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De Alcalá de la Selva a Groenlandia…, en trineo

Teruel puede presumir de unas sierras fantásticas. Aprovechando que la temporada blanca acaba de despedirse hasta finales de año, refrescaremos cómo se estableció el nexo entre ciertas montañas de la llamada Extremadura del Sur de Aragón y la modalidad más cañera del esquí…

La región de Gúdar no era ninguna desconocida para los excursionistas de comienzos del siglo XX. Las serranías turolenses fueron visitadas tempranamente, al parecer de forma esporádica, por algunos urbanitas de Aragón y Levante. El primer epicentro para los recorridos por esas veredas sombreadas por los pinos moros pudo ser el formado por la Virgen de la Vega y Alcalá de la Selva. Según afirmaba en 1973 el alcalde de esta última población, Tomás Rajadel, desde 1900 se dio “una importante afluencia de veraneantes, principalmente de Zaragoza y Valencia”.

Tras el periodo traumático de la Guerra Civil y el Maquis, apenas se hizo nada por reactivar el turismo del sector. Las actividades montañeras se adormecieron por cuenta de la mala fama adquirida por estos decorados, donde “lo mismo te podía explotar un proyectil enterrado como verte envuelto en una refriega entre los maquis y los contramaquis de la Guardia Civil”. Al menos eso me contó Adrián Martínez, uno de los montañeros turolenses que siguieron pateándose estas landas contra viento y marea. En cuanto al deporte blanco, practicado en el Javalambre desde al menos 1919, hasta los años cuarenta del siglo pasado prácticamente estuvo desaparecido. El periodista José Soler lo denunciaba en los años setenta:

“Nadie se había acordado de ella [la sierra de Gúdar], asociándola al esquí. Los montañeros la conocían: iban con frecuencia a su cumbre máxima, el Peñarroya (2.024 metros), acampaban en los Doce Apóstoles. Pero estas excursiones no eran en tiempo de nieve”.

Todo eso cambió de un modo curioso… La noticia de que se estaba abriendo una pista forestal sobre las cotas limítrofes de las poblaciones de Alcalá de la Selva, Gúdar y Valdelinares llegó a la ciudad de Teruel a comienzos de 1967. Adrián Martínez comentó a sus compañeros del Grupo Javalambre que el nuevo camino de tierra discurría en gran medida por la cara norte de unas alturas de 2.000 metros donde la nieve aguantaba más que en el Javalambre. Sin embargo, en la capital turolense no se tenía noticia de que nadie hubiera llevado sus tablas hasta esa ruta diseñada para la saca de maderas.

Por esas mismas añadas, el levantino Francisco Fervenza buscaba ubicaciones para practicar el esquí de montaña. Tardó poco en preguntar a unos compañeros del Centre Excursionista de Valencia: Toni Martí y Rafael Granell, quienes le remitieron a Adrián Martínez. A través de una charla telefónica con él, supo Fervenza de la existencia de la nueva pista que conectaba Alcalá con Valdelinares. Por lo que le dijo al turolense, “quería organizar algo con el esquí en Javalambre, allá por la Cruz del Negro”. Martínez le comentó que el nevazo no aguantaba demasiado tiempo por allí, pero que él mismo acababa de realizar una marcha entre el Pinar Ciego de Mosqueruela y Alcalá de la Selva en la que “había nieve sin conocimiento”. Sobre todo en el llamado Monegro. Gracias a esta pista maderera, los neveros quedaban más cerca y accesibles que los tradicionales del Javalambre.

En la primavera de 1967 se organizó un reconocimiento para comprobar la información. Tomarían parte en el mismo Manuel Ambou, Francisco Fervenza, Ana Herrero, María José Roig y José María Valero por la parte levantina. Del lado turolense acudieron Carlos Gasca, Adrián Martínez y Julio Zuriaga. Ambos grupos se citaron en la Fonda Ríos, donde sus propietarios mostraron no poca sorpresa al ver esquís sobre los techos de los vehículos, un par de Citroën 2CV: en cuanto informaron del objetivo, su propietario, Pepe Ríos, les indicó que “mejor harían olvidándose del asunto y quedándose allí para almorzar”. Mas la tentadora oferta no logró que los montañeros anularan su exploración.

Apenas dejaron atrás el santuario de la Virgen de la Vega, un pastor de ovejas confirmó al equipo mixto que iban en la buena dirección: “Si quieren ver la nieve, por la nueva pista llegarán bien a ella”. Los dueños de los Dos Caballos no se arredraron y siguieron adelante. ¡Diana!: apenas quedó atrás el desvío a la Fuen Roya, se toparon con un muro de nieve de medio metro que barría la ruta. El grupo tuvo que marchar a pie hacia la explanada del Monegro, y desde aquí avanzó hasta el collado de la Gitana… Por el camino, se percataron de las posibilidades de cierta extensión clareada de pinos de un modo natural: como pensaron que era un antiguo cortafuego, con ese nombre designaron al sector durante algún tiempo. Terminado el reconocimiento del terreno, regresaron a los coches y prepararon sus esquís, rematando la jornada deslizándose por la misma pista forestal.

Los levantinos tardaron apenas nada en preparar un segundo viaje; esta vez, de fin de semana. Fue en marzo de 1967 y con los mismos protagonistas. El grupo del Centre Excursionista de Valencia buscó alojamiento en esa Fonda Ríos que, si bien estaba cerrada a los clientes, dado que sus dueños vivían allí, no tuvieron inconveniente en abrir. Con habitaciones sin calefacción, pues dicho establecimiento solo funcionaba en verano. El dueño notificó esta visita al alcalde de la localidad, Tomás Rajadel, quien acudiría a la pensión para charlar con Francisco Fervenza y los suyos. Cuando vio los esquís que los valencianos traían, el regidor no se extrañó demasiado, pues ya llevaba en mente alguna idea sobre el posible desarrollo del deporte blanco en Alcalá de la Selva.

Durante aquella segunda incursión con tablas, sus promotores acudieron a las zonas bajas de lo que hoy es la Pista Central de la estación alpina de Valdelinares: un sector bastante limpio de pinos que se prestaba bien a los descensos. Con sorpresa, descubrirían que no eran los únicos en practicar allí dicho deporte, pues coincidieron con otra pareja de valencianos: el joven Vilar y su novia, quienes tenían un chalet junto a la carretera. Durante los deslizamientos que realizaron ambos grupos de forma conjunta, se produjo un primer accidente esquiador: un choque entre Fervenza y la referida muchacha que se saldó con algunos leves cortes en una pierna.

No era tan extraordinaria aquella coincidencia: a mediados de los sesenta, se contaba ya en Valencia con una treintena de esquiadores. El grueso, adscrito al CEV. También se sabía de tres o cuatro familias que igualmente lo practicaban por libre, previo aprendizaje en alguna estación del Pirineo. En la Virgen de la Vega todavía se recuerda el ver con tablas a algún miembro de los Gomis, en concreto. Al menos dos muchachos cuyos abuelos eran originarios de Alcalá de la Selva habían estudiado en Barcelona, desde donde completaron una excursión con esquís entre Nuria y La Molina: Juan Gomis y un primo suyo.

Al cortafuego en cuestión se accedía desde el municipio de Alcalá de la Selva, aunque las zonas esquiables pertenecieran al de Gúdar y, sobre todo, al de Valdelinares. Las hipotéticas actividades del deporte blanco se podrían desarrollar en la confluencia de estos tres términos turolenses.

El definitivo desarrollo del esquí en Gúdar se concretó gracias a cierto proyecto procedente de la Ciudad del Turia. Así, sobre 1966-1967, en el Centre Excursionista de Valencia se consideraba la posibilidad de organizar una expedición al Himalaya. Pero antes se alistaría una preliminar a Groenlandia: rumbo a ese Monte Forel, cercano al Círculo Polar, de más de 3.600 metros de cota. Aunque buena parte de sus candidatos ya había visitado los Alpes desde 1954, se supuso que una salida al Ártico requeriría de toda suerte de ensayos. Máxime, cuando se había planeado un avance mediante trineos desde Almasalik. En lugar de los convencionales tirados por perros se decantaron por los de tracción humana. Uno de los impulsores de este proyecto era el vicepresidente del CEV, Francisco Fervenza.

El presupuesto de la expedición a Groenlandia llegaba solo para uno de los dos grandes trineos del modelo Nansen, apto para trasladar hasta cien kilos de peso, que se compró y se trajo desde Noruega. El segundo tendría que ser copiado y fabricado en Valencia. De este cometido se ocupó uno de los integrantes, Ángel Tebar, quien trabajaba en un taller. Mas, en lugar de confeccionarlo en madera como el original, Ángel construyó la réplica en duraluminio. Un artilugio que sería necesario probar antes del embarque. Inicialmente el CEV quiso enviar este trineo made in Levante al glaciar del Aneto o al del Monte Perdido. Sin embargo, Francisco Fervenza tuvo una idea mejor: esa sierra de Gúdar cuyas posibilidades para los deportes de invierno estaba explorando… Fue apoyado por el médico de la expedición, Vicente Manglano, dado que un amigo suyo poseía un chalet en la Virgen de la Vega. Cuando este último le dijo que en las montañas circundantes había mucha nieve al principio de la primavera, todos tuvieron la certeza de que no sería preciso organizar un viaje hasta el Pirineo con los dos trineos.

A finales del mes de mayo de 1968 la futura expedición a Groenlandia se desplazaba a la sierra de Gúdar. Transportaron sus pertrechos en coches particulares: unos modestos SEAT Seiscientos y Citroën 2CV. En este periplo de reconocimiento por el sur de Teruel participarían Manuel Ambou, José Aranda, Carmen Arcas, Amadeo Botella, Francisco Fervenza, Vicente Manglano, Enrique Torres…, y el fabricante del trineo, Ángel Tebar. Quienes aún no conocían esta sierra se llevaron una sorpresa al descubrir la nieve hacia la cota 1.800-1.900 metros del Monegro, cerca ya de la Meseta. Ambou y Fervenza les mostraron que, más adelante de una curva de la entonces pista forestal, existía otra hondonada interesante donde se conservaba muy bien el blanco elemento: una bajada de orientación norte con forma de ligera hoya que, con el tiempo, sería la Pista Central… En la primera de estas ubicaciones se probó el trineo, tirando de cuerdas y con carga humana para los ensayos sobre su comportamiento sobre un terreno irregular. Enseguida se comprobó que el duraluminio no deslizaba demasiado bien sobre la nieve, lo cual provocó que su artífice le adosara unas tiras planas de metacrilato bajo los patines.

El grupo expedicionario regresó al siguiente domingo, con los cambios que requería el trineo. Esta vez trajeron, además, las focas y los esquís, que probaron en un claro entre los pinos moros. Todos se entusiasmaron con aquel dominio blanco: puro esquí de montaña sobre nieves no preparadas, entre los pinos retorcidos y unas rocas enormes, muy cerca de unas barranqueras. Aunque hubo muchos batacazos, no por ello dejaron de deslizarse, maravillados por hacerlo casi a las puertas del verano…, y prácticamente a la vista del Mediterráneo. Llegados a este punto, nos despediremos de la expedición valenciana a Groenlandia, que discurrió sin problemas durante el mes de agosto de 1970.

El despliegue levantino de trineos y esquís no fue detectado en Alcalá de la Selva. Esta tranquilidad duró poco: a partir de entonces, raro sería el fin de semana de nieve y buen tiempo que no se viera a los aficionados de la costa deslizándose por aquellas landas nevadas. Practicando el deporte blanco a la antigua usanza: subiendo a pie antes de ejecutar un breve descenso sobre pendientes sin preparar. Por el momento.

  1. Yo soy nacido en Valencia de ascendencia de Alcalá por parte paterna, y puedo deciros que la mejor época para visitar los montes es desde ahora a mediados-finales de junio dependiendo de la frecuencia de lluvias.
    Luego en otoño cuando los arboles de hoja caduca amarillean, también son muy bonitos los paisajes. Y más si hay setas.

    • Pues fíjate que, en la visita al Alto Alfambra de este fin de semana, alguien dijo que su entorno se parecía a las “Hills” inglesas… Muchas gracias, Andrés: esperemos que los lectores que no conozcan Gúdar se acerquen para recorrer esta zona de Teruel que roza los 2.000 metros de cota…

  2. O sea que Gudar también tiene sus historias montañeras además de pinos moros y montes majos con poca gente.

    • Hey, Makako… Sí; ya sé que estuviste a punto de nacer en Teruel… Ya conoces esas sierras: preciosas, bucólicas, salvajes, escasamente tocadas… Y escasamente visitadas por los miembros de la Tribu Cheposa (zaragozanos). A ver si las cosas cambian un poco, aunque sin que lleguen las masificaciones de ciertos puntos del Pirineo, claro… Más saludos…

  3. Gracias por el artículo. El joven que también se deslizaba por las laderas era Vilar, no Villar. Ayer mismo me enseñó una película gravada en Super 8 de aquellas bajadas. ¡Que bonita coincidencia!

    • Gracias a ti por corregirme lo de Vilar; ahora mismo lo cambio en el texto… Si he “resbalado” en alguna otra cosa, no te cortes, José, que mis conocimientos sobre Gúdar son muy justitos, y mayoritariamente obtenidos en unas entrevistas a una veintena de personas en las que hubo incluso contradicciones que no terminé de resolver, por lo que fue preciso optar por lo que juzgué más lógico… ¡Las cosas de la transmisión oral!
      Por lo demás, este fin de semana estuve por el Maestrazgo-Gúdar, rondando entre Pitarque, Cedrillas y Alcalá de la Selva… ¡Las sierras de Teruel están ahora preciosas…! Yo le recomendaría a todo el mundo una visita…

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