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¿Abatimos los Pirineos…?

Estos días se debate mucho sobre la utilidad de las redes sociales. Como es natural, todos los vecinos “hablan de la feria según les ha ido en ella”… Por mi parte solo le puedo destinar a Internet algún pero pequeñito y un aplauso más que sonoro. Para quienes buscan, sobre todo, el intercambio de datos objetivos, La Nube es una proveedora de primer orden. Una herramienta como no se podía imaginar hace diez años siquiera.

Va un ejemplo rápido: a resultas del par de textos sobre las andanzas novelescas de Josep Maria Gironella en la Compañía de Esquiadores del valle de Tena, Ramón Sevillano recordó un artículo del propio escritor donde narraba, esta vez dentro del universo de lo real, cómo fue su guerra de 1936-1939. Con toda la amabilidad del mundo, me pasó dicho trabajo…

Las evocaciones montañeras del literato catalán durante nuestra horripilante Guerra Civil se publicaron dentro del número 350 de Ejército; Revista Ilustrada de las Armas y Servicios (marzo de 1969). Al parecer, Gironella sirvió allí sus teorías sobre el hecho de que “Los españoles desconocemos España” después de que saliera a la calle su novela sobre Un millón de muertos (1961). Como tienen interés las porciones que dedica a su contienda sobre dos tablas, he extractado del artículo los párrafos más montaraces:

“Me incorporé a ella [la Compañía de Esquiadores] a principios de 1937. Por entonces nuestro Cuartel General estaba en Panticosa, en el valle de Tena; o sea, en el Pirineo aragonés. Defendíamos el valle de Tena porque su importancia estratégica era grande, dado que, como es sabido, dispone de una carretera que penetra en Francia. De abandonar nosotros el valle de Tena, el ejército enemigo hubiera utilizado dicha carretera para situar sin rodeos, directamente en el propio frente aragonés, las armas procedentes del país vecino. Por ello no lo abandonamos, ni siquiera cuando los rojos [el Ejército republicano] tomaron Biescas, dejándonos incomunicados –a nosotros y a la población civil, unas tres mil quinientas personas en total– durante casi nueve meses. Rodeados de montañas, organizamos un sistema de porteos cruzados diarios desde Sallent de Gállego a Canfranc, situado el primero en la parte más avanzada del valle y Canfranc en la retaguardia. Cargábamos nuestras mochilas hasta reventar –conseguimos llevar treinta y seis kilos–, y la carga era lo más heterogéneo que imaginarse pueda: municiones, víveres, cacerolas, carmín para los labios de las muchachas que en algún pueblo del valle compartían nuestra suerte… El trayecto de Sallent de Gállego a Canfranc era difícil: exigía subir a 3.000 metros [sic] y luego bajar. En invierno, bajar esquiando ¡con treinta y seis kilos a la espalda!; en primavera y en verano, a pie. Solo el entrenamiento y la moral nos permitieron llevar a buen término la tarea, de la que quedamos liberados al romperse el frente de Aragón e iniciar el avance [en marzo de 1938].

”Este avance nos permitió llegar, siempre cabalgando sobre el Pirineo, hasta Bielsa, donde los rojos [las tropas de la 43ª División de la República] se hicieron fuertes, formando una bolsa de muy difícil reducción. En otra sacudida alcanzamos Cataluña, el valle de Arán.

”Desde el punto de vista bélico, nuestra vida era tranquila. Nos avergonzábamos de ello cuando, en algún permiso, hablábamos con legionarios o con soldados de antitanques. Guerra de escaramuza y emboscada, sin aviación, sin artillería pesada, sin carros de combate, sin apenas morteros. No obstante, físicamente las jornadas eran tan duras que abundaban las solicitudes de traslado a otras armas. Era preciso ser atleta para resistir aquello. Nuestra piel llegó a ser negra como el café negro, por los reflejos del sol sobre la nieve. Músculos tensos, especialmente los de las piernas y los tobillos. Era preciso saber respirar, dosificar las fuerzas, ver a través de la niebla, hacer caso omiso de los vientos huracanados, encogerse de hombros cuando, a escasos metros de la chabola, los rayos arrancaban de las piedras chispazos infernales. Era preciso andar horas y horas entre abismos por terrenos extraños y desiguales sobre piedras puntiagudas o resbaladizas, soportar temperaturas dignas de la batalla de Teruel, adaptarnos lo mismo a la nieve blanda y muelle que a los súbitos témpanos helados que precipitaban nuestros cuerpos a velocidades increíbles. Quien tuviera vértigo, mal de montaña, miedo de la soledad, tenía que irse. Quien a partir de los 2.500 metros de altura sintiera opresión en el pecho, tenía que irse. Quien para subsistir necesitara ver a menudo la gama de colores habituales, no podía formar parte de nuestra Compañía: a veces nos pasábamos meses en lo alto de un pico, bajo una tienda de campaña, viendo solo el color negro de nuestros compañeros, el azul del cielo, el gris de las nubes, el blanco de la nieve y algunos morados, violetas y rosas de las puestas y salidas del sol. Verdes intensos, amarillos intensos, intensos rojos, ni por asomo. La retina se acostumbraba a su ausencia, y por ello, al bajar al pueblo, la primera muchacha que nos sorprendía con una blusa escarlata nos dejaba paralizados y mudos de emoción en mitad de la calle o en una esquina.

”En la Compañía del Alto Pirineo [sic] aprendí yo a dar importancia a las pequeñas cosas: a una brizna de hierba, a una piedra, a un pedazo de cordel. Nuestro mundo era a la vez tan inmenso –las cordilleras y la bóveda celeste– y tan reducido –nuestra chabola y los camaradas de la misma escuadra–, que conocíamos sin solución de continuidad la exaltación y el abatimiento. Tan pronto nos sentíamos personajes cósmicos inmensos en la grandeza de las cumbres, como simples gusanos impotentes, aplastados en el fondo de una raquítica trinchera, sin defensa contra los caprichos de la naturaleza que nos circundaba.

”Los minutos eran lentos en nuestro corazón. La mente se fatigaba de contemplar abismos y belleza y volvíamos la mirada hacia nuestro fusil, nuestras bombas de mano, nuestras botas, hacia las caras de nuestros compañeros. Cantábamos canciones, nos tumbábamos para fumar, emitíamos sonidos incoherentes, nos tocábamos los dientes, nos pasábamos la lengua por las encías, esperábamos la hora del rancho, las cartas de las madrinas, buscábamos piojos en los intersticios de nuestras ridículas y largas camisetas…

”Momento emotivo el de la guardia en la alta noche. Capote sobre los hombros, gorra hasta las cejas, un fusil, soledad en medio de un paisaje ilimitado de crestas nevadas. La nieve, la nieve alrededor de uno mismo, hiriendo los ojos con su reverberación. Bajo la luna, la nieve nos hacía guiños incesantes, brillaba como salpicada de gotas de mercurio. Si la pendiente era pronunciada, a uno le daban ganas de tirarse de cabeza, de rodar hasta el fondo dando tumbos en aquel gran colchón blanco […]. Durante la guardia nocturna me asustaban las avalanchas de nieve, los extraños ruidos de las rocas al desgajarse. Todo simulaba ruidos de enemigo que trepaba en dirección a nuestra minúscula posición. Mis ojos hendían la oscuridad, arma al brazo. ¿Despertaría a los demás o aguantaría aún un poco? Quien quiera que haya montado guardia en la alta montaña comprenderá lo que quiero decir”.

Hasta aquí, los recuerdos puramente bélicos de Gironella. Mas, como ya indicaba en las entradas dedicadas recientemente a su millón de muertos, las reseñas antropológicas del catalán sobre sus compañeros de armas pudieron granjearle alguna antipatía. En el artículo de 1969 trataba tan espinosa cuestión. Véase este resumen con los juicios más chocantes de “Los españoles desconocemos España”:

“El grueso de la unidad lo constituían los aragoneses, hombres del mismo Pirineo, otros de Jaca, de Huesca, de Zaragoza, pertenecientes a entidades montañeras de Aragón. Los catalanes aportamos treinta y cuatro combatientes; Asturias, uno; el País Vasco, cinco o seis; Madrid, una docena […].

”Los catalanes descubrimos en los aragoneses una indiscutible virilidad. Los aragoneses eran tenaces, dieron pruebas de una resistencia casi sobrehumana y su sentido del honor les movía sin cesar a perseguir los primeros lugares en el esfuerzo y en el peligro. Mostraron gozar en alto grado de espíritu de competición. Razonaban de forma un tanto elemental, pero sus gestos no estaban jamás exentos de nobleza, lo cual les confería a nuestros ojos una insobornable autoridad. Personalmente, yo prefería los aragoneses del campo a los de la urbe; pero ésta es cuestión subjetiva. La población civil aragonesa del valle de Tena, sus mujeres en primer término, imprimieron huella en nuestra alma. Poseían el arte de convertir en humano cuanto tocaban. Con la lana del ganado del valle elaboraban guantes, medias y pasamontañas para resguardarnos del frío. Fundían los elementos para ayudar al hombre, y todo lo hacían con la íntima satisfacción, con una rara feminidad satisfecha […].

”Los madrileños aportaron a la Compañía su gran dosis de inteligencia, humor y picardía. Casi todos ellos pertenecían a familias de cierto rango social, lo cual les permitía verter, incluso viviendo entre montañas, elegancia […].

”Los vascos se manifestaron como grandes sensitivos. Algo profundamente sensual los impulsaba a toda suerte de excesos, lo mismo en el cultivo del cuerpo que en el de los atributos espirituales. Daban una impresión de fuerza ciclópea, de masas humanas capaces de llevárselo todo por delante. En cierto modo eran arquetipos, para el bien y para el mal, en todo momento, aferrados a un fanatismo interno de difícil análisis. Los vascos constituían una isla, una raza un poco aparte. Magníficos soldados, un tanto teatrales, con tendencia a jugar a napoleones. De no impedírselo las buenas maneras, les hubieran pedido a las mujeres del valle que tejieran para ellos coronas de laurel […].

“El asturiano…, era un campeón. Campeón español de esquí. Hombre nacido en el puerto de Pajares, de anchas espaldas, de voz potente, maravillosa, de manos de minero. A veces se iba solo cuesta arriba y luego lo veíamos lanzarse a pico, en línea recta, esquiando sobre un solo pie, levantando en vilo el Pirineo con sus gritos tiroleses”.

Cerraré el ya terceto de notas sobre Josep Maria Gironella con alguno de sus pensamientos en cuanto a los asuntos turísticos-montañeros:

“Apenas cruzados, de regreso [desde Francia], los Pirineos, el corazón se encoge. Brotan de nuestro suelo erupciones gigantescas, el terreno se quiebra, con inaudita violencia, aparecen la sequedad, la roca indiferente y agotadora. España es, después de Suiza, el país más montañoso de Europa […]. Y me dan gracias de no esquiar en las montañas, sino de abatirlas, puesto que las montañas son los diques. Y hubiera querido gritar a unos y otros: puesto que abatir no está a nuestro alcance, por lo menos vamos a horadarlas, hagamos agujeros que faciliten la salida por el otro lado, el abrazo con el hermano”.

“Yo he visto en la Compañía de Esquiadores, al compás del itinerario que nuestras botas claveteadas siguieron, espectáculos naturales que valen una vida: valle de Ordesa, lagos de Bachimaña, Brazato y otros mil. Y he de escribir, apenado, con la certeza de que pocos españoles los verán. Incruento suicidio. Al viajar, el alma se dilata, los minúsculos incidentes del camino o la excursión crean en nuestra memoria puntos de referencia, que luego el tiempo matiza y transforma en amor”.

Lo dicho: Internet constituye un camino único para abrir los horizontes, ya sea de un modo o de otro… Por lo demás, le podemos perdonar a Gironella que soñara con abatir (supongo que metafóricamente) nuestros queridos Pirineos.

  1. Lo de Gironella parece mas que una guerra seria una de Gila o de Berlanga.

    • Hey, Pako… Pues no te creas, que en muchos lugares del Pirineo la Guerra Civil, lo peor de la contienda, quiero decir, sigue muy, muy fresca… Parece como si hubiera terminado ayer: dejó heridas profundas… Otro saludo más, paisano…
      Hola, Eldarrius… De veras que te agradezco tu juicio sobre la amenidad de esta entrada… Ya me disculparás si no te valido, que tu dirección me parece algo extraña (y no quiero que me apunten a “edarling” ni a nada parecido)… Hasta otra…

  2. Parece evidente que a Gironella le hacía tilín una moza de Panticosa que le dio calabazas.

    • …con una blusa colorada. Y aficionada al tricoteo, claro está.

  3. Coincidiendo con el amable obsequio de Ramón Sevillano, he recibido peticiones para que aporte algún texto sobre los “Esquiladores” de la República… Aunque no he pillado gran cosa por ahí, algo se podrá hacer para “equilibrar” en las dos entradas siguientes…

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