por

Hasta la cumbre Reina del Pirineo

Los años de hegemonía del Monte Perdido se iniciaron en 1787, cuando los cálculos provisionales de Henri Reboul y Jean Vidal lo señalaron, por error, como la más que probable Cúspide pirenaica. Tal es así que, en sus operaciones del verano siguiente, el objetivo del primero no fue otro que un estudio orográfico muy minucioso del Lavedan, el valle que conducía a dicha montaña desde el norte. El sabio de Pézenas realizó varias tentativas de subir hasta la cima del Monte Perdido (entonces, Moum Pergut o Momm Perdi) que, desgraciadamente, nunca detalló. Cuanto menos, en 1788 se ubicó sobre el Pimené para realizar nuevas observaciones en torno al ya proclamado como Mont-Blanc del Pirineo.

Durante esa misma añada Reboul serviría su nuevo lote de cálculos preliminares en una “Description de la vallée du Gave Béarnais dans les Pyrénées”. Fue expuesta en la Académie des Sciences, si bien su correspondiente texto no se publicó en los Annales de la Chimie hasta 1792. Nos detendremos solo en sus alusiones al supuesto Techo de la cadena, después de convertir sus cifras en toesas a metros:

“En cuanto a la altitud, ha quedado suficientemente determinada por las observaciones que Vidal y yo realizamos el verano pasado [1787], tras una gran nivelación que habíamos planeado para estudiar de nuevo la teoría de las dilataciones de la atmósfera y para ofrecer a los interesados una de las más altas y accesibles montañas de Europa, dividida en espacios verticales medidos con rigor. Tres observaciones trigonométricas, realizadas en estaciones distintas que se encontraban a menos de 1’94 metros [1 toesa] de distancia, indicaron que el Monte Perdido, la cima más elevada del Marboré, se alzaba 486’94 metros por encima del pic du Midi de Bigorre. Similares observaciones efectuadas cerca de Toulouse con instrumentos más perfeccionados determinaron la altitud de este último como 116’4 metros por encima del Canigó y, por consecuencia, a 2.910 ó 2.929’4 metros por encima del mar. La altitud absoluta del Monte Perdido es, pues, de 3.395 a 3.414’4 metros, por lo que no dudo en concluir que ninguna cima de los Pirineos se elevaría por encima de los 3.492 metros, pues las numerosas observaciones realizadas sobre el pic du Midi de Bigorre han demostrado que no existe ninguna cima que no quede por debajo del Monte Perdido, desde el Océano hasta el Pays de Foix, y los trabajos de los académicos que han trazado el Meridiano no dejan apenas dudas sobre que sea así desde Foix hasta el Mediterráneo”.

Aquellas no eran sino meras apreciaciones de avanzada, por lo que Reboul dedicaría dos meses, durante el convulso estío de 1789, a la ejecución de nuevas mediciones desde diferentes avistaderos: el 25 de julio en el Aret del Aure, el 29 de julio en el Irré (¿Yerri?) de Chistau, el 6 de agosto en el Quayrat de Oô, el 25 de agosto en el Crabère de Melles y el 9 de septiembre en el Appy de Saint-Barthélémy. Desde este último puntal Reboul afirmó con cierto despiste:

“La vista de las nieves eternas de la Maladeta, de las montañas vecinas del puerto de Oô, anuncian al observador una región completamente distinta de la que está bajo nuestros pies […]. Sin embargo, creo que la duración de las nieves en esta zona viene dada mucho menos por sus altitudes, muy considerables, que por su posición en el centro de la cadena […]. La cordillera me parecía ahora lo suficientemente medida en cuanto a sus altitudes principales, y dudaba que ninguna de sus más destacables se me hubiera escapado”.

Obviamente, el científico no sospechaba que tenía justo delante a toda la corte del verdadero Rey pirenaico. Al menos en algo acertaba: tras estas, sus últimas operaciones en la cordillera francoespañola durante el siglo XVIII, disponía de datos con los que estimar las cotas de una cuarentena de grandes cimas que se desplegaban desde el Anie hasta el Canigó.

Reboul no volvió a pisar los Pirineos en largos años. De regreso a París, ingresó como miembro de la Asamblea Legislativa, desde donde realizó una encendida defensa de sus ideas moderadas. Por ejemplo, en favor del resguardo de esas obras de arte requisadas a la realeza o a la aristocracia que algunos exaltados querían destruir: su decisión de conservar cuantas pudo en el palacio del Louvre haría de nuestro pirineísta uno de los precursores del futuro museo. Rico en enemigos, la llegada del Terror jacobino le forzaría a huir a Barcelona y luego a Génova, para dar tumbos por la Lombardía y el Nuevo Mundo antes de regresar a Francia. Hacia 1809 se hallaba de nuevo en Pézenas tratando de recuperar su salud, un propósito que pareció lograr hacia 1811, después de visitar varios balnearios pirenaicos desde Vernet a Eaux-Chaudes.

Muy repuesto en el año 1916, Reboul decidió retomar sus estudios altimétricos justo donde los había interrumpido veintisiete años atrás. Un tanto sorprendido de que, durante el lapso, nadie hubiera confirmado la identidad de la Cúspide de la cadena… Así, nuestro hombre buscó dos nuevos observatorios cercanos a uno de sus últimos candidatos en firme: ese resalte blanco que destacaba por el extremo oriental del macizo entonces nombrado genéricamente como Malahita.

En su campaña de 1816 por el Luchonnais, el científico subiría al Pouy-Louby en Larboust y a la sierra de Saint-Paul en Oueil, desde donde le aparecieron dos aspirantes más que no había percibido hasta entonces: Perdiguero y Clarabide, unos picos enseguida descartados. Por lo demás, los últimos miradores le permitirían corregir alguna de las cifras antiguas. En agosto de 1816 se percataba del error de bulto cometido con la supuesta hegemonía del Monte Perdido.

El investigador Jean-Paul Grao ha podido rastrear lo sucedido a continuación, buceando en la correspondencia del científico de Pézenas. Sobre todo, entre las cartas dirigidas a uno de los especialistas de la descubierta inicial de la cordillera: cierto botánico de Toulouse llamado Philippe Picot de Lapeyrouse. A quien, por ejemplo, le comentaba en una misiva del 15 de octubre de 1816 que se ocupaba de los Pirineos “mucho más por el placer de aprender de ellos alguna cosa que por el de publicar lo que creo saber”. Sin embargo, mayor importancia que la confidencia anterior tendría esa comunicación del 25 de octubre en la que le informaba del cambio del Techo pirenaico como consecuencia de sus cálculos recientes:

“Tengo la satisfacción de poder aumentar mediante esta nota el resultado de mis observaciones de este año [de 1816], que complementan las de los años precedentes: la superioridad de la Maladeta queda bien establecida, pero lo que no hubiera osado a creer era que la cima occidental de dicha montaña [la hoy Maladeta], la única a la que se habían aproximado observadores como Ramond, Ferrière, Boileau o Cordier, era inferior en 58’20 metros al menos a la de esa cima oriental [el hoy Aneto] a la que De Marsac intentó en vano aproximarse durante este año […]. Es la montaña Reina de los Pirineos”.

Era el fin del reinado del Monte Perdido, tras ostentar la corona durante casi treinta años. A partir de ahora, el Monarca incontestable sería el Aneto. Una nueva carta a Lapeyrouse, esta vez del 2 de enero de 1817, confirmaba los cambios en el Techo de los Montes de Pirene:

“Es la cima oriental de la Maladeta, llamada también pico de Nethou [Aneto], al que le adjudico la medida de 3.466 metros. Para quienes vean la Maladeta desde algo lejos, esta cumbre es la única aparente, y es la que medí desde el Midi, el Quayrat y el Crabère. No fue hasta el año pasado [1816] cuando, habiendo observado a la primera montaña desde el Pouy-Louvy, pude ver, para mi sorpresa, que la cima occidental [la hoy Maladeta], la que tantas veces fue visitada sin que nadie alcanzase su cumbre, era inferior a la otra en al menos 97 metros, lo que llevaría su altitud hasta los 3.369 metros”.

Así y todo, parecía como si a Reboul le diese pereza el aireo de sus nuevas cifras al resto del mundo. Finalmente en 1817 se decidió a llevar un trabajo informativo al Institut. Al menos su prudente tardanza le serviría para conocer las conclusiones del ascenso a la Maladeta de Friedrich Parrot, en el mes de septiembre de aquella misma añada…

Y llegamos por fin a la efeméride anunciada sobre los doscientos años de la declaración pública del Aneto como la montaña más elevada del Pirineo. Habría que situarla en el otoño de 1817, a través de la tirada del texto más antiguo donde se confirmaba la identidad de la Cúspide pirenaica: el “Nivellement des principaux sommets de la chaîne des Pyrénées”, ubicado en el tomo V de los Annales de Chimie et de Physique. Entre sus páginas, Reboul anunciaba que, tras los avistamientos del 14 de agosto de 1816 desde la cima del Pouy-Louvy, había obtenido las coordenadas de un resalte confusamente denominado como “pico Maladetta Oriental, llamado Nethou, en el valle del Ésera, de 3.481 metros”.

Merece la pena extractar algún párrafo más de esta histórica Memoria de Reboul de hace justamente dos siglos:

“Desde hace veinticinco años, el Monte Perdido fue considerado como la cima más alta del Pirineo, y debo confesar que tuve mayor parte que nadie en ese juicio falso que me apresuré a pronunciar en el pic du Midi [de Bigorre], antes de haber recorrido la cadena. El señor [Louis] Ramond, que había observado de cerca las Montañas Malditas, juzgó con motivos que uno de los ángulos observados desde el pic du Midi, y dirigido hacia una montaña desconocida en la alineación del puerto de Oô, se refería a la Maladeta; dedujo de nuestra observación la altitud aproximada de dicho punto, evaluando la distancia en 46.560 metros solamente, en lugar de los 55.484 metros que han indicado las medidas grafológicas.

”Las observaciones que se acaban de leer se han multiplicado y son demasiado concordantes entre sí para dejar duda alguna sobre las altitudes respectivas de las principales cimas. La medida barométrica del señor [Louis] Cordier reduciría en más de 194 metros la altitud de la Maladeta, pero esta medida se refería a la cima occidental de la Maladeta [la actual Maladeta] y no a la oriental [el actual Aneto], que, más alejada hacia el sureste en unos 2.717 metros, y completamente rodeada por hielos inabordables, aún permanece prácticamente ignorada por los observadores. Por otra parte, la evaluación del señor Cordier está fundada en parte en una estimación a ojo, un medio que raramente se puede emplear con justicia en este país de ilusiones”.

Nos despediremos aquí de Henri Reboul, un pionero de nuestro deporte que apenas ha sido reconocido hasta la fecha. Una grave injusticia cometida contra el provenzal que firmó, en su correspondencia privada, frases tan rotundas como esta:

“No se puede amar a medias los Pirineos. Amo un tanto en exceso a estas montañas como para haber alcanzado, como ya he hecho, la edad de la razón”.

Hace ahora doscientos años que se conoció la identidad del Techo pirenaico. Al igual que su nombre de entonces, Nethou, tras algún embrollo con la designación de todo el macizo. Así, puestos a pecar de imaginativo por asignarle trazas antropomórficas a una montaña, vayan desde aquí mis felicitaciones al gran Monarca, nuestro querido pico de Aneto, por la conmemoración de un cumpleaños tan redondo…

  1. Tengo unas ganas enormes de conocer los 23 nombres del Aneto Alberto. ¿Sabes tu si los de los 160 nombres oficiales de Tresmiles Aragoneses han manejado los datos que tu tienes? Me da que no.

    • Hola de nuevo, Adrián…
      Pues a mí también me da que no, pues si conocieran un poco la crónica pirenaica se hubiesen cortado en sus afirmaciones campanudas de presentación de la Lista Soro. Aunque, por mi parte, eso no me importa demasiado: seguiré realizando una “oposición constructiva”, de paso que trato de mostrar el norte a tanto toponimista desorientado como anda suelto por ahí…
      Te veo muy curioso con el tema del Aneto… Venga, que te doy como avance uno de los más exóticos 23 nombres del Aneto que se le censaron hace ya 100 años: en algún libro se trató de que cuajara la denominación de “pico de Benasque” para nuestra cota 3.404 metros. En fin: le pasó lo mismo que le pasará a los más exóticos términos de la Lista Soro, ya verás…
      Más saludos…

  2. ¡Feliz bicentenario!

    Desde hace unos meses tengo problemas para escribir comentarios, incluso para entrar directamente al blog desde la página de Desnivel (lo consigo vía buscador). Todavía no sé si es un problema particular o de la web de Desnivel.

  3. No sabes cuanto me ha gustado que celebraras el cumple doscientos del “Rey Aneto” Alberto. ¿De veras que no habrá una tercera parte?

    • Mis disculpas, amigos, que estaba fuera…

      Epa, Xavi… Yo imagino más bien a los toponimistas gubernamentales del todo sosegados y tranquilitos, arrimados como andan a la sombra del Poder, calentitos por cuenta de los Presupuestos de la Comunidad Aragonesa… Así, tan ricamente, disfrutando de las vistas desde el Pignatelli… Por el momento…

      Hola, Luis… No, no creo que la Lista Soro cuaje de ningún modo… Ha nacido muerta y, salvo quienes dependan para lo que sea de las partidas presupuestarias del Gobierno de Aragón, dudo que nadie utilice sus pintorescos/imaginativos nombres… Y eso podría ser así hasta el próximo cambio de gobierno, claro… Entre tanto, seguiré tratando de orientar a los más desnortados en las cosas estas de los nombres de los tresmiles oscenses…

      Hey, Adrián… Pues, ahora que lo dices: sí, sí que podría estirar una tercera entrada para viajar un poco más junto a Henri Reboul… Pero dejo eso ya para el año que viene, que el siguiente asunto también te gustará… Va sobre una campaña toponímica emprendida (seria) en 1927 por un vicepresidente de Montañeros de Aragón a lo largo y ancho del Macizo Calcáreo… Todo sea por instruir a los sabios-lingüistas autóctonos…

  4. Entretanto esperan que la cosa cuele y se enquiste en todos los mapas ya lo veras Alberto.

  5. Ya veo, Alberto… Como dice el exmagistrado Elpidio Silva: “Al amigo, el favor”… De cualquier modo, esperemos que al “enemigo” no se le aplique a saber qué interpretación “perversa”de la Ley, pues es así como funcionan las cosas ahora mismo…

  6. Fantástico este “duetto”, Alberto… Me da que no soy el único que esperará ansioso esa nueva entrada sobre el Monarca del Pirineo… Seguro que arrojará mucha luz sobre el asunto de los “nuevos” nombres del Aneto, que buena falta hace… Es importante conocer la historia…

    • Hey, Xavi…
      Resulta curioso que hagas alusión a lo de “arrojar luz” en cuanto a lo de los “nuevos nombres” que les han encasquetado a los tresmiles pirenaicos.
      Pasan los meses y por parte de esos sabios toponímicos tan gubernamentales nadie dice ni pío, haciendo buenas las peores suposiciones: al parecer, se han repartido el Pirineo por sectores, dando parcelitas a tres o cuatro señores, todo lo más, que andaban bastante perdidos en asuntos “tresmileros”, cada uno de los cuales ha hecho lo que ha querido en la suya… Unas veces se ha recurrido a Mallada, pero otras no, al gusto del caballero en cuestión… En cierto caso se ha traducido un topónimo a cualquiera sabe qué fabla, aunque ese nombre no se hubiera escuchado jamás; en otro, se ha inventado directamente la palabreja, según el albedrío del individuo al que le asignaron el macizo de marras… Luego, todos han debido de dar por bueno los inventos de sus compañeros de Comisión, que para eso eran colegas… ¿Así ha sucedido? ¿Se sabrá con certeza algún día…? Porque las tinieblas más densas y oscuras siguen flotando sobre todo este lamentable asunto, que desprende el aromilla de los complots de los Illuminati del siglo XVIII… Más saludos, en tanto llega esa luz, que llegará…

  7. Ni que decir tiene, este “duetto” de entradas que aquí remato parece reclamar alguna otra que aborde la toponimia del Aneto, la montaña a la que censaron 23 nombres hacia 1917, cuando se cumplieron los primeros 100 años de su “coronación” por Henri Reboul… Hoy en día, como bien saben quienes están al tanto de las andanzas de la “Comisión Asesora de Toponimia”, le han colgado alguna más, yo diría que de procedencia muy dudosa y futuro bastante gris…

Los comentarios están cerrados.