a nuestro gremio. Los iré publicando a lo largo de los próximos meses, entre otros motivos, para que se pueda constatar el paralelismo en unas decisiones erróneas que, las más de las veces, se pagaron caras. Nunca se insiste lo suficiente: jamás hay que perderle el respeto a la montaña.

Ya he dedicado alguna entrada a la madre de todos los accidentes del Pirineo: la caída de Pierrine Barrau dentro de la Gran Rimaya de la Maladeta. Bastante menos se ha difundido la siguiente desgracia impactante del siglo XIX: la sufrida por un inglés en el pico de Salbaguardia (2.738 m). Este último caso lo explicaba el doctor Adolphe Mony desde su Ascensions au Néthou (1861).

Todo sucedió en el verano de 1859. Mony se encontraba en Luchon, ocupado con los preparativos para la gran aventura que entonces era la ascensión al Techo del Pirineo. Un reto que afrontaría junto a sus amigos Lange y Vincent, escoltado por los guías Argarot hijo y Barrau sobrino… Del conquistador del Aneto en 1842 en el primer caso, y del fallecido en la Maladeta en 1824 en el segundo, se entiende. Cuando abordaba el apartado del equipo que iban a precisar, enhebró con arte la siguiente historia:

“Ya teníamos a los hombres. Nos quedaba alistar el material, que se componía de cuerdas, habitualmente surtidas por los guías, zapatos muy fuertes con clavos en las suelas, polainas hasta la rodilla, una ancha faja española de lana que se ceñía en torno a los riñones, un par de gafas de cristales azules para evitar las oftalmías y, además, un sombrero de fieltro o paja con un lazo para fijar al mentón. Ninguno de estos detalles resultaba pueril; eran el resultado de la experiencia, por lo que, con su observancia, se podría conservar la libertad de movimiento. Se debía pasar una noche en la montaña [para subir al Aneto]. Así, fue preciso añadir una manta de buen paño, los víveres para cada uno y para los guías, vino y una cantimplora de ron, que es un buen recurso contra el cansancio y el frío […].

”Finalmente, para no dejarnos nada, quedaban dos precauciones de otro tipo que había que tomar: era preciso acostumbrarse al vértigo, que es una debilidad física, y guardarse de la superstición, que es una debilidad síquica.

”Se previene la primera después de algunas ascensiones en la montaña. En cuanto a la segunda, que no se me acuse de exagerado si la señalo como un verdadero obstáculo. Si hubiésemos sido supersticiosos no hubiéramos partido: la víspera, un ministro protestante [Charles Harwich o Hardwich] subió al pico de Salbaguardia con otro inglés [Charles Packe], a quien pudimos conocer dos días antes en Luchon. Una vez en la cumbre, mandaron de vuelta a sus guías a pesar de las reticencias de éstos. Tras quedarse solos, los dos ingleses comenzaron a bajar de la montaña. El amigo del ministro [religioso] siguió el buen camino, pero el ministro, creyendo descubrir una vía más directa, se aventuró por las pendientes casi cortadas a pico de la vertiente meridional. Su amigo le llamó en vano. Ya porque le resultó imposible volver a subir, ya porque no comprendió la inminencia del peligro, ¡prosiguió por aquella ruta…! La he visto después y resulta tan espantosa que no se concibe que una criatura dotada de razón haya osado arriesgarse por allí. Sin embargo, el desdichado siguió bajando. Pronto una piedrecilla rodó bajo sus pies, quebró el frágil equilibrio que aún le sustentaba y lo precipitó por una de esas canales lisas que forma la conjunción de dos vertientes rocosas que los montañeses denominan chimeneas. No se detuvo sino sobre las terribles aristas que lo golpearon, unas y otras, como si fueran verdugos. Quizás no murió del golpe, acaso tuvo una noche de agonía, pues no tenía más heridas graves que un brazo roto y dos laceraciones poco profundas detrás del cráneo. Se le buscó en vano hasta la noche; su amigo [Charles Packe], desesperado, entró muy tarde en Luchon.

”Con la albada del día siguiente, volvió a subir acompañado de guías, cazadores y un gran número de montañeros, así como gente joven. Se hizo un cerco a la montaña. Después de largas búsquedas se avistó el cuerpo pero, para alcanzarlo, fue preciso realizar prodigios de audacia y de habilidad: Jamás había pasado por lugares parecidos, nos dijo un viejo cazador de sarrios.

”Esa misma mañana en la que se buscó su cuerpo, el sábado 20 de agosto [de 1859], nosotros salimos hacia la Renclusa. En Luchon todo el mundo estaba consternado. Nadie hablaba todavía de imprudencia; solo se tenía en cuenta la muerte de un hombre, y su cadáver, perdido entre las grietas del Salbaguardia, arrojaba sobre todas las montañas un velo de espanto y de duelo.

”Sin embargo, nosotros partimos hacia la cima maldita [del Aneto], y si no se atrevían a maldecir abiertamente, cada uno nos decía mediante la expresión de su rostro o la tristeza de su mirada, esas reticencias de la palabra, y ese millar de personas que nos quería decir: no vayáis”.

Dejaremos aquí la expedición del médico galo, quien lograba hollar sin problemas los 3.404 m de su, digamos, meta maldita. A cambio, nos quedaremos con unos datos del fallecido procedentes asimismo de Mony:

“Charles Harwich, archidiácono de Cambridge, tenía treinta y dos años de edad. La víspera de su muerte, solo, a pie, sin guías, calzado con unos zapatos sencillos y desgastados, había visitado los lagos [¿de Oô?] y completado la ascensión del pico de Crabiules, descendiendo por el glaciar y recorriendo el valle de Lis, para regresar a Luchon a las 23:00 h”.

Se puede rematar nuestro primer drama con ese párrafo que le dedicara Jean Escudier desde El Aneto y sus hombres (1972):

“El doctor Mony se dirige al Aneto y sube las revueltas del camino del puerto de Benasque, cuando se cruza con un mulo cargado con un cadáver: el de Charles Hardwich, archidiácono de Cambridge, muerto dos días antes en el Salbaguardia. Un hombre sigue al muerto. Era su amigo Charles Packe, de 33 años; es inglés, y ha renunciado a su país; abogado, y ha renunciado a su profesión, para vivir en los Pirineos. Nadie los ha amado tanto como él”.

En efecto: la traumática experiencia no iba a lograr que Packe terminara siendo uno de los principales exploradores de los Montes de Pirene. En cuanto al escenario del accidente de 1859, decir que con cierta periodicidad contemplaría sucesos similares… Nos quedaremos con los que Émile Belloc reseñaba desde la “Sección de accidentes” de La Montagne, en noviembre de 1908:

“Pico de Salbaguardia, 3 de septiembre de 1908. Un turista inglés, Boot, quien había llegado la víspera por la tarde a Bagnères-de-Luchon, salió hacia la montaña sin decir dónde iba. Como no se le vio regresar, se realizaron algunas búsquedas por los alrededores de la estación termal que no dieron resultado alguno. Mediante estas gestiones se supo que nadie había visto descender a un excursionista que había ascendido al pico de Salbaguardia a primeros de septiembre. Entonces, los guías de alta montaña Castex, alias Péchic, Jean Haurillon y Arrazeau se pusieron de nuevo en marcha. Un reconocimiento minucioso de las numerosas angosturas que surcan la vertiente española del Salbaguardia, en dirección al promontorio calcáreo de la peña Blanca, permitiría descubrir el cuerpo mutilado del infortunado viajero casi en el mismo lugar donde se había producido, dos años antes [1906], la caída mortal de una joven que veraneaba en Luchon.

”Boot estaba tendido boca abajo, con los pies en alto sobre la pendiente esquistosa que domina la peña Blanca. Su mochila se quedó enganchada en un resalte de la roca, indicando el camino que siguió el cuerpo de la víctima. Su bastón, doblado y roto, se halló a unos cuarenta metros por debajo de su cadáver, atestiguando dos esfuerzos supremos que había debido de realizar el montañero cuando sintió que se precipitaba al vacío.

”Confiando excesivamente en sí mismo o, quizás, un tanto inconsciente de los peligros de la montaña, Boot cometió el error de salir sin guía por una región que no conocía, calzado con zapatos ligeros con suelas desprovistas de clavos; unas imprudencias que le costaron la vida.

”En cuanto se supo el resultado de esta búsqueda, dos amigos de la novia del desdichado turista subieron a la peña Blanca [el 1 de octubre de 1908] para recuperar sus restos. Acompañado por los carabineros españoles, el cuerpo fue llevado a la Villa de Benasque (Aragón) donde, gracias a la emocionante bondad de la joven Reina de España [la Regente María Cristina], a quien una desolada prometida telegrafió en cuanto conoció la tragedia, las formalidades administrativas fueron reducidas de forma singular. Por orden se Su Graciosa Majestad [sic], el cadáver de Boot fue inmediatamente entregado a los guías y transportado a Bagnères-de-Luchon, donde tuvieron lugar unos muy hermosos funerales”.

El arranque del siglo XX y la plena difusión montañera traerían consigo el incremento de las tragedias en las alturas. No; no hubo que esperar para eso al término de la Gran Guerra, como en ocasiones se ha proclamado. Consecuentemente, en las revistas de la época se constató cierta preocupación por unos hechos luctuosos que, hasta entonces, se habían mostrado más moderados. De este modo se expresaba un editorial sobre “Los accidentes de montaña de 1908” en el órgano del Club Alpin Français:

“Bastante numerosos en los Alpes Centrales y Orientales, los accidentes de montaña lo han sido menos en los Occidentales, en los cuales nos especializamos […]. Podemos hacer una constatación a modo de consuelo: los accidentes registrados han implicado a novatos que no conocían la montaña y que despreciaron las más elementales reglas de prudencia que el alpinismo enseña. En el Col des Confins, en la Aiguillette d’Argentière, en los Cornettes de Bise, en el pico de Salbaguardia, es siempre lo mismo: ausencia de guía, turistas completamente sin experiencia o, todo lo más, con poca, e imprudencias notables […]. En el momento en que redactamos estas líneas, los periódicos del 10 de noviembre [de 1908] relatan la muerte de ocho personas atropelladas en las calles de París. A todas luces, París es más peligroso que el Alpe Homicida”.

La crónica negra cobraba auge en el mundo pirenaico.