por

Una caída desde la cresta de Costerillou

La transmisión oral tiene sus pegas. A veces, el paso de los años puede emborronar algún recuerdo colectivo. Quienes gustan de charlar con los montañeses saben bien que la mínima confirmación de sus historias a través de las fuentes escritas, cuando ello es posible, resulta fundamental. El caso de “los dos alemanes muertos” en el Balaitús, cuyos cadáveres “fueron bajados por el guía Eustaquio Urieta”, presente en el imaginario de Sallent de Gállego, constituye una buena muestra. Que nadie se moleste por ello: el tiempo acostumbra a gastar, en todas partes, este tipo de jugadas.

Ya hemos visto que, en realidad, el “primer alemán” de la crónica negra del Cervino del Pirineo, Carlos Schneider, era un suizo afincado en Madrid, socio de la Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara. Su fallecimiento en 1920 quedó unido en la mente de los habitantes de Sallent al de otro supuesto “alemán”. Sin embargo, la tragedia de 1934 en la que hoy nos fijaremos muestra tantos elementos de concordancia con la anterior que casi hasta justifica el desliz en la memoria de la villa tensina.

Como ya hemos adelantado, catorce años después del accidente de Carlos Schneider, la asociación madrileña sufriría otro no menos trágico en el mismo macizo. La secuencia de sucesos del drama de 1934 arrancaba con una serie de viajes previos de reconocimiento realizados por peñalaros al refugio de Piedrafita. Los miembros de su Grupo de Alta Montaña acababan de realizar varias actividades punteras en los Picos de Europa, tras las cuales planificaron lo que se denominaría Expedición a Pirineos. José González Folliot narró los hechos que hoy nos ocupan en un interesante libro: Mi vida montañera (1981). Recurriremos a su testimonio para revisarlos…

Los primeros espadas de Peñalara tenían en mente realizar unas campañas en el Alto Gállego que iban a requerir de preparativos casi militares. En el porteo inaugural de 1934 hasta el circo de Piedrafita, participarían González Folliot, López, Mato y Peñas: a cambio de obtener plaza en el coche de un consocio, trasladaron hasta el ex-refugio de Alfonso XIII [eran los años de la República], entre otros fardos, un colchón de lana para el dueño del vehículo. Tan pintoresco acarreo se llevó a cabo por la ruta del collado de los Musales con el auxilio de un porteador local cuya identidad no se llegó a proporcionar. La siguiente visita preparatoria se completaría en el curso de una excursión organizada por cierta entidad bancaria de la Capital: entre los montañeros castellanos que asistieron a la misma se hallaban Pepín González Folliot, Miguel López Hernández y Juan Bautista Mato.

Así llegó el mes de julio de 1934. Inicialmente, estaba programado que el trío formado por González Folliot, López Hernández y Mato permaneciese una semana en el refugio de Piedrafita, realizando las ascensiones más reputadas del sector. El traslado hasta su base les iba a ocasionar algún percance, según cuenta el primer citado:

“El viaje lo efectuamos en tren [hasta Sabiñánigo] y en autocar hasta Sallent de Gállego, donde pernoctamos. Al día siguiente partimos de Sallent a primeras horas de la mañana para remontar y alcanzar el collado de la Forqueta de los Musales, descendiendo a continuación el valle de Piedrafita, teniendo que atravesar el río Aguas Limpias, que por cierto llevaba mucha corriente por el deshielo. La cosa no fue fácil, pues en más de una ocasión estuvimos a punto de que en un salto sobre las grandes piedras nos tumbara y caer sobre el lecho con una corriente salvaje: al fin conseguimos llegar a la otra orilla, que es donde está el refugio. Allí nos instalamos para realizar nuestras escaladas”.

Bien informados sobre la hegemonía francesa en lo que a ascensiones y escaladas pirenaicas se refería, aquellos madrileños arribaban deseosos de cambiar dicha tendencia. Entre todo el catálogo disponible, optaron por una ruta que acababa de ser abierta recientemente y que, por lo que suponían, carecía de repetición. De este modo se desarrolló su desafortunada escalada en Costerillou:

“Solo una gran chimenea, completamente vertical, situada en la cara sur, ha sido la única vía que no se había empleado como subida. Descubierta por los famosos hermanos Cadier, lleva el nombre de dos de ellos: Charles-Édouard […]. El 13 de julio de 1934, unos españoles, Miguel López Hernández, Juan Bautista Mato y José González Folliot, consiguen una primera escalada en el Balaitús, ascendiendo sin el menor contratiempo por dicha chimenea […]. Habíamos salido juntos del refugio en dirección al Balaitús. Pero al llegar al punto donde sale la vía normal, que hay que subir por unos neveros, nosotros nos desviamos hacia la derecha, con intenciones de hacer la chimenea Charles-Édouard. Empezamos a subir, y cuando estábamos en mitad de la chimenea, desde donde seguíamos viendo a los demás, Miguel les gritó para decirles que a su regreso le tuvieran un caldito bien caliente preparado, pues sentía las tripas un poco desarregladas. Tenía una buena colitis; sin duda había cogido frío, pues nos bañábamos en las aguas heladas de los lagos, enjabonándonos abundantemente con jabón de brea. El agua fría que se bebía, que según decían allí era como un cuchillo, carente de sales, también contribuyó a la indisposición de Miguel. Llegamos a culminar la chimenea y empezamos a hacer Las Crestas [de Costerillou y del Diablo]. Íbamos encordados y contentos, hablando, y llegamos a la aguja de Ussel. Yo iba el último, a la distancia que diera la cuerda, pero aquí ya nos desencordamos. Miguel iba el primero. Había un recodo y tras él desaparecieron los dos. Yo iba a una distancia de unos veinte metros y nada más darles vista, sentí chillar a Juanito llamando a Miguel. Éste, al asomarse a la vertiente francesa, se debió apoyar mal en una roca de esta fina crestería. Había un cortado y la vertiente francesa estaba totalmente cubierta por la niebla. Es muy posible que, al asomarse, sufriera algún mareo debido a su indisposición. Y no podíamos verle. Cayó trescientos metros y, al dar en el mismo borde de la rimaya, se le fracturaron las piernas. Se había caído con la cuerda y no disponíamos de otra. Asustados y totalmente consternados, buscamos la manera de bajar hacia la parte española”.

Con no pocos problemas, González Folliot y Mato destreparon sin cuerda los muros meridionales de Costerillou para bajar al refugio de Piedrafita. El resto del grupo del Peñalara ya estaba de regreso del Balaitús, pero sus integrantes se quedaron paralizados ante la noticia. Lo más oportuno era solicitar ayuda en la población más cercana:

“Había que avisar al pueblo. En vista de que nadie decidía, Juanito y yo, hechos polvo, bajamos a Sallent. Serían las 22:00 h y, naturalmente, a esa hora no se podía hacer nada. Así que nos recomendaron, cuando llegamos al pueblo, descansar y dormir para salir de madrugada con unas caballerías. Nos acompaña Eustaquio Urieta, que era delegado de Peñalara en Sallent, y su hijo [también llamado Eustaquio]. Subimos al refugio, donde dejamos las caballerías, y por una collada que divide los dos países, pasamos a Francia andando para coger Las Crestas por detrás […]. Llevábamos unos prismáticos [Zeiss que le obsequiaron a Urieta tras el rescate del cuerpo de Schneider en 1920] con los que buscábamos un punto que pudiera darnos una pista, y fue Eustaquio quien descubrió a lo lejos algo que pudiera ser. Se vino con nosotros Eustaquio hijo, que era un muchacho fuertísimo. Y, efectivamente, en la parte baja del nevero aquel, encontramos el cuerpo de Miguel […]. Eustaquio Urieta llevaba un saco de arpillera. Metió allí el cuerpo del pobre Miguel, doblado como estaba para que abultara menos, lo ató para que no se saliera y lo bajamos arrastrándolo por el nevero. Después, ya hubo que cargar con él, y Eustaquio lo hizo hasta llegar al sitio donde había quedado su padre. Tuvimos que organizar una especie de camilla con cuerdas. Nos íbamos turnando hasta que llegamos al collado; yo llevaba el hombro echando sangre […]. Tuvimos que dormir una noche en Piedrafita, dejando el saco con el cadáver junto con las caballerías, y pudimos descansar. Allí estaban todos nuestros compañeros. Para bajar al pueblo, había que subir la Forqueta de los Musales y cruzar el río Aguas Limpias saltando de piedra en piedra. Pasamos la Forqueta y, a más de una hora de camino está el pueblo, donde nos esperaba el juez de paz [¿Antonio Fanlo?] para hacer las diligencias, y seguidamente lo enterramos en el cementerio de Sallent; allí quedó el pobre Miguel. Después, Teógenes [Díaz, su camarada] le hizo una lápida”.

Del terrible accidente que vivió tras superar la chimenea Charles-Édouard, entonces ya españolizada como de Carlos-Eduardo, durante los primeros tramos de la cresta de Costerillou, Pepín extraería alguna conclusión:

“Después de pasar todas estas agujas [la torre Cadier y la aguja de Ussel], estando ya en camino del pico Central y en terreno bastante seguro, es donde Miguel López sufre un desvanecimiento y se desploma en un salto mortal de más de trescientos metros. Nadie podía suponer esto en un alpinista de su categoría. No puede achacarse al vértigo producido por la altura, porque en aquel momento la niebla nos envolvía. Más segura es la hipótesis de una ignorada lesión cardiaca o, simplemente, una ligera indisposición estomacal, que él acusaba antes de salir del refugio a causa de los baños de agua helada que nos dábamos antes de salir en los lagos de Respomuso”.

La noticia del fallecimiento de López halló eco en la prensa gala. Cierta nota anónima sobre los “Accidents de montagne en 1934”, de esto informaba desde el número 271 de La Montagne (junio de 1935):

“Es difícil obtener informes precisos y completos de los accidentes en los Pirineos, pues la prensa pirenaica es, en este tema, más discreta que la alpina. El 13 de julio, uno de los mejores líderes de cordada de la sociedad Peñalara, de Madrid, encontró la muerte en la Torre de Costerillou, tras sufrir una caída de más de doscientos metros sobre el glaciar de Las Néous”.

La desdichada víctima del accidente era un hombre muy querido en Madrid debido a un carácter sencillo y bondadoso. Todo el mundo conocía sus difíciles circunstancias: huérfano de padres y de condición modesta, vivía en casa de sus tíos y trabajaba duramente en un banco, siendo el único sustento de los suyos. Los supervivientes del drama de Costerillou redactaron una emotiva glosa de despedida en el número 248 de la Revista Mensual de Alpinismo Peñalara (agosto de 1934), dedicada a “Miguel López Hernández (del GAM)”. Sin pérdida de tiempo, se abriría una suscripción para encargar algún tipo de monumento en su memoria. Ese mismo verano de 1934 la suma recolectada ascendía a 1.656 pesetas. A destacar, entre otros donantes particulares, los compañeros del Banco Central donde trabajaba la víctima. Según el texto aparecido en “Suscripción para costear un mausoleo a Miguel López (q.e.p.d.) en Sallent de Gállego”, también contribuyó cierta agrupación misteriosa, denominada Los Amigos de las Faldas (¿pro feministas?). No es de extrañar que el proyecto saliera adelante con rapidez. En diciembre de 1934 una reseña sobre “El monumento a Miguel López”, anunciaba desde el número 252 del órgano de Peñalara:

“Este pasado verano quedó colocado, en el cementerio de Sallent de Gállego, sobre la sepultura de nuestro infortunado consocio Miguel López, muerto en accidente en las crestas del Diablo [sic], el monumento costeado por suscripción entre sus amigos, a la que acudieron también numerosas sociedades afines. La obra erigida fue colocada por su autor, nuestro consocio Teógenes Díaz, en cuyos talleres de marmolista fue construida y preparada. El pequeño monumento, sencillo y de buen gusto, ha sido muy elogiado por todos los pirineístas que este verano han depositado sobre él unas flores en memoria del valiente escalador y querido consocio”.

Desde entonces, el camposanto viejo de Sallent fue lugar de paso obligado para sus compañeros. A modo de ejemplo, sirvan estas líneas de José Luis Más en 1935, redactadas ante esa tumba de mármol blanco sobre tierra que apuntaba hacia Sabocos:

“A la mañana siguiente de mi llegada a Sallent, un profundo deber de amistad me hizo dirigirme al cementerio del pueblo. Una visita al pobre Miguel, víctima de la fatalidad hacía aún pocas semanas en las crestas de Costerillou. Ya no nos acompañará más el buen amigo. Los picos que tanto amaba serán los guardianes de su sueño eterno. Unas flores recientes en su tumba eran el mudo testimonio de la amistad de los peñalaros que le perdieron”.

Que nadie busque el monumento a Miguel López dentro del cementerio sallentino. Tras la construcción del embalse de Lanuza, el camposanto se trasladó hasta su ubicación actual, cerca del desvío de la carretera nacional…

  1. Hey, Xavi… Ya, ya imagino que, como eres de origen aragonés, estarás pensando en que el veterano hacía gala del típico sentido del humor de por aquí… No; sin duda era “una de esas malas jugadas del tiempo”… Casi hasta las colecciono: por ejemplo, en mi club, “Fontaneros de Oregón”, he escuchado sobre Rabadá y Navarro historias a cuál más disparatada… A saber la que roza la simple exageración, el versionado particular, la “pérfida gamberrada de Cronos”… Lo dicho: es lo que tiene la no siempre satisfactoria tradición oral (estoy hablando de historia, claro). Saludotes, chacho…

  2. Hola de nuevo, Alberto… Buenísima la historia… Aunque creo que en el fondo el veterano sabía quienes eran los extranjeros en honor a los cuales habían bautizado las agujas… Lo que ocurre es que el tiempo le gastó una mala jugada… Otro saludo más…

  3. Hey, José… Lo mismo te comento, colega: mil perdones por la tardanza… En cuanto a lo de esbozar una posible ruta de retirada de los dos peñalaros, pues no me atrevo a conjeturar nada, que eso del “pirineísmo reconstructivo” se me ha hecho siempre muy difícil… Fíjate que los “grandes repetidores” de vías de finales del siglo XIX y principios del XX, como el clan de Brulle o los hermanos Cadier, se liaron que no veas tratando de trazar las rutas de las primeras más reputadas de la Edad de Oro… Pero me consta que el sector del Costerillou lo conoces más que bien… Otro saludote…

  4. Hola, Xavi; disculpa el retraso en la validación, que andaba fuera… ¡Venga, que te cuento una historia muy buena de la que fui testigo en primera fila, sobre eso de la volátil memoria colectiva! Hace bastantes años, durante una colectiva al Aneto desde Ballibierna patrocinada por un prestigioso club de montaña, uno de los veteranos dijo, al sacar a colación el tema de las agujas de Tchihatcheff, Argarot y Franqueville, que eran “unos extranjeros que se mataron escalando dicha montaña”… Creo que ya lo he contado otras veces; ya me disculparéis, pero, cada vez que recuerdo esta anécdota, me pongo de buen humor para un mes… Va otro saludo…

  5. Muy interesante, Alberto. Desconocía el suceso. Su descripción supone un difícil periplo (incluso hoy) por los aledaños del Balaitús. Imagino que el descenso sin cuerda lo harían por lo que ahora se conoce como normal a la Aguja d’Ussel, el cual, visto desde arriba, les tuvo que resultar imponente.

  6. Estoy contigo, Alberto… La memoria oral es imprescindible pero también muy subjetiva… En cualquier caso, enhorabuena por este texto tan nutritivo. Que además de estar muy bien documentado denota tu impresionante conocimiento de esta parte de la cordillera y sus habitantes…

Los comentarios están cerrados.