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La toponimia del Macizo Calcáreo en 1927

Hace una veintena de años que comencé a recopilar textos con vistas a la redacción de lo que sería mi primer libro: La brecha de Rolando (Desnivel, 2000). Un trabajo que, aunque resulte poco elegante decirlo, no ha capeado mal el paso de las hojas del calendario. Se sigue vendiendo; sobre todo, en los comercios de las poblaciones del entorno que retrata.

Hablo de esta obra para sacar a colación que, a la hora de fijar su título, realicé una pequeña encuesta entre los veteranos de mi club, Montañeros de Aragón. Vamos, que pregunté a una quincena de ellos sobre cómo llamaban al gran portillo que rompe la muralla del Marboré: brecha de Rolando, de Roland, de Roldán… Salvo una notoria excepción, todos se decantaron por el primer topónimo, que era también como yo lo había designado hasta ese momento.

A comienzos de milenio teníamos con nosotros, en la entidad fundada en 1929, a alguno de sus pioneros. Justamente, uno de ellos me apuntó que, entre otras razones, “se prefería brecha de Rolando para distinguirla del Salto de Roldán”. Recuerdo asimismo que cierto secretario añejo de esta Casa me señaló una pista que se revelaría esencial: los artículos sobre “excursionismo y toponimia” de un tal Pascual Galindo, consocio fallecido en 1990. También me comentó que gran parte de las tradiciones orales de Montañeros se las debíamos a ese culto sacerdote-investigador, que pudo ser captado para el gremio de los bípedos montaraces por cierto alumno suyo llamado Luis Gómez Laguna.

Merece la pena que destinemos unos párrafos a conocer mejor la figura de monseñor Pascual Galindo Romeo, el protagonista innegable de las próximas tres entradas. Nuestro hombre nació en la localidad zaragozana de Santa Fe de Huerva en 1892. Tras su paso por los Seminarios de Belchite y Zaragoza, completó los estudios de Teología en la Universidad Gregoriana de Roma, donde se doctoró en 1914. A continuación se licenciaría en Filosofía y Letras por la Universidad de Zaragoza, para erigirse rápidamente en todo un experto en Historia Antigua y Filología de Aragón. Un reputado especialista en Literatura Latina y Paleografía Medieval. La vida académica de Galindo fue de lo más agitada: catedrático de Latín de la Universidad de Santiago de Compostela (1922), profesor en la de Zaragoza (1923) –donde fue su vicerrector (1933)–, profesor en la de Madrid (1940)… En cuanto a sus cargos eclesiásticos, hay que destacar esos nombramientos como archivero de la Catedral de la Seo de Zaragoza (1919), bibliotecario en la de la Seu d’Urgell (1923), prelado doméstico de Su Santidad (1943) o canónico chantre del Cabildo de Zaragoza (1948).

La relación de Pascual Galindo con el mundo de la toponimia de altura se produjo a través de unos lazos que, ya como personalidad asentada de la cultura aragonesa, quiso establecer con el Béarn y la Bigorra. Debido a su gran interés por las lenguas de las regiones del Pirineo, entró en contacto con sus homólogos del otro lado de la frontera y pudo tratar con las últimas figuras de la edad de oro del pirineísmo: Alphonse Meillon, Ludovic Gaurier, Aymar d’Arlot de Saint-Saud, Louis Le Bondidier…

Las andanzas excursionistas del zaragozano, especialmente por sectores que iban desde Sallent hasta Gavarnie, y siempre atento a los aspectos culturales de la cordillera, quedaron plasmadas en una serie de artículos aparecidos bajo el título de “Por los Pirineos franco-españoles”. Publicados en la revista Aragón, tuvieron su importancia en la definitiva eclosión del montañismo local. Porque este activo cura fue miembro del Sindicato de Iniciativa y Propaganda de Aragón, desde donde promovió las primeras conferencias sobre montaña de esta tierra, impartidas en Zaragoza y Jaca. Asimismo descolló como primer vicepresidente del club Montañeros de Aragón en 1929.

Las series que he aludido sobre “excursionismo y toponimia” son bastante densas. Por ello, aquí nos centraremos en los párrafos que se destinan a la investigación lingüística sobre el terreno. Sin duda alguna, los actuales toponimistas tendrían que acudir a las fuentes originales para tratar de localizar las notas completas del erudito aragonés, ya estén en este lado o en el otro de la divisoria. Deberían, si quisiesen hacer bien su trabajo.

El preámbulo de tales actividades se puede situar en cierto desplazamiento realizado por nuestro sacerdote para asistir a la Comisión Internacional de Toponimia en Pau el 17 de julio de 1927. Unas sesiones presididas por otro futuro socio de Montañeros de Aragón: Aymar de Saint-Saud. Lo mismo que Andrés Giménez Soler, Pascual Galindo había sido invitado a instancias de Alphonse Meillon, un reconocido experto en toponimia del país vecino. Fueron diez días intercambiando ideas y datos con otros lingüistas del prestigio de Lorber, Maussier o Daranatz. En el curso de estas asambleas, Meillon pediría ayuda a los especialistas del lado sur de la cordillera para “la precisión de los nombres propios de origen o influencia española” en el sector fronterizo con el valle de Cauterets. El objetivo final no era otro que servir al público unos mapas detallados de la zona con los que continuar la obra de Franz Schrader. Unas cartas a 1:20.000 de escala del entorno del Vignemale y del de Cauterets que serían editadas en 1929 y 1933 respectivamente.

Antes de despedirse, los estudiosos fijaron una nueva reunión para el 11 de agosto en Gavarnie con el fin de realizar varias campañas de investigación conjuntas por ambos lados de la muga.

Pascual Galindo decidió acudir a su cita bien surtido de datos. Lo que iba a terminar como un denso viaje de trabajo de casi medio mes, arrancaba en Zaragoza el 9 de agosto de 1927. Las tareas de campo por el Alto Sobrarbe debutaron en Linás, donde nuestro hombre se entrevistó con un sacerdote, mosén Andrés Mateo, que le contó “las cosas y casos de sus parroquias y del valle [de Broto]”. En Frajén se les añadió otro cura ilustrado, mosén Constantino Larraz. Al día siguiente le organizaron una excursión de trabajo con varios notables del pueblo que el cronista quiso resumir:

“Mientras llega el secretario de Linás, que lo es también de la Casa del Valle de Broto, me entretengo con un guarda forestal que me habla de los picos cercanos. Ya con el Secretario, don José Otal Vallés, me dirijo a Broto; el camino es pedregoso y difícil pero olvidamos las molestias con la conversación. El valle y sus pastos, las cuestiones sempiternas con los franceses, ocupan nuestra atención. Lo que más preocupa a todos es la falta de una buena carretera que una Biescas con Broto y luego esta villa con Ordesa… Me habla del Archivo [de Broto], y me dice que el que más sabe de estas cosas (del Valle) es don Ramón Víu, pero no podré verle, pues se halla ahora en Francia para reunirse con los otros delegados franceses y españoles, y así revisar y confirmar las cuestiones de límites y pastos”.

Tal iba a ser la tónica de su largo periplo de estudio. A Galindo, sobre todo, le interesaba obtener de los montañeses, entonces muy volcados en otros temas como la construcción de carreteras o el turismo, cuantos tesoros lingüísticos pudiera descubrir. Comenzando por sus fuentes documentales más antiguas:

“La visita al Archivo del Valle [en Broto] es muy rápida, pues hemos de acudir a comer a Torla; pero fue suficiente para darnos cuenta de que en él está la historia del Valle, que no es otra que la de las cuestiones con Francia sobre pastos comunes y limítrofes… Con gran rapidez tomé unas notas, unas indicaciones toponímicas, y copio las obligaciones que el Valle imponía al mesonero de Bujaruelo en el siglo XVI…”.

En efecto: por sus cuadernos de notas comenzaron a aparecer localizaciones poco al uso como La Bernatuera, El Cabieto, Sandaruelo, La Pazosa… Pero este cura hizo algo más: para cumplir con el encargo de Meillon, buceó entre los legajos hasta el siglo XIV en pos de alusiones a las montañas limítrofes con la Bigorra. La recolecta de documentos en Broto daría como frutos estos inesperados topónimos para el Macizo Calcáreo:

“Estasous o Astazou: Estaçon de Aralba (1390); Estassou (1571); Estacuer (1574); Estarçons (1718); Estasou (s. XVIII); Estasiu (s. XVIII).

”Pic de Bernatouère: punta La Bernatue (1574).

”Brèche de Roland: Buerqua de Rolan (1571); Breca de Roldan (1711); Brequa de Arrolan (s. XVIII); Brecha de Roldán (s. XIX).

”Cerbillona: Serbillonar (1580, 1750, 1821).

”Marboré: Marmorer (1390); Marbore (1571); Malmorer (1718); Marboure (s. XVIII).

”Monferrat: Mouferrat (1574).

”Taillon: Tallon (s. XIX).

”Tapou: El Tapon (1574); Des Tapons (s. XVIII).

”Vignemale: Vilamalle (1571); Viremalo (s. XVIII); Vignemale (s. XIX)”.

Galindo Romeo aprovechó también para registrar, con destino a sus colegas galos, esos topónimos que aparecían en el registro local del famoso tratado de límites del 14 de abril de 1862: “Cerbelionar, Vignemale, Montferrat, Bernatoire (San Aruello), Crabère (Crapéra), port de Gavarnie (de Torla)”.

Como se ve, el sacerdote iba a transportar hasta Gavarnie una auténtica sopa de letras. En su mayor parte, apta solo para los libros especializados, que no para el uso de quienes recorrían estas montañas. Afortunadamente, aquellos datos caerían en buenas manos. Por aquel entonces no estaba de moda, como ahora, el empedrado de mapas con topónimos chistosos, inventivos o personalistas. En el primer tercio del siglo XX imperaba aún la sensatez cartográfica

Las operaciones de rastreo lingüístico sobre el terreno de Pascual Galindo debutaron mucho antes de la reunión con sus camaradas franceses. Así, nuestro sacerdote tardó poco en acudir en busca de las montañas limítrofes con el Pays Toy. Porque, no bien llegó al hospital de Bujaruelo, iniciaría sus encuestas-confesiones con los naturales de allí:

“Pastores y carabineros me enseñan nombres vulgares de términos, campos y pastos: garro, garrot; paul, paulenco; furco, furquet, furqueta; tasca; sasso; glera; troco; cleta; baraña; cubilar; Lapazosa; Planduviar… Se extrañan mucho de que me interesen tanto estas cosas y noto en ellos, sobre todo en los pastores, cierta prevención a decirme los hombres vulgares de las cosas…”.

El 11 de agosto Pascual Galindo decidía acudir por fin a su rendez-vous en Gavarnie. Para cruzar la muga contrató a un joven guía de Torla, a quien no dejó de interrogar con arte durante toda la subida al gran collado:

“Poco a poco ascendemos la montaña del puerto; a la derecha de La Pazosa duerme tranquila una majada…, algunas ovejas se mueven y llaman… El camino da vueltas nunca se acaba de perder de vista el mesón [de Bujaruelo] y el tiempo pasa… Por fin, en pleno barranco del puerto, siguiendo la ladera de La Forca y del Cabieto, donde todo es destrucción de rocas y pinos, sin que se conserven sino solo dos muy pequeñas manchas de nieve, Ramoncete (es el nombre de mi guía) que va a buen paso seguido de Morico, el perro del mesón, me habla del terreno, de los sarrios, del invierno, de las nevadas, de su servicio y cazatas… Dejamos a la izquierda La Pazosa y Sandaruelo, pequeño arroyuelo que baja del espaldar de La Bernatuera que protege hacia Francia el ibón del mismo nombre; ya ascendemos a pecho casi el puerto, mientras a nuestra derecha comienzan a balar ovejas de otra majada…; por las alturas se mueven varias vacas (son ganados de Frajen).

”Las 7:17 h, en lo alto del puerto [de Bujaruelo o Gavarnie]; recibimos agradecidos las caricias del sol, pero al mismo tiempo sopla viento muy fuerte… Dejamos a la derecha una de las tan famosas Peyras de San Martín… Es la frontera; cambia todo por encanto; un camino bastante regular (ha cambiado la posición: el francés está orientado al mediodía, mientras el nuestro lo está hacia el norte), pasto abundante aún, doquier murmura el agua en ricos arroyuelos, las nieves en variedad y cantidad nunca soñadas… Ramoncete me dice los nombres de los picos: Mire allá el camino tá la Brecha…, mire acá cuánta nieve –apuntando al Taillon–, ahí ne ha de millones de años. En lo alto, a nuestra izquierda, ovejas que alguna vez hacen rodar piedras por encima de nuestras cabezas, o que pasan veloces delante, cruzando nuestro camino…; a la derecha cada vez más nieve […].

”Estamos dando la vuelta al pico de las Tantes, recuerdo toponímico de guerras con España [de tiempos de la Convención francesa, sobre 1792]; ahora lo son de paz, pero ¿cuándo pasará por esta falda una carretera en vez de las tiendas guerreras que en otros tiempos se asentaban a su abrigo? Pronto damos vista a la Cascada y glaciar de Gavarnie, luego el Hotel del Circo; comienza a aparecer el valle, pero en la parte donde está Gavarnie, y sobre todo más abajo, densa niebla lo cubre todo…”.

Enseguida retomaremos el viaje de investigación toponímica de Pascual Galindo en 1927. Rico en datos obtenidos tanto en archivos como en majadas. Un verdadero tesoro para los lingüistas actuales que gusten más del trabajo serio que de la politización caprichosa. Todo un ejemplo de los estudios que tendrían que haberse completado en esta santa tierra y que, por desgracia, están muy, pero que muy lejos de abordarse. Cuanto menos, durante esta legislatura autonómica.

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13 Comentarios

  1. Alberto ya me he comprado los dos. La Montaña y el Arte de tu amigo y el tuyo de la Tierra de Lobos. Son mis regalos de Navidad. Que pases unos días muy felices.

    • Muchísimas gracias, Adrián: verás cómo te gusta “La montaña y el arte”. ¡Resérvale unas cuantas horas (geniales) en tu sillón favorito para estas navidades! Igualmente te deseo, para ti y los tuyos, lo mejor para el remate del año. Enseguida cuelgo la segunda entrega de esta serie toponímica, con la que finalizaré el 2017 realizando buenas acciones, como enseñar a quien no sabe (pero que se mete a ciegas en berenjenales políticos)…

  2. Alberto que ya veo la luz. Soy más bien de gatos y hamsters pero me he hecho una lista de nombres con los que quede demostrado mi ADN aragonés para cuando tenga perro. Anoto “Morico”, “Pertitico”, “Crus” y desde luego mi favorito de “Estraperlica”. Me permito facilitar otras aportaciones de la Lista Soro que pueden servir para nombrar a nuestros más fieles amigos: “Casterillet”, “Liana”, “Fiera”, “Blanquera”, “Ula”, “Crepa”, “Baste”, “Cuniestra”, “Almunia”, “Gatera”, “Chiminuc”, “Tuconet”, “Lit” y “Puixebres”. Para mi gusto son los mejores. Alguno puede emplearse también para otras mascotas no menos respetables como boas y tarántulas.

    • Estoy contigo, Makako, que a falta de otra cosa, esa “Comisión Asesora de Toponimia” y sus ramificaciones gubernamentales (desde donde, al parecer, siempre les dicen sí a sus sesudas propuestas), ha sacado al mundo una generosa colección de nombres chulos para nuestras mascotas. Yo, por ejemplo, llamaré a mi próximo minino “Chiminuc”. En fin; cuando hagan la peli sobre los “Ocho Apellidos Maños”, tendrán un buen catálogo…

  3. Alberto fuera de las perrerías he leido con calma tu texto y no ne podido sacar nada en claro sobre ningun nombre de los que se obtenían por los buenos metodos o sí que se puede sacar algo de ese lío tremendo

    • Has puesto el dedo sobre la llaga, Luis: en efecto, el lío es monumental a nada que se rebusque un poco entre los documentos que nos ha servido la historia. En fuentes objetivas, vamos…
      Los caballeros de la toponimia aragonesista debían de venir de realizar labores de “baja cota”, mucho más sencillas (el hortal del tío Paquete, el chomizo de l’Ugenia, el cobarcho del Rosito), y no debían de tener una idea clara de los mares de documentación que más de dos siglos de pirineísmo han ido generando sobre los tresmiles de Huesca, donde los testimonios de los montañeses de antaño predominan. Y, claro, saltándose todos esos testimonios, una lista impuesta, además de caprichosa, solo puede ser considerada como un gigantesco monumento al ego de su inventor. Quien se ha debido de creer con todo el derecho del mundo para colocar sus elucubraciones personales solo porque anda a la sombra del Poder.
      Volviendo al tema central: ya me dirás si sacas algo claro del follonazo de la toponimia del Macizo Calcáreo cuando tengas más datos recolectados por Galindo y Meillon, al final de la tercera entrada…

  4. Magnífico ejemplo el de Galindo… y el tuyo. Respecto al chucho, si se lo hubieran encontrado cerca de Góriz, lo llamarían “Pertitico”

    • En fin, José: ya ves qué vicepresidentes han pasado por nuestra Santa Casa, ¿eh? Habrá dos entradas más antes de navidades…
      Respecto a los canes montaraces, pues qué decir: la famosa perra “Maladeta” de José Sayó, la que se subía con él a esa Renclusa a punto de ser inaugurada, hace cien años, pues ahora, gracias a los “asesoramientos” del prolífico sabio que, en singular y en un solo año, se ha ocupado de dejar “lista” la toponimia del valle de Benás, pues igual se hubiera tenido que llamar “Crus”, “Estraperlica” o algo así…
      Pues, mira, ahora que lo pienso, no ha sido tan nimio el papel de la “Comisión Asesora de Toponimia”, del “Departamento de Vertebración del Territorio, Movilidad y Vivienda” del Gobierno de Aragón y del “Instituto Geográfico de Aragón”, cuyos meritorios esfuerzos conjuntos pueden resultar muy útiles, en cuanto al tema de su popular “Lista Soro”, para surtir de nombres autóctonos a nuestros canes. Que no es poco…

    • Siento decepcionarte una vez más, luis: no, no temas, que a quienes se ocuparon de la Lista Soro no les preocupa, ni lo más mínimo, cuanto hicieran sus predecesores. Que iban a lo que iban: a poner nombres que suenen a autóctonos y a eliminar todo, o casi todo, lo demás. Es una lista política, vamos, y la confusa situación de la toponimia de las montañas aragonesas, o su historia misma, les tiene sin cuidado. Además, es más fácil inventar/elucubrar que rastrear por ahí. Saludos…, ¡y que sigas disfrutando de las otras dos entradas!

    • Pues no había caído, Makako… Mira tú, si le pusieron así al perro de marras porque se lo encontraron durante una excursión al Balaitús. ¡Lo que vamos a aprender de la mano de los nuevos toponimistas aragonesistas, hay que ver!

  5. ¿Un poco de bibliografía mayor “galindiana”…?
    ABIZANDA BROTO, Manuel, y GALINDO ROMEO, Pascual, Los tapices de Zaragoza. Catálogo de la Exposición de 1928, Heraldo de Aragón, Zaragoza, 1928.
    GALINDO ROMEO, Pascual, Códice. El breviario y el ceremonial cesaraugustanos siglos XII-XIV, Librería Gasca, Zaragoza, e Imprenta Castilla, Tudela, 1930.
    GALINDO ROMEO, Pascual, Eteria, religiosa galaica del siglo IV-V. Itinerario a los Santos Lugares, La Académica, Zaragoza, 1924.
    GALINDO ROMEO, Pascual, La diplomática en la Historia compostelana, Centro Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1945.
    GALINDO ROMEO, Pascual, La Virgen del Pilar y España, El Noticiero, Zaragoza, 1939.
    GALINDO ROMEO, Pascual, La Virgen del Pilar y España. Historia de su devoción y su templo, El Noticiero, Zaragoza, 1939 (1ª edición de 1939).
    GALINDO ROMEO, Pascual, Literatura latina. Estudios secundarios y universitarios, La Académica, Zaragoza, 1928.
    GALINDO ROMEO, Pascual, Miscelánea jaquesa, Zaragoza, 1930.
    GALINDO ROMEO, Pascual, P. II PP XII, Gráficas Marina, Barcelona, 1959.
    GALINDO ROMEO, Pascual, Posesiones de San Sabino de Lavedan en Zaragoza, Madrid, 1923.
    GALINDO ROMEO, Pascual, Tuy en la Baja Edad Media, siglos XII-XV, Instituto Enrique Flórez, Madrid, 1923.
    GALINDO ROMEO, Pascual, y LYNCH, Charles H., San Braulio obispo de Zaragoza (631-651). Su vida y sus obras, Centro Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1950.
    GALINDO ROMEO, Pascual, y MEILLON, Alphonse, L’abbayé de Saint-Savin de Lavedan et ses possessions à Saragosse et à Cortada au XIIème. siècle, Imprimerie Desbordes, Tarbes, s. f. (hacia 1930).