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Las víctimas de la cuerda

Como era de esperar, los periódicos franceses se apresuraron a divulgar el desastre de Ansabère. No era para menos, dado el gran impacto que provocaron las noticias iniciales. Mas, conociendo a la prensa no especializada, tampoco sorprende demasiado que buena parte de las reseñas anunciara erróneamente que los hechos se habían producido en el pico de Anie… Sirva como ejemplo de este embrollismo la confusa crónica del 30 de junio de 1923 en el Glaneur d’Oloron:

“Lucien Carrive, de 31 años [en otros medios se habla de 33], encargado del registro de Pontacq, y Armand Calame, de 19 [a veces le dan 17], relojero en Pau, habían tentado el domingo pasado la escalada de la Aiguille des Demoiselles [sic], hasta donde ningún excursionista había subido antes. A pesar de las grandes dificultades, Calame llegó a la cumbre. Su camarada no se reunió con él, ya que cuando le lanzó la cuerda, esta se rompió y Carrive se precipitó desde una altura de veinticinco metros, rompiéndose el cráneo. Calame, que no se percató del accidente, pasó su cuerda por una roca y comenzó el descenso. La cuerda cedió de nuevo, y el desdichado rodó hasta la base de la Aiguille, donde su cuerpo quedó en un estado lamentable. Los dos cadáveres fueron hallados sobre la nieve”.

Como segunda nota complementaria de esta tristísima historia, es preciso añadir que se impresionaron numerosos clichés desde el pico de Ansabère, tanto del ascenso como del descenso de su Grande Demoiselle. Robert Ollivier llegó a afirmar que incluso se tomó una instantánea del despeñamiento de Calame durante su rápel… Un accidente doble que, por otra parte, quedaría perfectamente documentado por el informe de Louis Anglade, uno de los testigos visuales del horror.

Hubo alguna consecuencia más. Así, los compañeros del Kroquant Club montaron una excursión de homenaje un mes después de la tragedia. De forma discreta, para evitar que dicha ocasión “fuera aprovechada por algunos para satisfacer su curiosidad”. Por otra parte, Louis Le Bondidier propuso en el congreso del 22 de julio de 1923 de la Fédération des Sociétés Pyrénéistes en Bagnères-de-Bigorre que la Grande Aiguille d’Ansabère fuera rebautizada como Aiguille de Calame-Carrive. Pero a los gerifaltes del Service Géographique de l’Armée no les agradó la idea. Más tarde abrirían la mano con las nominaciones de despacho en otras montañas. Lo de siempre: quien tiene padrino, se bautiza.

La siguiente iniciativa tampoco estuvo muy afortunada: a través de una suscripción popular, se esculpió un bronce en honor a Lucien Calame en pose de practicar un salto con esquís, su otra gran pasión. La obra quedó instalada en el patio de la Fortaleza de Lourdes, no lejos del lugar donde más adelante se situaría la de Henry Russell. Pero a la inauguración de esta escultura de uno de los promotores (de segunda hora) del deporte blanco pirenaico no asistiría nadie por el lado de su camarada de desgracia. Según los hermanos Thomas, autores de Ansabère, un siècle de conquêtes (2010), estos problemas entre los parientes de los fallecidos venían de lejos:

“Las dos familias se echaron en cara la responsabilidad del accidente. Para la familia del joyero, Carrive era el mayor, por lo que tenía la responsabilidad moral de la cordada. René Calame, sobrino de Armand, nos contó que en su familia se dijo siempre que la cuerda nueva encargada por Lucien había llegado a tiempo, antes de que sucediera el drama, pero que Lucien quiso utilizar su cuerda [vieja] una última vez”.

Para continuar liando el rompecabezas, circula otra versión que Marcos Feliu recogía en 2002, cuando sostuvo que la cuerda nueva no llegó a Pau hasta el día después de la tragedia… Y que, por añadidura, el accidente de Ansabère originó alguna consecuencia administrativa: “Su sociedad […], que era medio clandestina, fue cerrada, el material de escalada confiscado, las escaladas prohibidas”. Para apoyar la primera de estas teorías, Marcel Pérès hablaba en sus Grandes tragédies et dénouements heureux dans les Pyrénées (2013) de una “ironía cruel del destino pues, al día siguiente [al del accidente], un paquete llegaba a la estación de Pau, y en su interior se hallaba la cuerda nueva encargada por Calame y Carrive”. En fin: será difícil que se vea la luz en el misterio del cáñamo podrido.

Los sucesos de 1923 sirvieron como detonante para la fundación del llamado Clan des Chats Noirs, unas tres añadas después. Lo primero que hicieron fue nombrar presidente de honor de dicho club al infortunado Calame. De hecho, dos reputados gatazos negros como Marcel Cames y Henri Sarthou serían los siguientes trepadores que, tras Armand Calame, visitaran la cumbre de la Grande Aiguille d’Ansabère, ya en el año 1927. Engarzando con este asunto, pasaré a reproducir la nota que, desde el número 165 de la Revista Ilustrada de Alpinismo Peñalara (septiembre de 1927), abordaba con guante blanco las ascensiones a la Grande Demoiselle:

“[…] La noticia de este drama de la montaña coincide con la de una victoria de los valientes e intrépidos escaladores de cumbres difíciles. Los pirineístas saben que la ascensión a las agujas de Ansabère (Pirineos Occidentales) es una de las más peligrosas. En la más alta de estas cimas picudas y vertiginosas que dominan la región de Lescun, de parajes que recuerdan los de los Alpes Dolomíticos, perdieron la vida el 24 de junio de 1923 los dos formidables escaladores de rocas Carrive y Calame. El primero sucumbió en la escalada y el segundo al descender, después de haber logrado llegar a la cima. Este drama consternó a los pirineístas, pero pronto algunos de los más valientes y entusiastas trepadores intentaron triunfar en las terribles agujas de Ansabère. El 27 de junio de 1926 el doctor [François] Lacq, de Nay, logró escalar la aguja pequeña [junto al asimismo doctor Joseph Naudé]. Acompañado de cuatro amigos, intentó después, el 14 de julio del mismo año, la aguja mayor, pero retrocedió sin conseguir escalarla. Por fin, el 21 de junio de este año [de 1927], los señores [Marcel] Cames y [Henri] Sarthou, de Pau, han logrado escalar el vértice de la aguja mayor, pero la hazaña no ha sido conocida hasta el 3 de julio [de 1927], en que un grupo capitaneado por Gaston Fosset y el doctor [François] Lacq, al escalar la misma cima [junto a Jean Arlaud, Pierre Bourdieu, Rodolphe Garrigue, Charles Laffont, François Marsoo, Pierre Mengaud y André Monégier], creyendo ser los primeros, encontraron allí una banderita y las tarjetas de Cames y Sarthou [en realidad, estos últimos fueron fotografiados desde el pico de Ansabère]”.

No voy a entretenerme demasiado en la reata de comentarios que el accidente suscitó un poco por todo. Únicamente traduciré unas líneas muy llamativas que aparecían en la introducción de la guía de Pierre Soubiron sobre Les Pyrénées du pic d’Anie au Canigou (1931):

“Desde el punto de vista meramente deportivo, ni rechazo ni desconfío de los encantos del alpinismo acrobático, ni siquiera en los Pirineos, donde se practica por mera satisfacción al amor propio. Este deporte exige unas dotes especiales que no están más que al alcance de una elite […]. En los Pirineos un buen roquero que practique el alpinismo acrobático no debe de confiar su vida a ninguna persona y menos aún a una cuerda. Su cabeza, junto con sus manos y sus pies, deberían ser sus únicas ayudas […]. A pesar de la gran mayoría de personas que no piensan así, sobre todo entre los partidarios del alpinismo acrobático, mi opinión sobre la cuerda se ha reforzado, por desgracia, debido al terrible accidente sufrido en 1923 en las agujas de Ansabère […]. En las agujas de Ansabère o de Petrechema perecieron, víctimas de la cuerda, nuestros desafortunados y añorados camaradas Calame y Carrive”.

¿Y qué fue de la fisura Calame-Carrive…? Pues, tras la apertura de la vía Cames-Sarthou, quedó un tanto relegada como ruta de acceso a la codiciada cima. Esto decían de ella dos primeros espadas como Henri Le Breton y Robert Ollivier en su descripción de la misma, allá por 1937:

“Aunque el paso del extraplomo [abierto por Marcel Cames y Henri Sarthou] se muestra muy atlético pero poco peligroso, la vía Calame-Carrive es, por el contrario, extremadamente delicada y expuesta, según los informes de los escaladores que han seguido las trazas de Calame en cabeza de una cordada [Henri Barrio y François Cazalet]. Resulta, por lo demás, muy difícil el clavar allí pitones, lo que nadie ha conseguido hasta ahora. Así, es una vía desaconsejable”.

Ni que decir tiene, la publicidad del accidente puso a la agujas de Ansabère en el mapa. Los mejores trepadores de cada generación acudirían para enfrentarse con esa aguja con fama de letal, como quien asiste a un examen difícil. Durante el primer tercio del siglo XX la Grande Demoiselle terminó siendo el monolito donde obtener una especie de doctorado escalador.

  1. Se me pasaba: Un trabajo encomiable la web de los hermanos Thomas que recomiendas… También tienen una pinta increíble el libro editado por Monhélios y la librería que recientemente han reabierto en Oloron Sainte Marie… Una gran noticia después de la desaparición de la fantástica Librairie Pyrénéiste de Luchon…

  2. Extraordinaria recolecta de noticias, Alberto…!! Otra entrada para enmarcar… Más saludotes…

    • Hey, Xavi… Ya sabes; andaba fuera, disfrutando del penúltimo veranillo en las montañas… Pues cierro aquí el tema del accidente de Ansabère para volver al Moncayo, que en este otoño tan benigno el cuerpo me pide “hayedo gordo-hayedo grande”… En cuanto a los libros franceses que cito, ¿qué decir?, salvo que me vuelvo loco en las librerías “gabachas” (mi monedero, mucho más)… Saludotes, ya desde las Tierras Llanas (y brumosas)…

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