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En busca del Montardo en 1930

Seguiremos un poco más junto a Arnaldo de España y Palarea a través de sus relatos del ascenso al Aneto (¡desde Espot!) del mes de agosto de 1930. Tal y como se anunciaba en la entrada previa, extractando esos contactos con los montañeses que fue atesorando en una especie de Haute Route pirenaica. Las amenas crónicas del periodista madrileño aparecerían a lo largo de veintitrés entregas en el diario El Sol, entre el 12 de octubre de 1930 y el 12 de julio de 1931.

Durante la octava jornada de viaje, los tres pirineístas de la Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara y su mulero de Boí completaron la aproximación al grupo de los Besiberri. En sus primeras estribaciones realizarían una tentativa de acercamiento poco fructífera con un pastor con el que más adelante se volverían a encontrar. Alguno de los términos con los que De España y Palarea describe al nativo no son del todo afortunados. Las cosas del tiempo que le tocó en suerte vivir. Sin embargo, revelan un innegable interés por obtener información de los habitantes de las montañas:

“Próximo al lago de los Cavallers se cruzó en nuestro camino un tipo extraordinario, que sentimos no poder guardar en fotografía por falta material de luz. Era un pastor ataviado típicamente; su cara insuperable, de línea caricaturesca, y su talla escasísima, casi pigmea, nos lo presentaban como un auténtico jurdano [de Las Hurdes cacereñas]. Su idioma imposible, que obligaba a violenta gesticulación, le hacía entornar los ojillos diminutos, que se escondían por completo entre los músculos de su cara, apretados por una sonrisa que parecía feliz. Soltó unas frases de absurda fonética, que no pudimos entender y que estarían de fijo en desacuerdo con las nuestras de salutación, y en vista de que no había forma de comprendernos, nos despedimos por mímica. Supimos después que se trataba de un conocido pastor viejísimo que, a pesar de los años que soporta, trisca por aquellos vericuetos para acercarse a poblado, y regresando a su majada, ya entrada la noche y siempre solitario, cuidar del nutrido hato vacuno que está bajo su custodia”.

No juzguemos con severidad la palabras que nuestro cronista destinó al vaquero octogenario. Antes, prestemos atención a esa otra actitud que iba a mostrar, una vez instalado su campamento en el estany de Cavallers, frente al resto del colectivo:

“A fin de evitar el recelo que a los pastores vecinos, siempre en escama, pudiera inspirar nuestra presencia, los visitamos en su majada, donde a los vivos reflejos de una hoguera abundante se iluminaban sus perfiles bucólicos de recios trazos, dignos modelos para una pintura de rabioso tema folklórico”.

En estos mismos escenarios De España y Palarea pudo registrar una divertida anécdota. Así, cuando los madrileños querían fotografiar alguna escena pintoresca con corderillos, los rabadanes les gastaban la broma de ahuyentarlos. Ciertamente, aquellos locales se mostraban poco intimidados por los señoritos de la ciudad… La guasa cesó en cuanto los turistas les ofrecieron cierta propinilla por los, digamos, derechos de retrato al ganado… ¿Y todavía quedan toponimistas que creen que la brava gente del Pirineo se dejaba pisotear por los visitantes de fuera?

En la entrega anterior ya se ha hablado del problema para ubicar objetivos que los montañeros de 1930 padecían en cuanto dejaban las zonas próximas a las majadas. Entonces solo les quedaba el recurso de hojear la guía Soubiron. Las más de las veces, con un éxito bastante limitado:

“Teniendo por orientación el puerto de Caldes, trepamos desde el campamento [de Cavallers] por las moles de piedra y neveros abundantes, sorteando con toda clase de ejercicios la tupida red de los lagos, hasta llegar al collado, cuya brecha se nos antojó pequeña desde lejos y resultaba grandísima y muy abierta. Una depresión importante se inicia en ella por el norte, para unir con el amplio barranco del río Valartiés, que forma una te gigantesca con el encintado ondulante del precioso valle de los araneses.

”Dilucidábamos cuál sería el auténtico macizo del Montardo, pues las explicaciones de la guía [Soubiron] no coincidían con lo que delante teníamos, cuando, ¡al fin!, contemplamos un rebeco, la para nosotros difícil rupicapra hispánica, magnífico ejemplar, orondo y lúcido, que asustado de nuestra inesperada presencia, escapó rápidamente después de vigilar nuestros movimientos, y con tan pasmosa facilidad, que nos hizo envidiar sus portentosas cualidades trepadoras”.

Nuestros peñalaros creyeron que sus dudas iban a quedar resueltas en cuanto vieron que el collado sobre el que se habían encaramado se poblaba con otros colegas hispanos. El consiguiente chasco pudo suscitar que Arnaldo de España despotricase, un tanto injustamente, contra el grupo de recién llegados. En realidad, por aquellos años heroicos de nuestro deporte, casi nadie sabía gran cosa del terreno de alta montaña que hollaba:

“Dos señores catalanes convergieron en el mismo puerto, caballeros en sendas cabalgaduras y muy pertrechados de maletas con galas de población. Es frecuente el tipo que atraviesa en esa forma la montaña, llevando hasta el smoking guardado, y se cree con derecho a intitularse serrano y escalador, olvidando que fueron pies ajenos los que le hicieron pasar la serranía, y que en casos como éste el hábito no hace al monje. No es montañero, y menos aún trepador, el que se circunscribe a vestirse con ropas apropiadas, sino el que ataviado de cualquier manera llega a las cumbres, venciendo dificultades y recorre el país a fuerza de pisadas y troteras, realizando jornadas duras y difíciles. A ese auténtico amante de la Naturaleza, que lleva además en su pecho y cerebro la chispa de fuego que impulsa su voluntad e ideales hacia las máximas alturas donde está la forja del hondo sentir, no lo engaña esta máscara montañera, bastándole una leve mirada sobre ella para advertir su condición falsaria y acertar con su clasificación, que es por lo menos la de snob. Con ambos viajeros discutimos la designación del Montardo, que nos interesaba, y del que nada sabían, como cabía esperar, aunque fiábamos en su condición de indígenas. Sus guías, pues llevaban dos, tampoco añadieron luces a la controversia, lo que unido a la sincera negación de los pastores locales hacía crecer nuestra sorpresa al ver que ni unos ni otros, no obstante estar avecindados en aquellos parajes y conducir gentes que les interrogan, ignoran la toponimia de cuanto los rodea, siéndoles curiosos, en consecuencia, los nombres que les enseñábamos y que trataban de aprender para informes sucesivos.

”La guía francesa [Soubiron] que teníamos en nuestro poder, única que existe editada, para sonrojo de los hispanos, y que era la que nos servía de dirección en toda la correría, tiene errores de importancia, según íbamos averiguando con penosa experiencia, y aunque sean disculpables atendiendo a la dificultad de comprobación, por la ignorancia de los paisanos, es un trastorno grandísimo y hasta un serio peligro para los que en ella fíen y que, como nosotros, no cuenten con otro medio de orientación, que tienen para sufrir hasta que logren poner todo en claro, llama puerto de la Ribereta al que es auténtico de Caldes, que tiene 2.510 metros de altura, paseando este denominio al que en el país designan puerto de Rius, que está un poco más bajo, a 2.455 metros. Por ello resulta equivocado el plano que publica, y si no se comprueba con oportunidad, subirá mucha gente a sitios diferentes de los que pretenda. Nosotros tuvimos que hacer un laborioso estudio para desentrañar la verdad, y al culminar la montaña quedó plenamente aclarado por los escritos de los que nos precedieron. Subsanada esta deficiencia, tropezamos con otras de mayor calibre, que oportunamente señalaré”.

Era el inicio de unas dificultades en la orientación que más adelante les pasarían factura. Pero sigamos con ese ascenso al Montardo, que aún les requeriría de unas cuatro horas de marcha. Casi siempre, en contacto con los ganaderos locales:

“El primer tropiezo con el librito dichoso [de Soubiron] nos costó recorrer un camino durísimo, de violentos pasajes, comprometidos en algunos sitios, para salvar la distancia que nos separaba del verdadero lugar en que debíamos comenzar la ascensión hacia el collado que existe entre los dos Montardos, crestas gemelas a máxima altura del macizo y con muy pocos metros de diferencia una de otra.

”Un pastor encaramado a un diente agudo, desde el que vigilaba a sus anchas toda su demarcación, y muy cerca ya del final cumbrero, nos informó con acierto, corroborando nuestros descubrimientos; pero teniendo que llegar hasta él en su complicada atalaya, pues al vernos se escondía sin responder a nuestros gritos de comunicación.

”Gozamos de la estancia en las alturas, de las que no ve uno el momento de separarse; nos saturamos de la más rica fantasía panorámica, y apremiados por el tiempo, que insensiblemente trascurría, dejamos nuestra inscripción en la maltratada caja de la torreta, que hasta huellas de rayo tiene, y descendimos por el Pequeño [Petit] Montardo, mucho más abrupto que su hermano mayor, hasta alcanzar el cercano collado, puerto de Rius, a 2.455 metros, ya que es, como queda dicho, el que la guía [Soubiron] llama de Caldes […].

”Zigzagueamos a placer entre el laberinto lacustre, admirando los esplendorosos efectos de la puesta del sol sobre las aguas, y en un rincón peninsular advertimos un amontonamiento alarmante de huesos blanquísimos, en perfecta constitución de osamentas, tan limpias y enteras, que se prestaban para estudio de un completo curso de osteología. Imaginamos en seguida una hecatombe, dada la abundancia ósea, impropia de una tragedia vulgar, y en efecto, hablando con nuestros vecinos los pastores supimos por boca del interesado, que se hallaba presente, la explicación de todo. Parece ser que durante el invierno anterior, abundante en nieves, una aglomeración extraordinaria sorprendió a su rebaño, sin que pudiera auxiliarlo al escapar despavorido hacia poblado, donde pudo llegar extenuado y maltrecho. Organizada una batida de salvamento, fracasó al intentar la libertad de las reses, que quedaron todas prisioneras de la nieve, en la que se hundían más cada vez que intentaban evadirse. Así bloqueadas, perecieron a los pocos días de hambre y de frío, y con ellas el burro y una yegua que las acompañaba. El número de ovejas, que delante de sus compañeros no se atrevió a determinar, confesó más tarde que pasaba de cincuenta. Cuando el buen tiempo advino, encontraron las osamentas limpias, blancas y completas, pareciéndoles un sueño cuanto había sucedido, por lo infrecuente y catastrófico.

”Les hablamos del esquí como objeto de utilidad y práctico para casos como el que reseñaban; pero sin verlo en forma palpable, no podían ni imaginar cómo era el aparato de referencia [en 1919 ya hubo exhibiciones de esquí, por parte del grupo de Estasen, en la cercana Val d’Aran]. Para estas regiones de fácil incomunicación durante la invernada, y de peligros como el que lamentaban, debían hacerse divulgaciones oficiales de patinaje o ayudar a los particulares especializados que así lo verifican en la medida de su escasa disponibilidad.

”Nuestros estudios sobre topografía para la próxima expedición al Besiberri y Comaloforno fracasaron nuevamente por las nubes, que nos lo impidieron”.

Sí: la era anterior a la de los mapas a escala detallada o, mejor aún, a la de los GPS, tuvo que revelarse tan romántica como ardua para nuestros meritorios predecesores en los territorios de alta montaña…

  1. alberto no sabes cuanto me alegra que todos esos asuntos tan desagradables con los toponimistas no te hayan afectado mas que un o de esos chaparrones que te han caido por la montaña

    • Hola de nuevo, Luis. Hace ahora fresco en Tena, ¿eh…?
      Pues siento decepcionarte, pero creo que los “asuntos esos tan desagradables” a los que te refieres no han hecho sino empezar. Imagino que las diásporas del mes de agosto los estarán atenuando. Yo mismo no tardaré en liarme el petate y salir zumbando rumbo al monte…
      Entre tanto seguiré colgando por aquí historias relacionadas con la toponimia que, imagino, no interesarán a toponimista gubernamental alguno. Más bien pretendo ofrecer razones a quienes creen, con buen criterio, en la honestidad y corrección del gremio montañero, tanto ayer como hoy. A quien las quiera hacer igualmente suyas, claro.
      Más saludos…

  2. Ya sé, ya sé: me lo han dicho por el mail… Estas entradas hablan de un sector del Pirineo que, por suerte para sus incondicionales, se ha caído del debate sobre los 160 tresmiles aragoneses… Las he elegido porque las tenía a mano por cuenta de otro asunto, en primer lugar, pero también debido a que muestran la actitud que, a mi entender, predominó entre los montañeros del, digamos, “periodo clásico”: ante la escasez de información y de mapas, preguntar, preguntar por todo a todo el mundo, buscando sobre todo a los locales… No conoce nuestro mundo quien nos supone ingresando en cualquier territorio montañés en plan avasallador, pretendiendo saber más que los nativos, queriendo cambiarlo todo a nuestro gusto… No: los montañeros acuden principalmente para subir montañas y para conocer durante el ascenso parajes de fábula. Tranquilos, que enseguida traslado estas vivencias a los territorios hoy en discusión…

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