por

Pichemule

Sí, sí: es correcta la palabreja. Y quienes hayan pensado peor, habrán acertado. Por lo demás, este topónimo del Pirineo galo estuvo unido a cierta cascada célebre… Simplificando mucho, diré que se trataba de un nombre de origen montañés, tan grosero como realista, que no voy a traducir. Sin embargo, allá por el siglo XIX alguien llegó desde el piedemonte de Pau para cambiárselo por el más poético de la Cabellera de Magdalena. Apto para todos los públicos, vamos. De entonces y de ahora.

Aunque no lo parezca, en esta entrada de arranque zafio vamos a curiosear por las revistas del siglo de oro del pirineísmo en busca de nuevos rescoldos de actividad hispana. Así, la desinhibida Pichemule debería figurar con letras doradas en nuestra crónica nacional: no en vano, obsequió a los españoles de 1895 con un generoso ramillete de inspiraciones montañeras que, me atrevería a conjeturar, pudo conseguir que algún compatriota nuestro se lanzara a trepar por los picachos. Acompañado, quizás, por alguna dama de espíritu romántico. Ya se sabe el enorme poder de atracción que siempre han tenido los medios, dominados durante el período decimonónico por esos folletines que se editaban en la prensa por entregas.

Pues bien: uno de los grandes representantes de este género literario fue cierto gascón de Gaas llamado Laurent Labaight, quien firmaba sus textos como Jean Rameau. Un escritor prolífico en cuyo currículo se cuentan unos sesenta libros y unos cinco mil relatos o poemas, servidos desde diversos periódicos. Todo un currante del pirineísmo literario, poco o nada promocionado en estos tiempos tan desagradecidos. Hasta donde sé, únicamente La Découvrance ha reeditado su Ami des montagnes (en 2005) y los Contes de Gascogne (en 2007).

Al grano: ¿alguno de los relatos del bueno de Rameau terminó dándose un paseíllo por el escenario español? Ya lo creo que sí: muy bien traducido a nuestra lengua por Verneuil y ornado por los magníficos dibujos de Marchetti, su novela sobre La Chevelure de Madelaine (Ollendorff, 1895) se publicó en dieciséis entregas dentro de La Ilustración Artística de esa misma añada. Más o menos espaciados entre los números 680 y 696 de la referida revista barcelonesa, para ser más exactos. Que de tal modo llegaría su trama, esencialmente montañera, hasta nuestros tatarabuelos más cultos y curiosos…

Dado que este formato amable se ajusta mucho al, digamos, ambiente navideño, le dedicaré un par de entradas. Más que por otra cosa, para ver cómo un verdadero apóstol del pirineísmo, en su versión más tierna y sentimental, animaba en tierras hispanas a echarse al monte armado de bastón ferrado, que no del tradicional trabuco. Y si alguien duda de las intenciones del autor, que fije su atención en el arranque de la historia que hoy nos ocupa:

“Al pico de Anie, al Olimpo de los Vascos, a la hermosa pirámide azul que domina mi país natal, a la orgullosa cima que mis abuelos admiraron y que mis descendientes admirarán después, dedico esta humilde obra, escrita con piadosa mano por un simple amigo de las montañas”.

Resumiendo al máximo el argumento de esta Cabellera de Magdalena, he de aclarar que se desarrollaba en una aldea de nombre ficticio llamada Gargos, no lejos de ese balneario que en el texto se denominaba Aigues-Vives. Por las descripciones y otras pistas, unas termas sitas en el Lavedan: posiblemente, las de Saint-Sauveur. En cuanto a la innegable protagonista, era Jacobita Marcadieu, sobrina de ese cura Bordes que cambió el nombre de la cascada de Pichemule por el otro menos descriptivo… La ahora veinteañera deslumbrante (véanse sus retratos en mi Facebook) había veraneado en esas montañas desde que era una macaquilla corretona. Para terminar irremisiblemente enamorada de sus relieves más pujantes, tal y como se anuncia desde el rotundo ingreso en escena:

“El panorama se desarrollaba cada vez más vasto, cada vez más imponente; en cada senda descubríanse salvajes desfiladeros, montes inesperados y brillantes glaciares. Desde el fondo de Aigues-Vives apenas se veían más que cuatro montañas; y en el rigor del verano, tan solo un alto pico que se elevaba al sureste mostraba un poco de nieve a los bañistas; pero desde Gargos, el espectáculo era maravilloso. Soberbias cimas se destacaban en casi todas las direcciones; y al norte, por una grandiosa grieta que el Gave había abierto hacia Pierrefitte, veíase un inmenso espacio azul, una tranquila extensión de llanura, matices inverosímiles de zafiros que se desvanecían, cada vez más vaporosos, cada vez más ligeros, y que iban a extinguirse a veinte o treinta leguas de distancia en una línea tranquila como el mar. Aquel espectáculo encantaba a la joven; ya no corría, sino que admiraba con recogimiento, por más que hubiese visto ya las mismas cosas muchas veces en Gargos. Pero en otro tiempo, los picos, los glaciares y las cascadas no la preocupaban: aquel día la naturaleza se le revelaba en todo su esplendor.

”—¡Oh! Es tan hermoso, que da ganas de llorar, murmuró Jacobita”.

Emotividades aparte, nos centraremos solo en los estímulos pro montañeros que los lectores de La Ilustración Artística pudieron recibir desde la pluma de Jean Rameau. Quien en varias ocasiones quiso denunciar la apatía que las cumbres suscitaban entre los propios moradores de sus faldas:

“Allí el espectáculo de las montañas le interesó mucho. ¡Cuántas había, santo Dios, y qué raras eran! Jacobita llamó a Poupotte.

”—Quisiera conocer el nombre de ese pico, díjole, aquel que está a la derecha, aquel pico blanco. ¿No lo ve usted?

”La cocinera miró hacía el punto señalado.

”—¡Oh! Yo no lo sé, contestó Poupotte.

”—¡Cómo!, exclamó Jacobita. ¿Es posible que al cabo de veinte años que está usted aquí no se haya preguntado nunca el nombre de esa montaña?

”—¡Pues no! ¡Qué me importa a mí saberlo! He oído decir que había un pico de Montmirailh en alguna parte, pero ignoro dónde se halla”.

Pero no todos los nativos pasaban de los montes que los cercaban. Y aquí es cuando aparece el galán del romance, Silverio Montguillem. Su descripción deja datos muy reveladores del ambientillo del Lavedan de entonces:

“Durante el verano, el montañés desempeñaba un oficio más lucrativo: era guía […]. Por lo demás, aunque Montguillem arrastrase un poco la pierna izquierda a consecuencia de haber caído en un barranco, gozaba de gran reputación como guía para escalar cimas de los montes, siéndole conocidos todos los picos de la cordillera central, desde Balaitous hasta Nethou [Aneto], pasando por el Vignemale y el Monte Perdido; y por esto el padre Bordes le llamaba irónicamente el Señor Pireneófilo cuando no le decía Papudo. Este último dicterio es la injuria más sangrienta que se pueda dirigir a un habitante del Pirineo, y el montañés debía sufrirla a causa de su difunta madre, que había estado aquejada de papera [bocio] en el cuello, como los descendientes de las razas malditas [agotes/cagots]”.

Para darle mayor impacto a su encuentro con este guaperas autóctono, Jacobita protagonizará con su mulo Morrudo (un nombre a retener) cierto incidente por una supuesta invasión de límites en el que le arrea al dueño una pedrada en la cabeza. Tras vendar esta herida, la bella hace las paces con su víctima y la agresión acaba en charla amistosa:

“Por último, Silverio habló de sí mismo, de su profesión de guía, la más hermosa de todas en su concepto, y enseñó sus bastones herrados, sus hachas, su carabina, su morral, la brillante placa donde estaba grabado su nombre con letras mayúsculas, y su carnet del Club Alpino [Francés], donde los turistas habían elogiado su intrepidez, su ciencia y su abnegación. Después, abriendo un cofre de encina, único mueble de alguna importancia que allí había, mostró una infinidad de objetos muy heterogéneos y preciosos: libros, fotografías, cartas geográficas, piedras brillantes, flores resecas y cuernos de gamuza; todo de los Pirineos. Aquellas flores raras habían sido cogidas por él en las montañas; las piedras en que brillaban partículas de cinc, de cobre o de plata, las encontró en sus excursiones; las fotografías no representaban más que cimas, abismos o cascadas; y los libros no se referían más que a aquella región, ¡Oh, qué hermosos volúmenes, tantas veces hojeados! Silverio no conocía otros, y aunque al salir de la escuela apenas podía deletrear, cuando fue mayor aprendió por sí solo a leer y a escribir para saber lo que los viajeros pensaban de su hermoso país. Y, poco a poco, ahorrando continuamente, pudo comprar una veintena de libros escritos por Ramond, De Chausenque, Cuvillier-Fleury, Paul Perret, Russell-Killough o Taine”.

Ya lo estáis leyendo: a finales de siglo XIX los españoles con capacidad de veraneo conocían perfectamente los usos del lado norte de la cordillera, su listado de cumbres de prestigio e incluso los libros recomendados. Cuanto estaba de moda entre las clases acomodadas de Francia. Encima, desde nuestro folletín se esforzaban por vender el pirineísmo del modo más contundente. Véase cómo se captó a la joven para este deporte cuando Silverio le sirvió la descripción de Hippolyte Taine del Caos de Coumely. Una escena larga que merece la pena reproducir, conjeturando sobre el efecto que pudo producir entre nuestros compatriotas decimonónicos (machos y hembras):

“—¡Oh, qué hermoso debe ser eso!, murmuró Jacobita, poseída de profunda emoción.

”Y abriendo otro libro, Silverio leyó la página que Ramond había consagrado al Monte Perdido, la soberbia cima que fue el primero en franquear [sic] en 1802: La escena cambió, y entonces olvidamos todas las penalidades sufridas. Desde lo alto de aquellas rocas contemplábamos con muda sorpresa el majestuoso espectáculo que nos esperaba en el paso de la Brecha [de Tucarroya]. Los glaciares brillaban, y la cima del Monte Perdido, resplandeciente de celestes claridades, no parecía pertenecer ya a la tierra. En vano trataré de pintar el mágico aspecto de ese cuadro, e inútilmente intentaría describir lo que su aparición tiene de inopinado, de asombroso, de fantástico, en el momento en que el telón se corre, en que la puerta se abre y en que se pisa al fin el umbral del gigantesco edificio […].

”La voz de Silverio temblaba al concluir esta lectura, y Jacobita, sintiendo vibrar algo en su ser que jamás se había estremecido hasta entonces, dijo al guía:

”—¡Oh! ¡Cómo ama usted sus montañas, y qué agradable es oírle hablar de ellas!

”—Dispense usted, señorita, balbuceó Silverio, pues cuando hablo sobre este asunto ya no sé contenerme. Las montañas son mi vida; en ellas sueño día y noche; las profeso un verdadero culto, y quisiera decirles muchas cosas de rodillas. Generalmente no hablo sobre esto, porque se burlarían de mí; pero ante usted no me avergüenzo y divago como un niño. ¡Oh, qué hermosos Pirineos…! ¡Muy desgraciado fui cuando supe que había montañas más altas! ¡Cómo he aborrecido a ese Monte Blanco [el Mont-Blanc de los Alpes], que se eleva mil cuatrocientos metros más que nuestra Maladetta! En otro tiempo soñé que le decapitaba, que le arrancaba su cúpula, piedra por piedra, y que le convertía en un monte ridículo; mas cuando me dijeron que en el Himalaya había cumbres de más de ocho mil metros de altura, pensé: ¡me alegro, para que ese Monte Blanco no sea tan fanfarrón!

”—¡Oh!, decíase Jacobita al oír estas palabras, ¡cómo le abrazaría yo si fuese mi tío!

”Pero Silverio continuó:

”—¿Y aman sus amigos de usted las montañas? Supongo que no. Solamente se detienen admirados ante el mar. Su tío de usted no conoce ni siquiera los nombres de los picos que ve todos los días, y en Aigues-Vives no hay diez habitantes que no prefieran vivir en la llanura. ¡Infelices! Tienen los ojos cerrados; son como las tortugas, que cuando asoman la cabeza solo gustan de ver las prosaicas lechugas. Una vez, siendo yo todavía muy niño, acompañé a mi padre a la llanura; estuvimos seis meses detrás de una meseta sin ver los Pirineos, y yo creí que iba a morirme… ¡Venga usted a verlos, venga usted, añadió Silverio saliendo de la gruta. ¡Oh! Desde aquí no son tan hermosos como desde la cima del pico; pero también los ojos miran con gusto esas pendientes, esas cimas, esas rocas, esos torrentes, todas esas cosas de tan variadas formas y de tantos colores.

”Al decir esto, señalaba a las montañas que les rodeaban. Desde la gruta, situada a mil cuatrocientos metros sobre el nivel del mar, el panorama era inmenso: el caserío de Gargos y el burgo de Aigues-Vives estaban ocultos por una loma pedregosa, y aparte de algunas verdes praderas que abigarraban por la izquierda la vertiente meridional de una montaña, nada de humano, nada de artificial se revelaba a los ojos. Solamente la naturaleza había trabajado allí; solo sus manos habían levantado aquellos montes grandiosos, erizados de picos que parecían gigantescas catedrales. Todo cuanto la mirada podía abrazar presentábase con un carácter majestuoso, con su virginidad primitiva, con su eterno brillo, y experimentábase una alegría intensa, aunque melancólica, contemplando aquel espectáculo, viviendo allí, olvidando uno que era hombre, un débil y vil organismo, un poco de tierra oscura y animada, sintiendo que el alma se encarnaba en el alma de las cosas, pensando que el cuerpo llegaba a ser una parte integrante de los montes, una de esas piedras vanas, pero más duraderas que todo cuanto los genios han creído edificar de inmortal con sus manos o su cerebro.

”—¡Oh, señorita!, balbuceó Silverio, poseído de entusiasmo, ¿no es verdad que consuela mucho contemplar la montaña? En cuanto a mí, paréceme que no hay más que eso en el mundo, que no puede existir otro placer, ni puede haber otra ocupación. ¡Qué mezquino resulta todo lo demás si se piensa un poco! Días hay en que me dan ganas de sentarme sobre la hierba, admirar los picos, unir las manos y no moverme. ¡Oh, las montañas, las montañas…!

”Silverio se transfiguró un minuto; pero ruborizándose después como un niño vergonzoso, balbuceó humildes excusas con voz respetuosa.

”—No haga usted caso, señorita, dijo; la montaña me embriaga, y acaso me tome usted por un lunático. Dejemos este asunto para hablar de otra cosa, de lo que pasa en París, en Pau, en Aigues-Vives, y del casino, que debe abrirse pronto…

”Pero Jacobita le puso la mano sobre la boca.

”—¡Calle usted, desgraciado!, exclamó. ¿Acaso existe todo eso? ¡Oh! ¡Me inspira usted lástima después de haberme complacido tanto! ¡Hable usted más de las cimas, de las cascadas, de los precipicios! Hable usted siempre de eso. ¡Nada de París, ni de Pau, ni de todas las ciudades que encierran! ¡Fuera los casinos, y los conventos, y las costureras! ¡Fuera la llanura y viva la montaña!

”Y Jacobita unió las manos ante Silverio en ademán de súplica para que continuara. ¡Con qué alborozo obedeció el joven! Señalando las montañas vecinas, las nombró una tras otra”.

Aquí los vamos a dejar, tan ricamente acaramelados, hasta la siguiente entrega folletinesca que nos arribe desde el lejano 1895… Mientras tanto: ¡feliz navidad, amigos!

12 Comentarios

  1. #aimaremeua Alberto, vas a conseguir o estás consiguiendo que recupere el placer por la lectura. Siento que todos somos, a ratos, un poco como esos protagonistas. Saludos

    • Me alegro mucho que te gusten estos textos con aroma decimonónico, EraNethou… Y si te “tiraron” los amores de Jacobita, espera a ver cómo discurrieron los de Teodora, una ampurdanesa montaraz como pocas…, en el mundo literario de finales del siglo XIX, al menos.

  2. Estimado Alberto: ¿llego a tiempo de desarte unas Muy Felices Navidades? Tambien que sigas en el Año 2017 con tu trayectoria.En otro orden me gustaria que me dijeras donde comprar “La cabellera de la Magdalena” que a Marta le interesa mucho por su rareza y sobretodo esos dibujos que son su especialidad como sabes. Un abrazo muy fuerte de: Josemaría.

    • Hola otra vez, José María…
      Respecto a lo primero: desde luego que sí; sí que llegas a tiempo. Muchísimas gracias por este detalle, y también por leerte mis “aventuretas”…
      En cuanto a lo segundo, decir que no es complicado pillarse un original de esta obra de Rameau, que no resulta cara, por lo que he visto en Internet. Me suena que a 30 euros, aunque ignoro si la edición llevaba ilustraciones. Pero que esté tranquila Marta, que ahora mismo os la paso por WT…
      A pasar una noche bien “achampanada”, amigos…

  3. Lo mismo te deseo, allá por tus frondas: feliz navidad a todos los mandriles de buena voluntad… Y a todos los consumidores de estas “torrijas pirineístas”, claro está…

  4. Si esta película se “filmó” en Sant Sauveur ahora entiendo lo de de la cascada de Pis Gailland.

    • ¡Premio, Makako…! Pues mira: no me había venido a la cabeza, y eso que en uno de mis primeros reportajes (¿del 2002?) para cierta revista especializada en nuestra cordillera presentaba una ruta hacia esta cascada de Eth Pish Gaillard, situada justo enfrente del Caos de Coumély… O de la “Meadica del Guaperas”, puesto a traducirlo del dialecto “toy”… En el siglo XIX fue apodada, no como la “Cabellera de Magdalena” (que yo sepa), sino como la “Reina de las Cascadas”… Fíjate que sí que caí en ese salto que existe cerca de Bujaruelo dedicado al “Pis”, sin más… ¡Tengo que comer sardinas en abundacia…! Muchísimas gracias por un apunte tan oportuno, mi buen Simio Instruido…

  5. Vaya que si había muestras de interés por las montañas entre nuestros compatriotas decimonónicos… ¡feliz navidad, Alberto!

    • Hey, Xavi…
      En realidad, busco pistas de las, digamos, informaciones o estímulos montañeros de los que nuestros ancestros disponían… No puede ser que, sobre todo a partir del último tercio del siglo XIX, al sur de los Pirineos se ignorase esa “moda” de trepar por las montañas, tan pujante al norte de la divisoria…
      Y lo mismo le deseo a toda la familia de Sort: ¡a pasar unas navidades memorables!!!

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