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Más allá del Culo de Cabra

Lo dicho: quienes frecuenten el macizo pirenaico de la Nieve Vieja harán bien en hacerse con el ejemplar de enero de 2018 de la revista Desnivel. A modo de ampliación de su apartado histórico, podemos revisar por aquí el texto completo de la visita de Louis Ramond a esa cima que por entonces se denominaba Néouvielle-de-Caplong. Es un documento esencial de nuestro deporte que ha sido poco o nada difundido. Porque esta segunda constituye realmente una primera crónica de la subida a un tresmil del Pirineo. Una descripción para mí apasionante que se anticiparía por unas añadas a la aventura no menos vívida del Monte Perdido.

Antes de cederle la palabra al Padre del Pirineísmo, nos detendremos unos instantes para una rápida consideración al margen. Que una personalidad básica de nuestro deporte se vea despojada de uno de los recuerdos que con toda justicia le dedicaron los mejores geógrafos de otros tiempos me causa un bochorno infinito. Independientemente de si el hombre nació en Estrasburgo o si lo hizo en, pongamos, la aragonesísima villa de Sant Cucufatau dera Bal d’el Cul. La ignorancia y la politización parecen cernirse sobre las montañas oscenses. Más adelante ya me centraré en el caprichoso toponimicidio que pretenden cometer con el Soum de Ramond…

Volemos ahora hasta los tiempos de la descubierta pirenaica sin preocuparnos por revisarles el pasaporte a quienes la protagonizaron. Tras el repaso de los reconocimientos previos desde Barèges, un anticipo de lo que más tarde realizaría en torno al Macizo Calcáreo, acompañemos al inmortal alsaciano hacia las regiones superiores. De este modo retrató sus experiencias del 20 de agosto de 1795 durante su ascenso hasta los 3.035 metros del hoy Turon de Néouvielle:

“La descripción que [Henri] Reboul había hecho de las alturas del Néouvielle me venía sin cesar a la mente, y proyectaba desde hacía tiempo buscar sus huellas sobre las avenidas de esta montaña. Me importaba reconocer así la estructura de la montaña y ver más de cerca ese pico oblicuo cuyo color y aspecto parecía contrastar demasiado con el tono oscuro y forma piramidal de las rocas graníticas de las que estaba rodeado para no tener las mayores dudas sobre la materia de la que estaba compuesto.

”Así, esperé hasta que llegó un día como el que iba a ser necesario para recorrer esos desiertos de roca y nieve, y alcanzar una elevación que excediera notablemente la del Pic du Midi [de Bigorre]. Llevaba como guía a Laurens, quien se acordaba muy bien de su encuentro con Reboul y Vidal en esta ruta [siete años antes]. Reboul era conducido por Simon [Guicharnaud], el mismo con quien partí en la víspera [durante el verano de 1787] hacia las montañas del Garona, y Laurens había observado el camino que habían seguido. Su viaje fue muy largo. Partiendo con la albada, no estuvieron de regreso en Barèges sino a las 23:00 h. Como Simon no conocía en absoluto el sector, que estaba muy poco trillado por las gentes de la zona, es posible que tal incertidumbre contribuyera a las fatigas y peligros de la jornada. Yo conocía mejor su disposición y había frecuentado los alrededores del pico, y pensaba que estaba más acostumbrado a las montañas, por lo que necesitaría, al ser igual en todo lo demás, menos tiempo que aquellos sabios para realizar un recorrido semejante. Partí, pues, a las 7:00 h tan solo, junto con dos personas que quisieron acompañarme [además del guía, de quienes no facilita su identidad], persuadido de que el día bastaría para volver a Barèges.

”Tanto Laurens como yo sabíamos bien que primeramente era preciso alcanzar el territorio de los lagos, pero diferíamos de opinión en cuanto a la dirección en la que convenía atravesar. Yo quería subir primero a Couméscure, el término ordinario de mis recorridos en esa zona. Por el contrario, él pensaba que era preciso dejar todos los lagos a la derecha y aproximarse sin desviaciones a las bases del pico. Su idea prevaleció para la subida, y la mía tuvo su turno para la bajada: parece que hicimos bien tanto en un caso como en otro […].

”Desde aquí [el famoso lago del Cau de Craba, o Culo de Cabra] comenzaba de nuevo la subida, pero cuanto más ascendíamos, más invisible se hacía. Apenas se percibía sino el bello lago de Astazou, que se mostraba con un aspecto destacado. Enseguida, sobre el lago de la Glaire [hoy se escribe Glère], cuyo orgulloso recinto pedía toda su majestuosidad por la altura desde donde se observaba, sin embargo otros objetos atraían nuestra atención de un modo muy imperioso: el más llamativo de todos era la cresta granítica que unía el pico de Lurtet al de Néouvielle. La silueta afilada de sus cimas, la aspereza de sus pendientes y, sobre todo, su prodigiosa elevación, ofrecía un espectáculo tan novedoso como inesperado a quienes no las habían visto sino desde lejos. Aquí aparecían como una serie de agujas que se apretaban y sostenían mutuamente a una altitud que no se podía medir sin inquietud, contemplando los enormes desprendimientos que por allí rodaban incesantemente. El aspecto singular bajo el cual esta cresta se veía era debido a la posición de las capas que la componían […].

”Esta cresta presentaba una brecha [¿la futura de Chausenque?] que nos pareció accesible. Resultaba evidente que traspasándola ganaríamos la vertiente del valle del Aure y que nos encontraríamos al nivel de las nieves de la Hèche de Carrère [¿Ramoun?], que no era otra cosa que la vertiente oriental del Néouvielle. Incluso parecía probable que, gracias a esas nieves pudiésemos alcanzar la cumbre principal, y nuestro guía presumía que por allí podríamos regresar desde las cumbres meridionales al cuenco lacustre donde en aquellos momentos nos hallábamos. La última conjetura no me pareció fundamentada y, como no quería arriesgar el éxito de la jornada, convencí a mis compañeros para que renunciasen a la tentativa. Enseguida quedó demostrado que tenía razón.

”Así pues, continuamos la subida bordeando la base del Néouvielle. Es difícil imaginar lo penosa que resultó esta parte del viaje. Se marchaba sobre desprendimientos que eran como bloques de granito de todos los tamaños, cuyos intervalos era preciso franquear saltando sobre unas zanjas o sobre puntas en las que un equilibrista sobre cuerda temería un balanceo. Unas laderas inclinadas donde el pie no se sustentaba sino en salientes de un espesor ligero que era necesario recorrer sin casi atreverse a apoyarse por allí. Ni un fugitivo cuya pista se siguiera hubiese temido tanto pisar la hierba como aquí el dejar impresas sus huellas sobre las nieves inmaculadas. Es cierto que en ningún lugar se veían precipicios que aturdieran. Pero por todas partes se alzaban unas puntas listas para quebrar al imprudente que se arriesgara a adoptar una postura en falso o al desgraciado que se desequilibrase. A poco que uno se fiase de su destreza, solo era preciso tiempo y paciencia. Mientras que el hombre ejercitado saltaba con ligereza de bloque en bloque atravesando las zanjas, y volaba sobre los planos inclinados, el novato trepaba, se deslizaba, ascendía un bloque, corría a lo largo del otro y se aseguraba con las manos, tanteaba con el bastón o se detenía a menudo para contemplar con ojos espantados este amplio escenario de desolación y muerte. Pero, ¿dónde estaban esos pinceles que retratarían la oscura majestuosidad de unos roquedos que se alzaban en mitad de aquellos desprendimientos, la osadía de sus formas y ese tinte donde se sumaban la antigüedad con la injuria del paso de los años? […].

”Avanzando constantemente nos aproximamos al pie mismo del pico. Aquí apareció un torrente que caía en largas cataratas a lo largo de una cresta de roquedos que separaba dos vaguadas de nieve. Decidimos subir por la de la derecha. Las nieves se mostraban un poco duras y la ascensión fue rápida. Pero la nieve nos evitaba las piedras, por lo que era preferible esta nueva forma de viajar. Al llegar a lo alto de la vaguada la nieve ya nos había fatigado a su vez, por lo que retomamos los roquedos. Desde aquí el pico [de Néouvielle] se mostraba en toda su altura, aunque había cambiado de forma. Ya no era esa pirámide truncada e inclinada en su cumbre, sino una larga cresta de pendientes escarpadas. Lo habíamos contemplado de perfil: en esos momentos se presentaba de frente. Entre él y nosotros se abría un barranco profundo totalmente recubierto de nieves y sembrado de lagos medio helados. A estos lagos, de un azul negruzco, le daban el fondo otros tantos embudos de un blanco resplandeciente cuyas nieves aparecían surcadas en su circunferencia por ser el centro de las avalanchas que caían desde las alturas circundantes. Conté cinco o seis de estos lagos. La disposición escalonada y uniformidad de su aspecto dejaron alguna incertidumbre en mi enumeración […].

”Ascendiendo tanto por nieves fuertemente inclinadas como por los roquedos que las dominaban, alcanzamos finalmente la larga cresta [¿del Turon?] que terminaba por la izquierda en el pico de Néouvielle, y a la derecha en la bella aguja conocida por los montañeses bajo el nombre de Campana de Larrenz [un topónimo que escribe con diversas grafías]. Aquí el espectáculo de las montañas era soberbio, aunque no estábamos al término de nuestro recorrido. Una porción del Marboré estaba oculta por las cimas del pic Long, y se observaba por la izquierda las alturas que nos resultarían fácil de alcanzar. Resolvimos, pues, escalarlas entonces. Marchando siempre por el filo de la cresta, nos elevamos hasta una cima que formaba parte del Néouvielle aunque se viera separada de él por una horrible fisura, y que no estaba sino a una cincuentena de toesas [1 toesa son 1’94 metros] por debajo de la cumbre principal. Sobre sus accesos, a unas 1.560 toesas [3.026 metros] sobre el nivel del mar y a unas 50 toesas [97 metros] sobre el pico del Midi [de Bigorre], la vegetación no ofrecía aún objetos dignos de destacar. Fue preciso buscar entre los bloques de rocas que recubrían toda la pendiente, donde cada bloque protegía su pequeño trozo de césped. Tan pronto se descubría la saxifraga bryoide como la saxifraga de Groenlandia; más allá, algunos ejemplares de la ranuncula glacial; aquí la potentilla vernal […]; finalmente, el pie de león [o edelweiss], la única planta corriente entre tantas raras, y la bella genciana acaulis, tan común que constituye el principal ornamento de este jardín hiperbóreo.

”Pero los pequeños objetos de observación que me habían interesado durante el penoso trabajo de ascenso desaparecieron en la cima ante unos colosos que se disputaban mis miradas. ¿Quién pensaba en discernir los objetos efímeros de unas jornadas de primavera cuando era preciso reconocerse entre los testigos de tantos siglos y tantas convulsiones? En el seno de este caos de montañas apiladas, busqué con inquieta curiosidad las ásperas cimas que ya había recorrido. Medí a ojo las que me habían negado su acceso. Determiné la figura, posición y nombre de esos grupos que estaban defendidos por tantos desiertos, sobre los cuales las miradas no podían posarse sino raramente y solo desde algunas cumbres privilegiadas. Ante nosotros se elevaba en primer plano el pic Long, una montaña desgajada y horrorosa, cuya cima del todo granítica horadaba las nieves eternas, cuyos flancos aparecían repletos. Esta cumbre se percibía desde el pico del Midi, aunque por poco […].

”El pic Long, por su elevación y proximidad, tapaba todas las montañas que había entre él y la cresta de la cadena. Pero una de ellas le dominaba y se alzaba ante nosotros en toda su majestad: el Monte Perdido, el monte más alto de los Pirineos [sic] se mostraba como el primero, justo enfrente, exhibiéndose sobre un enorme pedestal en el que se distinguía primero un extraño cilindro apoyado sobre gradas, seguido por las Torres de Marboré [entonces, la Torre y el Casco] y sus gigantescos escalones, luego la brecha de Rolando y sus murallas, finalmente las dos cúpulas del Taillon [abarcando al Gabieto Este], entre las cuales brillaba el glaciar progresivo que vertía sus avalanchas sobre el puerto de Gavarnie [o de Bujaruelo]. El puerto era visible al completo […].

”En cuanto a las conexiones orientales del Monte Perdido escapaban al observador tras la cima del pic Long. La vista quedaba atrapada en el estrecho desfiladero que separaba ese pico del de Néouvielle, y no tenía sino una perspectiva oblicua de la porción de montañas del Aure cercanas a los puertos de Bielsa y de Plan […].

”Cualquiera que hubiese recorrido las montañas que teníamos ante nuestros ojos no hubiera podido concebir sino aquí el valor mostrado. Vistas desde arriba eran de tal modo agudas, sus pendientes parecían tan escarpadas y los precipicios tan profundos que uno no buscaba sino con espanto los vestigios de su ruta […]. Los pastores españoles atraviesan estos desiertos con sus carneros itinerantes, los contrabandistas escapan por allí [abajo] de los guardias, los cazadores persiguen por allí a los rebecos y las autoridades van por allí para verificar los términos. Pero es a este nivel desde donde es preciso apreciar los peligros de semejantes senderos. Vistos a vuelo de pájaro, amedrentaban incluso las miradas, y uno no se atrevía a fijarse en los roquedos que acechaban los pasos de los montañeses.

”La cima en la que nos hallábamos [¿el Turon?] era precisamente donde se detuvieron Vidal y Reboul, desde donde verificaron la medición del Monte Perdido. Como ellos, reconocí que era imposible alcanzar por esta ruta la cumbre principal del Néouvielle. Quizás lo hubiéramos logrado si, como nuestro guía [Laurens] proponía, hubiésemos pasado a la vertiente del valle del Aure por la brecha de la agujas […].

”Empleamos siete horas y media en ganar el punto que alcanzamos, y pasamos casi tres cuartos de hora dibujando la vista del pic Long y del Monte Perdido. El sol viraba hacia poniente y sentimos enfriarse gradualmente ese viento de las cimas que nunca se conoce sobre las de altitud mediana, pero que produce una impresión tan viva en quienes lo han respirado alguna vez que uno no necesita del testimonio de otros sentidos para quedar advertido de la altitud a la que ha llegado. Descendimos, pues, transidos por el frío, hasta la parte inferior de la cresta, donde hicimos un consejo [¿el origen de la leyenda sobre los Trois Conseillers?] sobre la ruta más expedita para acortar la vuelta. Nadie tenía la tentación de recorrer en descenso el espantoso caos de rocas que tanto esfuerzo nos había exigido para subir. Una amplia vaguada de nieve se abría ante nosotros, y el guía suponía que debía de conducirnos directamente hacia los lagos inferiores. Aunque era una conjetura, preferimos la incertidumbre de esa ruta nueva a la certeza de lo desagradable de la vieja. Por otra parte, la extensión de las nieves y su fuerte inclinación surtían de buenas perspectivas a la prontitud del regreso. Ellas se endurecían a la vista de las sombras del atardecer. No había tiempo que perder. Laurens y yo, apoyados sobre nuestros bastones, y mis compañeros sentados, nos lanzamos todos de buen grado por la pendiente hacia las profundidades laberínticas que nuestros ojos no permitían penetrar. ¡Qué descenso, Dios mío! Seguimos la ruta de las avalanchas, pasando como relámpagos entre los roquedos, creyendo siempre que estábamos al final de un viaje que acababa, y hallando siempre otra vaguada, al cabo de la cual acabaría, animándonos a seguirla, escapando, creyendo en ello y reactivando nuestra alegría a través de mil incidentes risibles. Así recorrimos en tres cuartos de hora las gradas que no habríamos descendido ni en tres horas, cuyo final era un lago que aún no habíamos visto, soberbio tanto por la forma como por la extensión, por el oscuro horror de sus orillas y su fúnebre tranquilidad. Mi guía nunca lo había visitado, y solo lo conocía por la tradición. Era el más elevado de los lagos occidentales. Por excelencia, se le llama lago de Néouvielle [Estellat Superior], o lago de las Viejas Nieves, pues las nieves eternas se detenían en sus orillas”.

Resumiré el descenso de nuestro cuarteto de pirineístas dieciochescos. Quienes llegaron sin novedad a Couméscure con la noche ya cayendo. Finalmente entraban en Barèges sobre las 20:30 h, después de trece horas de actividad por “una de las regiones más ásperas y alpestres que no había visto nunca en los Pirineos”, según dijo Ramond.

Este hombre inquieto no tardaría nada en reconocer a ese Néouvielle-de-Caplong recién ascendido desde otras atalayas pirenaicas. Como su favorita, con el permiso del Monte Perdido, la inmensa balconada del Midi de Bigorre:

“Se distingue muy bien la cima adonde fuimos, un mamelón situado frente al pic Long, cuya cumbre se eleva por encima […]. Esta montaña, conocida bajo dos denominaciones por las gentes de la zona, no porta nombre alguno en los mapas del Pirineo. Su posición ni siquiera está indicada ni vagamente, y todo cuanto a ella se refiere parece haber sido relleno por la imaginación del grabador en un espacio en blanco que los geógrafos habrían dejado”.

Dejemos que el Padre del Pirineísmo se reponga de su primera experiencia narrada desde un tresmil de nuestra cadena. No sin antes romper otra lanza en favor de su memoria. Como dijera Eduardo Martínez de Pisón el pasado 24 de enero, aquí en Zaragoza, durante su presentación de La montaña y el arte en el Museo Provincial: “Para mí siempre será el Soum de Ramond”. Pienso igual.

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13 Comentarios

  1. Alberto: creo que he resuelto el problema del Sum de Ramond en un libro bueno de Antonio Beltrán. Cuenta que el Mito de las Tres Sorores es por tres princesas moriscas que escapan de su padre que era el Rey Altabill de Zaragoza. Pues mira: la pequeña se llamaba Sobeya. Ya tenemos el nombre más viejo y más puro de todos sin necesidad de la Comisión de Toponimia: el Sum de Sobeya, porque es la cima más pequeña de las tres Sorores.

    • ¡Pero mira que eres “enredador”, Adrián! De todas formas, para gustos están los colores. Puestos a darles ideas sobre pureza toponímica a los caballeros del entorno del consejero Soro, yo optaría por la versión de un sobrarbés como Ramón José Sender Garcés, quien vio en las Tres Sorores (nada dijo de Treserols y variantes más exóticas) a tres monjitas asesinadas: Ana, Clara y Pilar. Algo me dice que las ordenó desde el sur y de oeste a este, por lo que la montaña que hoy nos ocupa le correspondería la última citada. Lo dicho: que tomen nota nuestros preclaros investigadores lingüísticos, quienes ya pueden sustituir al Soum de Ramond por el Soum de Pilara, de Pilarín o de Piluca… Un topónimo más aragonés que un calzoncillo hecho con tela de cachirulo.

  2. Lo cierto es que se trata de un texto delicioso, sin desperdicio. Me ha llamado la atención el presunto origen del nombre “Trois Conseillers”, de lo que nada conocía. En cuanto a la región descrita, es una preciosidad; el valle de Aure acapara las visitas, pero es mucho más interesante conocer el Néouvielle desde Bareges. Por último, también estoy de acuerdo contigo frente a las normalizaciones lingüísticas; por suerte, el valle de Arán se muestra bien dispuesto a defender su lengua de Oc. Ignoro si tendremos la misma suerte respecto de Hecho o Ansó, pues del Panticuto ya no queda ni rastro.

    • Hola de nuevo, José… Pues te remito a la revista Desnivel del mes de enero: en ella se cuenta que, según cierta leyenda local apócrifa, el pico del que hablas se llamaba antes Soum de Maniportet, y que cambió tras un “consejo” cimero, cierta deliberación de tres cazadores que discutían sobre cómo se bajaba de allí. En el guiño de esta entrada me preguntaba si, en realidad, estos hechos no sucedieron en el siglo XIX como se cuenta, sino a finales del XVIII. Y si, además, fueron cuatro los señores que protagonizaron esa especie de “consejo”.
      Ya sabes: los mitos de montaña evolucionan con el tiempo, y no siempre tienden a la exactitud. Por ejemplo, el de los “dos alemanes muertos en el Balaitús”…, que, efectivamente, se refería a dos personas que fallecieron despeñadas por allí, pero en dos accidentes separados por una decena de añadas. Y tampoco eran alemanes. Claro: uno de estos madrileños era de procedencia suiza, y sus cadáveres los recogió el mismo guía sallentino…
      Vuelvo a tu caso: ¿quizás el hecho que provocó el cambio de nombre de este tresmil fue el protagonizado y acreditado por Ramond y los suyos? En tal caso, ¿tendríamos que hablar del pico de los Quatre Conseillers? ¿Y subió en realidad a esta montaña, que no al Turon…? Cualquiera sabe: sigamos, mejor, con las tradiciones, tal y como han llegado hasta nosotros.

  3. ¡Sí señor, Alberto!, menudo documentazo… Gracias por la traducción… Suerte tenemos de nuestros vecinos del norte… ¡Soum de Ramond forever and ever!

    • Sí: por fortuna tenemos ahí, en la vertiente norte, a nuestro común amigo Gérard, investigando en serio (¡¡¡y sin subvención!!!) los temas que de verdad interesan al gremio de las montañas, que los nuestros nunca han entendido muy bien eso de las fronteras y del nacionalismo… Entre otros colegas y hermanos, no menos activos en sus curioseos por la Historia. Ya sabes: nuestros vecinos están alucinando que no veas con lo de la Lista Soro; no entienden que desde una Institución Pública se haya hecho eso, y menos aún de ese modo. La “Marca Aragón” anda de boca en boca, ya te digo. Bien por los suelos, bien embarradica.

  4. Existe la vida fuera de los despachos del Pignatelli. Las iniciativas pirineístas no subvencionadas con dinero público siguen funcionando para elevar los hitos de nuestro deporte hasta donde se merecen.
    Por ejemplo, este texto reeditado en 2014 del que acabo de traducir unos fragmentos. Procede de unos diarios personales de Louis Ramond redactados entre 1792 y 1794 que, por lo que parece, nunca pensó en publicar. Sobrevivieron al saqueo de su domicilio parisino por parte de los cosacos en 1815, siendo “descubiertos” para el pirineísmo por Henri Beraldi a comienzos del siglo XX. En 1921 pasaban al Museo Pirenaico, desde donde fueron editados como “Carnets pyrénéens” por un socio de honor de Montañeros de Aragón (entre otros clubs) llamado Louis Le Bondidier, diez años más tarde. Aunque con una tirada corta.
    La letra de Ramond era clara, pero en sus diarios aparecía apretada y algo desdibujada. Para la presente edición de la casa Cairn de Pau, fue preciso aplicar técnicas avanzadas de paleoescritura con el fin de obtener un texto más ceñido al pensamiento del autor. Por añadidura, se consultó a varios expertos acreditados para aclarar aspectos tanto científicos como montañeros de estas peripecias dieciochescas del futuro “Padre del Pirineísmo”. Uno de estos especialistas, el doctor Gérard Raynaud, tuvo la amabilidad de enviarme un ejemplar, del que he obtenido lo que con gusto he traducido al español. Si, para darle ya una difusión universal, alguien lo quiere pasar a ese idioma aragonés de “pachtwork” que entre unos cuantos se han inventado, pues por mí perfecto…
    Por suerte para todos, el trabajo bien hecho brilla por su presencia, a nada que nos alejemos de las iniciativas más recientes que ha protagonizado el Gobierno de Aragón en el mundo de los tresmiles…

    • Muy bueno este “Culo de Cabra” Alberto. Bueno el texto y bueno este comentario esclarecedor. Casi prefiero volver sobre los comentarios del anterior y dejar una consideración personal. Yo diría que muchos de los actores de este pequeño drama-sainete han participado en el engañados. Por esos que llamas creadores de un Aragón Imaginario.

      • Pues no veas las dudas que yo mismo tengo sobre todo este proceso, que sus instigadores ya se han ocupado bien de cubrir de tinieblas, rehuyendo durante largos años el dar la menor explicación sobre sus jueguecitos con los mapas. Ante esta actitud prepotente y de hechos consumados (o, mejor, impuestos), solo resta aventurar conjeturas sobre la participación de cada uno. Te voy a poner un ejemplo que a mí me parece de lo más significativo y que podría explicar alguno de los enigmas de la Lista Soro…
        Vamos al espacio del “Pozino Nazionalista dera Bal d’Ordesa-Monperdito”, o como quiera que sea que tenga que llamarse oficialmente ahora nuestro Parque Nacional. Al oeste de la brecha de Rolando hay un pico de 2.978 metros (¡uf, por 22 metros se ha salvado de salir en la Lista Soro!) que, al estar carente de nombre, se designó desde finales del siglo XIX con el de uno de sus primeros conquistadores: el gabacho, ultragabacho, megagabacho de Jean Bazillac… De repente, en el famoso “mapa verde” de Prames con registro legal de 2000, surgió cierto “Picalayuala/pico Bazillac”. Una permuta sin firmar ni razonar. Enseguida, en los mapas posteriores de esa misma empresa semi estatal, aparecería el nombre de quien se hacía responsable de su toponimia. De quien todavía esperamos las explicaciones de lo que, ¡quién sabe!, pueden ser magníficos ejemplos de la investigación aragonesa tresmilera. Que no, recemos para ello, de la inventiva aragonesa… Porque, en efecto, nadie había oído ni leído hasta entonces lo del pico Picalayuala. Todo lo más, Pascual Madoz hablaba a mediados del siglo XIX de que la brecha de Rolando se llamaba en Vió puerto de Godi o Picalayuela… ¿De ahí salió el nombrecito de marras? ¿Se trataba de ponerle un topónimo que sonara a local al precio que fuera? Me pregunto yo por qué se eligió entonces ese, y no el de Tuquetica Godi. O, ya puestos, el apellido del más que probable instigador del invento, que suena a aragonés que no veas… ¿Han hecho así con otros ejemplos como el del pico, digo tuquetica, del Estraperlico en Benasque? ¿Vale todo para quitar los nombres que suenen a montañeros o a gabachos…?
        Pero me centro ya en tus cándidos planteamientos simiescos: todo el mundo sabe que esos mapas, firmados por el caballero de marras, han venido al mundo con los sellos de Prames (y de la FAM, en algún caso). Por ejemplo, de la versión de 2008 de “El nombre de nuestros picos”, que para no llevar a engaño, hubiesen tenido que subtitular “según el señor Fulanito de Tal”. E incluso ampliar a los nombres de los responsables que editaron, con dinero público (entonces en el Gobierno de Aragón no estaba la CHA), este listado personalista y sin explicaciones…
        Ya sé que la historia es larga, pero ya termino… El mapita en cuestión, editado lujosamente (eran tiempos de vacas gordas, que no de ERES), fue a parar a los clubs de montaña. En el mío, que no sé en los demás, el asunto fue debatido en Junta, aunque no había nada que discutir: a todos nos pareció una auténtica sinrazón. Se mandó una carta al presidente de la FAM, protestando por lo que en esa entidad fundada en 1929 (la federación nació mucho más tarde, en los sesenta) entendía era un atropello. Se recibió una respuesta que no explicó ningún aspecto técnico, aferrándose a un rescoldillo formalista sobre si esa toponimia tan singular ya había sido editado previamente. Como así había sido, vamos.
        Ya ves, Makako: la Lista Soro tiene varios padrinos ocultos. Como se dice en Aragón: muchos participaron en el ajuntamiento, aunque ahora no quieran estar presentes en el parto…

    • Supongo que como tú Alberto a veces me da vergüenza ser aragonés. En su día hicimos poco por subir montañas antes que los de otros lugares. Pero dejando registro que si no cualquiera sabe. Ahora nuestras autoridades tratan de tapar esa falta de interés con una barbaridad mayor. Es que no tenemos remedio.

      • Has puesto el dedo en la herida, Adrián, te lo digo sin exagerar. Como aragonés apolítico que soy, lo he pasado fatal viendo al consejero Soro saliendo en la tele diciendo auténticas barbaridades, tan fresco, con una seguridad que me maravillaba. Casi me sentó tan mal como cuando en la radio salió uno de sus subdirectores para proclamar a los cuatro vientos sus, digamos, importantes deslices históricos. Vale que tienen en sus manos, con 2 escaños de un total de 67, al Gobierno de Aragón, y que por ello disfrutan de una especie de derecho de pernada (figura metafórica). Podían haber dicho perfectamente algo así como esto: como mandamos nosotros durante cuatro años, aquí se va a hacer lo que nosotros queramos, y a partir de ahora estos tresmiles se llamarán oficialmente como nosotros vamos a decir, sin dar una explicación, que para eso somos como somos… ¡Ar!

        • Total Alberto, que se lo podían haber ahorrado todo y poner en los mapas los nombres que les vinieran en gana por ley. Sin avisar y sin anunciarlo por los medios. Bien que podían haberse ahorrado la comisión incluso.

          • Hola, Adrián…
            Pues, visto lo visto, no sé muy bien qué pensar. Cualquiera sabe qué fue primero, si la gallina o el huevo. Porque por aquí había gente rondando, por diversas empresas e instituciones aragonesas, desde el inicio del Milenio al menos, que jugaban a “vamos a cambiar los nombres del Pirineo para que no los reconozca ni la madre que los parió”. En plan: “Ya está bien de que los mapas atufen a montañeros, a gabachos, o lo peor de todo, a montañeros gabachos”. Aunque, por el momento, despistando con la bi-nominación, para ver si colaban las supuestas “voces del pueblo” que endilgaban sin la menor explicación. Tengo un interesante lote de mapas de Prames en los que se puede ver esta evolución o, habría que decir, conversión a la cartografía imaginativa. ¿Se cayeron de algún caballo, o mejor burro autóctono, en algún Camino a Damasco, tras quedar deslumbrados por alguna luz nacionalista…? El caso es que los mismos caballeros que, en número corto, han protagonizado esta travesía del desierto toponímico, metiendo sus gracietas “monperditianas” donde podían y siempre que podían, parece que ahora se han subido al carro del vencedor para hacerlas oficiales a golpe de decreto. Del mismo modo en que se aprobaron, pongamos, el “Fuero de los Españoles”: a dedazo. Y en Aragón hay otros toponimistas, yo diría que tan buenos o más que los del chollo gubernamental, con los que, me parece (que siguen las brumas y nadie da la lista de “expertos”), no han contado para el invento este de la Lista Soro.
            Eso sí: me da que el Consejero echa pestes del mal día en el que se le ocurrió meter el pie en este campo de minas. Algo me dice que el tema de los tresmiles le va a pasar factura electoral, que es donde más le duele. Acaso le hayan engañado para que encabece una cruzada que, al final, no va a ganar. Esperaré con verdaderas ansias la publicación (¿por Prames?) de sus Memorias.