por

Una ronda por Estaragne

Empezaré con lo esencial de la entrada: enseguida estará a la venta el número 365 de la revista Desnivel (diciembre de 2016). Con la segunda entrega de esa monografía encubierta del macizo de Néouvielle que Alberto Hernández está sacando adelante junto con algún amiguete de su Club… Esta vez, le ha tocado el turno al sector medio de esa muralla que defiende a todo el grupo por el sur: la conocida como “Montaña de Estaragne”. Un fotogénico grupo de puntales que incluye, además del tresmil homónimo, los bellos cornetes de los Halharisses. Unas cumbres con vistas que quitan el hipo y de visita obligada.

A pesar de las altas cotas de estos resaltes de las “Nieves Viejas”, los pirineístas clásicos tardaron lo suyo en explorarlos. Rebuscar por su prehistoria montaraz nos obligará a recurrir a ese artículo que, centrado en “Le pic de Campbieil”, apareciera entre las páginas del Annuaire del Club Alpin Français de 1889, firmado por el ingeniero J. Fontès. Más que un experto en la zona, era casi un habitante del Haut Néouvielle, pues durante el verano trabajaba en sus diques… Y aunque el fragmento que dedica al, hasta entonces, desdeñado pic d’Estaragne, resulta bastante reducido, no por ello carece de gracia e interés…

El inquieto Fontès se propuso explorar el flanco meridional del macizo, un tanto provocado por cierta Guide Joanne donde se proclamaba que el Campbieil “no conocía sino un par de ascensiones”. Así y todo, el ingeniero no se engañaba al respecto, suponiendo con realismo que “tal cifra estaba quizás infravalorada respecto a la realidad, dado que la ascensión al Campbieil no ofrecía dificultades serias, y no todas las visitas habrían sido registradas”. Hasta la fecha, se había ganado dicha montaña desde Héas siguiendo la que se designaba como ruta clásica. El plan de nuestro cronista era hacerlo ahora desde Aragnouet.

Los informes recogidos sobre este nuevo itinerario, hoy vía normal por aclamación, eran ciertamente malos: se hablaba de la necesidad inexcusable de enfrentarse con una especie de “pequeño glaciar” más allá del enigmático Cap-de-Long. Se decía incluso que un cazador de sarrios local había estado a punto de perecer en aquellos lugares tan peligrosos… Pensando en resolver cualquier papeleta que le surgiera al paso, Fontès decidiría llevar consigo un piolet, instrumento que por entonces se veía muy poco en el Pirineo. Como guías y porteadores contrató a tres paisanos de Aragnouet: Louis Navarre, Guillaume Fouga y Jean-Marie Moulié. Sobre todo, para que cargaran con una generosa provisión de comida y la voluminosa cámara fotográfica. Cosas de los sibaritas y de los estetas.

Con vistas a su tournée anual de reconocimiento en torno al Néouvielle, Fontès buscó compañeros en el seno de la Section Pyrénées Centrales del Club Alpin Français. Se enrolaron en la empresa un par de consocios: Batigne y Séjourné. Así, la cita quedaría fijada para el 8 de agosto de 1889 y en las mismas orillas del lago de Orédon, sobre los 1.875 metros de cota. A la mañana siguiente, bien tempranito, iniciaron su aventura. Les esperaban los azares de una terra incognita para los montañeros, que no para los montañeses. De este modo narraría nuestro cafista unas vivencias que debutaron con una arriesgada operación naval:

“A las 2:30 h, diana y absorción de un tourrin [guisote de cebolla] bien caliente y de una taza de té. Los guías comparecieron. Con rapidez, nos pusimos las mochilas a la espalda y, a las 3:00 h, ¡en marcha! Estaba todo oscuro, pues la luna se hallaba escondida y el sol aún no se había alzado. El resplandor de las estrellas no bastaba para guiarnos. Así, tuvimos que recurrir a la ayuda de una vela para embarcarnos en la pradera de Camou [antiguo nombre de Orédon, donde se hallaban los edificios de la hidroeléctrica] en una canoa que debería ahorrarnos el contorneo de medio estanque, lo que sería largo y fatigoso, para alcanzar el prado de Orédon, al pie de la subida a Cap-de-Long. Llevábamos un cirio, pues podíamos necesitarlo para [alumbrar] el desembarco […]. El desembarco en plena noche no se realizó sino con dificultades, a pesar del resplandor de la vela. Tras varios minutos con los tanteos que nos exigió la prudencia, acabamos hallando un buen sitio donde echar pie a tierra, justo cuando nuestra luz [del cirio] se extinguía.

”El sendero que conducía a través de los abetos al lago de Cap-de-Long fue superado con facilidad, y el alba vino para iluminar a nuestra caravana cuando ésta alcanzaba el desagüe. Pasamos pronto al lado del bonito lago del Hostallat [hoy, tragado por el embalse de Cap-de-Long], que no quisimos visitar para ganar tiempo […].

”Sobre la orilla sur de dicho lago [de Cap-de-Long], se encuentran dos caminos que marchan a niveles diferentes y que se pueden seguir sin dificultad, en tanto que en su orilla norte, atravesando las escarpas del Néouvielle, es el que se recomienda, pero en la actualidad está obstruido por los desprendimientos, lo que torna el avance, si no difícil, al menos bastante fatigoso. Sea como sea, los alpinistas murmuran cuando se ven obligados a seguir el croissant del lago [por su forma] sin ganar un solo metro de cota, por lo que la tan inocente como limpia extensión de agua es objeto de unas cuantas maldiciones.

”Finalmente, hacia las 6:00 h aparecieron los pastos que verdean por encima del lago, así como la cabaña donde dormían aún los españoles que los habían arrendado aquel año. Ya se podía comenzar a superar los gigantescos resaltes que conducían hacia el Campbieil, montaña que todavía no se percibía […]. A las 7:00 h habíamos cobrado algo de altura en el primer resalte, pero los estómagos protestaban. Primer alto: hubo un lunch importante a base de huevos duros, carne de buey fría y queso en un lugar desde donde la cima de nuestro objetivo comenzaba a perfilarse […].

”Tal y como nos habían anunciado, encontramos mucha nieve en unos lugares donde, al parecer, no la había en los años precedentes. ¡Y vaya nieve! Lo suficientemente dura como para sustentarnos, mas no lo bastante dura como para resbalarnos: ¡era la nieve ideal! Los neveros dejaban al aire un poco de roquedo, por lo que nuestra caravana pudo alcanzar sin fatiga en inmenso tapiz blanco que rodeaba el lago helado, y subió hasta las cercanías de la cumbre del Campbieil, que ahora se mostraba claramente con poca nieve. Sus nevazos facilitaron nuestra ascensión y nos permitieron ir no demasiado lejos para buscar esa arista exenta de guijarros que nos conduciría con facilidad hasta la cima. Tras un corto conciliábulo, comenzamos la escalada. La pendiente de nieve, en un principio amable, se volvió más áspera. Séjourné se puso en cabeza y talló unos peldaños que ningún guía profesional hubiera censurado. Ganamos así el final del nevero. Pero, ¡horror!: a éste le sucedían unos guijarros esquistosos, ¡y qué guijarros! Terrosos, movedizos, todavía húmedos por la fundición reciente de las nieves que los habían tapado. Nos vimos forzados a hundirnos hasta la mitad del muslo; en alguna ocasión, bajando más de lo que habíamos subido. Séjourné y Batigne, a quienes yo envidiaba por su agilidad, salieron de allí no sin pena, aunque con honor, en tanto que yo tuve que hacerme remolcar desde el extremo de mi piolet por Moulié, y seguido por Navarre y Fouga, quienes me empujaban cuando corría el riesgo de descender. ¡Qué humillación para todo un vicepresidente [del CAF], y qué martirio para sus ochenta y cinco kilos de buena voluntad! Afortunadamente este suplicio no duró sino unos minutos, y llegamos a la cresta terminal, donde un terreno más sólido nos hizo olvidar los horribles guijarros. Cada uno hizo ¡buf!, y antes de subir hasta la pirámide de la cima, que aparecía ya a pocos pasos de nosotros, nos instalamos lo mejor posible por detrás de la cresta, al abrigo del viento que acababa de levantarse.

”Era mediodía, el cielo estaba limpio, nada en torno a nosotros hacía prever el mal tiempo y la cena nos esperaba con paciencia en Orédon, por lo que podíamos disfrutar del placer tan desconocido para tantos electores y elegibles de disfrutar a 3.175 metros sobre el nivel del mar. La Guide Joanne no había mentido al tildar a este observatorio de magnífico. Hubiera podido decir maravilloso. Por delante, formando el primer plano, se alzaban el pic Long y el pic Badet, con sus fisonomías agrestes. El glaciar oriental del pic Long estaba soberbio: se adivinaba el hielo duro que aún lo recubría. Su rimaya se abría amenazadora, lista para tragarse a nuevas víctimas que no devolvería sino al cabo de veintiocho años. Unos cuerpos en perfecto estado de conservación, salvo por las cabezas, habían sido hallados en la parte baja del glaciar al cabo de ese lapso de tiempo […]. En cuanto al Estaragne, e incluso al mismo pic Méchant, que tan buen efecto producían desde Orédon, desde aquí habían perdido todo su prestigio […].

”Reunidos, tratamos de compensar nuestras pérdidas de energía durante la subida tomando un litro de café en una lata de sardinas, tras vaciarla. Pido perdón por este detalle trivial. He visto a menudo que las conservas de sardinas son muy apreciadas en las grandes altitudes. El aceite que contienen sirve para reblandecer el pan, siempre demasiado seco, y proporciona un alimento óptimo. Los montañeros, por norma, nunca dejan nada en el fondo de estos botes.

”Finalmente fue preciso retirarse para regresar a Orédon antes de que fuese una hora muy avanzada. Depositamos nuestras tarjetas en el bote del café, que metimos bajo el cairn de ordenanza, cerramos las mochilas y nos pusimos en marcha.

”Nuestros tres montañeses pretendían ahorrar más de una hora conduciéndonos, en el descenso, por una cresta que nos debía de llevar hacia un collado desde donde podíamos bajar por las pendientes del Estaragne. Pero no habían pensado que sus calzados, es decir, sus abarcas, inferiores a nuestras botas sobre la nieve, tenían una gran superioridad sobre el roquedo. En nuestros primeros pasos llegamos a una roca esquistosa y deslizante donde Batigne y yo tuvimos que avanzar sentados, sostenidos por nuestros guías. Una vez superado este mal paso, continuamos siguiendo la cresta […]. ¡Otro mal paso! Fue preciso recurrir a la cuerda para franquearlo. Decididamente nuestros excelentes montañeses se habían equivocado al valorar nuestras aptitudes. Durante un tiempo deliberamos sobre la ruta a seguir como regreso. Para evitar nuevos errores de cálculo que pudieran traducirse en un peligro verdadero, la mayoría votó por volver por Cap-de-Long”.

En efecto: nuestros gourmets-montañeros se retiraron por unas laderas de nieve desde la cresta de Estaragne, rumbo al Cap-de-Long. Como, durante el consiguiente flanqueo, se les presentó la niebla, “el pobre lago comenzó a recibir más injurias todavía que a la ida”. De cualquier modo, tras las obligadas operaciones navales en el estanque de Orédon, el sexteto galo llegaba sobre las 20:00 h a su base, los barracones de las obras de embalsado. En total, fueron diecisiete horas de aventura, de las que una se destinaría a la azarosa navegación lacustre.

El pic d’Estaragne y sus agrestes hermanos menores han sido unas montañas no demasiado destacadas, ni siquiera en Francia. Quien desee conocer algo de su pasado y posibilidades deportivas, ya sabe: puede hacerse con la revista Desnivel de este mes de diciembre…

  1. Hey, Alberto… No sé si hoy día estará permitido, pero tengo una guía de Louis Audoubert de hará algo más de veinte años donde todavía puede verse una imagen de “operaciones navales” con canoa en el macizo de “Nieves Viejas”… Concretamente, el pie de foto indica “Amusements sur le lac d’Aumar sous le Néouvielle”…

    • ¡Seguro que está archi perseguido, Xavi…! Esto me trae a la cabeza que en uno de los tomos de “Pirineos. 1000 ascensiones”, de Miguel Angulo, salía una caricatura muy graciosa sobre los paneles de prohibiciones de los espacios protegidos pirenaicos… Pero, volviendo al mundo del pirineísmo clásico, añadir que también Belloc y Gaurier hicieron sus pinitos en esto de la navegación lacustre, con botes desmontables que navegaban a bastante altitud…

Los comentarios están cerrados.