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Una invernal en los Infiernos

El pasado 10 de octubre nos dejaba para siempre uno de nuestros mejores fotógrafos de montaña. Antonio González Sicilia tomó su cámara de gran formato y su no menos generosa bota de vino para estudiar otras perspectivas diferentes de esas cimas que tanto amó. He esperado hasta la llegada del invierno para recordarle, debido a la fecha del artículo que hallé en la revista de su club, firmado por el desaparecido: “Ascensión invernal al pico del Infierno (3.081 m)”, publicada dentro del número 36-37 del Boletín de Montañeros de Aragón (marzo-junio de 1956). Tiene su valor por diversos conceptos, pues nuestro hombre no se prodigaba mucho con los textos, dado que defendía la tesis de que “una imagen vale más que mil palabras”. Lógico, a la vista de su profesión.

Un rápido repaso de la trayectoria vital de este prolífico postalero nos confirmaría que nació en 1924 en Zaragoza, ingresando en Montañeros de Aragón en 1951 (era el socio 471) y, un año después, fundando esa empresa de nombre Ediciones Sicilia que no tardaría en inundar con sus cartulinas y grandes panoramas horizontales los estantes de los comercios pirenaicos. Su obra todavía sigue allí, en los expositores de las tiendas de Benasque, Torla o Sallent. Con el enorme material gráfico que atesoró, caracterizado por unos aires montaraces como pocos, tampoco extraña que, desde los años sesenta del siglo pasado, ilustrara diversas obras, entre las que destacan las de Santiago Broto Aparicio o las de Cayetano Enríquez de Salamanca. Este último autor nos dejaba el siguiente preámbulo desde sus conjuntos Panoramas del Pirineo Español (1978):

“Antonio González Sicilia: se especula sobre si se trata de un montañero que se pasa la vida haciendo fotografías o más bien de un fotógrafo que no sale de la montaña, pues ambas vocaciones y actividades son en él inseparables. Pues son más de cuarenta años los que este bravo aragonés ha empleado casi exclusivamente en recorrer y fotografiar bajo todas las perspectivas imaginables, una y otra vez, nuestros macizos montañosos, particularmente el Pirineo y los Picos de Europa. Sin parcialidad ni hacer de menos a nadie, puede considerarse a Sicilia como el primer fotógrafo de montaña español. En apoyo de tal tesis, ahí está la antología de sus panoramas pirenaicos que se recogen en las páginas que siguen. Más que los montones de trofeos y medallas que abarrotan sus vitrinas, da una idea del temple de Sicilia el hecho de que se patea nuestras más altas cumbres cargado con una cámara de más de veinte kilos de peso, otros tantos de accesorios, sin que falte la bota de Cariñena y sólidas provisiones que despiertan la envidia y el mosqueo de los concurrentes cuando, al llegar a la cumbre del Aneto, se organiza su tente-en-pie mientras que los demás han ido con lo puesto”.

Acudamos ya a la invernal de González Sicilia… En su día, la ascensión que aquí referimos fue muy sonada, pues en Zaragoza se pensó que sus tres artífices habían logrado una primicia. De hecho, provocaría cierta polémica de paternidad con cierto club de una vecina Comunidad. Algo que hoy en día, con mayor información, no deja de provocar una sonrisa, dado que, hasta donde se sabe, quienes primero pisaron durante la estación más dura los picos del Infierno no fueron ni aragoneses ni catalanes… Más bien, franceses, por cuenta de Jean Arlaud y de sus compañeros, quienes ascendieron desde Bachimaña y el Garmo Blanco el 31 de diciembre de 1926. Una novedad que pasó desapercibida en tierras españolas, pero que al norte de la divisoria causó furor, pues Arlaud comparó la arista Noroeste de los Infiernos con la de la Grande Ruine en Oisans.

Mas no seremos nosotros quienes le restemos mérito alguno a esta aventura de la que han transcurrido sesenta y un añitos de nada… Muy bien acompañados por Antonio González Sicilia y dos compañeros de lujo como Pepe Díaz y Rafael Montaner, pasemos ya a su artículo sobre la “Ascensión invernal al pico del Infierno (3.081 m)”:

“Hacía mucho tiempo que un grupo de amigos teníamos en cartera esta excursión. Unas veces por A y otras por B, íbamos retrasando la salida, pero este año pareció cuajar la idea en un buen grupo, aunque a última hora, y después de dos retrasos por causa del mal tiempo, quedamos reducidos a tres [Antonio González Sicilia, Pepe Díaz y Rafael Montaner]. Quisimos salir a primeros de febrero, pero afortunadamente lo demoramos un mes a la vista de las pésimas condiciones climatológicas.

”Salimos de Zaragoza el día 4 de marzo [de 1956]. En todo el valle de Tena no vimos la nieve, ni tampoco en el trayecto desde el pueblo de Panticosa (que tuvimos que subir andando y la carga encima) hasta El Escalar, que vemos que los aludes han hecho desaparecer el río y carretera. Pero una vez superada la fuerte cuesta, nos encontramos otra vez la carretera casi limpia hasta el Balneario, donde vimos el lago completamente helado.

”En el Balneario fuimos estupendamente acogidos. Nos facilitaron camas, calefacción, unos crampones, consejos, refugio para dormir en Bachimaña; en fin, conservamos un grato recuerdo de tanta amabilidad. Y al día siguiente salimos con nuestras mochilas hacia Bachimaña, marcha ésta que hubiera sido normal si hubiera desaparecido el Salto del Fraile, pues la fuerte pendiente, totalmente cubierta de nieve, nos pesó lo suyo. Llevamos la marcha con calma, llegando arriba a la hora de comer.

”El aspecto de Bachimaña cambia completamente, pues las laderas cubiertas de nieve daban al paisaje un aspecto fantástico: nieve virgen por doquier, el gran lago helado y con varios metros de nieve encima, que pudimos comprobar por unas impresionantes grietas en las orillas. Por la tarde una marcha corta hasta dar vista al macizo del Infierno [de los Infiernos o de la Quijada de Pondiellos], como entrenamiento y reconocimiento del camino.

”En nuestra primera noche pasamos algo de frío, pues no utilizamos todas las mantas como hicimos las demás noches.

”El día 6 [de marzo de 1956], a las 7:40 h estábamos ya en marcha. Subimos por la derecha de la presa, bajando hasta el lago de Bachimaña, que cruzamos a todo lo largo por el centro, para salir por donde recibe las aguas que bajan de los [ibones] Azules. Un poco más arriba, a la altura de los Azules Inferiores, hicimos el primer descanso, y como estaba la nieve muy dura nos echamos los esquís al hombro y nos pusimos los crampones, ya que en vez de nieve dura era nieve helada, emprendiendo seguidamente la marcha hasta el collado de Tebarrai, donde descansamos nuevamente, porque la subida fue de las buenas, y tomamos un bocadillo regado con unos tragos de la bota…, que contenía té negro con azúcar. Gracias a esta bebida no pasamos sed, a pesar del sol que aguantamos y de las fatigas de la subida.

”Después del breve yantar, reanudamos la marcha por la misma arista que va del collado hasta el pico, viendo por nuestra izquierda los lagos Azules y Bachimaña (luego, los de Bramatuero Inferior y Superior), y a nuestra derecha el barranco de Pondiellos y el valle de Tena, con el Midi d’Ossau al fondo. Nos encordamos antes de salir y fuimos subiendo por la fuerte pendiente, prefiriendo la parte de la derecha, ya que hacia la vertiente de Panticosa teníamos una visera de nieve que a veces se prolongaba dos y tres metros en el vacío. A uno de nosotros se le cayó el piolet, que afortunadamente quedó sujeto por una roca a poca distancia, cuando ya lo veíamos en los ibones de Pondiellos, y pudimos recuperarlo descendiendo uno por la inclinadísima pendiente, que estaba lisa, barrida por el viento, con alguna roca sobresaliendo.

”Salvamos varias veces los portillones que iban surgiendo ante nosotros, con un pequeño descenso para luego volver a trepar por la roca casi vertical y, a continuación, la consabida rampa fuerte, con visera y volado a la izquierda, y un rapidísimo descenso a la derecha. Menos mal que la nieve que pisábamos era dura y muy seca. Y salvando unos pasos difíciles y otros no tanto, nos encontrábamos en la cima a las 14:00 h.

”Muy larga se me hizo la subida desde el collado, que no conocía, pues la serie de portillones dan la impresión de que nunca acaba, y no se ve el pico [de los Infiernos] hasta que no se llega, sin contar con que no puede uno salirse de la misma cresta, y hay que bajar constantemente pequeños mogotes para luego volver a subir más. Pero también tiene una grandiosa belleza difícil de explicar, aumentada por lo aéreo de la cresta, cuyo recuerdo guardaremos siempre.

”Nuestra estancia en la cumbre fue relativamente breve, pues corría una brisa poco cariñosa y bastante fresca que se colaba hasta los huesos y no nos dejó parar. Con el día completamente claro, pudimos contemplar el paisaje, el más maravilloso que yo he visto en mi vida montañera. Admiramos cumplidamente punta Zarra, en el centro de la cresta que va desde el pico de Tebarrai hasta la Gran Facha. La gran cantidad de lagos cubiertos por la nieve: azules, Bachimaña, Bramatuero, Pondiellos, las Arnalas y el collado de Pondiellos, el Viñemal, el macizo de la peña Telera y el valle de Tena… Un estupendo mirador de la grandiosa belleza de nuestro Pirineo, vestido de blanco y erizado de cimas, más impresionante que en verano. El regreso fue normal, sin ninguna incidencia digna de contarse, llegando al refugio de Bachimaña a la caída de la tarde.

”Al día siguiente, 7, descansamos tranquilamente, organizándonos en el refugio y dedicando la debida atención a la preparación de una fuerte comida, quedándonos hueco por la tarde para hacer una excursioncilla.

”El día 8 intentamos punta Zarra. Salimos del refugio a las 8:20 h, y llegamos al collado sobre las 11:00 h, pero uno de nosotros padecía una fuerte conjuntivitis, por lo que tuvimos que dar media vuelta y regresar. En el refugio recogimos nuestro equipo y no paramos hasta el Balneario”.

Cerraremos este recuerdo de Antonio González Sicilia con la anotación que una mano anónima le hiciera desde la revista de su club:

“Como ya anticipábamos en el número anterior, nuestros consocios Antonio González Sicilia, Pepe Díaz y Rafael Montaner hicieron el Infierno [los Infiernos] el día 6 de marzo. A continuación insertamos el relato de uno de los componentes de la cordada [el primer citado], y queremos hacer notar la escueta brevedad de cuantos detalles se refieren a las dificultades de la ascensión. Todos sabemos –o nos figuramos– lo que representa el pico del Infierno [pico de los Infiernos] cubierto de nieve, y estamos seguros que no basta hacer el propósito, salir de viaje y llegar a la cima. Es preciso algo más: conocimientos, corazón y, sobre todo, un gran fondo físico. Nuestra felicitación para los tres”.

Como se dice aquí, en Aragón: primero, un mordisco; luego, un beso… Pero nada quita que, durante décadas, Antonio González Sicilia fuera el postalero de la gente que se pirra por las montañas.

  1. No tenía ni idea Alberto y eso que mis primeras postales del pirineo son de Sicilia.

    • Sí, sí: yo también… Primero, de los veraneos sesenteros con la familia en Castejón de Sos y Panticosa… Luego, de los campamentos al pie de los Baños de Benasque… Todavía guardo, con todo el cariño del mundo, una panorámica del Aneto que, por la parte de atrás, estaba firmada por todos los compañeros de nuestra visita a la cota 3.404 metros de 1975… Saludos makakoides…

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