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En busca del Arca…, de Noé

Como despedida de 2017, nada mejor que regresar con ese efímero pirineísta que hace doscientos años atravesó la cordillera y, de pasada, firmó la primera conocida a la Maladeta. Me refiero al germano-ruso Friedrich Parrot. Lo recordaremos en tres entregas a través de una increíble aventura montañera con ramalazos místicos que nos llevará desde San Gregorio hasta San Jacobo. Un tema adecuado para estas fechas, diría yo…

Tras sus viajes por los Alpes y Pirineos de 1816 y 1817 respectivamente, nuestro buen cirujano planificó otros periplos en decorados mucho más exóticos que el occidente europeo. Instalado en la ciudad imperial de Dorpat como un Indiana Jones aburrido, desde 1821 impartiría clases en su Universidad de Fisiología y Patología, asignaturas que amplió con la de Física hacia 1826. Tardó poco en organizar una expedición científica por el Cáucaso junto a cuatro de sus estudiantes. Después, acudiría hasta Finlandia en lo que constituyó su despedida de las grandes exploraciones, acercándose al cabo Norte con objeto de realizar estudios sobre Astronomía y Magnetismo. A resultas de esta arriesgada tournée los problemas de salud le condenaron a cierto sedentarismo desde 1837.

Volviendo con sus logros montañeros, hay que destacar que los libros alpinistas hablan de Parrot, más que por sus victorias de la Maladeta o del Gallinero, por la posible primera al monte Ararat en 1829… Con el permiso de Noé y su tropa, desde luego. Hoy se conoce especialmente a nuestro hombre a raíz del documental que presentaron en 2011 dos estonios, el director Riho Västrik y el historiador Erki Tammiksaar: en un reportaje de poco más de una hora que se puede visionar on line previo pago, reprodujeron sus posibles andanzas por este cincomil plantado en el extremo turco de la Vieja Armenia.

Nos entretendremos un poco en conocer tan peculiar montaña. Con sus 5.156 metros de cota, se trata de la máxima elevación de Turquía, donde se conoce como Agri Dagi. El inmenso peñasco bíblico se alza no lejos de la actual república de Armenia y de Irán, en una región caliente desde tiempos inmemoriales. En realidad es un volcán que ahora carece de actividad, coronado por dos cimas que los turcos denominan Büyük Agri o Gran Ararat, y Küçük Agri o Pequeño Ararat. En Armenia prefieren designarlos Masis y Sis respectivamente: unos nombres que, sin enredarnos demasiado en las toponimias locales, podrían significar la Montaña Pesada y la Montaña Curvada.

Mucho antes de que despertara el interés dieciochesco por el alpinismo, su cumbre había adquirido notoriedad desde las tradiciones cristianas. Así, los estudiosos del Génesis determinaron que sobre este resalte encalló el Arca de Noé cuando se retiraron las aguas del Diluvio Universal. Además, se decía que un veto divino contra cualquier visita humana trocó su cima en baluarte inexpugnable. El minucioso Friedrich Parrot quiso investigar la suerte que corrieron sus predecesores en estos territorios misteriosos:

“A través de las crónicas armenias se obtienen los principales datos sobre la interesante leyenda de un monje llamado Jacobo, que fue después patriarca de Nisibis, supuestamente contemporáneo y pariente de San Gregorio. Para poner fin a las discusiones que ponían en tela de juicio la credibilidad de las Sagradas Escrituras en lo que se refería a la historia de Noé, dicho monje resolvió convencerse, mediante una inspección personal, de la existencia auténtica del Arca sobre la cumbre del Ararat. Sin embargo, en las laderas de la montaña se durmió varias veces debido a la fatiga y, al despertarse al día siguiente, siempre se encontraba con que, durante el sueño, había descendido inconscientemente tanto como había podido ascender con su esfuerzo antes de la vigilia. Por fin, Dios, teniendo compasión de sus incansables e infructuosos afanes, le envió un ángel mientras dormía para decirle que su trabajo era en vano, dado que la cumbre resultaba inalcanzable. Sin embargo, para compensarle por sus celosos esfuerzos y satisfacer la curiosidad de los humanos, le envió un pedazo del Arca de Noé, ya que estaba en la montaña, y esa misma pieza se conservaba como una reliquia especialmente sagrada en la iglesia [del monasterio] de Echmiadzin.

”Esta historia, sancionada por la Iglesia, ratificaba la creencia popular de los armenios de que había que respetar la imposibilidad de ascender al Ararat como un artículo de fe al que se aferraban más que gustosamente, en la medida en que los liberaba de un gran trabajo. Así, un armenio nunca abjurará de dicha creencia, incluso después de haber visitado la parte superior del Ararat, como pude comprobar más adelante”.

Hasta aquí, la leyenda. A falta de una revista Desnivel de la época que nos informe, será preciso recurrir a los diversos cronistas de la Antigüedad que difundieron las curiosidades de esta montaña. Por un lado, el historiador Eusebio de Cesárea (siglos III-IV) citó las peregrinaciones hasta las faldas del Ararat para venerar los restos del Arca. Un testimonio ratificado por cierto monarca de Armenia llamado Haithon, hablaba de que la gran mole que existía sobre su cima se había formado con los restos de la referida embarcación. También Marco Polo (siglos XIII-XIV) quiso transmitir este cuentecillo para amenizar su viaje hacia Extremo Oriente… Por suerte, el estudioso Parrot hizo los deberes antes de abordar su empresa:

“Un pachá de Bayazed, el padre y predecesor del presente Mohammed Bahaliihl, se supone que influenciado por los religiosos prejuicios de los armenios, contribuyó con su fracaso en un intento de ascender el Ararat, a confirmar la creencia de la imposibilidad de semejante conquista. Aunque el pachá se preocupó por el logro de su objetivo, e incluso ofreció una recompensa a quien lograra la ejecución de su designio, sin embargo, él no ascendió más que unos 730 metros más allá de los límites del hielo, que era tanto como pudo avanzar a lomos de un caballo persa decidido. En cuanto a la recompensa ofrecida por el gobernante persa, no logró tentar a ninguno de sus súbditos, por lo que el pachá, habituado a la calidez y a la comodidad, demostró que no era el hombre adecuado para lograr una hazaña de este tipo […].

”No aludiré a los numerosos viajeros que, ya sea por falta de tiempo, de curiosidad o de medios, o influidos por la opinión más corriente entre los nativos, nunca realizaron intento alguno por llegar a la cumbre y, llenos de asombro ante el verdaderamente impresionante aspecto de la montaña, no se sintieron dispuestos a disfrutar mejor de esos sentimientos de grandeza debido a la idea de su absoluta inaccesibilidad. Pero hablaré de [Joseph Pitton de] Tournefort, a quien [James Justinien] Morier se refiere particularmente en su segundo viaje [Relation d’un voyage du Levant (1718)], donde dice: Nadie parece haber alcanzado la cumbre de Ararat desde la inundación, y los lados empinados de su cabeza nevada me parecen, además, lo suficiente como para frustrar todos intentos de ese tipo. Cuando incluso Tournefort, ese viajero perseverante y valiente, no logró tener éxito en dicho ascenso, ¿cómo podemos esperar que el tímido y supersticioso morador de estos países pudiera ser más decidido? Solo es necesario leer lo que dice Tournefort de su expedición al Monte Ararat y la descripción de su intento por ascender para convencerse de que le importaba menos el llegar a la cima de la montaña que, como él mismo lo expresaba ingenuamente, adquirir la reputación de un mártir de la Botánica. Dijo que nuestros guías aseguraron que no irían más allá de un parche de nieve que nos señalaron y que no parecía más grande que un pastel pero, cuando llegamos allí, encontramos que había más nieve de lo que era suficiente para satisfacer nuestros apetitos, pues el parche en cuestión era superior a treinta pasos de diámetro. Cada uno se comió tanto como quiso y, de común acuerdo, se decidió no ir más lejos. Luego descendimos con admirable vigor, encantados por haber logrado nuestro voto y, al no tener nada más que hacer, volvimos al convento. Quien lea el relato de esta expedición verá sus descripciones cómicas y la carencia de todo tipo de seriedad como, por ejemplo: Nos permitimos el resbalar sobre nuestras espaldas por más de una hora sobre esta alfombra verde; nos fue muy bien y viajamos más rápido de esta manera que si hubiéramos pensado en aprovechar al máximo nuestros recursos; continuamos luego deslizándonos a lo largo de la tierra mientras nos lo permitió y, cuando nos encontramos con unas piedras que magullaron nuestros hombros, nos deslizamos sobre el vientre o marchamos hacia atrás a cuatro patas. Se comprende que Tournefort no tuviera ambición alguna en ser incluido entre aquéllos que tan enérgica como perseverantemente intentaron alcanzar la cumbre del Ararat. Y, en verdad, estaba lo bastante exento de entusiasmo como para inspirar a los viajeros de tiempos posteriores, ninguno de los cuales se encontró dispuesto a comprobar estas palabras de Tournefort: Esta montaña es una de las más sombrías y desagradables de la faz de la tierra”.

Con el paso del tiempo estas fábulas se iban a incrementar de forma notable. Parecía como si la imaginación de los humanos se desbocara siempre ante esta misteriosa cumbre… Recientemente se ha buscado mediante toda suerte de procedimientos la nave bíblica, que buena parte de los arcanólogos diplomados sitúa hacia los 4.300 metros de altitud, que no sobre la misma cima. Por lo general, en las cercanías de cierta laguna helada a la que, por ironías del destino, la cartografía otorgó el nombre del racionalista Parrot. Para salpimentar un poco la búsqueda de este Arca mítica, ha circulado el vaticinio de que el hallazgo de sus restos llega acompañado del Fin del Mundo. En 2012 se auguró que era el año en el que se encontraría el pecio de Noé, lo cual iba a desatar seguidamente la extinción de toda la vida en nuestro planeta. Una profecía más para alimentar a las mentes cándidas.

Resulta evidente que la aventura de 1829 sobrepasaba el ámbito científico en el que Friedrich Parrot se había movido hasta entonces, para situarse en un entorno mucho más arcano. Nuestro ruso-germano iría recopilando durante el viaje diversas tradiciones locales, como que el monasterio de sus faldas dedicado a San Jacobo había sido construido empleando la madera del Arca de Noé. Un hecho que nadie podría estudiar en profundidad más adelante, dado que dicho cenobio desapareció en 1840, junto con todos sus monjes. La última erupción, hasta la fecha, en el Ararat, provocó un derrumbé parcial de la montaña de características verdaderamente bíblicas. Ni que decir tiene, los amigos de lo Oculto sostienen que la tragedia fue como castigo a la expedición de Parrot. Entre otras supuestas herejías de los miembros de la comunidad monacal sepultada, se observó que once años antes del desastre le mostraron al explorador diversas reliquias que hubiesen tenido que guardar, como la roca sobre la cual sellaron su pacto Dios y Noé, o el madero con la huella impresa de San Jacobo. No; el vencedor de la Maladeta no venía para hollar una cima normal y corriente:

“Ararat ha llevado este nombre durante tres mil años. Leemos en el más antiguo de todos los libros, en el relato de la creación que nos dejó Moisés, que el Arca descansó, en el séptimo mes, el día diecisiete del mes, sobre los montes de Ararat”.

Sin embargo, más que en hallar rastros bíblicos entre sus peñas, Parrot pensaba en ciertos experimentos físicos con un péndulo, sin olvidarse de los registros del último modelo de su termo-barómetro. Porque nuestro médico se desplazaba hasta el Cáucaso en busca de descubrimientos geológicos más que religiosos. Y para estudiar los efectos de las cotas altas en la circulación sanguínea. Por lo demás, su periplo se iba a ver salpicado por la controversia: el monje y los dos guías locales que les acompañaban declararon después que no hollaron cima alguna. Por el contrario, el jefe y los dos soldados rusos del grupo juraron que sí lo hicieron. Un debate desagradable que muchos han interpretado como una imposición del clero armenio. Todo un viacrucis para nuestro pirineísta, quien justificaba su reconocimiento de la montaña tras sus primeros avistamientos en la distancia de 1811:

“En una época como la actual [el primer tercio del siglo XIX], eminentemente activa en el examen de la naturaleza, cuando los gobiernos prestan sus amplios medios para promover expediciones científicas, mientras los sabios sacrifican su reposo e incluso sus vidas a ellos, no puede haber necesidad de buscar justificaciones para una empresa como la que está por registrarse en las siguientes páginas. Y, sin embargo, hay una consideración de un tipo peculiar que puede impulsar adecuadamente a su favor; porque si la exploración de una gran montaña redunda, en términos generales, en beneficio de la ciencia, y permite el disfrute al admirador de la naturaleza, si incluso una roca desnuda o una pequeña colina, dejada intacta por la mano del hombre, afecta, desde un puro y el simple sentido de la naturaleza, el corazón del observador, tales no deben de ser los sentimientos del cristiano cuando fija su mirada en esa montaña sagrada, donde todos los atractivos de la grandeza natural, tan ocultos desde nuestro punto de vista, se unen al interés peculiar de un monumento primitivo, ¡testigo de uno de los eventos más notables en la historia del mundo, y de una dispensa por parte de Dios para la preservación de la raza humana!”.

Interrumpiremos en este punto la expedición al Ararat de 1829, dando cita a los interesados para el 2018… Confiando en que nadie encuentre antes este Arca del Fin del Mundo: ¡que tengáis una buena entrada en el Año Nuevo, amigos!

13 Comentarios

  1. Buena despedida de año, Alberto!!!

    Makako, agradezco mucho tu comentario sobre mi opinión en la otra entrada, aunque esta por esta vez enterraré el hacha de guerra…

    A cambio, y perdón por salirme completamente de la entrada, he hecho una asociación de ideas a partir del texto (Alpes+documental) y me acabo de acordar de un documental que vi recientemente titulado ¡Lumière! ¡Comienza la aventura! y que me encantó. Además de ser de obligada visión para todo aficionado al cine, en él aparecen unos fragmentos grabados en los Alpes que, yo desconocía totalmente, me parecieron geniales.

    Feliz 2018 a todos!!!

    • Buffff… Disculpa por el retraso, Hugo, que andaba por ahí, perdido por las sierras de Teruel, chulas como pocas…
      Nada, no pasa nada, Hugo: deja los comentarios que quieras; ya sabes que son siempre bienvenidos…
      Volveré sobre un fleco que quedó suelto, sobre las opiniones de quienes “son de fuera” sobre la gamberrada de lista tresmilera que nos han endosado… O, mejor dicho: han tratado de endilgarnos, pues yo diría que está muerta, y solo le queda que alguien firme su certificado de defunción, lo que sin duda sucederá en unos meses… Me centro: soy de la opinión, compartida por muchos colegas, que al menos en el mundo del montañismo, no hay “gente de fuera”… Vamos, que si te gusta alguna zona montañosa y la frecuentas, y quieres dar tu opinión, pues perfecto, nuestro gremio nunca ha sido excluyente… Otra cosa es el nebuloso reino de las politiquerías aragonesistas…
      De todas formas, supongo que sabes que el sector donde vives, creo que conquistado al Islam por Alfonso el Batallador, el arco entre Tudela y Ágreda, fue aragonés durante algunos años… Por si te sirve el dato para que te sientas “como en casa” cuando te subas al Pirineo…

      • Gracias Alberto, por tu comentario inclusivo… Totalmente de acuerdo que el colectivo montañero tiene una capaz de unión como pocos.

        La verdad es que no soy muy de patrias, banderas, fronteras, etc. Me encanta viajar y allá donde voy me pasa que me siento un poco/bastante local. Y desde luego siempre que me escapo al Pirineo me siento como en casa. Pero además, por si algún político considera que hace falta tener puntos aragoneses para opinar, parte de mis ancestros eran de Aragón.

        • Y, encima, ¡vives casi a la sombra del Padre Moncayo…!
          En realidad, los más radicales en el tema de ser “Made in Aragón-Aragón ye Nazión” a través de la lengua “pachtwork” que se han inventado y de su país no menos imaginario, son las bases del aragonesismo político que nos ha tocado en suerte… Como andas muy liado, mejor no pierdas el tiempo leyendo las alucinógenas proclamas que a raíz de la Lista Soro se han paseado por diversos foros, desde los del grupo Desnivel hasta la Web de Montañeros de Aragón… Se ve que, para colocarse bien en las listas, hay que hacer méritos en las redes sociales, no sea que te adelante algún “Troll” más agresivo y destalentado…
          Más saludos, Hugo… ¡Con o sin ancestros en Aragón!

  2. igual te deseo a ti a todos los amigos que sea un buen día de los inocentes y mejor fin de año apesar de los malos augurios si encuentran ese arca de noe

    • Muchísimas gracias, Luis, pero, siento decepcionarte: nadie me gastó ninguna gamberrada… Como enviarme la “Lista Chuntera de dosmilicos del Perineo de Uesca”, o algo así… A pasar, tú también, un buen trueque de añada…

    • Quienes deseen adentrarse por estos territorios tan resbaladizos del Más Allá, les recomendaría: Frank Westerman: “Ararat, tras el Arca de Noé, un viaje entre el mito y la ciencia” (2008). También está la obra de Tito de Luca sobre “Ararat, sulle trace dell’Arca di Noè” (2009). Últimamente se está lanzando cierta novela de Christopher Golden, “Missione Ararat” (2017)…

        • Alberto seguía al acecho de tu nuevo blog porque me hacía ilusión estirar los comentarios del anterior con Hugo y contigo. Muchísimas gracias por tus buenos deseos para el año que viene que muchos esperamos sea rico en tu “modo de defensa” toponímica. Si estos son tus “descansos” de la Lista Soro pues que vengan cuantos quieras que siempre seran bienvenidos.

          • Sí; ya imagino que te habrá gustado el inicio de esta historia de aires un tanto místicos, muy apropiada para las Navidades… Y para el Día de los Inocentes, que no sé si cuentas que es hoy.
            Tenía guardado para estas fechas este texto sobre “qué fue de Parrot” después de sus aventuras en la Maladeta de 1817. Ya verás qué interesantes resultan sus aventuras por el Ararat de 1829.
            Igual, durante tres entradas, en la Comisión Asesora de Toponimia respiran a gusto. Pero lo más seguro es que les dé lo mismo, que los cariñicos que llegan desde el Pignatelli son siempre un bálsamo de primera…
            Lo dicho, Makako: que tengas un buen cambio de añada, saltando de palmera en palmera…

        • Inmejorable despedida de 2017, Alberto. Yo ya tengo ganas de ver como acaba este cuento de Navidad con Arca y Final de los Tiempos.

          • Celebro que te guste mi “inocentada”, Adrián. Yo esperaba alguna gracieta desde la tele aragonesa, como que cierta Consejería había alistado a otro Comité Asesor de Sabios Autóctonos (cuya identidad no facilitaba, claro) para buscar (en cosa de un año, desde luego) el Arca de Noé por tierras tensinas… Ya se sabe que, según el divertido texto del XVIII sobre “Sallent, Cabeza de el Valle de Tena” de León Benito Martón, por allí aterrizó la Góngola de Noé, lo que podría interpretarse como que, desde entonces, “Aragón ye nazión”… Échale un vistazo por aquí, si terminas con el cava antes de que muera la noche del 31, y así te despides del “Año de la Lista de Soro” con unas risas: BGN00FA_7763000000000000000000410.pdf

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