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1873: el año del Néouvielle

Es el único macizo pirenaico con tresmiles que se alza en exclusiva sobre territorio galo. No; no aprovecharé para hacer ningún chiste toponímico fácil, visto lo visto en las casi limítrofes tierras aragonesas… Para quienes se decidan a pasar la muga y conocerlo, la revista Desnivel en su número 373 de julio-agosto de 2017 sirve el tercer trabajo monográfico de la serie. Tras el Campbieil y el Estaragne, le llega ahora el turno al titular del grupo.

En la crónica de las montañas de la Nieve Vieja una añada en concreto se destaca como la clave para entender la evolución deportiva posterior. Porque no deja de ser curioso que quienes deseaban practicar el pirineísmo fuera de los “senderos trillados” eligiesen el mismo año para obsequiarle, o al menos tratar de hacerlo, un par de vías nuevas a esta cumbre de 3.091 metros de cota.

No es ningún secreto que Henry Russell, cuando podía, buscaba el lado menos complicado de las montañas. Al menos en los comienzos de su trayectoria exploradora, cuando la opinión mayoritaria llamaba el wrong way a las vertientes menos amables de un pico. En los casos del Balaitús, La Munia, Coronas o Aneto trató de abrir caminos dificultosos. Algo así se podría afirmar igualmente de su búsqueda de otro acceso para la montaña que hoy nos ocupa.

No me resisto a traducir amplias porciones de su texto, reproducido en diversas revistas antes de ir a parar a sus Souvenirs d’un montagnard (1908) dentro de su capítulo sobre la “Hourquette Badet, lago de Orédon y Néouvielle”. Solo he eliminado ciertos párrafos que expresaban su opinión en otros asuntos periféricos. Así se desarrolló su aventura de primeros de septiembre de 1873, del brazo de uno de sus compañeros predilectos, el guía Célestin Passet. Atentos a los matices de su relación con este montañés, a sus poéticas descripciones del paisaje o a las ideas russellianas sobre el Progreso:

”El Néouvielle es para mí como un recuerdo de juventud, pues hace justo medio siglo (1858) que realicé su ascenso: desde Barèges y con el bravo Peyret, un guía admirable que no falleció hasta los ochenta y seis años, en 1881. Valiente como un león, ágil como un sarrio incluso a los sesenta y tres años, y bueno como un niño, me recordaba mucho al desafortunado [Henri Paget] Chapelle, muerto mientras cazaba en el circo de Troumouse. Este tipo de guías es, ¡por desgracia!, muy escaso […].

”Empecé descendiendo junto a Célestin Passet, desde Gavarnie hasta Gèdre, con la comida y mi saco de dormir de piel de cordero. El cielo estaba despejado pero, según Célestin, la niebla se quedaría en el llano porque el aire estaba lleno de fuertes emanaciones de boj, lo que se huele a varios kilómetros por poco húmedo que esté… Célestin estaba en lo cierto. Justo después de haber doblado al este en la garganta desolada del Campbieil, vimos que las brumas amenazadoras recorrían la llanura, envolviendo las planicies y, después, también los picos y, al cabo de una hora, todo aparecía como invadido y de luto, pues el tiempo se mostraba muy dudoso.

”En Saoucet, un grupo de cabañas abandonadas ya por los pastores, fue preciso detenerse para pasar allí tres cuartas partes del día y toda una noche por cuenta de una niebla intensa: estábamos sin leña y no disponíamos, para matar el aburrimiento y calentar nuestros miembros helados, sino del recurso de buscar por todas partes y arrancarles a estas montañas, bastante desnudas ya, los escasos rododendros, cuyas flores rojas formaban en verano su único adorno, y cuyas matas mojadas fueron nuestra única esperanza de encender una hoguera en dieciséis horas. Estas largas detenciones forzosas en las montañas desmoralizan siempre: con niebla impenetrable, constituyen una verdadera molestia. Después se nos ocurrió la feliz idea de continuar: las brumas intensas desaparecieron por el norte, la lluvia cesó y avistamos de forma imprecisa esos abismos rojizos por donde, en otro tiempo, había realizado mi descenso del pic Long… Pero tan pronto como se hizo de noche, la ilusión desapareció como un sueño, la nieve golpeó la pobre cabaña y tuvimos que resignarnos a quedarnos, durante aquella borrasca, bajo un manto de brumas y de sombras, hasta el día siguiente por la mañana… Fue una noche que duró once horas.

”Al día siguiente la albada resultó magnífica. Dejando al este el amplio collado de Campbieil, subimos hacia el noroeste por esas pendientes tan empinadas como estériles que desembocaban en la brecha de Badet, una de las más altas del Pirineo. Blanqueada durante la noche como si estuviésemos en pleno mes de febrero, perfilaba su cresta nevada sobre un azul soberbio, lo que hizo renacer en mí esas pasiones tan fuertes como inocentes que la estancia en una capital puede adormecer o debilitar, pero que, ante la visión de un pico nevado, carente de huellas humanas y recubierto de sol, resucita al instante al hombre que se enamoró una vez de la naturaleza. En un medio tan puro, ¿qué nos hace falta, excepto lo que amamos? ¿Cómo añorar la vida civilizada cuando nos encontramos tan a gusto sin ella?

”Algo admirable vino enseguida para colmar mi alegría. Justo cuando arribamos a las nieves nuevas, el sol brillaba como si todos los diamantes y los rubís de la India hubiesen caído encima como una especie de lluvia brillante. De cada brizna de hierba colgaban unas gotas perfectamente redondas donde se combinaban, temblando por turnos, todos los colores del prisma, siguiendo la dirección y la fuerza de la brisa, y el ángulo desde el cual se les observaba. La hierba parecía o de fuego, o llena de estrellas y de resplandores eléctricos, por lo que deslumbraba. Seguramente los rocíos de la llanura jamás han tenido brillos tan maravillosos, y hasta creo que las mismas gotas de agua se transformaban en esta montaña […].

”En veinte minutos alcanzamos esa cresta, con una elevación de casi tres mil metros, que unía el Badet con el Campbieil. Tenía al menos un kilómetro de larga. Al norte la nieve, de más de un pie de espesor, se extendía hasta perderse de vista. Pero, ante nosotros, unos doscientos metros más abajo, las aguas negras del estanque del pico Long, medio congeladas, y al no tener por orilla sino la nieve, parecían un agujero maléfico más que un lago. Pasando a la derecha y virando mucho hacia el oeste, dejamos bastante lejos, por la izquierda, el ondulado glaciar del pic Long, tan recubierto de nieve por entonces, ya vieja como nueva, que un niño lo hubiera atravesado sin dificultad. No comenzamos a descender seriamente hasta situarnos justo al norte del pic de Campbieil, por una garganta bastante pronunciada y de una aridez inaudita. Hacia el oeste el pic de Badet erguía con orgullo su punta vertiginosa, en la cima del cual percibí una pequeña pirámide. Había sido, pues, conquistada. Al noreste el Cilindro de Estaragne, ennegrecido y erosionado por todos los vientos del cielo, terminaba noblemente este formidable cuadrilátero de picos de primer orden, que limitaba al oeste con la garganta salvaje de Cap-de-Long, de cuyo bello lago dejaba percibir por el norte, un millar de metros más abajo, un fragmento de sus aguas azules. Todo aquello era de una desolación suprema.

”A menos de un kilómetro al este de la Hourquette Badet y al norte del Campbieil, retomamos el granito, cuyo límite estaba tan marcado como el de un campo. Por fin, ganando mediante sucesivos resaltes y a lo largo de un torrente casi cubierto de nieve por completo, el borde occidental del lago de Cap-de-Long, cometimos la torpeza de seguir hacia el este la orilla meridional a través de un bosque de abetos. No pudiendo seguir el curso del agua, nos perdimos durante una hora sin hacer otra cosa que subir y bajar, como un navío que se bambolea, deseando alcanzar, sobre la orilla norte, un sendero que aunque era rocoso, por lo menos parecía horizontal, y que acortaba el camino media hora.

”Este lago tenía unos mil seiscientos metros de largo por seiscientos de ancho. Era, pues, uno de los más grandes de los Pirineos. Pero el azul de sus aguas, entremezcladas con las nieves fundidas, quedaba lejos de ser puro. Estaba muy sucio. Por el lado norte, los precipicios del Néouvielle se erguían con una majestuosidad terrible, mientras que al sur se elevaban unos nobles abetos, que continuaban hacia el este hasta el lago de Orédon, e incluso más abajo. Descendiendo de un lago al otro sobre un suelo granítico tan atormentado como el mar, bordeamos un tercer laguito, el de Loustallat, escondido con modestia bajo los abetos como en el fondo de una cuna. Allí, alzando la vista hacia el sur, descubrí de pronto, sobre un trono de brumas y nieve, las aristas aéreas que conducían por el oeste al pic Méchant, una montaña bastante terrible en apariencia.

”Por fin llegamos, desde la orilla sur, a la porción oriental del bello lago de Orédon, con hambre y cansados. Dormimos allí, pero como un favor. Sin atreverme a criticar lo que no es un asunto de mi competencia, debo desengañar a los escasos turistas (¡demasiado escasos, por desgracia!) que suban al lago, imaginando que la tarifa colgada en los muros de tan amplia construcción donde el Estado aloja y alimenta todos los días a un centenar de obreros, da al recién llegado el derecho a la entrada. No significa nada: es un favor incluso pagando, y sin la intervención del ingeniero jefe, el señor Michelier, hubiera tenido que irme a dormir bajo un árbol. Todo el mundo ha oído hablar de tan interesantes trabajos, que el Estado ejecuta con grandes gastos en el lago de Orédon, en el cual se quiere elevar su nivel un número de metros espantoso para que el valle de Aure no carezca de agua. Una presa solucionará esto a costa de echar a perder el paisaje y, quizás, de ahogar, después de una gran tormenta, a varios pueblos del valle. Es muy grave y costoso…, pero la ciencia busca la utilidad a toda costa. Quizá tenga razón, siempre que no mutile a la Naturaleza. Agradezcamos, de paso, al capataz de la obra (el señor Saint-Guily), quien fue muy amable conmigo.

”Al día siguiente volví a realizar la ascensión del pic de Néouvielle. Esta vez directamente por el este. Dejando en lo más bajo del lago de Aubert el sendero que se eleva al noroeste hacia el collado del mismo nombre, atacamos hacia el oeste una garganta sin nombre, separada por una cresta que tampoco lo tenía, los hielos y neveros del lago de Aubert, que rodeaba al sur. Varias brechas la desgarraban, y pasamos desde el sur hacia el norte por la más baja, sobre el glaciar de Aubert, de la que otra arista, paralela a esta, separaba al norte los grandes y deslumbrantes neveros del Néouvielle. Desde aquí ese pico apareció de repente por el oeste-noroeste: para alcanzarlo, no había más que subir ad libitun sobre el glaciar durante una hora con objeto de atacar finalmente la última punta por el noreste. Fue muy fácil. Creí haber hecho aquí un precioso descubrimiento: me sorprendió al ver en la cima al señor Michelier, el ingeniero en jefe de las obras del lago de Orédon, y de enterarme de que él también había seguido ese mismo itinerario”.

Una primera frustrada, que ya tenía dueño… Me he demorado bastante con la aventura en la cara Este del Néouvielle de Russell con Passet (y, por lo visto, de Michelier). Seré más rápido con el texto siguiente: uno de los menos aireados de la crónica montañera a pesar de sus importantes revelaciones. Se trataba, por casualidades de la vida, de un apasionado de la obra de Russell que acudió al Pirineo tras las huellas de su libro sobre Les Grandes Ascensions (1866)… Estoy hablando de Henri Durand, otro de los precursores del montañismo de dificultad, bien formado entre montañeses para así abordar las vías menos cómodas del Pirineo. Y autor de una obra pequeña en tamaño pero reveladora como pocas: Mes courses aux Pyrénées (1909).

Volvamos junto a Durand al Néouvielle de 1873. Lo mismo que su maestro Russell, llegó al macizo en la inmejorable compañía de un montañés de armas tomar: cierto cazador de Barèges llamado Clément Catala a quien apodaban Sarraïtz (el Leñador). Una opción excelente; no en vano, éste le había adiestrado previamente en la técnica local para afrontar paredes ya un tanto verticales:

“En los roquedos difíciles donde [Sarraïtz] enseguida me llevó para entrenarme, le escuché formular todas las reglas que más tarde escuché en boca de los buenos guías de los Alpes: guardar con cuidado el equilibrio; sujetarse a las rocas, pero no colgarse de ellas; entre las presas que estén a mano, elegir siempre la más alejada, si ella es suficiente, aun cuando otra más fácil quede más cerca; aprender a colocar el pie sin tanteos, sin temor a situarlo en el borde de un precipicio; no pegarse a la pendiente, sino, por el contrario, llevar el cuerpo al vacío; atravesando las pendientes fuertes con nieve, hierba o guijarros, trasladar el peso del cuerpo sobre el pie que nos va a sustentar. El novato hace casi siempre lo contrario, por lo que hace falta ejercitarlo y dedicarle tiempo para persuadirle de que la observación de estos principios le procurará en los pasos difíciles rapidez, soltura y solidez”.

Para su incursión por el grupo de la Nieve Vieja, alistó a su amigo y entrenador Clément Catala. Ambos salían de Luz a las 3:00 h del 22 de julio de 1873, para primero ganar el pic Long por Estibère-Male desde una ruta novedosa, y luego bajar a Barèges. Diecinueve horas de actividad, que no les quitaron las ganas de cobrarse otro objetivo justo al día siguiente. Esta vez la partida fue a las 6:00 h:

“Volvimos a la Glaire y, por la sierra de Néouvielle ganamos el lago helado, que hubiéramos podido atravesar sobre los enormes séracs que lo colmaban. Pero Clément me condujo más a la derecha para hacer que admirase un eco soberbio que repetía distintamente hasta siete sílabas. Después de haber gritado hasta casi la extinción de la voz y de echarle un vistazo a la brecha de Cap-de-Long, abordamos, por una verdadera rimaya, ese glaciar tan empinado de Néouvielle, y llegamos a la brecha que hay al sur del gran pico. Allí encontramos unas lajas lisas y sin presas donde uno tenía que sustentarse por adherencia de rodillas y manos. Una bonita trepada sobre los abismos de Cap-de-Long que me dejó los más agradables recuerdos. Se la recomiendo a quienes tengan una cabeza segura y cierta experiencia en la montaña. Para ellos no habrá sino placer, y en absoluto peligro. Los demás no podrán pasar sino atados entre dos guías. Este recorrido constituyó, ciertamente, una primera ascensión turística. Los cazadores de Barèges como Viscos, Peyret y su yerno Sarraïtz han pasado por aquí a menudo, porque es un paso de caza, en tanto que la ruta que completamos la víspera en el pic Long nunca fue hecho por cazadores. El señor Brulle volvió a hacerla unos años después [en 1891], y para él fue una primera, pues ignoraba mi ascensión, que no publiqué en ningún lugar”.

Así de sencillamente contaba Durand la primera certificada a la arista de los Trois Consellers. A la par que reconocía que los montañeses ya se habían encaramado por ella para cazar sarrios. Si Russell hubiera sabido lo que hizo su discreto alumno durante ese mismo verano de 1873…

  1. he pasado a Francia mucho con la familia cuando veraneabamos en pineta y siempre habia querido saber mas de esos montes rodeados de lagos tan majos

    • Hola, Luis… Pues si ahora vuelves a pasar al otro lado de la muga, puedes ir bien informado con esta especie de “monografía”. Ya se sabe: uno quiere más, luego disfruta más, lo que conoce más. Buen verano…

  2. Y, ya puestos a tener toda la colección, este es el avance del artículo en este número 373 de Desnivel:
    “Concurrido y muy ‘roquero’. La cumbre del Néouvielle, pese a no ser la más alta del macizo, da el nombre al mismo. Se trata de la cima más frecuentada de la Reserva Nacional de Néouvielle y una de las más transitadas de todo el Pirineo ya que es muy accesible en verano y, dada la altura de sus puntos de arranque, es, con permiso del macizo de la Maladeta, el final de la temporada de esquí de montaña para casi todos los pirineístas. Respecto a las escaladas sobre hielo e invernales, el pico tiene pocas aperturas, pero por lo que respecta a la escalada en roca, es el paraíso: escalada clásica, sobre todo de aristas con buena roca granítica, y modernas vías equipadas con expansiones. Sobre el futuro de la zona, quedan todavía líneas de roca por abrir y varias líneas de hielo y mixto para quien esté dispuesto a realizar la larga aproximación que exige el cierre invernal de los accesos”.

  3. Que no se me pase el índice:

    Revista Desnivel nº 373:
    En este número: Alpinista de leyenda Ueli Steck; El Capitán Alex Honnold en solo integral; Pirineo francés Néouvielle; Material premios Desnivel; Everest x 2 Kilian Jornet; Homenaje Guillermo Mateo; Cultural José Ignacio Amat; Opinión Tragedia y realidad a 8.000 metros; Nepal Apertura a un 6.000 virgen; Seguridad Análisis de accidentes.

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