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¿Hay quien va a la nieve para divertirse…?

El célebre grabado de Francisco de Goya en el que dos españoles se están matando en un duelo a garrotazos tiene su versión pirenaica. De hecho, el episodio en el que cierto soldado de un batallón de montaña dispara contra su hermano, alistado entre los Esquiadores del otro bando, fue uno de los más definitorios de nuestra Guerra Civil. Solo le faltó que alguno de los fotógrafos del colectivo Robert Capa (Endre Friedmann/Gerda Taro) inmortalizase dicha escena.

Antes de describir este percance terrible, acontecido en Fanlo a comienzos de abril de 1938, rebuscaremos un poco entre las actividades montañeras en las que los soldados gubernamentales se vieron implicados. El libro sobre las Semblanzas de un combatiente de la 43ª División. De Broto a Puigcerdà, 1936-1939 (1995) explica cierto episodio meteorológico que se produjo en vísperas del ataque republicano contra Teruel. Al autor del texto, Mariano Constante, le esperaba otro enemigo no menos puñetero:

“Pensaba que pronto saldríamos hacia el sur cuando una mañana se presentó Terrén en la casa [de Linás de Broto] en que dormíamos Sanz y yo, anunciándonos que había movilización general, no para ir a primera línea, sino para hacer frente a la ofensiva de la nieve que había caído aquella noche […]. Algunas de las líneas telefónicas se habían roto por el peso de la nieve, incomunicándonos con todo el frente; los camiones y coches no podían salir de los garajes y circular a pie era impensable. Había que rendirse a la evidencia: estábamos copados por el general invierno […]. Nuestras preocupaciones aumentaron cuando regresó un grupo de esquiadores que había subido al túnel de Cotefablo, el cual atraviesa el puerto del mismo nombre, y se cercioró de que allí la capa de nieve alcanzaba la altura de un metro y medio. Según nos manifestaban las gentes del pueblo, aquello no se había visto desde hacía varios lustros, y lo mismo podía durar un par de semanas como un mes. Intentamos abrir la ruta, pero sacar la nieve con palas era como intentar contar la arena del mar; se puso en marcha el tractor que había sido llevado al túnel en el invierno de 1936-1937 para servir de quitanieves, pero era imposible hacerlo avanzar debido al espesor que había; además, había desaparecido el trazado de la carretera […].

”Entre tanto fue Terrén, como buen montañés acostumbrado al frío y a las tempestades de nieve como aquella, quien empezó a dirigir las operaciones. Un grupo compuesto en su mayoría de catalanes que habían servido en el Regimiento Pirenaico [Pirinencs] y que sabían esquiar muy bien se encargó de tender un cable sobre la nieve para intentar establecer comunicación con Yésero, pero no pudieron hacer lo propio con el frente porque no teníamos suficiente material. Se formó otro grupo para transportar los sacos de montaña [mochilas] llenos de víveres hasta Biescas, valiéndose de esquís y de raquetas canadienses para avanzar sobre la nieve; este segundo grupo estaba integrado por todos los miembros más jóvenes de la Compañía de Intendencia, así como los de los Servicios Especiales y otros del Estado Mayor de la Brigada. Una larga caravana de un centenar de hombres salimos de Linás de Broto al despuntar el alba del día de Navidad de 1937 con Terrén a la cabeza, que con sus dones de perfecto esquiador abría la marcha y a quien nosotros seguíamos bien sobre esquís o con raquetas. Aunque yo tenía algunas nociones de esquí, preferí calzarme las raquetas para andar con más seguridad, pero yo ignoraba lo que representaba avanzar sobre la nieve con aquellos artefactos en los pies y cerca de cuarenta kilos de peso en el saco montañero o en los trineos que habíamos improvisado.

”De lo que fue aquel calvario para nosotros es difícil hacerse una idea; cuando llegamos junto a Yésero la mayoría estábamos tan agotados que caímos de bruces sobre la nieve sin poder levantarnos. Alrededor nuestro no había nadie que pudiese socorrernos y, hasta donde la vista se perdía, solo se divisaba la sábana blanca de nieve que te hacía pensar en un sudario mortuorio… ¡Y encima –me decía–, hay quien va a la nieve para divertirse…! Es increíble lo que sobrecoge verse prisionero de la nieve, por eso, el desánimo nos ganaba por momentos en aquellas condiciones; a pesar de que, de cuando en cuando, nos arreábamos buenos lamparazos de coñac, las fuerzas nos iban fallando. Conseguimos llegar hasta Yésero, donde quedaron algunos de nuestros compañeros incapaces de continuar la marcha y algunos con los pies heridos, helados o llenos de sabañones […].

”Como los demás, había sufrido horriblemente del frío y el día de Año Nuevo tuvieron que llevarme a la enfermería de Broto con los pies llenos de sabañones, que me habían creado llagas importantes que supuraban y sangraban cuando intentaba calzarme las botas. Y eso que yo llevaba un calzado de esquiador estupendo… Así que calcúlese lo que hubieron de aguantar los compañeros que andaban calzados con zapatos ligeros y hasta con alpargatas”.

Vamos ya con el enfrentamiento más sonado entre unidades de montaña de uno y otro bando. Igualmente lo narraba Constante dentro del capítulo que dedica, entre otros temas, a la denominada batalla de Fanlo. A resultas de la ofensiva franquista del 22 de marzo de 1938 y la consiguiente retirada republicana (conocida en el mundo pirenaico como La Reculada), ambos grupos tuvieron un memorable encontronazo. Pero, antes, veamos la poética introducción del oscense:

“Para el desconocedor del terreno es preciso explicar que se trataba de atravesar un sector del Pirineo oscense, no lejano a Monte Perdido, con picos elevados, de más de 2.500 metros, por sendas de sarrios y osos, que en ciertos lugares dominaban precipicios de varios centenares de metros. Unas cinco horas de marcha eran precisas para ir por el sendero que salía de Sarvisé hasta Fanlo, y otras tantas desde este pueblecillo –uno de los más altos del Pirineo– hasta la carretera que une Aínsa a Bielsa. A los peligros del camino debían añadirse los del frío, puesto que si bien en los valles ya no nevaba se corría el riesgo de ser atrapado bajo una borrasca de nieve y quedar sepultado debajo. Es un terreno donde solamente los oriundos del país, acostumbrados al rudo clima, o los montañeros expertos pueden circular, aunque exponiéndose a riesgos importantes. Por eso la evacuación por aquellas montañas parecía una idea demencial, que necesitaba esfuerzos increíbles de los hombres y de las bestias que transportaban las cargas, porque todo, absolutamente todo, debía ser llevado a lomo de mulo […].

”Reinaba por aquellos picos una tranquilidad majestuosa, innata a la montaña salvaje; nadie hubiese creído que estábamos haciendo la guerra. Desde la iglesia [de Fanlo] podíamos admirar todas las crestas de las alturas de Monte Perdido cubiertas de nieve, que daban una belleza tan extraordinaria al panorama que casi nos hacía olvidar por qué estábamos allí”.

Todo estaba dispuesto para el combate en el pueblo de Fanlo. He recortado su desarrollo con cierto ojo, atendiendo solo a las referencias hacia los Esquiadores del otro bando. Así, el largo texto de Mariano Constante donde describe su participación en la lucha comienza para nosotros cuando las avanzadillas republicanas dan la alarma ante una primera presencia detectada en un sector donde solo podía estar el enemigo:

“Era ya de noche cuando llegamos a las proximidades de la caseta que servía de almacén de las municiones, donde encontramos a media docena de soldados parapetados detrás de unos peñascos. Nos mostraron por señas a un grupito de unos diez hombres, algunos vestidos de blanco, lo que permitía apuntarles bien […].

”Oí cómo los fachas [las tropas de Franco] hablaban y reían en voz alta, lo que demostraba que no esperaban que volviésemos por allí, pero no continuaron porque el estallido de la bomba que había lanzado les cortó la palabra, sin contar que, tras la explosión, mis compañeros comenzaron a sacudirles leña. Vi caer por tierra a dos soldados mientras que el resto del grupo salía corriendo como liebres –seguramente tan espantados o más que yo– en dirección a los picos más altos, por donde habían llegado”.

Se trataba de una avanzadilla de esos soldados hasta hace poco acantonados en Tena, y que ahora llegaban confiados en que el pueblo había sido abandonado por los republicanos. Al parecer, después de interrogar sobre ese particular a una anciana con la que se cruzaron. Sin embargo, aquella noche del 4 al 5 de abril de 1938 les esperaba en Fanlo la retaguardia de la 43ª División. A la mañana siguiente se producía un segundo choque más violento, tal y como refiere Constante:

“Por detrás del Monte Perdido empecé a notar las primeras claridades del día y los primeros fantasmas que me había parecido ver seguían allí meneándose suavemente, haciéndome comprender de lo que se trataba y reírme de mí mismo. Pero era entonces cuando debía temer la llegada de los fachas al despuntar el día. Algo más allá, por el barranco, oí rodar unos pedruscos y vi moverse unos bultos sospechosos que esta vez no eran matorrales, pues veía de vez en cuando brillar el metal de un arma. Esta vez sí que son ellos, me dije […]. Salté detrás de una pared donde estaban pertrechados los compañeros y les indiqué el lugar por dónde andaban los fachas, sobre los cuales se abrió un nutrido fuego. No nos habíamos equivocado, venían por donde les esperábamos […]. Avanzaban seguros de sí mismos, saltando paredes y obstáculos a pecho descubierto, lo que permitía a los nuestros tirar sobre ellos como se tira sobre un conejo cuando se va de caza. De vez en cuando se veía a uno que alzaba los brazos al cielo y caía como un pelele desplomado por tierra, produciendo gritos de satisfacción entre los nuestros… ¡Bestialidad de la guerra! Uno de los que más se regocijaba era el cabo Bailo, un montañés pelirrojo del valle de Ansó, que iba contando cada adversario que caía […].

”Seguíamos preguntándonos qué armas empleaban los fascistas para tirar tan nutridamente; no eran ametralladoras, pues no hubiesen podido moverlas con la rapidez con que lo hacían. Había una única respuesta: empleaban naranjeros [¿subfusiles?] en tal cantidad que nos regaban de metralla. Lo que nos intrigaba también era advertir la manera tan descubierta como atacaban, que denotaba falta de experiencia o desprecio a la vida; desde la torre [de la iglesia de Fanlo] podía observar esto último mejor, viendo avanzar a aquellos fantasmas, pues la mayoría de ellos iban vestidos de blanco y daban esa impresión […].

”Una nubecilla de humo se levantó detrás de la margen de un campo antes de que oyésemos el ruido provocado por setenta y ocho fusiles [de los refuerzos republicanos] que dispararon a una y viésemos caer a algunos de nuestros atacantes, que habían sido agarrados por detrás y tomados entre dos fuegos […].

”Entre tanto, los fascistas que quedaban con vida habían salido disparados y se les veía ya muy lejos correr en desbandada […]. Aquella unidad fascista era una compañía de Esquiadores –de ahí que fueran vestidos con uniformes blancos– denominada Las Panteras del Valle de Tena. Desde que había sido formada habían permanecido siempre en lugares donde no existía frente o línea de fuego establecida, por las alturas de Sallent de Gállego [mejor, Panticosa]. Al iniciarse la retirada [o Reculada del Ejército republicano] habían recibido órdenes de ocupar el valle de Ordesa y los picos vecinos, que habían escalado presentándose así delante de Fanlo, sin casi saber dónde andaban […]. Iban armados todos con pistolas ametralladoras de origen alemán, con cargadores de treinta y dos balas; estaban soberbiamente equipados en todo y llevaban víveres y municiones para poder atacar durante una semana. La unidad la componían unos ciento cuarenta hombres, en su mayoría falangistas y requetés voluntarios, donde eran mayoría los navarros y altoaragoneses […]. La falta de costumbre de combatir y la inexperiencia de aquella gente les había costado muy caro. Lo primero que hicimos fue recoger el material, equipos, etcétera, que eran de primera calidad. Llevaban unos sacos de montañeses [mochilas] fabricados en Italia estupendos, que fue lo que primero con que intenté hacerme, pensando en guardarlo como trofeo de guerra y recuerdo de la batalla de Fanlo. En cuanto al calzado y vestimentas, eran de primera calidad, bien diferentes a nuestras pobres guerreras o cazadoras militares; eran uniformes sólidos y de abrigo, bien adaptados al clima duro del Pirineo. Luego recogimos los muertos, que al parecer eran sesenta y cinco […].

”Mis compañeros andaban transportando los cadáveres a un campo cercano, donde serían enterrados, mientras que yo me di la vuelta para no verlos y ya me alejaba cuando oí una exclamación de asombro mezclada de horror del amigo Bailo, el cabo ansotano.

”–¡Pero si éste es mi hermano…! ¡Mi hermano, que iba con esta gente y ha caído muerto aquí…!

”Nos acercamos a él y procuramos consolarlo de su dolor, pese a que nos habíamos quedado todos consternados y mudos de estupor. Había visto ya de todo, pero aquello me pareció el colmo de las desgracias horribles presenciadas durante nuestra guerra. Por gente que conocía supimos que se trataba efectivamente de su hermano, un pobre montañés que jamás se había metido con nadie ni con nada, alistado seguramente con aquellos Pirenaicos [del lado llamado nacional] para así escaparse de ir al frente o intentar pasar a nuestras filas”.

En realidad, no había forma de saber si la bala que mató al soldado del Ejército de Franco había sido disparada o no por su hermano. Aunque las conjeturas sobre esta desgracia de los Bailo ansotanos no faltaron…

Podemos despedir esta serie guerracivilista con un comentario de Luis Gómez Laguna, teniente en la Compañía de Esquiadores del bloque sublevado, que se publicaría en una entrevista de Ángel de Uña en 1993:

“Aquella fue una guerra pobre y triste, y no me cabe en la cabeza que pueda ocurrir nada parecido”.

  1. muy bien muy bien. Ya tengo lectura para todo el puente y lamento que cierres este tipo de historias que tan poco se conocen Alberto.

    • Bueno, Pako; espero que te gusten las demás historias que preparo, aunque no sean de “esquiladores”… Otro saludo más…

  2. OYE ALBERTO QUE NO SE SI TE INTERESA QUE EL PIRINEO DEL BOJ DE ENRIQUE SATUE TAMBIEN TIENES HISTORIAS MUY BUENAS SOBRE COMO LAS PASARON LOS MONTAÑESES EN LA GUERRA.

    • Sí, ya lo creo que sí; lo conozco, Luis: presentamos juntos nuestros respectivos libros el 4 de diciembre de 2004 en la Feria de Monzón: él ese “Pirineo de boj. Relatos en flor y en grano” del que hablas. Por mi parte, “Yo, Henry Russell”. Nos los intercambiamos, claro, con las correspondientes dedicatorias… En efecto: en su recopilación de textos cortos, la Guerra Civil está más que presente en la vida de los montañeses. Sale de refilón en unas cuantas historias, tan tristes como enternecedoras… Sin embargo, quienes busquen rastros del conflicto de 1936-1939 en el Pirineo, deben prestar especial atención a estos relatos: “Las botas de la guerra”, “La Reculada”, “Letreros de cebolla”, “Madera de barco”… Gracias por sacarlo a colación, que a mí se me había escapado…

  3. Pues sinceramente despues de leer el texto de Gascón en los comentarios de la anterior entrega de Constante no sé que pensar de este.

    • En estos casos de fiabilidad del cronista, por desgracia tan frecuentes, ¡qué se va a pensar…! Aparte de que nunca conoceremos la verdad… Y de que tuvimos mucha suerte por nacer en otra época mucho más dulce… Que no te quiten el sueño estos asuntos, Makako…

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