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Primicia en el Turbón

Nuestra montaña está de moda en este mes. Sin duda que cierto reportaje reciente animará a conocer mejor el mágico Turbón… Porque lo cierto es que, a pesar de su aspecto vistoso, el gran mojón de la Ribagorza es uno de los grandes desconocidos de esta tierra.

Nada hay como zambullirse entre los viejos textos de otros siglos para saber algo nuevo de una cumbre pirenaica. Aunque lleguen firmados por montañeros que cometieron la grave falta de no haber nacido en Aragón. Es decir: cuando los turistas locales preferían quedarse en casa, tan calentitos, en lugar de pasar privaciones en los recorridos por alguna zona poco divulgada y, seguido, explicar al público sus maravillas. Y si esto último lo hicieron en catalán o en francés, yo al menos les perdono de todo corazón.

Se podría curiosear un poco entre esas crónicas de Cels Gomis editadas en 1889 donde narraba su periplo de los meses de enero y mayo de 1882… A destacar los dichos populares que recopilara, reconociéndole al inmenso peñón calcáreo su papel como “termómetro y barómetro” de los pueblos de las cercanías. A saber:

“Nieve en Turbón, ponte el capotón.

Nube en Turbón, agua en Aragón”.

Además, los viajeros foráneos de antaño llegaron a tiempo de rescatar del olvido ciertos topónimos que escucharon en boca de los montañeses. Para servirlos, como ya he denunciado, en las pecaminosas lenguas catalana y francesa:

“Al este se alza la imponente masa del Turbón, con fama de que allí se reunían las brujas, fama a la que debe su nombre de Torre de las Bruixas con la que todavía hoy es conocido”.

Eran aquellas gentes inquietas que incluso nos transmitían toda suerte de noticias recogidas en las tertulias de los pueblos donde se alojaban. Así, el mismo Gomis informaba de la existencia de cierto manantial en la vertiente norteña con extrañas características:

“Según los habitantes del país, en esta montaña, al sur del pueblo de San Feliú [de Veri] se halla una fuente cuyas aguas tienen la propiedad de disolver la carne muerta”.

Cambio de cronista. En esta ocasión dejaré un tanto de lado los temas antropológicos para atender los aspectos más montañeros. Porque hasta la gran cima ribagorzana, muy parca en ascensiones confirmadas durante la segunda mitad del siglo XIX, acudió uno de esos viajeros del norte que penetraban en tierras aragonesas a golpe de calcetín, para luego retratarlas magníficamente a través de artículos, dibujos y fotografías.

Maurice Gourdon avistó por vez primera al coloso de 2.492 metros desde el vecino Gallinero durante su visita del mes de mayo de 1876. Por aquel entonces, los turistas galos apenas se internaban hacia el sur más allá de Eriste. Decidido a abrir rutas nuevas, este natural de Nantes contrató en la primavera de 1888 a dos guías instalados en Luchon: Raphaël/Rafael Angusto y su hijo, Jean/Juan. El primero de ellos había nacido en La Puebla de Castro y estaba casado con una natural de Sahún. En fin: los viejos vínculos entre pirenaicos a un lado y otro de la frontera, tema este que se empecinan en no comprender ciertos toponimistas actuales…

El objetivo de Gourdon no era otro que explorar durante varias jornadas “El entorno del Turbón”…, que tal sería el título del artículo primigenio que firmó, pasada su aventura, un 20 de marzo de 1889. A poder ser, escapando del calor que, para un visitante llegado desde septentrión, reinaba en Aragón durante el verano. Sobre los famosos “campos interminables de la sed”…

Nuestro trío salía de Luchon un 22 de mayo de 1888. Tras recorrer con calma el eje del Ésera, dos días después ingresaban en su terreno de operaciones. Pronto avistaron los pilares que velaban sobre dicho curso de agua:

“¿Qué os diré de Campo? De esa villa de quinientas a seiscientas almas, fuera de su pintoresquismo a la vera del Ésera, a la vista de los grandes macizos del Cotiella y del Turbón…”.

En efecto: Gourdon llegaba con deseos de subir a esta última cumbre por su vertiente oriental, ya fuese por Padarniu o por Egea. No iba a ser así, pues el proyecto quedaría desbaratado ya por el cansancio, ya por el mal tiempo. En sus idas y venidas por el sector meridional del objetivo, el montañero no dejó de recolectar esos topónimos que luego anotaba en su cuaderno de viaje: “Barranco de la Torcida, las alturas de El Caduerco, Las Villas de Turbón…”. Nuestro pirineísta registró denominaciones muy interesantes que, por haber caído en cierto desuso, han desaparecido hoy de los mapas:

“Situado en la base de los últimos resaltes meridionales del Turbón, a los cuales se ha dado el nombre característico de El Frontón, Serrate ocupa una posición bastante singular”.

Ni que decir tiene, la pequeña expedición se relacionó ampliamente con los naturales de la zona. Quienes, con toda lógica, conocían bien tanto la montaña como sus atalayas circundantes. No extraña, pues, que el foráneo recibiera esta excelente recomendación en el “bueno pero muy caro” hostal de Ricarte en Campo:

“Al día siguiente fue de descanso y fui a disfrutarlo con la subida al Cervín. Situado al noreste de Campo, era el punto culminante de la cadena del mismo nombre, el Cervín o tozal de Cervín (1.690 metros) en nada se parecía a su gran hermano, la altura principal de los Alpes suizos. Aquí, nada de conquistas, nada de precipicios: solo una montaña bonachona de vertientes en parte vestidas de musgo y tachonadas con algún que otro grupo de árboles, de acceso extremadamente fácil. El señor Ricarte me había animado vivamente a realizar dicha excursión antes de subir al Turbón para disfrutar desde allí arriba del magnífico punto de vista que se domina sobre dicho macizo y el del Cotiella, entre los cuales está el tozal de Cervín”.

Los textos de Maurice Gourdon que aparecen en la bibliografía al final son ricos en detalles sobre sus relaciones con los campesinos de la Ribagorza. Por ejemplo, en Egea pudo participar en una fiesta nocturna de cuyo baile extrajo la siguiente copla:

“Son tus ojos, hermosa,

fieros arpones

que con mirar traspasan

los corazones.

Miraste el mío,

y desde aquel instante

por ti deliro”.

Pero volvamos al terreno montaraz… El Turbón, un resalte de accesos fáciles, era aprovechado desde antiguo por el hombre por sus pastos y bosques. La cima debió de acoger sus curioseos desde mucho antes de la arribada de los pirineístas. Sin embargo, Gourdon solo tenía noticia de las ascensiones previas de los cartógrafos hispanos y, “seis o siete años atrás”, de su colega Franz Schrader. De tener éxito, la suya podría ser toda una primicia divulgativa.

Su consiguiente tanteo desde Egea fue desbaratado por la lluvia, que cayó de forma intermitente durante tres jornadas. Tras buscar fósiles por el valle de Bardagí, nuestro nantés decidió cambiar a la vertiente norte del macizo a través del puerto de La Muria. Aquí cederemos la palabra a Maurice Gourdon para que nos detalle sus vivencias del 28 y 29 de mayo de 1888:

“Media hora de suaves subidas por campos, prados y campo atraviesa, nos conduce hasta San Feliú [de Veri], población en la que por indicación de Esteban acudimos para solicitar alojamiento en la Casa de Paillás. En esos momentos solo estaban en la vivienda las mujeres, quienes nos recibieron bien y con no menos amabilidad. Eran justo las 16:00 h, y ya se preocupaban por lo que nos darían para cenar. Es verdad que en España la preparación de la comida resulta, las más de las veces, un asunto de estado al cual se procede con una lentitud desesperante, y ninguna dueña de casa alguna, por pronto que se ponga, suele emplear menos de dos horas, poco más o menos, o en una hora si está lista, en servirnos al cabo de ese tiempo unas patatas, pan negro y jamón. Tenía, pues, tiempo de sobra para irme a pasear […].

“Por la tarde, tomando el té y fumando algunos cigarrillos con el señor Paillás, hablamos de la montaña; del Turbón, principalmente. La idea de que queríamos subirlo sin un guía local le pareció tan extraordinaria que hizo todo cuanto pudo para que desistiéramos. Pero sus observaciones no tuvieron el menor éxito para hacerme cambiar de idea…

”Para demostrarme las dificultades de la ascensión, mis patrones me anunciaron al final que iba a exponerme a un fracaso seguro, que no se subía hasta el Pilaret del Turbón sino a caballo o con un mulo, y con un buen guía para aguantar la brida de la cabalgadura. Este último argumento, que les pareció decisivo, no dio como resultado sino el provocarnos, tanto a mis guías como a mí, unas ganas de reír formidables. Solo el temor de ofender a esas buenas gentes hizo que nos contuviéramos. Me contenté con decirles que haría la excursión al día siguiente y que iría a dormir aquella misma atardecida a Bisaurri o a Castejón de Sos.

”Se hacía tarde y, como pensaba marchar antes de que terminara el día, di las buenas noches a la familia y nos fuimos a dormir. La cama era excelente y estaba limpia, de manera que pasé la noche durmiendo de un tirón hasta las 2:30 h. Levantarme y correr hasta la ventana fue cuestión de segundos. El cielo, sin una sola nube en aquellos momentos, tenía un color bermellón fuerte, semejante al resplandor de una aurora boreal en la que tintineasen millones de estrellas. Mala señal: antes del anochecer, lluvia segura. Marchemos, marchemos deprisa, o el Turbón también escapará esta vez […].

”Salí, pues, solo con Jean [pues su padre, Raphaël, se encontraba mal], a las 3:10 h, sin atender a las predicciones del patrón, que de todas formas quería que su hijo nos acompañase. Tal insistencia, que me había sorprendido muchísimo y cuya causa no podía adivinar, me fue explicada más tarde, en Benasque. Según parece, la comarca de La Muria y de Las Paúles no goza de ninguna buena fama y, para nuestra seguridad, el señor Paillás quería darnos un guía local, al menos para salvar las apariencias. En efecto: habría sido facilísimo, en mitad de la noche, atacar de improviso a dos hombres desarmados, pero, ¿quién podía saber por aquellos lugares que estaríamos en marcha a unas horas tan tempranas, y la dirección que habíamos de tomar? Por lo demás, no encontramos ni un alma.

”En treinta minutos nos allegamos al barranco de Gabás, que pasamos igualmente por la tarde. Aquí comenzaba la ascensión, de unos mil doscientos metros de subida. Dejando al oeste la vereda más amplia del puerto de La Muria, fuimos a tomar otra más al este y directa, si bien muy mal trazada entre medio de los matorrales de boj. Afortunadamente llegaba el alba, y en el momento en que teníamos que arrojarnos casi a la aventura entre los espesos bosques de hayas, comenzó a despuntar el día. Hacía una hora y veinte minutos que habíamos salido de San Feliú [de Veri], cuando entramos en el resalte cubierto de musgo que cercaba por el norte la Coma de San Adrián. Jean, mientras caminaba, fue recogiendo un enorme faz de leña seca, con el que contaba encender un fuego en lo más alto para que lo vieran desde San Feliú [de Veri] y desde Campo: He aquí el medio –me dijo–, de probar a esos españoles incrédulos que dos franceses han realizado solos y sin su auxilio un paseo hasta el Pilaret del Turbón.

”Efectivamente: pocas montañas de semejante altitud son de tan fácil acceso por el costado norte como el camino mulero del pico: el valle de San Adrián se extiende por delante de nosotros en dirección sur, abriendo en el mismo centro del macizo una honda entalladura semicircular cuya pintoresca entrada contemplaremos más allá de Esterrún. En menos de un cuarto de hora estamos a la vera del torrente, dominados completamente por unas paredes calcáreas abruptas y desnudas. Todavía vimos algunos árboles en las laderas de la izquierda del barranco, aferrados a las escabrosidades y rendijas de las rocas […]. Al oeste se alzaban gradualmente unas murallas grises y resquebrajadas, casi accesibles por todos los lugares, que formaban el largo cordal en cuyo centro se alzaba la torre de piedras construida como señal geodésica de primer orden por los ingenieros topógrafos españoles […].

”En la orilla izquierda del riachuelo se encuentran las ruinas de la capillita que se alzó al santo protector del valle [San Adrián], pero el santuario se había desmoronado y solo quedaba de él su nombre. Desde este lugar se ascendía de forma prolongada hacia el sur por una bonita pendiente de nieve. Los nubarrones a los que habíamos prestado poca atención invadían paulatinamente el horizonte por la parte de los Montes Malditos; así pues, era preciso apresurarse para tomarles la delantera, y por eso mismo enfilamos rápidamente la nieve hacia arriba, de tal manera que en tres cuartos de hora llegamos a la extremidad superior de la Coma de San Adrián (2.275 metros). Girando entonces hacia el norte unos trescientos metros, se ganaba el Pilaret del Turbón (2.492 metros). La ascensión estaba hecha; al final del valle, y sin habernos costado apenas, digamos la verdad, alcanzamos el famoso pico, al que llegamos en no más de tres horas y cinco minutos de marcha efectiva, casi podría decirse de paseo desde San Feliú [de Veri], más que suficientes para conquistar la cima.

”Apilamos cerca de la torre de piedras planas algunas matas de Festuca eskia, todavía humedecidas por la nieve, que Jean encendió, subiendo al cielo una amplia humareda en espiral. Podíamos estar satisfechos, y desde San Feliú [de Veri] podrían convencerse de nuestra presencia aquí arriba, sobre una de las balconadas más fáciles y hermosas de Aragón.

”¿Qué decir, en efecto, de esas vistas inmensas, tan alabadas, realmente más alabadas que contempladas, al menos por los franceses, y que el aislamiento de la montaña explica por sí solo de sobra? Alzábase de un solo golpe, desde el fondo de los valles vecinos que lo rodean como un profundo foso, el enorme macizo del Turbón, que adopta con bastante exactitud la forma de un gigantesco prisma romboidal recto asentado sobre su base, estructura a la cual no debe de ser extraña la misma naturaleza de la roca que constituye, de forma muy similar, al Cotiella. Es el último término de la serie de montañas que desde el pico de Aneto (3.404 metros) se escalonan majestuosamente hasta las pequeñas serranías de Aragón. Después, hacia el sur, todo se hunde y se abate súbitamente unos mil metros, para continuar todavía menguante de sierra en sierra hasta las llanuras…”.

Aquí acortaremos la entusiasmada enumeración gourdoniana del resto de panoramas, “de los múltiples cordales” como eran “Guara, Alcubierre, Oroel, Santa Marina, y tantas y tantas más”. Era ésta una de las características del Turbón que más clientela le iba a procurar en el futuro. Las magníficas vistas circulares que favorecía su altitud y aislamiento:

“Y, no lejos de nosotros, el Cotiella, los Posets (cuya cima está cubierta), los picos de Eriste, la sierra de Chía, el Gallinero, el Basibé (que tapa en parte los Montes Malditos), el Perdiguero, el Maupas, el Montsech y los innumerables picos de Cataluña.

”Pero el tiempo pasa deprisa, más deprisa aún en esos maravillosos observatorios de la naturaleza; hace ya una hora que me entretengo aquí en lo alto con toda clase de divertimentos, recogiendo plantas raras, buscando inútilmente fulguritas, admirando siempre el panorama y soñando despierto en mil cosas a la vez. ¿Quién es, efectivamente, el excursionista que, al encontrarse en una de estas regiones tan quietas y silenciosas, no ha experimentado tales impresiones u otras comparables? […].

”Dibujando el Pilaret del Turbón, coloqué entre dos piedras una tarjeta mía con el nombre de mi compañero y tomé una muestra de las rocas de la cima: todo eso fue cosa de pocos momentos, y comenzamos la bajada. No voy a describirla, ya que seguimos sin incidente alguno el mismo itinerario que de subida. Hicimos unos veinte minutos de alto junto a la capilla de San Adrián para tomar un croquis de las rocas de la Forada, y a las 14:00 h, encantado de mi excursión, volvía a entrar en San Feliú [de Veri] (después de unas siete horas de marcha, ida y vuelta, incluyendo las paradas)”.

Nuestros pirineístas celebraron esta primicia turística con su anfitrión Paillás, quien sacó la acostumbrada botella de rancio… Los tres exploradores saldrían hacia Bisaurri, antes de regresar por el puerto de Benasque al Luchonnais. Dejándonos a todos nosotros, los sucesores en su fascinación por las atalayas elevadas de la Ribagorza, una herencia escrita que no deberíamos olvidar. Así resumía Gourdon estas actividades de recopilación en 1939:

“Subí [desde San Feliú de Veri] tranquilamente por el curioso barranco de San Adrián hasta la cima, y apoyado a la torre de triangulación (el Pilaret) no podía dejar de admirar el espléndido panorama circular que se nos ofrecía. Bien fácil y corta ascensión […]. Fue un soberbio recorrido de una decena de días por las montañas del Alto Aragón del que traje una abundante recolecta de notas, observaciones y croquis”.

Sirvan, pues, estas líneas como modesto homenaje a los visitantes de otros siglos que, llegados desde el norte o desde el este, se empeñaron en conocer a fondo las montañas oscenses para, seguidamente, transmitirnos sus rutas, bellezas, curiosidades, costumbres, topónimos… Dado que los urbanitas locales del siglo XIX no ponían demasiado empeño en esta tarea divulgativa.

  1. Excelente texto, Alberto. Lamento reconocer mi completo desconocimiento sobre el tema (solo sé que no sé nada).

    • Pues eso ya es saber algo, José… De todas formas, esperaremos con paciencia a que, en un futuro cercano, aparezca publicado tu trabajo sobre las Marmoleras del Infierno… O eras Marmolarés deros Infiernés, como se deben de decir ahora (que no estoy seguro), según nuestros toponimistas gubernamentales…

  2. ¿De verdad me dices que nadie había reparado en esta primicia de 1888? ¿Entonces la gente que escribe sobre el Turbón que escribe? ¿Y esos nombres viejos que nadie ha metido en los mapas tú los metías?

  3. Guaka, Alberto…
    ¿De dónde sacas estos textos tan, tan, tan…? Es lo que estaba a punto de preguntarte cuando he visto la relación de referencias bibliográficas…
    Y qué decir de su utilidad para rescatar topónimos del olvido, estas crónicas valen su peso en oro… Cualquier “experto” que se precie debería servirse de ellas… Aunque claro, para ello tendría que encontrarlas…
    Por cierto, ya tengo ganas de pillar ese reportaje reciente del Turbón de El Mundo de los Pirineos…

    • Hola de nuevo, Xavi y Luis…
      Mis disculpas, que ha habido cambios en la página de desnivel.com y no ha estado activa estos días…
      La verdad es que vivimos una especie de “edad de oro” del pirineísmo, en cuanto a los accesos a datos “nuevos”. Antes era preciso acudir, por ejemplo, a bibliotecas buenas como la del Museo Pirenaico de Lourdes, o contar con “corresponsales” que, adscritos a tal o cual Club, recordaran haber leído en algún texto de su tierra algo relacionado con lo que buscabas. ¡Anda que no he dado la tabarra, en ese sentido, a Antxon Iturriza, Enric Faura, Juanjo Zorrilla, Silvio Trévisan, Gérard Raynaud, Florian Jacqueminet y largo etcétera! Ahora, sin acosar a tus amistades, puedes hallar verdaderas joyas un poco por todo, en internet, pues se ha desatado, por fortuna, toda una fiebre de digitalización. Otra cosa es que ciertos “expertos” pasen de estos rastreos y opten por la inventiva propia, claro: yo les recomendaría el abandono de cualquier Comisión gubernamental, para dirigirse directamente al Premio Desnivel de Literatura, donde les veo un futuro magnífico…
      En cuanto a lo de insertar “nuevos nombres viejos” en los mapas, pues no, no soy demasiado partidario: para las curiosidades están los blogs, desde donde se puede informar a los interesados por tal o cual zona de sus variedades toponímicas. Si luego resulta que, con el paso del tiempo, el nombre se asienta, pues ya es otra cosa. Solo en casos muy diferentes metería la doble designación: pico Schrader-Bachimala, por ejemplo, que son los nombres más usuales, dejando que otras denominaciones antiguas y en desuso como Pétard, queden en los textos especializados.
      Hasta otra (espero que ya sin problemas), amigos…

      • Un comentario más. Me acabo de dar cuenta de que, debido a los cambios en la página, mi texto había terminado sin justificar por la derecha y sin cursivas. Esto último, un tema importante, pues las había empleado para darle un evidente toque irónico a términos como “grave falta”, “perdono”, “denunciado” o “pecaminosas lenguas”. Espero que nadie se haya confundido…

  4. Las aventuras de Maurice Gordon por tierras ribagorzanas se pueden leer aquí en extenso:
    GOURDON, Maurice, “Entorn del Turbon, Aragó, maig de 1888”, en: Butlletí de la Associació d’Excursions Catalana, 127-132, 1889.
    GOURDON, Maurice, Entorn del Turbon, Aragó, maig de 1888, Barcelona, 1889.
    GOURDON, Maurice, “Autour du Turbon (Aragón), mai 1888”, en: Bulletin de la Société Ramond, 93-140, 1890.
    GOURDON, Maurice, Autour du Turbon (Aragón), mai 1888, Bagnères-de-Bigorre, 1890.
    GOURDON, Maurice, “De Luchon à Ejea, Aragon, et retour”, en: Luchon Thermal, 30 de mayo de 1890 al 28 de agosto de 1890, y del 1 de noviembre de 1890 al 1 de enero de 1891.
    GOURDON, Maurice, De Luchon à Ejea, 1891.
    GOURDON, Maurice, “D’Ejea (Aragon) à Luchon par le Turbon (2.492 mètres), mai 1888”, en: Luchon Thermal, 1891.
    RITTER, Jean, Le pyrénéisme aux Pyrénées centrales. Maurice Gourdon (1847-1941), Louveciennes, Montréjeau, 2008.

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