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Homedes y el Pedraforca

El pirineísmo hispano encajó un fuerte golpe durante esa añada nefasta de 1935. Uno de los escaladores barceloneses más destacados perecía en accidente de montaña en el Pedraforca. Sin duda alguna, la tragedia de Francesc Homedes sobrecogió a nuestro colectivo nacional.

La sana rivalidad existente entre cordadas en algún recorrido pirenaico como, por ejemplo, el de la cresta del Diablo, no privó al desaparecido del homenaje generalizado. Así, en la Revista Ilustrada de Alpinismo Peñalara número 262 (octubre de 1935) se publicaba un trabajo anónimo sobre el “Accidente mortal en el Pedraforca” con el resumen de este drama y un elogio hacia su víctima:

“El sábado día 7 de septiembre [de 1935] partieron de Barcelona los alpinistas Francisco Homedes, del Centro Excusionista de Cataluña; Bernardo Buxeda y Ramón Albareda, del Club Muntanyenc Barcelonès, a fin de intentar la ascensión directa a la pared del Gat, en la cara Norte del Pedraforca. Esta ascensión no se había efectuado aún, creyéndose que ofrecería mayores dificultades que la de la conocida pared del Riambau, en la misma cara Norte, ya ascendida varias veces.

”La elevación del Pedraforca en el Gat es aproximadamente de 2.300 metros, subiéndose, sin embargo, bastante bien hasta los 1.900 metros, y quedando cuatrocientos metros de escalada pura, que iniciaron el domingo, a las 5:00 h. Como se esperaba, la nueva vía resultó muy dura, siendo menester el empleo de pitones de hierro y un constante uso de las cuerdas. A las 15:00 h se hallaban a unos quince metros del pico. El tiempo, bueno hasta el mediodía, cambió rápidamente, y hacia aquella hora era tempestuoso, con lluvia y frecuentes exhalaciones eléctricas. Francisco Homedes, a la cabeza de la cuerda, escaló el trozo final. Llegó en plena tormenta, y viendo el peligro de mantenerse en el pico, se preparó a bajar otra vez hasta donde estaban sus compañeros, para esperar a que cesara el mal tiempo. Clavó un pitón y se desligó de la cuerda de cintura para bajar. En este momento cayó un rayo, y Homedes, que estaba en el borde, fue proyectado (no tocado) afuera y se despeñó, pasando envuelto en piedras por delante de sus compañeros. Estos permanecieron toda la noche en la estrecha cornisa, con mal tiempo, y a las 5:00 h del lunes terminaron la ascensión y bajaron a Saldes por la otra vertiente. Era inútil emprender la busca del cuerpo con los hombres del pueblo, que carecen de la preparación necesaria. Albareda llegó a Barcelona el lunes a las 20:30 h, y dos horas después, salía hacia Saldes una caravana de miembros del Club Muntanyenc Barcelonès. El martes fue explorado el pie de la pared y las canales inferiores, sin resultado. El miércoles seis compañeros se descolgaron desde la brecha izquierda del pico del Gat y hallaron el cadáver del infortunado Homedes unos cien metros más abajo del punto de caída. Fue izado y trasladado a Saldes, en cuyo cementerio reposa.

”El alpinismo catalán ha perdido con él a una de sus más jóvenes y valiosas figuras. Nuestra Sociedad [la SEA Peñalara, sin la sigla de “Real” durante la República] acompaña a los montañeros catalanes en su dolor”.

Esta necrológica basta para comprender el horror que pudo producir el despeñamiento de Homedes lejos de los suyos. Tanto como entre los colegas de sus cercanías. Dentro de la “Crónica” del número 485 del Butlletí del Centre Excursionista de Catalunya (octubre de 1935) se servía un relato algo más amplio, bajo el título de “Francesc Homedes i Garcia”, a través de una pluma anónima:

“En el último Butlletí aparecieron dos noticias relacionadas con el alpinismo más ambicioso que puede practicarse en Cataluña. Ambas estaban relacionadas con Francesc Homedes.

”En una de ellas informábamos de una nueva escalada en la famosa muralla del Pedraforca, efectuada a finales de junio. La otra nos resumía la campaña en la Maladeta de primeros de agosto. Francesc Homedes figuraba en las dos. Durante el transcurso de estas escaladas había conocido de pleno las iras desatadas de la tormenta, por encima mismo de las crestas y de las cimas. Este tipo de vivencias con las tempestades debió de producir en su ánimo juvenil una adaptación y una indiferencia a las tempestades más violentas, como si no fueran sino un añadido más al tipo de montañismo puro que tanto él como su grupo practicaban.

”Pero justo cuando sale a la luz este Butlletí donde se describe de un modo tan sobrio como vivo esta doble lucha con las dificultades y con los elementos, Francesc Homedes ya no está entre nosotros.

”Otra escalada en la pared del Pedraforca, una lucha osada, una vía nueva y la joya suprema…, y una victoria tan postrera como brillante fueron los últimos actos del jovencísimo escalador.

”La palestra vertical le había exigido una atención de horas enteras, a él y a sus compañeros, quienes no se percataron ni del tiempo ni de que se montaba una tormenta. ¡Qué se le iba a hacer! Francesc Homedes ya estaba acostumbrado a habérselas por las alturas de las cimas con las tempestades, con el zumbido de los pinchos [del piolet y de los crampones], con el martilleo de la granizada, con el chasquido del trueno al lado de la oreja. La atmósfera lívida, espectral e inhumana ni le sorprendía ni le atemorizaba.

”Así, [Homedes] coronó victorioso el Pedraforca tras recorrer la vía que ahora lleva su nombre, y coincidió en la cima con el estallido desatado, mientras sus dos compañeros, pocos metros más abajo, buscaban un cobijo irrisorio en un repliegue de la pared. Al querer unirse a ellos, la conmoción de un trueno, más que la pérdida de una presa, debió de arrancarle de la roca y lo proyectó hacia ese abismo que se abrió a sus pies.

”Sus compañeros tuvieron que permanecer toda la noche en el mismo lugar, sin poder hacer nada por él. Al día siguiente por la mañana comprendieron que lo único que les quedaba por hacer era acudir a Saldes y, ya en Barcelona, pedir auxilio y prevenir a la familia y amigos de Francesc Homedes.

Una caravana, integrada por sus familiares, amigos íntimos y socios del C. M. Barcelonès, después de trabajos larguísimos, encontró los restos y los llevó hasta Saldes, donde recibieron cristiana sepultura”.

Cerraremos el caso Homedes con la despedida de uno de sus camaradas. En el número del Butlletí que siguió al del anterior texto, Joaquim Toldrà i Esteva publicaba su “Francesc Homedes i Garcia, in memoriam”. Unas líneas de amigo redactadas en caliente, cuando apenas habían transcurrido dos meses del accidente en el Pedraforca:

“Un alpinista ha muerto. Estas palabras, siempre dolorosas para todos cuantos participamos en esta sublimización del amor a la montaña que constituye la escalada, son más lacerantes aún cuando, como en esta ocasión, el fallecido no había alcanzado la veintena [de años]. Francesc Homedes ha muerto en el preciso momento en que, de su juventud audaz, podía esperarse las hazañas más excepcionales. El golpe ha sido rudo para todos cuantos habíamos disfrutado de su compañerismo y sencilla simpatía, pero más aún lo ha sido para mí, que tenía en él no solo a un compañero inapreciable en la montaña y en la ciudad, sino también a un verdadero hermano menor con quien me unían, además, unos lazos casi familiares, producidos por una larga y agradable amistad.

”La montaña es un enemigo noble, pero cruel. Se somete con frecuencia bajo la fría audacia del alpinista, esa minúscula figura agarrada a la poderosa armazón de sus pétreas aristas y paredes, pero también, a menudo, exige el sacrificio de unas vidas que se le ofrecen generosas en holocausto a una de las pasiones más puras e idealmente desinteresadas que pueden mover el espíritu humano. ¿Por qué? ¿Qué muerte puede encontrarse más adecuada para un montañero que aquella que le ofrece su amada?

”Y Francesc Homedes amaba la montaña. A pesar de su prurito, común en todos los adolescentes, de conservar una fría apariencia exterior, yo lo sabía sensible a todos los matices de la eterna sinfonía que la gran montaña sabe entonar en honor a sus apasionados. En las frías noches de vivac sobre las ariscas crestas pirenaicas, cuando la cordillera yacía dormida bajo la inmensa bóveda estelar, yo disfrutaba del entusiasmo juvenil de mi inseparable compañero, frente aquellas horas mágicas, pasadas en plena intimidad con la montaña. Y en el insomnio forzoso que las circunstancias nos imponían, forjábamos proyectos para el porvenir, y veíamos bailar, con nuestra imaginación, en las tinieblas nocturnas, las confusas siluetas de agujas y paredes alpinas, los nombres prestigiosos de las cuales habían de atraer, forzosamente, con empuje irresistible, unas ambiciones que el tiempo no hacía sino acrecentar.

”Bruscamente, todo eso ha quedado roto. El más joven del grupo ha sido reclamado, víctima de la ciega furia de los elementos, el enemigo más temible para el montañero. Y ha sido el Pedraforca, la soberbia montaña bergadana que él tanto admiraba donde ha encontrado su final la espléndida carrera de un alpinista que, pese a sus diecinueve años escasos, contaba ya en su historial con una serie de escaladas brillantísimas de las que destacaremos las siguientes como póstumo homenaje a su vencedor: la segunda travesía sur-norte de la cresta del Diablo; el primer descenso de la punta de Astorg por la arista de Cregüeña; la primera escalada en el Cilindro de Ascobes por la pared Norte; la primera ascensión nacional al Petit Pic del Midi d’Ossau y descenso por la canal de Pombie; la primera ascensión nacional al Aneto por la brecha de Tempestades y descenso por la arista Noreste del Hombro de Aneto; la primera travesía íntegra de las agujas del Pallars; y un buen número de escaladas importantes, como son la pared Norte del Pedraforca, la cresta de Salenques, el Petit Encantat, etcétera. Y, como digno colofón, la primera escalada, como líder, de la difícil pared Norte del Gat en la muralla del Pedraforca, el término de la cual ha llegado para él esa suprema ascensión que es meta obligada de todo destino humano.

”¡Descanse en paz el querido compañero e inolvidable amigo!”.

Muchos de los conceptos que se manejaban por entonces para buscar algún tipo de explicación a una muerte en la montaña sonarán hoy extraños. No lo será tanto el dolor de los compañeros de cordada ante el dramático final de uno de ellos.

  1. Entonces te pones una camisa de flores hawaianas y dejas ya la de luto porque llega la primavera Alberto.

    • Pues en algo parecido estaba pensando, Pako… Aunque soy más de camisas a cuadros…

  2. Hey, Alberto… Dices que con este accidente dejarás reposar el tema… ¿Significa eso que todavía se produjeron más accidentes en la funesta añada de 1935…?

    • Ya lo creo que sí, Xavi… La funesta añada daría para más; sobre todo, en tu tierra, ya lo verás… Tras el descanso de funestidades prometido, claro. Más saludotes, ché…

  3. Yo que pensaba que ya habias terminado con lo de los accidentes Alberto. Muchas gracias por estos trabajos que sí aprendes de ellos.

    • Hola otra vez, Pako. Muchas gracias por haberte metido entre pecho y espalda la serie de artículos que te envié: espero que no te produjeran indigestión alguna… De todas formas, con este accidente del Pedraforca dejaré reposar el tema por un tiempo. Ojalá que todos saquemos algo útil de estas desgracias. Más saludos cordiales.

  4. Alberto con alivio veo que esta vez no hubo adorno con edelweis muertos para la ocasion. El cuerpo de un pobre chico fallecido en la montaña velado entre esas flores no deja de parecer tetrico y hasta de mal gusto. Espero no molestar a nadie.

    • No, Makako: no creo que nadie se moleste por tu comentario, muy respetuoso con los fallecidos. Va una nota complementaria: en la Centroeuropa de los inicios del siglo XX aparecieron leyendas sobre accidentados en la montaña a los que, curiosamente, los rescatadores hallaron en sus bolsillos…, ¡varios puñados de edelweiss! Otro saludo más.

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