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Desde el Mont-Blanc de los Pirineos…

Un tanto eclipsada por la efeméride de la primera a la Maladeta, el pico de Aneto cuenta también con la suya propia en 2017. Porque durante este otoño se celebran los doscientos años de su certificación como verdadero Techo del Pirineo. Así, aunque muy pocos se hayan enterado, nuestro Monarca anda de bicentenario…

Esta coronación del Rey Aneto, por el momento teórica y a la estima, habría que anotársela a los estudios emprendidos desde 1786 por cierto erudito provenzal. Quien, gracias a su perseverancia y pericia, pudo adelantarse al resultado obtenido por los ascensionistas que en 1842 llevaron el primer barómetro hasta los 3.404 metros. Nuestro hombre se llamaba Henri-Irénée Reboul (1763-1839), y hoy es considerado como el “inventor del paisaje pirenaico”.

La vida de este abogado de Pézenas fue muy agitada, por lo que me limitaré a orientar a los más curiosos hacia una reciente biografía firmada por Jean-Paul Grao: Henri Reboul, l’aube du pyrénéisme (2013). Complementándolo con otros textos anteriores de cronistas como Henri Beraldi y Louis Le Bondidier, el retrato de este representante de la Ilustración queda bastante perfilado.

Nos centraremos en el origen de su interés por los Montes de Pirene. Tras rematar estudios de oratoria y leyes, Henri Reboul adquirió unos rudimentos de química. Viviría durante un tiempo en París, donde fue acogido como discípulo por Antoine de Lavoisier. Trabajó allí a su vera para perfeccionar el eudiómetro, un aparato que medía las capas de aire de la atmósfera. Por añadidura, en los salones de Anne-Marie de Lavoisier conocería, entre otros científicos célebres de la época, a Horace-Bénédict de Saussure, el gran explorador de los Alpes, de quien pudo tomar la idea de que “solo el estudio de las montañas podía ayudar a comprender la Teoría del Globo”.

Hacia 1785 su maestro le animaba a medir la altitud de ese Midi de Bigorre que, desde las operaciones barométricas de Gaspard Monge y Jean d’Arcet en 1774, era una de las supuestas cúspides del Pirineo. Henri Reboul planeó hacerlo a través de una nivelación meticulosa y del estudio del “comportamiento mecánico” de la atmósfera. Así y todo, en sus proyectos de escrutar el Pirineo pudo influir de forma notable una invitación para que pasara el verano de 1786 en Oloron: como a tantos otros pirineístas posteriores, el despliegue de cumbres nevadas por el sur le fascinó de por vida.

Durante esa visita primeriza a los Montes de Pirene, Reboul subiría al pic d’Anie/Auñamendi. Por lo general, nuestro hombre marchaba siempre bien provisto de instrumentos: eudiómetro, barómetro, termómetro, telescopio y regla para el registro de ángulos. El joven de Pézenas logró obtener desde esta atalaya de 2.504 metros algunas altitudes relativas con el Midi d’Ossau, el pic d’Aule y el Vignemale a pesar de la rotura de alguno de sus aparatos. Estos avistamientos iniciales no le permitirían extraer demasiadas conclusiones sobre las grandes cotas del Pirineo, situadas un tanto a desmano del Béarn. Tendría que acercarse más a las cimas centrales para aplicar sus métodos de estudio, que eran una combinación de procedimientos trigonométricos y barométricos junto con correcciones complejas mediante fórmulas de las variaciones de la densidad y temperatura del aire. De este modo se calculaban las cotas montañosas en el siglo XVIII sin necesidad de situar un barómetro sobre la cumbre de cada objetivo. Por ejemplo, en 1740 se había medido con sistemas similares la altitud del Mont-Blanc alpino, estimada en 4.750 metros (hoy se ha fijado en 4.810’06 metros).

Las verdaderas operaciones de Henri Reboul, reforzado ahora con un matemático de prestigio como Jean Vidal, arrancaban desde el piedemonte de la Bigorra en el mes de julio de 1787. Con objeto de disponer de una referencia válida para los registros siguientes, sería preciso conocer la altitud exacta de una gran montaña mediante una nivelación precisa sobre el terreno. Y la elegida, tanto por su asiento como por su elevación, fue el Midi de Bigorre. En consecuencia, ambos científicos dedicaron todo un mes a obtener la tan deseada cifra, partiendo de una cota bien conocida respecto al mar: la del castillo de Sarniguet, en las afueras norteñas de Tarbes. El procedimiento era tedioso: se iba cortando el terreno cada cierta medida de longitud, tomando entonces los registros barométricos por duplicado (tantas veces como fuese necesario, hasta que coincidieran) para progresar hacia la cima seleccionada como atalaya.

Con las correcciones obtenidas mediante tablas empíricas alusivas a la temperatura, la curvatura de la tierra o el grosor de la atmósfera, la nivelación del Midi de Bigorre resultó ser de 2.892 metros de altitud respecto al Mediterráneo, cuando hoy se le adjudican 2.878 metros. Por un error tonto cometido en Sarniguet, casi todas las cifras saldrían más o menos abultadas.

Durante estos trabajos para determinar la cota del Midi de Bigorre y sus avistamientos consiguientes, fue preciso que Reboul y Vidal pasaran varias noches en una cabaña de piedras que les alzaron sus guías sobre la cima. Una experiencia que no pareció disgustar al primero:

“El placer de habitar estas regiones altas nos hizo soportar sin pena el trabajo continuado de tres días y el frío de dos noches. Durante ese tiempo disfrutamos de los más bellos espectáculos que el hombre puede hallar, viendo muy cercanas las grandes tormentas que se formaban y estallaban por debajo”.

Una vez ubicados con sus instrumentos sobre ese vértice de referencia, supuestamente fiable, comenzaba la segunda parte de las operaciones: auxiliados por catalejos y reglas de precisión medidoras de ángulos, junto con los consabidos barómetros y termómetros, Reboul y Vidal irían deduciendo desde la distancia las altitudes de las cumbres más importantes de la cadena. Para ello apuntaban de cada montaña estudiada su distancia respecto al Midi de Bigorre, junto con sus ángulos horizontales y verticales, registros que serían complementados con los barométricos y los de temperatura. De regreso al gabinete de estudio de Villa Rose se iniciaba la parte del cálculo, relacionado con los viejos procedimientos euclidianos a la estima, que en zonas de alta montaña requerían fórmulas compensatorias de resolución complicada. Sin calculadoras ni ordenadores, claro…

En esa campaña de agosto de 1787 la diferencia con las cumbres en liza daría unas cifras que, si bien se consideraban muy provisionales, encumbraron repentinamente al Gigante Calcáreo. Así, respecto al Midi de Bigorre, los avistamientos y las matemáticas le dieron al Monte Perdido una cota sobre el nivel del mar de 3.375 metros; a cierto “monte tras el puerto de la Pez” [¿los Posets?] de 3.253 metros; a un “monte tras el puerto de Oô” [¿el Aneto?], de 3.212 metros. Aunque alguno de los cálculos previos señaló que el puntal de los Montes Malditos era unos 29 metros superior al del Monte Perdido, ese registro bien encaminado fue desatendido. Por el momento.

Como quiera que se produjese la hoy evidente confusión, los datos avanzados no eran sino aproximaciones iniciales en espera de ser comparados con los que obtuviesen desde nuevos miradores. De hecho, durante esa misma campaña de 1787 nuestros científicos visitaron otro altozano como el Turon de Néouvielle [entonces llamado Néouvielle de Cap-Long] debido a que su grupo granítico estorbaba mucho las perspectivas desde el Midi de Bigorre. Sin planearlo, Reboul y Vidal pudieron ser los más madrugadores en firmar la visita a un tresmil del que ha quedado constancia.

Pero atendamos mejor a las declaraciones de Reboul en cuanto a las cotas de los Montes de Pirene, plasmadas así en su Memoria para la Académie Royale des Ciences, Inscripcions et Belles-Lettres de Toulouse del año 1788:

“Las alturas de las montañas que nos resultaban desconocidas han quedado determinadas mediante observaciones grafológicas realizadas desde esta cima [del Midi de Bigorre] y también desde el Bergons y la montaña llamada Néouvielle. Por lo general, resulta de todas esas mediciones que el pic du Midi se ve sobrepasado en altura por otras montañas en contra de la opinión de las gentes de la zona, que no es en el valle de Aran donde se encuentran las cimas más elevadas como habían supuesto algunos viajeros, y, finalmente, que la que domina toda esta parte de la cadena, el Monte Perdido, sobrepasa al Midi en 296 metros”.

De ese modo oficioso se consolidaba la era de eminencia de las Tres Sorores. Un dato que pudo trasladarse hasta cierto recién llegado al Pirineo llamado Louis Ramond con quien Henri Reboul coincidió en el verano de 1787 de forma casual.

Finalmente, hay que destacar que el sabio de Pézenas inauguró la lista de apasionados del Alto Pirineo. En diversas declaraciones dejaría en claro sus nobles sentimientos por estas montañas:

“El amor por las montañas nos hizo entrever sin temor esas fatigas e incomodidades inseparables de un trabajo tan largo y penoso, y pensamos que la cercanía de Barèges y hospitalidad de los pastores allanarían todas las dificultades”.

Así, poco extraña que a Reboul no le importase que, en ocasiones, regresara a su casa de Villa Rose, tras sus rondas por la cadena pirenaica, “sin plata y sin zapatos”. E incluso bien calado hasta los huesos.

Enseguida retomaremos las campañas científicas de este ilustrado que primeramente ensalzó al Monte Perdido, declarándolo Mont-Blanc del Pirineo. Mientras tanto, podemos plantearnos si el pirineísmo, en lugar de uno solo, como se había pensado hasta ahora, al menos dispuso de dos progenitores…

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Comentario

    • Hola, Makako y Luis: sin duda que el neo-topónimo que se han inventado para el Aneto, la “Maladeta de Corones”, como “tartazo” para celebrar los 200 años de su “designación” como Techo pirenaico, no está mal.

      • Como veo que el tema de la “estimación” de alturas pirenaicas interesa, os añado la lista de algunas de las ya realizadas con anterioridad a las de Reboul y Vidal. Las facilitó Beraldi en 1923, y respondían a cálculos efectuados hasta 1775: Vignemale, por Laroche (le estimó 3.700 m, y hoy le dan 3.298 m); Midi d’Ossau, por Flamichon (le estimó 2.887 m, y hoy le dan 2.884 m); Midi de Bigorre, por Flamichon (le estimó 2.855 m, y hoy le dan 2.878 m); Canigó, por Rocheblave (le estimó 2.813 m, y hoy le dan 2.784 m)…

  1. El nacimiento del pirineísmo es una época apasionante que bien merece una sección aparte en nuestra biblioteca de montaña. Ahí van mis sugerencias de textos que están en el mercado:

    BERALDI, Henri, Le sommet des Pyrénées. Tome I: Les cent et un pics, Monhélios, Oloron-Sainte-Marie, 2008 (1ª edición de 1923).
    BERALDI, Henri, Le sommet des Pyrénées. Tome II: Tuquerouye, Monhélios, Oloron-Sainte-Marie, 2008 (1ª edición de 1924).
    BERALDI, Henri, Le sommet des Pyrénées. Tome III: Du Mont-Perdu au Néthou, Monhélios, Oloron-Sainte-Marie, 2009 (1ª edición de 1924).
    DAY, Rob, y RAMOND DE CARBONNIÈRES, Louis-François-Elisabeth, Monte Perdido. 9 y 10 de agosto de 1802, Pin à Crochets, Pau, y Prames, Zaragoza, 2003 (1ª edición de 1803).
    GIRDLESTONE, Cuthbert, Louis-François Ramond (1755-1827). Sa vie, son oeuvre littéraire et politique, Lettres Modernes Minard, París, 1968.
    GRAO, Jean-Paul, Deux savants dans les Pyrénées, Monhélios, Pau, 2016.
    GRAO, Jean-Paul, Henri Reboul, l’aube du pyrénéisme, Monhélios, Pau, 2013.
    MARTÍNEZ EMBID, Alberto, Monte Perdido. Historia y mitos del Gigante Calcáreo, Desnivel Ediciones, Madrid, 2001.
    MONGLOND, André, La jeunesse de Ramond, Librairie des Pyrénées et de Gascogne, Pau, 2000 (1ª edición de 1927).
    RAMOND DE CARBONNIÈRES, Louis-François-Elisabeth, Carnets pyrénéens, Monhélios, Pau, 2014 (textos de 1792-1793).
    RAMOND DE CARBONNIÈRES, Louis-François-Elisabeth, Herborisations dans les Hautes-Pyrénées, Rando Éditions et Club des 602, Ibos, 1997.
    RAMOND DE CARBONNIÈRES, Louis-François-Elisabeth, La conquête du Mont-Perdu. Voyage au sommet du Mont-Perdu (1802), Librairie des Pyrénées et de Gascogne, Pau, 2002 (1ª edición de 1803).
    RAMOND DE CARBONNIÈRES, Louis-François-Elisabeth, Observations faites aux Pyrénées, Librairie des Pyrénées et de Gascogne, Pau, 2000 (1ª edición de 1789).
    RAMOND DE CARBONNIÈRES, Louis-François-Elisabeth, Viajes al Monte Perdido y a la parte adyacente de los Altos Pirineos (Francia, 1801-1804), Ministerio de Medio Ambiente Parques Nacionales, Madrid, 2002.