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La montaña y el arte

Eduardo Martínez de Pisón tiene un nuevo libro. Y lo presenta mañana, miércoles 22 de noviembre, a las 19:00 h en la Librería Desnivel de la plaza Matute en Madrid. Se trata, como muchos saben, de La montaña y el arte. Miradas desde la pintura, la música y la literatura (Fórcola, 2017). Todo un hito en la literatura de nuestra tribu, ya lo veréis.

No bien apareció por las librerías, hacia mediados del mes pasado, me hice con un ejemplar. Os puedo asegurar que esta obra de nuestro querido profesor no defrauda. Se muestra perfectamente acorde con su declaración de intenciones: “El libro es un homenaje a estas otras montañas, a aquello que tantos años ha sido, para quien ha escrito estas páginas, el complemento de gozo del monte libre, magnífico y solitario”.

Mi reseña del referido título apareció en el último Boletín Digital de Montañeros de Aragón (noviembre-diciembre de 2017), nuestro Club común. A pesar de mis tentaciones de auto plagiarme, recurriré a un texto diferente para presentar el libro recién llegado. De esta manera tan acertada lo promocionaban sus editores:

“Tras una prolija carrera profesional y vital dedicada a la geografía y a la montaña, Eduardo Martínez de Pisón aborda en estas páginas el reto de reivindicar el valor no solo estético sino cultural de la montaña. Fruto de numerosos viajes, cientos de lecturas y meditaciones de caminante solitario, este libro tan personal –sin dejar de ser enciclopédico, erudito y ameno– pretende rescatar y hacer disfrutar de las imágenes, tan verdaderas y propias del mismo paisaje, que infinidad de artistas –pintores, músicos o escritores sobresalientes en la historia del arte–, han sido capaces de producir con sus obras a partir de su contacto con la montaña, tras penetrar en su sentido. Para este veterano geógrafo, montañero y ensayista, el arte del paisaje y la montaña es parte de la exploración geográfica: la montaña es un todo geográfico y cultural donde su vertiente artística es especialmente reveladora y magnífica. El Mont Blanc y los Alpes, el Everest y el Himalaya, o nuestros más cercanos Pirineos o Sierra de Guadarrama, durante siglos han captado la atención de generaciones de artistas: pintores como Patinir, Lorena, Caspar Wolf, Turner, Caspar D. Friedrich, Viollet-le-Duc, Loppé, Samivel, Schrader, Whymper, Martín Rico o Carlos de Haes; músicos como Schubert, Liszt, Wagner, o Richard Strauss; o escritores como Dante, Petrarca, Goethe, Victor Hugo, Georges Sand, Pivert de Senancour, Thoreau, Unamuno o Buzzati. Todos ellos, fascinados por la belleza las montañas, la han devuelto con creces mediante sus obras, reflejo de su sensibilidad, su capacidad y gusto, y producto de su maestría para lograr transmitir esa belleza mediante la aplicación de su arte. La geografía de la montaña culmina así en su imagen y expresión artística, y el arte se conforma en parte sustancial de los paisajes geográficos. Maestro de geógrafos, montañeros y alpinistas, Martínez de Pisón nos ofrece un hermoso e insustituible panorama de la montaña nacido del mundo cultural.

”Eduardo Martínez de Pisón (Valladolid, 1937) es Catedrático Emérito de Geografía de la Universidad Autónoma de Madrid, geógrafo, escritor y montañero. Es especialista en Geografía Física, campo en el que ha realizado la mayor parte de su investigación, publicaciones y docencia. Director del Instituto del Paisaje de la Fundación Duques de Soria, tiene más de 500 publicaciones de geografía, ha escrito además libros literarios y de divulgación de viajes y geografía, y ha participado como asesor geográfico de documentales de TV en el Ártico, el Sahara, el desierto de Gobi, montañas de Asia Central, Ruta de la Seda, Karakórum, Himalaya y el Tíbet. En Fórcola ha publicado El largo hilo de seda (2011); Imagen del paisaje (2012); y La Tierra de Jules Verne (2014); y ha prologado nuestras ediciones de las novelas de Jules Verne Claudius Bombarnac (2013) y César Cascabel (2015)”.

A nuestro colectivo montañero gustará, de forma muy especial, el capítulo quinto del novel libro, destinado a “nuestras montañas”. Los textos que Eduardo sirve aquí son de los que hacen pensar, de los que envuelven las actividades por las regiones altas del orbe en un halo prodigioso que no siempre tenemos en cuenta. Pondré un ejemplo a través de cierto párrafo con uno de sus análisis sobre este deporte:

“El montañismo necesita de la montaña, de la naturaleza perdida en altitud, para poder constituirse, no vale cualquier lugar o apartamiento, sino el suyo propio, y éste no es cualquier cosa: es el sitio de la belleza del paisaje y también del riesgo y el esfuerzo. La calidad del medio es sustancial al montañismo. Y también la calidad del medio es sustancial al montañismo. Y también la calidad de la acción en él. Pero ésta lleva a que la dificultad y la adversidad, propias de este medio, sean un ingrediente normal a la actividad montañera. Para superarlas, el juego puede convertirse con facilidad en lucha, de modo que ésta es un componente normal del internamiento y de la ascensión en la montaña, y es entonces cuando la experiencia pasa a ser una vivencia existencial intensa, cuando la acción puede llegar a épica y cuando el ejercicio del alpinista puede tocar la grandiosidad”.

Voy a permanecer un poco más en estos reinos de la literatura montaraz. Porque el repaso que Eduardo realiza de nuestras letras resulta tan ameno como esclarecedor. Y, como toda buena obra que se precie, proporciona al final un índice donde localizaremos a algunos de los protagonistas indirectos de La montaña y el arte. Curioso de mí, acudí rápido al listado para dar un repaso a los apellidos de mi tierra que citaba: Esteban Anía, Luz Gabás, Marta Iturralde, Fernando Martínez de Baños, Jorge Mayoral, Antonio Merino, Carlos Mur de Víu, Severino Pallaruelo, Sergio Sánchez Lanaspa, Antonio González Sicilia, Eduardo Viñuales… Bueno, y algún que otro caballerete más. Quien, por afecto hacia la editorial que acoge a Martínez de Pisón en la Librería de la plaza Matutes, que no por vanidad, reproducirá (un tanto colorado de cara y más que agradecido) cierta reseña sobre una ficción de hace casi diez años:

“Entre los autores montañeros activos tenemos que destacar a Alberto Martínez Embid, ya mencionado, no solo por su reconocida erudición pirineísta, sino, en este caso, por sus novelas de marco pirenaico. Elijo una de ellas, En tierra de lobos, de [Ediciones Desnivel de] 2008, ya que se trata de una inmediatamente futura nueva glaciación pirenaica, desencadenada por las turbulencias y carambolas del cambio climático. Y ya se sabe mi permanente afición a las glaciaciones (más bien a las pasadas y presentes).

”Se sitúa esta obra futurista en Jaca y sus alrededores, sacados del congelador, convertido el valle del Aragón en un paisaje ártico y la peña Oroel en un gigantesco carámbano, llegando la expedición de sus personajes hasta el túnel ferroviario de Canfranc. La novela trata con humor distintos personajes –ecologistas, reporteros, guardias de fronteras, guardas del Parque Internacional del Pirineo (¡ya logrado!), cazadores furtivos, contrabandistas, guías, peregrinos y algunos entes más, envueltos todos en la nieve, el frío y los lobos– y parodia claras tendencias actuales en el mundo de la montaña, como el cosmopolitismo, la artificialidad o la codicia, en un territorio bien conocido y hasta sustanciado por un descarrilamiento del polémico tren canfranero.

”Tiene el relato un ritmo frenético, pura aventura, que podría ser sin dificultad el guión de una película de acción con escenarios espléndidos, con lenguaje crudo, muy al gusto de hoy en día, y ambiente a la última. Los tipos descritos en la montaña, en lo que queda de la montaña, aislados entre los hielos, son desgarrados, marginales, violentos, cariñosos y desamparados, con tecnologías de vanguardia y los vicios y virtudes de siempre. Los lobos…, menos lobos de lo que se dice. Al final, guardas, furtivos y contrabandistas se lían a tiros aunque, todavía más al final, los que sobreviven acabarán arreglados. En las antiguas glaciaciones del valle del Aragón, las lenguas de hielo llegaron hasta Castiello de Jaca; esta novela intuye el retorno geológico de un paisaje sin concesiones y la implantación de una sociedad descastada por un Pirineo que ya no tiene recuerdos”.

Perfecto; he aprovechado la coyuntura para promocionar una de mis novelas. Amoral de mí, seguiré arrimando el ascua a la sardina en ese asunto que tantas líneas está haciéndome redactar desde hace medio año: la toponimia impuesta a los tresmiles de Aragón. Desde su libro sobre El arte y las montañas, Eduardo Martínez de Pisón nos comentaba esto con no poco acierto:

“Una vieja denominación de cumbres pirenaicas remite a mitos borrosos de dolor y castigo. Las Tres Sorores, las tres hermanas, es el nombre de un macizo pirenaico aragonés, de grandes pliegues calcáreos, en el cual destaca la cumbre de Monte Perdido, de 3.355 metros, formando la soror o hermana del centro, al parecer petrificada según una leyenda muy antigua; desde Aragón es fácil percibir el grupo rocoso o nevado, pero no se distinguían antaño las diferentes cimas con nombres propios, sino su conjunto […]. Pero eran los franceses los que hablaban del Mont Perdu, casi oculto para ellos, y tardíamente los pirineístas bautizaron los otros dos picos de las sorores con nombres ilustrados.

”Actualmente existe, en cambio, una reacción localista en las denominaciones de los picos de nuestra vertiente, casi un arrebato de casticismo toponímico, insuficientemente atento al recomendable rigor en memoria geográfica. Como tal rapto afecta a estas tres cimas en mapas y escritos recientes, mantenemos Las Tres Sorores como la forma tradicional extendida, asentada en los mapas y escritos fundamentales, y por lo tanto correcta, de llamar en Aragón al macizo de Monte Perdido y en nuestra cultura, sin que sea necesario perder con ello los nombres pirineístas consagrados internacionalmente”.

Más claro, agua. Pero despido ya esta especie de crónica multi promocional, recordando que mañana miércoles, a las 19:00 h, hay una cita en la Librería Desnivel con Eduardo Martínez de Pisón. Tan buen escritor como conferenciante. Allí conversará con los presentes sobre su última obra: La montaña y el arte. Un texto que pronto será clásico y que pide ser leído atentamente, desde la cita de apertura hasta su emotivo epílogo, con el propósito de que escuchemos “el tranquilo latir del corazón de la tierra”…

  1. Conocí personalmente a Martínez de Pisón cuando la CAI publicó su libro “Relieves del Alto Pirineo Aragonés”, obra que, por cierto, he consultado en múltiples ocasiones, últimamente en relación con mis queridas marmoleras del Infierno. Ciertamente, se agradece la presencia de autores con criterio y de peso en el panorama montañero (eso también va por ti, Alberto). Un saludo.

    • Muchísimas gracias, Xavi… Pero que conste que no somos parientes, aunque tenga trato con su familia de Zaragoza. Ahora en serio: ya verás que pasada de libro, reserva los sombrerazos para su autor. Más saludos…

  2. Eso es: “que escuchemos el tranquilo latir del corazón de la Tierra” pero lejos de “los arrebatos de casticismos toponímicos”. Bien por Martinez de Pisón.

    • Hola de nuevo, Luis y Makako…
      Muchas gracias por ejercer como voluntariosos representantes literarios: ya os mandaré un jamón (de Teruel) por navidad…
      Fuera de bromas, cuando leí las alusiones “lobunas” de Eduardo, me quedé de piedra… Una cosa así, una reseña tan amable por parte de toda una personalidad de nuestro deporte, que yo recuerde, solo me pasó con la que me enviaron los igualmente benévolos Jean y Pierre Ravier con la novela de “El monstruo de Artouste”, también de Desnivel… Aunque esta última no la aireé, desde luego…
      Más saludos cordiales… Y, si podéis, “pillad” el último texto de Martínez de Pisón, “La montaña y el arte”…

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