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Parrot del Ararat

Cerraremos nuestro lote de aventuras post diluvianas con el relato del primer ascenso confirmado al monte Ararat. Como bien saben quienes hayan curioseado entre las dos entradas previas, el cincomil armenio donde dice la tradición que varó ni más ni menos que el Arca de Noé.

En las referidas entregas hemos podido constatar lo cerca de esta cumbre bíblica que quedó nuestro apreciado Friedrich Parrot durante su dúo de tanteos inaugurales. Aunque el germano-ruso no se encontrara muy bien de salud debido a cierto percance en un helero, alistó un nuevo grupo de asalto. Para la ocasión, contaría con cinco montañeses robustos, dos militares de la escolta y un joven diácono de San Jacobo. Otro de sus ayudantes científicos, Hehn, les acompañó en el tramo bajo del ascenso, si bien dedicado de pleno a completar el herbario.

Llevamos ya algún tiempo en compañía del concienzudo Parrot. Así, a nadie extrañará que entre las páginas de su Reise zum Ararat (1831) diera muestras de tener las ideas muy claras en cuanto a las necesidades de las expediciones de alta cota en el primer tercio del siglo XIX:

“La experiencia adquirida durante mi ascenso anterior me había enseñado que todo dependía de que pasáramos la noche lo más cerca posible de los límites de las nieves perpetuas, para poder alcanzar la cumbre y regresar de nuevo al día siguiente. Por ello, tanto las cargas de las bestias como las de los hombres debían limitarse a lo que era absolutamente indispensable. Así pues, solo llevaba tres bueyes cargados con algo de ropa de abrigo, el suministro necesario de comida y una corta cantidad de leña. Subí también un cruz pequeña, confeccionada con unas barras de dos pulgadas de diámetro cortadas de un roble, para luego armarlas, de forma que la parte más larga de la pieza pudiera servir como un piolet al hombre que la llevara”.

El 25 de septiembre de 1829 la caravana de este sabio al servicio del zar Alejandro emprendía el mismo camino que en la ocasión anterior. De hecho, elegirían para el vivaqueo, su campo base avanzado, una ubicación muy similar:

“Enseguida se encendió un fuego y prepararon algo caliente para el estómago. Dicha comida consistía en una sopa de cebolla, plato que puedo recomendar a los viajeros de montaña en tales circunstancias para que la tomen extremadamente caliente y así sentir cómo reviven. Es mucho mejor que la comida de procedencia animal o las sopas de carne, porque requieren para su digestión de una mayor energía, por lo que de hecho restablecen, pero no tan rápidamente como para permitirle sentir cualquier beneficio dentro del período dedicado al esfuerzo. Desafortunadamente [el monje] Abovian tenía prohibida esta excelente comida, pues una festividad de la Iglesia le obligaba a un ayuno estricto […]. De haberlo sabido de antemano, hubiera previsto para él alguna de las comidas permitidas como infusiones o té de pimienta macerada, con las cuales hubiese podido recuperar sus energías sin violar las reglas de la Iglesia. Los otros armenios también observaron estrictamente lo prescrito, y quedaron satisfechos con el pan que habíamos traído con nosotros y con el brandy distribuido entre ellos y los soldados en ciertas porciones. Para el uso de este estimulante se requiere mucha precaución cuando existe una demanda de energía física como al ascender a una alta montaña, por si produce un efecto opuesto al esperado. Es decir: una sensación de cansancio y una inclinación a dormir. Sin embargo, estas personas se mostraron del todo razonables y discretas como para no pedir más brandy del que pensé que era conveniente darles.

”Pasé allí una tarde deliciosa, observando a unos compañeros de buen humor, viendo que el cielo estaba despejado sobre la cumbre de la montaña, cuya sombra se proyectaba con una enorme grandeza. Luego, con la llegada de la noche gris, la sombra se extendió en la distancia y en la profundidad por debajo de nosotros. Así, pude recogerme en un sentimiento único de paz, ternura, amor, agradecimiento y sumisión, evocación silenciosa del pasado e indulgente visión del futuro. En resumen: esa tan indescriptible como deliciosa sensación que afecta a los viajeros cuando están a grandes alturas y en circunstancias agradables. Favorecido por una temperatura de 4°C –no se notaba la menor sensación de calidez en la atmósfera de nuestra elevación–, me recosté a descansar, cobijado bajo una roca de lava, mientras mis compañeros permanecían aún durante largo tiempo charlando alrededor del fuego”.

Llegaba el día decisivo. El sexteto seleccionado para intentar el Ararat salió del campamento a las 6:30 h. El terreno había cambiado desde la última ocasión: se había ido la nieve reciente, lo que suponía mayores dificultades para el avance. Además, el paso de los neveros al helero les impuso la dura tarea de tallar escalones desde muy abajo. En tales condiciones el progreso fue lento y laborioso. Retomemos la ascensión de la cuadrilla de Friedrich Parrot desde el punto donde se dieron la vuelta la vez anterior:

“En dirección a la cumbre teníamos ante nosotros una pendiente más corta pero más pronunciada que la que acabábamos de superar, y entre esto y el pináculo más lejano parecía que solo nos separaba una suave hinchazón del terreno. Después de un breve descanso, ascendimos la siguiente pendiente, la más empinada de todas, con ayuda de la talla de escalones, y luego otra elevación. Pero ahora, en lugar de ver inmediatamente por delante el objetivo de todos nuestros esfuerzos, surgió toda una fila de colinas se había alzado ante nuestros ojos y que interceptaba por completo la visión de la cumbre. Nuestro espíritu, que nunca había fluctuado tanto cuando teníamos a la vista las dificultades que quedaban para ser superadas, se hundió un poco, y nuestras fuerzas, agotadas por el duro trabajo de tallar los escalones en el hielo, parecían poco adecuadas para alcanzar un objetivo ahora invisible. Al calcular lo que ya se había realizado y lo que quedaba por hacer, considerando la proximidad de siguiente hilera de alturas y echando un vistazo a mis entusiastas compañeros, mis temores huyeron y un ¡con audacia, hacia delante! resonó en mi pecho.

”Pasamos sin detenernos por un par de colinas, donde notamos el viento de la montaña. Proseguimos adelante en torno a la sombra de un montículo de nieve y se materializó ante unos ojos ahora colmados de alegría el extremo del cono, el pináculo más alto de Ararat. Aun así, una última rampa requirió de nuestros esfuerzos para ascender un tramo de hielo por medio de escalones. Una vez logrado eso, hacia las 15:15 h del 27 de septiembre (9 de octubre [según el calendario local]) de 1829, nos detuvimos sobre la cima de Ararat.

”Primeramente traté de disfrutar de algún descanso. Extendí mi capa y me senté sobre ella. Me encontraba en una superficie ligeramente abovedada, casi cruciforme, de unos doscientos pasos de circunferencia, que en sus márgenes se inclinaba de forma abrupta por todos lados, pero particularmente hacia el sureste y el noreste. Formada por hielos eternos, sin rocas ni piedras que interrumpieran su continuidad, tal era la austera y plateada cabeza del viejo Ararat”.

Todo un momentazo en la historia del alpinismo heroico. Pero nuestro Parrot de la Maladeta era eminentemente un hombre curioso. Por ello no se entretuvo mucho antes de registrar en su cuaderno de notas lo que percibía alrededor desde la cota 5.156 metros. Entre otros motivos de corte científico, por si era de utilidad para aportar su granito en el esclarecimiento de los arcanos bíblicos:

“La suave depresión entre las dos eminencias [del Pequeño y del Gran Ararat] presentaba una llanura de nieve moderadamente inclinada hacia el sur, sobre el cual sería fácil ir de una a otra. Se suponía que era el lugar donde el Arca de Noé descansaba, si es que la cumbre en sí misma se suponía el escenario de tal evento, pues no había necesidad del requisito del espacio debido a que el Arca, según el Génesis, tenía unos trescientos pies de largo y cincuenta de ancho, por lo que no hubiera ocupado ni una décima parte de la superficie de esta depresión. [Robert] Porter hacía sobre este tema un comentario sutil [en Travels in Georgia (1820)], favorable a la opinión de que el lugar del varadero del Arca no estaba en la cima de la montaña, sino en alguna porción inferior de la misma, porque en el Génesis se decía: En el primer día del décimo mes, de las cimas de las montañas surgieron. Pero se dice que la ventana del Arca estaba arriba. En consecuencia, Noé podía haber visto solo lo que estaba más alto que el barco, que por lo tanto estaba más abajo que las cumbres de las montañas […]. Porter se siente inclinado a considerar el amplio valle entre el Pequeño y el Gran Ararat como el lugar donde descansó el Arca. En este razonamiento, sin embargo, toma los textos citados anteriormente de las Sagradas Escrituras en un sentido diferente al literal, porque no se dice en ninguna parte que Noé vio las montañas saliendo por delante, sino simplemente se dice que después de que el Arca hubiera varado, las aguas disminuyeron, por lo que ya durante el primer día de la décima luna las montañas comenzaron a surgir. Luego, después de cuarenta días, Noé abrió la ventana que había hecho en el Arca y dejó volar un cuervo. Y, de nuevo, al cabo de tres semanas, Noé abrió la puerta del Arca y vio que el suelo estaba seco […]. ¿Alguien se debería preguntar ahora, considerando la posibilidad de que los restos del Arca sigan en Ararat, que nada de eso es compatible con las leyes de la Naturaleza si solo se supone que, inmediatamente después del Diluvio, la cumbre de esa montaña comenzó a verse recubierta con hielo perpetuo y nieve? Es una suposición a la que no se puede objetar razonablemente. Y cuando se considera que, en las grandes montañas, no es inusual que haya acumulados montones de hielo y nieve que superan los treinta metros de espesor, resulta obvio que en la cima de Ararat puede haber la suficiente profundidad de hielo como para cubrir el Arca, que solo tenía unos pocos metros de altura.

”Desde la cumbre se tenía una perspectiva muy amplia, en la que, sin embargo, debido a la gran distancia, solo las principales masas podían distinguirse con claridad. Tras haber examinado este panorama, me volví hacia mis compañeros. Pero no vi al fiel [monje] Abovian: se había ido, me dijeron, para instalar la cruz. Es lo que pretendía hacer yo mismo, y había seleccionado en mi mente el área redonda del centro, donde estaría más segura y en un lugar digno. Sin embargo Abovian, llevado por su celo piadoso, había tomado el asunto por su cuenta y había buscado un sitio para la cruz en el borde noreste de la cumbre. Como justamente comentó, si se alzaba en el centro no sería visible desde la llanura, siendo que apenas contaba con un metro y medio de altura. Para lograr que la cruz fuera visible no solo desde la llanura sino también desde Arguri y San Jacobo, se arriesgó a acudir, con riesgo de su vida, muy lejos en la pendiente del margen, y en ese momento se encontraba a unos diez metros por debajo del centro de la cumbre, por lo que quedaba oculto. Estaba allí, trabajando duro, horadando un agujero en el hielo para instalar la cruz. Era evidente que ese lugar era del todo desfavorable para la instalación permanente de la cruz, dado que la gran inclinación de su superficie era más propensa a las fluctuaciones en el hielo y a un progreso hacia abajo en masa, por no decir nada de las caídas repentinas o de las avalanchas y los movimientos que continuamente tienen lugar en los glaciares de todas las montañas. Por eso, en unos pocos años tal vez, el único monumento que probara que habíamos estado en la cumbre desaparecería de ella. Sin embargo, finalmente me vi influido por el hecho de que era posible que esa cruz no tuviera que esperar mucho tiempo la llegada de otro viajero. Y, por otro lado, no resultaría menos honorable para nosotros si una señal, al menos visible por el momento desde la llanura, fuera testigo de la hazaña que habíamos sido tan afortunados de lograr. Decidí dejar la cruz en ese lugar mientras me fijaba en lo que se utilizaba como marca para la medición trigonométrica de la montaña. Permití que el diácono hiciera su voluntad y procedí a observar el barómetro que había establecido en el centro de la cumbre […]. De esta observación, supuse, por lo tanto, que el Ararat tenía una altura vertical por encima del nivel del mar de 5.246 metros [hoy se le dan 5.156 metros]”

En el siguiente tramo de la narración se nota que, cuando nuestro médico explorador redactó este resumen de sus vivencias cimeras, ya había estallado el escándalo. Me refiero a esas declaraciones de los tres armenios del grupo allí presentes, asegurando que no se alcanzó la misma cima… Un testimonio al que  se le presta escaso valor en la actualidad, tras poner en una balanza las afirmaciones contrarias de los tres rusos, el prestigio del jefe expedicionario…, ¡y las más que previsibles injerencias religiosas en este caso particular! De cualquier modo, Parrot fue muy respetuoso con sus compañeros renegados. En la recreación de sus momentos de alegría por la victoria no se olvidó de facilitar sus nombres: Khachatur Abovian, diácono en Echmiadzin, Alexei Sdrovenko y Matvei Chalpanof, soldados del 41º regimiento de Cazadores, Ovannes Aivassian y Murat Pogossian, campesinos de Arguri. A todos colmó de elogios, lleno de satisfacción por su comportamiento en la montaña. Sobre todo, al religioso:

“El diácono, aunque solo tuviera veinte años de edad, y acostumbrado como estaba a una vida monástica tranquila, en ningún instante aflojó en los esfuerzos requeridos para esta empresa, y mostró a lo largo de ella suficientes pruebas de espíritu y firmeza, así como de ese entusiasmo que le animó hacia el éxito del objetivo. Su celo devoto, que le impulsó en Echmiadzin [el monasterio de San Jacobo] a seguirnos, le guió también con seguridad a pesar del obstáculo múltiple de vestir su traje monástico, que constaba de tres largas y completas túnicas, por los escarpados montones de rocas destrozadas y los pendientes glaciares de Ararat. En cuanto pisó la cumbre, prestó toda su atención a la cruz, sin pensar en descansar, y desde este lugar tan querido para él quiso llevar al monasterio un gran trozo de hielo, un agua que se guardó en una botella como especialmente sagrada”.

Pero era ya tiempo de prestar atención a la segunda mitad del viaje. Un descenso largo y peligroso esperaba a los seis hombres que acababan de hollar el hoy Techo de Turquía. No arrancaron su bajada sin el ceremonial que reclamaba una cima de características tan especiales como aquel cincomil:

“Tras permanecer en la cumbre unos tres cuartos de una hora, comenzamos a pensar en regresar. A modo de preparación, cada uno se tomó un bocado de pan, mientras que, al mismo tiempo, gracias a una pequeña cantidad de vino que habíamos traído con nosotros, con mucho gusto servimos una libación en honor al patriarca Noé. Luego, uno después de otro, marchamos rápidamente por la pendiente, utilizando los escalones profundos que habíamos tallado en el hielo durante el ascenso. La bajada resultó extremadamente fatigosa y, para mí en particular, me causó mucho dolor en las rodillas. Sin embargo tuvimos que nos apresuramos, ya que el sol estaba bajo, y antes de que llegáramos a la llanura de nieve de la gran cruz [donde vivaqueaban], se había hundido por debajo del horizonte.

”Fue un espectáculo magnífico observar la oscuridad de la sombra que se arrojaba en la llanura hacia las montañas de abajo, hacia el oeste, y luego la profunda oscuridad que cubrió todos los valles y que gradualmente se elevó más y más en el Ararat. Ahora solo su cabeza helada quedaba iluminada por los rayos del sol oculto. Pronto también se cubrió por encima de la cumbre, y nuestro camino hacia abajo se hubiese visto en peligro por la oscuridad sin la luminaria de la noche [la luna], que surgió en el cuarto opuesto de los cielos para arrojar una luz clara y hermosa sobre nuestros pasos”.

Por esta vez sin accidente alguno en la nieve, el sexteto llegaba al campamento intermedio sobre las 18:30 h. Allí les esperaba el resto de los auxiliares con el fuego y la cena ya dispuestos. Parrot y los suyos se ponían en marcha al día siguiente hacia las 6:00 h, para alcanzar de nuevo el monasterio allá las 12:00 h del 28 de septiembre de 1829. Les aguardaba un recibimiento triunfal:

“Entramos con alegría en San Jacobo, como el patriarca Noé, con sus hijos, y con sus esposas, y con las esposas de sus hijos, había descendido del Ararat unos 4.000 años antes.

”El día después de nuestro regreso, durante nuestras devociones sabáticas, le ofrecimos al Señor nuestro agradecimiento, tal vez no muy lejos del mismo lugar donde Noé construyó un altar a Dios, y ofreció holocaustos sobre el mismo. La tarde de nuestro regreso fue celebrada con la descarga de algunos cohetes que debimos a la bondad de Von Dunant, capitán de artillería en Erivan”.

Unos gozos efímeros, dada la polémica que acechaba al impulsor del proyecto a no mucho tardar. Abreviaré al máximo, para no empañar el logro deportivo, esos cruces de documentos jurados que estaban a punto de producirse:

“Espero que el lector, confiando en la veracidad que, en mi opinión, es el primer deber de quien hace una declaración en el registro, habrá seguido la narración anterior sin desconfianza y en la creencia de que estuve realmente en la cumbre de Ararat. Por lo tanto, aunque sea a regañadientes, pero con fundamentos suficientes, he tomado la decisión de agregar aquí algunas palabras con respecto a la posibilidad de que se produzca cualquier superchería entre el público. Hay que tomar en consideración que pueden transcurrir muchos años antes de que se concrete otro intento de subir al monte Ararat. O, lo que sería peor para mí, que las más diversas circunstancias, que no siempre están bajo el control de los viajeros, puedan vencer en tal intento. Entonces podría suceder que las viejas opiniones preconcebidas sobre la imposibilidad de ascender al monte Ararat revivieran, y junto con ellas, las dudas (al menos en algunas personas) sobre la verdad de mi narración. Dudas que, además, ya viven en el seno de muchos armenios fuertemente unidos a los principios de su credo, y que fueron expresadas abiertamente por ellos mientras todavía estaba en su país, aunque no por un ataque personal contra mi persona.

”Mientras tanto, mis sentimientos predominantes eran los de agradecer la buena suerte de haber alcanzado un objetivo tan ardientemente deseado. Tan firme era mi confianza en que el público educado no habría puesto en mí o en la narración de mis viajes anteriores, el menor mal pensamiento o aprensión, que cierta sensación contraria penetró en mi mente. Pero cualquier medida tomada para contrarrestar esas sospechas me hubiera parecido participar en una ingratitud o injusticia. Por lo tanto, me sentí más que dolido y tomado por la sorpresa cuando, un año después de la finalización de este viaje, un hombre perteneciente al público europeo educado, un hombre de mérito en su campo, uno que, a causa de su larga residencia en esos países, poseía el indudable reclamo de la confianza en su conocimiento local, fue el primero en arrojar una piedra contra mí en un comentario publicado para insistir en la imposibilidad del hecho que yo había proclamado. Un asunto que el honor de mi nombre exigía respuesta. El conocido y muy valorado Tiflis Chronicle publicaría, en sus números 11 y 22 del año 1831, los comentarios hostiles y la respuesta dada a los mismos, por lo que el asunto pareció haberse terminado allí. Sin embargo, al verme despertado por este preludio, y deseoso de contribuir en cuanto esté en mi poder a la confirmación de la verdad, he pedido las declaraciones juradas de las personas que me acompañaron hasta la cima del Ararat”.

Ya se sabe: son las cosas de los humanos con las que uno se encuentra al descender de las regiones elevadas… No añadiré más sobre la gran ascensión de nuestro viejo conocido de hace doscientos años a la Maladeta: a partir de entonces, Parrot del Ararat. El apasionado explorador de la Montaña del Arca de Noé.

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Comentario

    • Sí: ¡vaya risas que nos podemos echar en tal caso, José…! Porque, según la leyenda, entonces llegaría el Fin del Mundo. Una especie de Argameddon, pero sin, ¡ay!, Liv Tyler… Así que, mejor, vigilemos las páginas de la revista Desnivel sobre trekkings de altura al Ararat, por si comentan algo sobre hallazgos de restos de la Góndola Bíblica…

      • Eres un lector fácil de contentar, Luis… Pero con muy buen gusto, pues, efectivamente, las vivencias que nos transmite desde 1829 el amigo Parrot, lo mismo que a ti, me parecen de primera. Por eso las he aireado, por cierto… Más saludos.