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Vísperas de la apertura de La Renclusa…

Este verano se rememorará en Benasque el centenario del fatal accidente de Adolf Blass y José Sayó, sucedido en el Aneto poco antes de que entrara en servicio el refugio de La Renclusa. Adelantándonos a los homenajes, puede resultar oportuno que examinemos con calma unos hechos que se desencadenaban con los últimos días del mes de julio de 1916…

Circulan varios relatos que aluden a la muerte del guía benasqués, Pepe el de Llausia, y a su cliente germano, cuando atravesaban el Puente de Mahoma. La mayoría, o son versionados o se apoyan en la crónica de la tragedia redactada por uno de los supervivientes: Jaume Oliveras Brossa (1877-1957), un sacerdote natural de La Garriga, provincia de Barcelona. El texto madre apareció con cierta prontitud bajo el título de “Desgràcia al pic d’Aneto”, en el número 260 del Butlletí del Centre Excursionista de Catalunya (septiembre de 1916). Vamos a recurrir con frecuencia a dicho trabajo en nuestro cuarteto de entradas. Comenzando, a modo de prólogo, con la traducción de ese capítulo sobre “Los muertos por el rayo; José Sayó Pedrón” donde el mosén realizaba una conmovedora glosa de su amigo desaparecido:

“Sayó era un hombre de unos cincuenta años, enjuto de carnes, alto y fuerte como un roble, de mirada penetrante, trato amabilísimo y simpático, con un aire entre montañés y ciudadano, taciturno en un primer momento, pero después comunicativo, con el ingenio vivo y rápido.

”Era montañés de cuerpo y de temperamento. Un gran escritor dijo que, para apreciar la montaña, hacía falta no ser hijo de ella. Sayó constituía la excepción de la regla: a pesar de haber nacido en Benasque, era un enamorado de la montaña en general, y de la Maladeta en particular. Por méritos propios pasó allí toda su vida: ya en el Hospital, ya en los Baños, ya en La Renclusa. En estas montañas había sentido todas las emociones, sabía la historia de cada una de sus piedras, conocía los cambios en cada barranco, los movimientos de los hielos, las grietas que se abrían… Pudo recorrer la montaña durante jornadas enteras, durmiendo en ella bastantes noches, persiguiendo a los sarrios [ixarsos o rebecos] por todos los pasos imaginables, pues durante muchos años no se organizó ninguna cacería en la que no figurase él, por derecho propio, como director. Debido a esto se sentía el rey de la montaña y, dado que esta [el Aneto] reinaba sobre todas las demás, pues también él las conocía y las dominaba a todas.

”Por tales motivos constituía el guía por excelencia. El hecho de ser guía no era para él un oficio, sino una afición: parecía un propietario que mostraba con orgullo sus dominios. Desde el Monte Perdido hasta Colomèrs, podía hablar de lo que quisiese: de todo daba explicaciones, y eran poquísimos los picos que no hubiese hollado, los caminos y pasos que no hubiera seguido, tanto si se trataba de trochas de personas como de sarrios.

”Con solo una mirada reconocía al excursionista y adivinaba sus capacidades, pudiendo entonces decir: Es verdad, lo parece, pero este señor no puede ir; esta jornada la podrá hacer, pero más, para este señor, sería demasiado fuerte. O bien: Lo puede hacer, pero habrá que contar con dos horas más. Y cuanto él decía, se cumplía más adelante, por lo que sabía adaptar el paso, según a quién acompañara. Sabía fingirse cansado cuando el excursionista lo estaba, y decirle con toda espontaneidad: Aquí se suele descansar. En tales descansos iba contando cómo se llamaba aquel pico o el collado que aparecía por el flanco, y describía lo que se hallaba al otro lado, narrando historias de lo que le pasó sobre la cima de aquellas rocas o en el fondo de aquel barranco, del sarrio que persiguió o del excursionista notable al que acompañó.

”Hombre de gran serenidad en los pasos difíciles, mostraba aún mayor prudencia para no abordarlos si no conocía muy bien a su cliente. Su autoridad era incontestable para impedir, en mitad de una excursión, los excesos de algún joven impulsivo y poco experto. Tales eran las virtudes que más se apreciaban en él, por lo que hemos de deplorar su pérdida; sobre todo aquí [en Benasque], pues con ese modo de actuar no hay, en todas estas montañas, nadie en condiciones de sustituirlo. Cuando daba una orden, uno se sentía subyugado y no podía ni rechistar: era como un capitán sobre su corbeta. Se hacía cargo de su responsabilidad; uno sentía que, marchando a su lado, podía decirse que tenía la vida garantizada. Habría muerto mil veces antes que abandonar a quien se confiaba a su pericia y prudencia. Pero lo más sorprendente era que todo eso lo notaba de inmediato el excursionista, aunque no sé si era debido a su calma, a su carácter taciturno, o a una mirada escrutadora que parecía como si penetrara en todo, por lo que ofrecía aquella seguridad completa.

”Lo conocí hace unos seis años [hacia 1910] y, desde entonces, debido a mis veranos en La Renclusa, fuimos simpatizando cada vez más. Le había dado algunos disgustos curiosos por cuenta de ciertas imprudencias, y me había reñido como quien lo hace con un niño. Cuando alguno de esos días me ponía mala cara, yo le ofrecía de mi tabaco, que era su debilidad. A cambio, él ponía a prueba mi resistencia, haciéndome resoplar y sudar como ningún otro había hecho. Después de ver que no había logrado acabar con mis fuerzas, parecía como si me destinase cierto afecto: a veces, era como si quisiese hacerme el heredero de sus conocimientos montañeros y explicarme todos los secretos adquiridos durante sus larguísimos años de experiencia. A cambio, ansiaba recibir cuanto, pobre de mí, pudiera enseñarle: así, hacía tiempo que esperaba que le acompañase al Besiberri o a Els Encantats, pues tenía grandes deseos de conocer estas montañas, que habíamos acordado visitar al verano siguiente [de 1917].

”De esta forma, entre disgustos y diversiones, se había tejido entre nosotros una amistad tan estrecha que, cuando yo estaba por allí arriba, no sabíamos estar apartados el uno del otro, y ambos sosteníamos largas conversaciones, hablando a solas de la montaña, sin que se acabaran nunca los asuntos que teníamos que contarnos”.

Todo un retrato del gran guía benasqués. Una vez presentado, podemos iniciar la cadena de acontecimientos que condujeron a un accidente mortal doble que, al menos durante el siglo XX, sería muy recordado. Siempre de la mano de mosén Oliveras, viajaremos hasta esos Montes Malditos de hace cien añadas…

Los hechos arrancaban una decena de días antes de la fecha prevista para la inauguración del refugio de La Renclusa, que iba a ser el 5 de agosto de 1916, en coincidencia con la festividad de la Virgen de las Nieves. Se sabía que a los actos programados por el Centre Excursionista de Catalunya se sumaría, a pesar de la Gran Guerra, un nutrido lote de pirineístas franceses y, lógicamente, una cuadrilla asimismo numerosa de deportistas procedentes de Barcelona. La actividad de los trabajadores benasqueses era frenética para dejarlo todo listo. Entre ellos destacaba José Sayó, ese guía local que, según estaba acordado desde tiempos de Juli Soler i Santaló, iba a regentar la guardería de la apodada como “Casa de la Felicidad”.

El 26 de julio de 1916 los ladridos de la perra Maladeta anunciaron que se aproximaba al refugio cierto grupito montañero. Su dueño, José Sayó, enseguida reconoció a los dos alemanes que lo componían: Adolf Blass y Eduard Kröger, residentes en la Ciudad Condal. El primero de ellos deseaba tomarse cierta revancha del Aneto: el verano anterior se había quedado ante el mismo Puente de Mahoma, sin decidirse a cruzarlo. Para no verse forzado a apartar a otro montañés de los remates finales de la obra, el guía le pidió a su amigo, el veterano alpinista Jaume Oliveras, que les acompañase hasta la cota 3.404 metros.

En la madrugada del jueves 27 nuestro cuarteto decidía abandonar La Renclusa en dirección al Portillón Superior. Como antes se ha avanzado, la crónica del desastre fue abordada por el mosén pirineísta desde un texto servido en caliente para la revista del CEC. Luego sería publicado, algo más extenso, en un librito que llevó por título: Els Llamps de la Maleïda (Gili, 1917). Los beneficios recolectados por estos “Rayos de la Maladeta” se destinarían a la familia Abadías Sayó. Quienes deseen curiosear entre sus páginas, lo pueden hacer, por ejemplo, desde la tirada de Cossetània en catalán de 2003. Asimismo recomendaré que acudan a la traducción al español y a los comentarios de Enric Faura para Del Teide al Naranjo (Desnivel Ediciones, 2002). Pero viajemos ya al estío de 1916… De este modo refería Jaume Oliveras en su libro la primera parte del ascenso al Aneto:

“El día 27 de julio, a las 4:45 h, salían de La Renclusa Adolf Blass, Eduard Kröger y el infatigable José Sayó para abordar el pico de Aneto. Yo lo hice media hora más tarde […]. Nos reagrupamos todos en el Portillón, mientras contemplábamos el panorama siempre novedoso del inmenso glaciar, que refulgía de un modo radiante bajo el sol matinal. Íbamos a disfrutar de una jornada como pocas: el horizonte se mostraba clarísimo y solo se alzaba algo de niebla por la zona de la Val d’Aran, que seguramente el sol haría desaparecer, por lo que contemplaríamos las montañas hasta donde la vista pudiese alcanzar.

”Todo era satisfacción y alegría. En un momento cruzamos la pedriza, muy pequeña aquel año, e iniciamos el duro ascenso para ganar el tan estrecho como largo pedregal de bloques gigantes que separaban la nieve del glaciar. Aquella pendiente de subida se mostraba muy fatigosa bajo el sol de la mañana, por lo que, de cuando en cuando, nos parábamos para volver la vista hacia atrás. Enseguida alcanzamos los gendarmes del Portillón Superior, donde realizamos una parada generosa en la que Sayó nos explicó la excursión que había realizado allí con Alfred Gaza, y cómo pasaron varias horas sacando fotos de aquellos roquedales severos:

”–Sobre todo –nos dijo–, tiró una que no se la perdono: tras escalar la punta de uno de esos bloques, obtuvo una vista que resultará muy interesante y que no la debe de tener nadie más. Ya le pueden decir que no la he olvidado y que me dio su palabra de enviármela.

”Gaza cumplió su palabra, mas para cuando dicha fotografía llegó, Sayó ya no estaba, por lo que nunca contemplaría esa vista en la que aparecía sentado sobre un roquedo altivo, lo mismo que un rey sobre su trono.

”Un nuevo esfuerzo y llegamos a la gran morrena lateral del glaciar del Aneto. Allí se efectuaba el primer descanso y se tomaba alguna cosa antes de encordarse. Volvimos a hacer comentarios sobre el clima, que ya no se presentaba tan seguro, si bien no nos daba miedo alguno porque, a pesar de esas nieblas que se levantaban para enfilar las puntas del Malh des Pois/Forcanada y las laderas de la tuca de Mulleres/Molieres, al no verse empujadas por el ala de fuego de la tempestad, se estancaban a los pies del Aneto y no parecían tener los bríos suficientes para cubrirlo, sino que se deshilachaban. Si en algún caso se atrevían a subir, se deshacían finalmente con el calor del sol.

”Nos encordamos, llenos de decisión, y emprendimos la ruta del glaciar. Por delante se materializó de pronto algo que parecía ser como una fenomenal boca entreabierta: aunque todavía quedaba lejos, aquella cueva negra daba miedo por sus colosales dimensiones:

”–Vayamos –dije yo–: parece una caverna como nunca se ha visto otra.

”A medida que nos acercábamos, crecía y crecía como si quisiera engullirnos. Nunca se había dado en el glaciar del Aneto un espectáculo tan grandioso: era como la boca del infierno de Dante con un fondo caótico y lleno de espectros en desorden. Parecía el portalón de una cueva de gigantes […]. El panorama resultaba tan terriblemente tétrico como atractivo, por lo que pasamos largo tiempo contemplándola con embelesamiento, en tanto que unos nubarrones espesos se iban alzando hasta ocultarnos el sol de vez en cuando, algo que resultaba muy agradable en aquellas horas, dado que calentaba mucho. Yo no deseaba marcharme de allí. Había impresionado ya cuatro clichés y, con cierta pesadumbre, le comenté a nuestro guía:

”–¿Me dejará soltarme de la cuerda y trasladarme algo más allá para sacar otra fotografía en la que salgan ustedes? Me parece que no hay ningún peligro si me desato.

”Me respondió [Sayó] con gran calma:

”–Vaya y saque todas las fotografías que desee, pues si no las saca aquí, no las sacará en ningún otro lugar. Puede desencordarse sin riesgo.

”Este comentario, relacionado con otro que me hizo en el pico [de Aneto], me intrigó más adelante: aunque Sayó intuía el mal tiempo, en ese momento pensé que únicamente deseaba decirme que el espectáculo que teníamos delante era de tal magnitud que en ningún otro sitio encontraría uno de tanto interés.

”Ocultos del sol a ratos, disfrutamos de un tiempo fresco muy agradable, por lo que agradecimos el clima tan propicio. Proseguimos hacia el collado de Corones, donde nos esperaba otra agradable sorpresa: ese ibón Coronado que, desde hacía tantos años, nadie había vuelto a admirar, se presentaba a la vista y brindaba un espectáculo totalmente novedoso. Cuantos frecuentan [el macizo de] la Maladeta saben que, antaño, dicho laguito, el más alto del Pirineo, ocupaba toda la cubeta del collado de Corones, mostrándose helado casi siempre. Hace unos años que desapareció, dejando en su lugar un pozo colosal, en parte al descubierto durante el verano, en parte ocupado por un muro de hielo que tenía unos treinta metros de altura. Parecía como si el lago hubiese desaparecido del todo, mas no era así, ya que de cuando en cuando surgía el agua por el fondo de aquel hoyo. En mi primera ascensión al pico de Aneto, realizada por la vertiente de Ballibierna en 1906, el lago se veía perfectamente aunque estuviera helado por completo. A partir de ese año, no creo que apareciese más […]. Estuvimos mucho rato contemplando aquella maravilla y el extenso paisaje que se veía a través del boquete de rocas austeras formado por el collado de Corones. El sol, que doraba todo el paisaje, nos hizo sudar bastante durante la gran subida hasta que plantamos el pie sobre el contrafuerte de roca de Corones, llegando así a la arista que conducía a la primera plataforma de la cumbre. Era una pala de hielo con una inclinación no inferior a los 50º. Una cuesta que hacía jadear hasta casi perder el aliento. Por fortuna, cerca ya del remate, el sol se volvió a ocultar. Para animarnos más, Sayó se giró, riéndose, mientras nos veía resoplar:

”–Vaya, ¡esto es una delicia! ¡Se diría que uno camina por el paseo de Gracia [de Barcelona]!

”Blass, que marchaba absolutamente rendido, era quien más jadeaba, por lo que dijo entre dientes mientras se enjuagaba el sudor:

”–El hombre está bromista.

”Un tanto distraídamente, superamos el sector más duro. Como la zona de glaciar se había terminado, nos desencordamos y abandonamos la maroma, para marchar más ligeros por la pedriza cercana a la cresta, con el fin de hollar la primera plataforma de la antecima. A pesar de nuestras prolongadas paradas, a las 10:00 h nos encontrábamos ya sobre dicha grada, y a las 10:05 h pisábamos el pico de Aneto, después de pasar el Puente de Mahoma. Sabiendo que, el año anterior, Blass no se había atrevido a cruzar dicho paso, y que aquel día tampoco quería hacerlo de ningún modo, puede uno imaginarse la alegría que sentían nuestros compañeros al llegar a la cumbre dominante de las Maladetas. Yo gozaba de esa satisfacción que se obtiene cuando se ha podido proporcionar un momento de felicidad a un amigo al que se aprecia. Como profesional, Sayó estaba satisfecho, orgulloso por su victoria respecto a los guías del año anterior.

¡Debían de estar dormidos! –dijo con aire triunfal”.

Hasta aquí, la parte festiva del ascenso al Rey del Pirineo del 27 de julio de 1916. Las entradas siguientes tendrán ya un ambiente muy distinto…

  1. Perfecto este “Vals en sol” de La Ronda de Boltaña hasta que se desencadene la tormenta… Más saludetes, Alberto…

    • Pues “la tormenta” (la entrada 2, de 4) va a llegar enseguida, Xavi…

  2. Sí, sí; yo también me refería al ambiente de las siguientes entradas, Alberto… Y ya que se admiten aportaciones de “banda sonora” sugiero Saharabbey road del primer disco de los madrileños Vetusta morla. Sobre todo por la primera frase (cambiando el pronombre “la” por “los”)… Otro saludo más… https://www.youtube.com/watch?v=8FBwS-rKY-4

    • Caramba, caramba, con este “se la llevó la tormenta y el tiempo”… Me empiezo a dar cuenta que el chiringuito está en manos de un par de melómanos musicales… Ahora más en serio, decir que tu tema se ajustará muy bien a la entrada 2 de este, el “Caso Blass-Sayó”… Por el momento, al tratarse de un ascenso más bien feliz al Aneto, yo le metería cualquier pieza instrumental de la Ronda de Boltaña, aunque lleve aires sobrarbeses… ¿El “Vals en sol”, por ejemplo? Más saludetes, Xavi…

      http://www.rondadors.com/d3/20/d3_20.php

  3. Hey, Alberto… El arranque de esta nueva serie me ha parecido fantástico. E intuyo que la banda sonora propuesta por Makako será perfecta para las siguientes entradas… Por lo demás, esperemos que haya suerte y más temprano que tarde aparezcan esos documentos a los que aludes… Otro saludote más…

    • Hola, Xavi… Lo cierto es que hoy en día se sabe poco de este accidente tan difundido en su época: en cuatro entregas lo conoceremos algo mejor… Respecto a la “banda sonora” sugerida (Eric Clapton), pues, pensándolo bien, quizás se ajuste más a las tres entradas últimas, que son notablemente más tristes/crueles que esta… Pero, en fin, ya sabes: en este chiringuito tan musical se admiten todo tipo de aportaciones… Otro saludo más…

    • No, no: no te preocupes, Mak… No creo que estos arranques musicales molesten a nadie, aunque yo, personalmente (raro de mí), preferiría que, puestos a aportar, alguien facilitara fotocopias del viejo Álbum de La Renclusa, por ejemplo… O el del Santuario del Moncayo, puestos a pedir… De todas formas, este tema de “Mano Lenta” (dedicado a su hijo fallecido) encaja muy bien por aquí… Otro saludo simiesco…

  4. MUCHAS GRACIAS ALBERTO POR RECORDAR ESTA EFEMERIDE QUE SI QE FUE IMPORTANTE Y A TODOS SE LA CONTABA CUANDO IBAS A BENASQUE PARA QUE TUVIERAMOS CUIDADO CON LOS RAYO

    • Hey, Luis: gracias a ti, por meterte estas torrijas entre pecho y espalda… Pues fíjate que en el verano de 1975, cuando subí al Aneto por vez primera, seguían circulando historias bastante exageradas sobre el accidente de 1916… ¡Los horrores de la tradición oral deformada…! Otro saludo más…

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