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Manual para toponimistas sin Norte

Mi desconfianza en la gente que dice ocuparse de los nombres de las montañas es importante. Basada en una serie de experiencias jugosas que, ya lo siento, no puedo explicar con holgura, dando apellidos, lugares y fechas. Por desgracia, cuando todos aquellos incidentes sucedieron no se me ocurrió darle al botón de ninguna grabadora oculta. Sí que puedo resumir que, tras mi solicitud de aclaraciones sobre topónimos muy concretos de los que disponía de documentación e incluso, en algún caso, iniciar un debate acalorado ante testigos, me quedaron varias ideas en la mollera: que en el ámbito de búsqueda de estos respetables caballeros priman de forma exclusiva las entrevistas a montañeses; que el resto de conclusiones, a falta de otros datos, sospecho que se obtienen destripando ranas y observando sus entrañas a la luz de la luna durante la alineación del planeta Venus con Aldebarán.

Además de las referidas discusiones sobre los procedimientos toponímicos, he tratado de cartearme con algún que otro gerifalte de la Geografía Altoaragonesa a quien le envié datos con actitud humilde. Todo, sin el menor éxito. En el mejor de los casos, tras un amplio texto que me publicaron en Heraldo de Aragón sobre el Balaitús y la clamorosa metedura de pata de Lucas Mallada en 1878 con los “Moros”, logré cierto mensaje a través de intermediario de uno de estos gurús que, si mal no recuerdo, era: “Dile a tu amigo Alberto que no se crea todo lo que lee”. Puede que tuviera razón y que, para estudiar la Montaña de los Treinta y Seis Nombres (así se llamaba al Techo de Tena) hubiera tenido que recurrir, como acaso hacía alguno de sus colegas, a una güija. Porque tomarme una sopa de belladona con revuelto de renacuajos en un claro de Selene mientras interpreto los posos de un café al estilo de Zugarramurdi no me apetece.

Quizás me influyan en exceso las lecturas añejas. Y también las contemporáneas. Hace ya tiempo que me quedé maravillado con un par de libros de tirada corta sobre toponimia ribagorzana que, de catalogarse como un asunto de Ciencias, habría que hacerlo en el de las Ocultas: ¡todo el proceso creativo arrancó cuando su autor veía un partido de fútbol del Osasuna! El año pasado me hice con cierto tocho sobre Toponimia Mayor de Aragón que arrancaba de un modo para mí increíble:

“Probablemente el 80% de lo que hay escrito en este libro sea mentira, incluso puede que un 90%, aunque tal vez ese porcentaje se reduzca solo a un 60%. En cualquier caso, seguro que más de la mitad, ya que estamos ante una recopilación de propuestas etimológicas, y si sobre una misma palabra se ofrecen cuatro diferentes, al menos tres, en todo o en parte, han de estar equivocadas”.

¿Y todos los toponimistas cojean del mismo pie? No, yo diría que no. En el territorio de las altas cumbres (que no en el de las zonas cercanas a los pueblos donde proliferan los hortales del Pichichas y los ribazos de la tía Petaca), de vez en cuando se aprecia luz. Para vergüenza de los aragoneses, quien desee ver trabajos bien hechos tendrá que cruzar a la otra vertiente del Pirineo…

Pocos zaragozanos conocen el origen de la calle dedicada a Luis Sallenave. Se refiere a Louis (1888-1981), miembro de una destacada familia de pirineístas y políticos bearneses. Con ánimo de resultar de utilidad a quienes más despistados anden dentro de ese Proyecto Tresmiles que patrocina del Gobierno de Aragón, hoy nos quedaremos con la obra en el terreno de la toponimia de su hijo, Pierre Sallenave (1920-1983). Sobrino de Henri Sallenave (1881-1953), el gran pionero del esquí de montaña, por cierto… El galo que hoy nos ocupa, diputado y senador de la Vª República por los Pyrénées-Atlantiques (entre 1958 y 1983), dedicó una importante porción de su tiempo libre a estudiar los nombres de las montañas del valle de Ossau. Las deducciones de Pierre (en plan amateur, es cierto) deberían servir como ejemplo a quienes hoy se lanzan con alegría al ruedo lingüístico. Se pueden conocer, por ejemplo, a través del texto sobre los “Résultats d’une enquête toponymique dans la vallée d’Ossau”, publicado en el número 136 de Pyrénées (1983). Veamos la presentación que los redactores de esta revista con fama de exigente destinaban a nuestro Sallenave:

“Era un montañero consumado. Conocía los Pirineos a fondo, aunque le reservaba un amor especial a ese valle de Ossau al que estaba unido por su familia materna. Desde su juventud se interesó por la toponimia montañesa de Ossau, cuya seriedad fue apreciada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Zaragoza, que lo publicó en 1949 [Premiers résultats d’une enquête toponymique dans la vallée d’Ossau, Actas de la Primera Reunión de Toponimia Pirenaica, Jaca, agosto de 1948]. Desde entonces no cesó, en la medida que se lo permitieron sus ocupaciones parlamentarias, de completar su documentación y de tener al día sus notas”.

Al grano. Atentos a este extracto de las consideraciones generales del autor con las que iniciaba su entrega de 1983, realizada poco antes de morir, a modo de legado espiritual:

“Al precio de esfuerzos pacientes, este trabajo que concierne a más de cinco mil denominaciones repartidas por todo el territorio [de Ossau] al sur de la pequeña villa de Arudy, no progresa sino lentamente y al precio de innumerables dificultades, entre las cuales la primera –y no la menor– es, para el investigador, la obligación de orientar su búsqueda hacia dominios cada vez más amplios que sobrepasan su competencia primitiva: dado que el conocimiento en exclusiva del dialecto se revela insuficiente, se verá obligado a abordar en su conjunto los grandes problemas de la lingüística latina, una lingüística que a su vez se revela limitada, por lo que deberá penetrar, necesariamente, en los detalles de la Prehistoria y de la Historia, la Etnología y la Arqueología, la Geografía Humana, e incluso en la vida pastoril, además de que, como tributo a sus inquietudes intelectuales, deba pagar a la Ciencia con su esfuerzo físico, recorriendo en todos los sentidos la región donde realice sus investigaciones”.

En fin; era una clara censura de Pierre Sallenave destinada a quienes se limitaban a la lengua local, y también a quienes no salían apenas de su despacho, o, si lo hacían, ni mucho, ni muy arriba. Seguido, el bearnés realizó un llamamiento en favor de la unidad de los pirenaicos:

“Hay numerosas cuestiones que han desesperado a una parte (la Commission de Toponymie des Pyrénées Occidentales) y a otra (el Instituto de Estudios Pirenaicos) por no poder aclarar de forma satisfactoria, que se esclarecerían sin duda si fueran contempladas con ese concepto de unidad pirenaica que desbordaría cada vertiente de la frontera actual. [El filólogo William Dennis] Elcock justificó magistralmente este punto de vista demostrando en un caso concreto las incontestables afinidades fonéticas que resultan ciertamente difíciles de atribuir a un sustrato común más que a la influencia predominante de un habla en el transcurso que los contactos humanos muy estrechos y frecuentes, testimonio de unas épocas en las que la Montaña unía a las gentes más que las separaba”.

Vamos: que los nombres de ambas vertientes, según Sallenave, estaban interconectados. Pero pasemos ya a las operaciones preliminares para un estudio lingüístico, donde el senador atribuía un papel esencial a esa recolecta realizada por una considerable porción de los pirineístas de los siglos reculados:

“El inventario de los nombres de los lugares que tendría que constituir la primera fase de toda encuesta toponímica […] debería, primeramente, conducir a la conservación de ese patrimonio precioso que constituyen todas estas denominaciones interesantes. Con el retroceso de los dialectos locales que ha seguido al abandono de nuestros pueblos de montaña, frente a la invasión ineludible de los valles más aislados por las formas modernas de la civilización, los nombres de los lugares se pierden en el olvido y desaparecen. De inspiración primitiva y extraña, a veces poética, estuvieron unidos durante siglos a esta naturaleza ruda que coloreaban y humanizaban en cierta medida. Su desaparición tiene el efecto de volver la montaña, ante nuestros ojos, más vacía y anónima. Así, se impone con rapidez la necesidad de establecer vocablos para designar los principales elementos del terreno. ¡Qué lamentable resulta que no se haya intentado recuperar las viejas denominaciones, viendo cómo la experiencia demostraba lo pobre, seca y árida de la nomenclatura moderna! Para convencerse, basta con comparar alguna guía para excursionistas redactada a mediados del siglo XIX con las obras similares publicadas desde hace veinte años [a partir de 1963]. La guía de JAM, aparecida sobre 1869 por cuenta de la pluma entusiasta del conde [Roger] de Bouillé, sirve para el Alto Ossau un magnífico conjunto de nombres recogidos entre los guías, los cazadores y los pastores de esa época. El historiador del pirineísmo, Henri Beraldi, tras leer a JAM [el apodo de De Bouillé, un juego con parte de sus nombres de pila] reconoció que estaba embriagado con la música de los nombres meridionales, que proporcionan la ilusión de lo colosal”.

Tampoco se reprimiría Sallenave en denunciar cierto tipo de abusos cuando proclamó que “¡mejor no hablamos de esa floración de nombres de alpinistas o de personajes contemporáneos [en 1983] que pronto constituirán una toponimia de un género muy diferente!”. Cerraré esta entrada introductoria con una parejita de sus ejemplos prácticos:

“Si la reconstitución del Tesoro Toponímico es una empresa delicada y de largo aliento, a algunos les puede parecer que es fácil situarlo con precisión sobre un mapa. Eso resulta cierto como regla general, pero, sin embargo, los casos en litigio son numerosos. Existen bastantes puntos topográficos dotados de dos o tres denominaciones diferentes, recogidas en vertientes opuestas, y se ve, por otra parte, que algún nombre se desplaza según los testimonios en diversos lugares de la zona. El mejor ejemplo, en Ossau, de una dificultad así, es incontestablemente el del punto culminante entre los valles de Aspe y de Ossau, la cumbre con cota de 2.605 metros sobre el mapa. [Léon] Maury le ha consagrado a esta cuestión un artículo donde resalta que [Reinhard] Junker en 1789 designaba a este pico bajo el nombre de Scarpu, que el Mapa del Estado Mayor le brindaba la denominación de pic de l’Escarpuru, en tanto que los ascensionistas siguientes a [Henry] Russell, [Adrien] Baysselance y [Roger] De Bouillé lo llamaban pic de Sesques. A la inversa de lo que se podría pensar, no se trataba aquí de dos nombres propios de cada vertiente, pues en ninguno de los valles los vocablos Scarpu, Escarpuru y Sesques eran conocidos ni atribuidos a lugares diferentes. Consultando únicamente a los osaleses, se constatan las mismas discordancias y es difícil llegar a conclusión alguna. A veces se puede ver en esta imprecisión el poco interés de los pastores, los principales informantes, que destinan a las altas cumbres que no entran en el cuadro de su vida pastoril, y se constata, por el contrario, una perfecta seguridad entre estos hombres cuando designan lugares que les resultan familiares alrededor de su cujala [majada]: fuentes, pastos, bosques, pasos, etcétera.

”La ubicación sobre el lugar de la nomenclatura exige del investigador unos desplazamientos frecuentes sobre el terreno y la recolecta del mayor número posible de datos orales con la prudencia que antes hemos justificado. Cada información debería pasar la criba de la crítica antes de ser utilizada, pero puede suceder también que las informaciones produzcan una completa derrota: ciertos nombres descubiertos en los archivos ahora no los conoce nadie. El toponimista se ve entonces reducido a no contar sino con sus propias reflexiones. Reforzado por una indispensable facultad de intuición adquirida mediante esa práctica que es la condición indispensable de su éxito. Lanzado en plena montaña para recoger topónimos y situarlos, debe aprovechar su presencia sobre este decorado inspirador para anticipar un poco la fase siguiente de su trabajo: la de la explicación etimológica. En efecto; cuando conozca el emplazamiento de las diversas denominaciones de un quartier [porción pastoril], se hallará en presencia de numerosos grupos de nombres, estando cada uno de ellos constituido en torno a una fuente común: recojamos, por ejemplo, los vocablos que tengan como base el nombre Lurien, pic de Lurien, col de Lurien, lac de Lurien, valle de Lurien, y la observación de lugares conjugada al conocimiento del dialecto que nos proporciona, en cierta medida, el medio de situar el lugar que está en el origen de todos estos nombres. ¿Es el pico o el lago? A decir verdad, la fuente es con frecuencia el nombre de la Montaña; es decir, de un territorio pastoril, de un pasto claramente delimitado por los accidentes geográficos, y es un error muy extendido creer que la solución del problema debe de ser buscada entre las características de la cumbre culminante. Ya hemos dicho que esta última cuenta poco a los ojos de los pastores, en tanto que para ellos lo esencial es la calidad de la hierba, la presencia de una fuente, la proximidad de un bosque, el destino de la Montaña para tal ganado según sea peligrosa o de recorrido fácil, etcétera. Lurien (Eslurien en 1765, según [Paul] Raymond) del que se puede constatar sobre el terreno la naturaleza esencialmente esquistosa y que evidentemente se puede aproximar a lur, eslur, es decir: guijarros, avalancha, será la montaña que resulta deslizante por ese inmenso sembrado de piedras”.

Resumo ya: hay toponimistas que sí se creen esos datos que hallan rebuscando, a base de esfuerzo, entre cronistas de prestigio llegados del pasado. Y existen eruditos que aman verdaderamente los nombres de las montañas. Mas, si no estudian las vísceras aún palpitantes de ningún unicornio moteado, ¿qué sistema de trabajo emplean…? La solución, en la próxima entrada. Muy recomendada a todos aquellos lingüistas que marchan por ahí sin rumbo, perdidos, descarriados…

  1. “Ya imagino que subirse a las barbas de la Dirección General de Ordenación del Territorio y de la Dirección de Política Lingüística del Gobierno de Aragón (e incluso mandarles a paseo, si no hay otro remedio) puede ser duro”.

    Ánimo, sed fuertes.

    • Ya estoy de regreso, Makako… ¿Y a mí de qué me suena tu frase…?

  2. Pues parece que a partir de ahora el 29 de mayo sera declarado por la Unesco como el “Día Mundial del Toponimista Desnortado”. Entre esta entrada y la anterior te darán el Carnet Honorario ya lo verás.

    • Hola de nuevo, Makako y Xavi…
      Este parece un buen momento para asegurar que lo que pretendo con estas tres entradas no es un “carnet oficial de Pepito Grillo”, sino plantear la posibilidad de que nuestra flamante Comisión Asesora de Toponimia pueda andar bastante errada. Para que, con suerte, revise a fondo sus procedimientos, se tome este asunto con seriedad, sin prisa alguna. Y, ya puestos a desear, que no trate de endosarnos sus postulados de aragonesismo fundamentalista. Menos aún, con explicaciones tan parcas y simples.
      No sé si conseguiré que les lleguen estos mensajes, o “enternecer” siquiera a sus patrocinadores. Tienen los Presupuestos de su parte y, quizás, vencerán en esta escaramuza, pero confío en que no convencerán a casi nadie. Seguro que, tal y como vienen, tampoco acabarán imponiéndose a la larga.
      Hasta la vuelta, amigos…

      • ¡Lo que es Internet!: ya me han pasado la identidad de dos miembros del Proyecto Tresmiles, con fotos y todo.
        A ambos los conozco, e incluso los he tratado, aunque por desgracia no demasiado. Hasta ahora, con una cordialidad que espero que continúe. De ambos tengo una excelente opinión como personas y como profesionales en sus respectivos campos. No estoy muy seguro de lo que hacen en el mundo de los tresmiles, terreno este donde no se les conoce publicaciones con una mínima densidad. Lamento decir que creo que esta tarea colosal, la de poner un poco de orden en la toponimia de la alta montaña aragonesa, les puede venir grande. Como me hubiera venido a mí, por cierto, aunque debido a otros motivos.
        Dada su capacidad de trabajo en temas vagamente relacionados con el que hoy nos ocupa, les rogaría que leyeran estas entradas con espíritu constructivo y que trataran de comprender la delicada posición en la que se encuentran. Con su presencia, están a punto de validar (junto a otros caballeros cuya identidad aún no conozco), un listado que pretende ser oficial, pero que, a tenor de lo anticipado en el mes de febrero, no pasa de ser sino una frivolidad.
        A mí me parecería una solución excelente que, dado su currículo, siguieran con este asunto, tras anunciarle al Gobierno de Aragón que necesitarán cuatro o cinco años más, como poco, para estudiarlo todo a fondo. Y, si no les concedieran esta petición razonable en favor de la “excelencia”, pues que dimitiesen. Porque algo me dice que la Consejería involucrada quiere airear unos resultados muy concretos.
        Ya imagino que subirse a las barbas de la Dirección General de Ordenación del Territorio y de la Dirección de Política Lingüística del Gobierno de Aragón (e incluso mandarles a paseo, si no hay otro remedio) puede ser duro.

  3. Hola de nuevo, Alberto… Vaya pasada este manual de Sallenave… Y qué oportuno, ojalá tomen nota en tu tierra los del Proyecto Tresmiles… De cualquier modo, el tocho sobre Toponimia Mayor de Aragón es también un magnífico ejemplo de lo que de ningún modo deberían repetir…

  4. La mayor parte de esta semana la pasaré fuera de Zaragoza. Un poco de paciencia si tardo en validar vuestros comentarios…
    Les daré el “placet” a todos, claro, pero os recomendaría cierta prudencia en vuestras afirmaciones. Muchas de las opiniones que he recibido por correo electrónico son tan divertidas como “impublicables”. Medid aquí vuestras palabras.

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