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La montaña más sombría y desagradable de la Tierra

¡Vaya si corre el tiempo…! Como adelantábamos el año pasado, a la expedición de 1829 liderada por Friedrich Parrot se le adjudica la conquista del monte Ararat. Una elevación que fue descrita a comienzos del siglo XVIII como una de las más sombrías y desagradables de la Tierra. Así, las crónicas alpinísticas sitúan a nuestro médico y a cinco de sus auxiliares sobre los principales resaltes cimeros: el 27 de septiembre en el Grande (5.156 metros), y el 26 de octubre en el Pequeño (3.914 metros). Tras el repaso previo a los aspectos más esotéricos del Techo de Turquía, nos centraremos ahora en los montañeros…

El grupo ruso de reconocimiento llegaba al monasterio de Echmiadzin el 8 de septiembre de 1829. Sus monjes no pusieron buena cara a las preguntas de Parrot sobre cómo se podía subir a la cima tabú que los dominaba. El médico refiere en su texto sobre su Reise zum Ararat (1831) la notoria ignorancia de aquellos religiosos, siempre listos para endosarle empanadas sobre los tiempos del Arca y de la Torre de Babel. Antes que hablar de temas prácticos como la búsqueda de guías que conocieran las faldas del objetivo, los ortodoxos le mostraron su mejor reliquia: la lanza que traspasó a Cristo. Seguido, pasaron a presumir de la mano de San Gregorio, el Iluminador de los armenios. Y, finalmente, le enseñaron ese relicario de plata que contenía otra mano, la de Santiago Apóstol, junto con un fragmento del Arca de Noé. Esta última pieza llamó poderosamente la atención del explorador, quien dijo de ella que, “según la leyenda, pasó a manos de un monje [San Jacobo] por un milagro que fue la causa de su canonización”. ¿El santo varón inventó también las empanadillas de jamón de York con queso?

El debut expedicionario sobre las rampas de la montaña se produjo dos días después, dado que Parrot aprovechaba siempre los períodos de tiempo estable en las regiones elevadas. La aproximación desde el cenobio dedicado a San Jacobo se llevó a cabo junto a unos guías locales que les enseñaron durante la subida diferentes “huellas del Diluvio”… Arrinconaremos por el momento estos folklorismos místicos para revivir el momento álgido de la primera tentativa de hacer cima. Así nos trasladaba el germano-ruso la que resultó su fase más emocionante…, y peligrosa:

“Aunque podía habernos costado grandes esfuerzos, es probable que en esta ocasión hubiésemos podido alcanzar, en contra de todas las expectativas, el noble objetivo de nuestros deseos. Pero el día de esfuerzos había sido severo y, como eran ya las 15:00 h, llegó el momento de considerar si encontraríamos un lugar de descanso para la noche que llegaba. Tuvimos que alcanzar casi el extremo más alejado de la cresta rocosa, a una elevación de 4.644 metros sobre el nivel del mar, por encima de la cota de la cima del Mont-Blanc [sic] y, sin embargo, la cabeza de Ararat, claramente destacada, se elevaba a una altura considerable por encima de nosotros. Yo creía que no quedaba por delante ningún obstáculo insuperable a nuestro avance, pero las pocas horas de la luz que aún quedaban para subir hasta la cumbre se habrían gastado en la consecución de este objetivo, y allí arriba tal vez no hubiéramos encontrado una roca para protegernos durante la noche, por no hablar de nuestra escasa oferta de alimentos, que no se había calculado para prolongar la excursión.

”Satisfecho con el resultado, tras averiguar que la montaña no era de ninguna manera inaccesible de este lado y realizar observaciones barométricas, dimos la vuelta e, inmediatamente, corrí un peligro en el que nunca pensé en caer: mientras que el equilibrio es generalmente menos seguro al descender de una montaña que al ascenderla, al mismo tiempo, resulta extremadamente difícil retenerse a uno mismo y marchar con la precaución necesaria cuando se mira desde arriba una superficie uniforme de hielo y nieve como la que se extendía, por debajo de nuestros pies, hasta la distancia sin interrupción de unos 1.000 metros, sobre la cual, si alguien resbalaba y caía, no había nada que hacer para evitar un deslizamiento rápido hacia abajo […]. El peligro radicaba más en carecer del hábito que en una dificultad real. El espíritu activo de mi joven amigo [Schiemann], ahora comprometido en su primer viaje de montaña, cuya fuerza y ​​coraje fueron capaces de hacer frente a las pruebas más difíciles, fue incapaz de resistir: al pisar con escasa cautela se cayó, pero, como estaba a unos veinte pasos por detrás de mí, tuve tiempo de hincar mi piolet en el hielo tan profundamente como pude, plantar con firmeza mis pies con mis excelentes crampones con clavos, y, mientras mi mano derecha se agarraba al piolet, atrapar al señor Schiemann con la izquierda mientras se deslizaba. Mi posición era buena y resistió el ímpetu de su empuje, pero el lazo del crampón de hielo, aunque era tan fuerte que parecía formar parte de la suela, cedió con la tensión: las tiras quedaron cortadas como por un cuchillo e, incapaz de soportar el doble peso con la suela desnuda, también me caí. El señor Schiemann, rodando contra dos piedras, logró detenerse con pocos daños antes que yo. Seguí durante una distancia en la que me di por perdido, un tanto conscientemente, pues era poco menos de 400 metros, y terminé en unos restos de lava no lejos del borde del glaciar. En este desastre, el tubo de mi barómetro acabó roto en pedazos, mi cronómetro se abrió y, rociado con mi sangre, las demás cosas que llevaba en mis bolsillos fueron arrojadas por el movimiento centrífugo mientras rodaba, aunque yo no quedé gravemente herido. Tan pronto como nos recuperamos de nuestro susto y agradecimos a Dios por su amparo, buscamos lo más importante de nuestros artículos dispersos y reanudamos el viaje hacia abajo”.

Después del percance, Parrot y los suyos solo tuvieron que cruzar el glaciar y la parte alta del cresterío para acceder a la zona de tasca. Tras un vivaqueo junto a una fogata, al tercer día clausuraban este reconocimiento de la vertiente oriental de la montaña. Aun con todo, se imponía guardar cierta reserva ante las autoridades eclesiásticas de San Jacobo:

“Aproximadamente a las 10:00 h, llegamos a nuestro querido monasterio, donde nos premiamos con un buen desayuno, pero [el guía Sahak] tuvo especial cuidado de no dejar escapar ni una sílaba de lo sucedido, mientras estuvimos entre los armenios, respecto a nuestras desafortunadas caídas, ya que no habrían tardado en informarle del divino castigo que había recibido nuestro intento precipitado por llegar a la cumbre, cuyos accesos, desde la época de Noé, habían sido prohibidos a los mortales por un decreto divino. Todos los armenios están firmemente convencidos de que el Arca de Noé permanecía hasta el día de hoy en la parte superior de Ararat y, por eso, para asegurar su preservación, ningún ser humano tenía permitido el acercarse hasta allí”.

Vamos ya con la siguiente tentativa de la expedición imperial al Ararat. Esta vez Parrot volvería a la carga junto a Melik, un hombre que conocía relativamente bien los flancos del coloso, quien terminó por reorientarlos hacia su cara noroeste. La caravana alistada para hollar nuestro cincomil decidió detenerse para la nueva pernocta en la llanura herbosa de Kip-Ghioll. El texto que sigue trae recuerdos de otra vigilia similar: la de la Renclusa de doce años atrás, durante esa víspera de su asalto a la Maladeta junto a Pierrine Barrau. Pero, ahora, durante el vivaqueo a 3.984 metros de la segunda intentona a la Montaña del Arca de Noé, los presagios de Friedrich Parrot no fueron tan esperanzadores como los que tuvo en Benasque:

“Se hizo un pequeño fuego, pero el aire era frío y el suelo no estaba caliente, por lo que el sueño se negó a visitarme en esta ocasión, y en mi corazón sentía más ansiedad que esperanza en cuanto al logro de nuestro objetivo. No sé si fue eso lo que me llenó de sombríos presentimientos, o era más bien el lenguaje de la indisposición corporal por las heridas que había recibido el día 13: aunque superficiales como eran, todavía no estaban bastante curadas, y una contusión violenta en la cadera izquierda, recibida en esa misma ocasión, me había dolido todo camino hacia arriba, la fiebre podría haberme debilitado un poco y, en resumen, aunque en el curso del viaje de ese día nunca fui el último y no causé ningún retraso, sin embargo, sentí que carecía de la fuerza y ​​el espíritu que se requerían para que, en la siguiente jornada, al ascender por la difícil región helada, pudiera ser capaz de acelerar, como siempre había sido capaz de hacer, hacia el logro de nuestro objetivo, encargándome de la mayor parte del trabajo”.

El grupo emprendía su ascenso a las 7:30 h del día siguiente, cuando el termómetro registraba los -4ºC de temperatura. Dos horas costó ganar la región de nieves eternas, ya sobre los 4.340 metros. Hay fragmentos del texto de Parrot que retratan los aspectos más alpinísticos de su aventura de un modo magistral:

“El camino se volvió extremadamente fatigoso por la inclinación de algunos de los tramos de roca, que apenas eran transitables porque consistían en masas de piedra, apiladas las unas sobre las otras, que ofrecían ángulos y bordes para las manos y los pies. En esa misma cuesta se dejó la impedimenta en el suelo para llevar solo la gran cruz: en vano tratamos de que se quedaran allí los dos hombres que cargaban su larga viga […]. Sin embargo, fue tal el celo devoto mostrado por uno de los campesinos armenios que, en el momento en que la necesidad de dejar atrás la cruz parecía inevitable, levantó la larga viga sobre sus hombros, como un atleta de asombrosa destreza, para soportar su carga sobre este camino tan tortuoso y accidentado.

”Nos detuvimos al pie de la pirámide final de nieve, que ante nuestros ojos se proyectaba con maravillosa grandeza sobre el cielo azul claro: elegimos los objetos de los que podíamos prescindir y los dejamos detrás de una roca. Entonces, en silencio, y no sin un estremecimiento devoto, pusimos el pie en esa región en la que sin duda, desde tiempos de Noé, ningún ser humano había pisado jamás.

”El avance fue fácil al principio, porque la pendiente no era muy pronunciada y, además, estaba recubierta por una capa de nieve fresca sobre la cual fue fácil caminar. Las pocas grietas en el hielo no eran de gran tamaño y podíamos pasar con facilidad. Pero esta alegría no duró mucho porque, después de haber avanzado unos doscientos pasos, la pendiente aumentó hasta tal grado que ya no pudimos pisar con seguridad sobre la nieve. Para evitarnos algún deslizamiento hacia abajo por el hielo, nos vimos obligados a recurrir a cierto artilugio que había encargado para equiparme a mí y a mis compañeros con objeto de tallar los escalones. Aunque eso que se llama hielo en tales montañas es, en realidad, nieve convertida en glaciar, impregnada de agua y nuevamente congelada, un estado en el que está lejos de poseer la solidez del hielo verdadero. Sin embargo, aun así no cedía a la presión del pie, y requería, donde la pendiente se mostraba muy pronunciada, del tallado de los escalones. Para ese propósito, algunos habíamos traído pequeñas barras y algunos garfios, mientras que otros, sin duda los más, simplemente hicieron uso de la huella en el hielo.

”La regla general durante el ascenso fue que solo el líder cortaba el hielo lo suficiente para permitirle subir a él mismo, y que cada uno seguía sus pasos para agrandarlos con su marcha, y así, mientras el trabajo del más destacado se veía aligerado, se preparaba un buen camino para el descenso, cuando era más necesario el equilibrio que para ascender. A través de este procedimiento, dictado de forma directa por la necesidad y la experiencia, no se podía descuidar un solo paso. Hubo obstáculos múltiples y de todo tipo, agravados por la carga de la cruz, por lo que nuestra progresión sufrió tanto retraso que, aunque cruzamos la región pedregosa de un modo de nada sencillo, fuimos capaces de ganar 305 metros de elevación en una hora, y ahora apenas podíamos ascender 183 metros en el mismo tiempo. Era necesario realizar un progreso audaz por la pendiente y, habiendo marchado directamente en la dirección en la que estábamos avanzando, apareció una grieta profunda en el hielo de unos 1’5 metros de ancho y de tal longitud que podíamos ver claramente que no era posible rodearla. Por suerte, la caída de la nieve mostró un lugar donde se había llenado la grieta de forma aceptablemente buena para que, con ayuda mutua, pasáramos de forma segura, una hazaña algo difícil por la circunstancia de que el borde del hielo al que se quería llegar era mucho mayor que el otro donde estábamos parados.

”Tan pronto como superamos este pequeño problema, ascendimos por una pendiente muy moderada y nos encontramos en una llanura de nieve casi horizontal que constituía el paso principal en este lado del Ararat […]. Esa altura fue el límite de nuestros esfuerzos de aquella vez porque, a juzgar por las apariencias, aún tendríamos que trabajar durante tres horas. Para nuestra tristeza, se originó un viento fuerte y húmedo que nos dio motivos para esperar una tormenta de nieve, lo cual atenuó nuestro coraje y nos hurtó toda esperanza de alcanzar la cumbre”.

Aquel 19 de septiembre de 1829 los expedicionarios lograron emplazarse sobre los 4.885 metros de cota, lo cual les hizo suponer que estaban unos 107 metros por encima del Mont-Blanc [sic]. Sin embargo, tuvieron que destinar algún tiempo al emplazamiento de la gran cruz que transportaban, dado que el sitio parecía visible con telescopio desde Erivan. Estos retrasos místico-religiosos sentenciaron de una manera definitiva la segunda intentona de Parrot:

“Impulsados por un sentimiento común, nos volvimos una vez más hacia la cumbre, y no pude evitar el preguntarme si, en realidad, tendríamos que renunciar a alcanzarla. Pero el reloj nos dijo que era ya el mediodía; en el cielo las nubes comenzaron a juntarse; y nuestros medios eran inadecuados para pasar una noche en este pináculo helado; todo dijo claramente no a la idea de seguir el avance. También la declaración en firme del guía, Stepan Melik: El tiempo solo es insuficiente para el resto del ascenso, aunque estemos casi en la cima. Eso tranquilizó completamente los espíritus abatidos de todos, menos a mí mismo, cuyo único consuelo fue la esperanza de otro intento más exitoso”.

El descenso del hall del Ararat discurrió esta vez sin percances hasta el campamento intermedio en Kip-Ghioll. Al día siguiente, el 20 de septiembre de 1829, el grupo arribaba al monasterio de San Jacobo sobre las 10:00 h. Justo a tiempo, pues se presentaron de inmediato varios días de pésimo clima. Cuando por fin la montaña se sosegó, Friedrich Parrot debió de pensar que no había dos sin tres. Y comenzó a planear un tercer ensayo de hacer cumbre…

  1. ¿Unas gotas de alpinismo heroico para empezar con buen pie el 2018? Si lo queréis hacer de la mano de Friedrich Parrot existen dos versiones de su aventura más bíblica: Reise zum Ararat (1831) y Journey to Ararat (1846). Una edición en lengua inglesa, se dice que muy trastocada por su traductor, Cooley, anda aquí por gentileza de la Universidad de Pittsburg:
    https://archive.org/details/journeytoararat00parr
    Por lo demás, pueden descargarse las aventuras de Pitton de Tournefort en este wiki-enlace:
    https://es.wikipedia.org/wiki/Joseph_Pitton_de_Tournefort
    En cuanto a las Visions of Ararat de James Justinien Morier, se consultan on line por estos andurriales:
    https://books.google.es/books?id=v1SFxhrXuy0C&pg=PA43&dq=morier+armenia&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwittOaS9KnYAhUIrRQKHQHOB8AQ6AEINzAC#v=onepage&q=morier%20armenia&f=false

    • Hum. Dice Alberto en la primera entrega del Asunto Noé que se le dio el nombre de Parrot al lago donde se suponía el barco bíblico. Acabo de leer lo del santo “Iluminador de Armenios” y he visto nuevamente la luz. ¿Y si el Gobierno de Aragón envía a los señores de la Comisión Asesora de Toponimia al Ararat para que les organicen el cotarrillo cartográfico con sus reconocidas habilidades linguisticas? Pero que los envíen a todos por favor.

      • Abres una línea interesante de veras, Makako. Tendrías que acudir en persona al Pignatelli para explicarle mejor al consejero Soro tu plan para que la “Marca Aragón”, a través de nuestros reputadísimos toponimistas, se extienda por todo el Orbe…, comenzando por Oriente Medio. Seguro que tras zumbarse del Ararat nombres como el de la laguna de Parrot (¡un guiri!), podrían descubrir sus raíces auténticas en plan “lagunet del Cul de la Tuquetica Blanqueriza”. Del idioma armenio o del arameo, claro.

    • Un magnífico saludo al 2.018 Alberto. Es como un sueño ver la realización de una ascensión tan primitiva. Espero ya la tercera parte deseando que haya cuarta y también quinta.

      • Otra maravilla que acabo de descubrir es que nos hayas regalado el libro de Parrot. Muchas gracias Alberto.

        • Celebro que te guste, Adrián. Estoy más que de acuerdo contigo en que los alpinistas de otros tiempos vivieron aventuras verdaderamente irrepetibles con un equipo de risa (o, mejor dicho, de miedo) y que las supieron plasmar de un modo magnífico. Si puedes, saca tiempo para leer las peripecias de Parrot en inglés; ya verás cómo te fascinan…

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