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Manual para toponimistas ardorosos

Entre los pirineístas de antaño existió casi siempre un gran interés por identificar las cumbres que ascendían o que planeaban visitar. Por lo general, preguntando a cuantos montañeses pillaban a un lado u otro de la muga. ¡Cómo, si no! Sinceramente creo que el grueso de nombres de nuestras montañas, los de verdad y no los que pretenden endosarnos desde junio de 2017, se obtuvieron a resultas de interrogatorios a guías, cazadores y cabreros. De forma amistosa, claro.

En varias crónicas sobre los Montes Malditos se narran, un poco por encima, las pesquisas lingüísticas que emprendiera por estas regiones Louis Le Bondidier a comienzos del siglo XX. Recuérdese: uno de los eruditos de esta cadena al que las veleidades de una toponimia gubernamental le ha hurtado su merecido tresmil en Benasque. No me entretendré en la historia de esta nominación, realizada en los años veinte del siglo pasado a través de un hermoso detalle de amistad ante un pico, hasta entonces, ni hollado ni visitado. Mejor me centraré en un par de anécdotas ribagorzanas y otra sobrarbesa de quien hoy podría pasar como el gran azotador de los toponimistas ardorosos.

Los investigadores del Pirineo de otras épocas dedicaban su tiempo y talento a estas montañas básicamente por cariño hacia ellas. No extraña, pues, la ingente cantidad de páginas que Le Bondidier destinó a tratar de dilucidar “¿Cuál es el nombre del punto culminante de los Pirineos?”. Supongo que nuestros estudiosos contemporáneos se habrán leído el fantástico tocharraco que, mejor o peor encaminado (que no comulgo al cien por cien con sus teorías), le destinó al Monarca en los años cuarenta del siglo pasado. Un trabajo básico, si alguien quiere saber algo sobre la sorprendente evolución que siguieron los términos Néthou-Aneto.

Pero acudamos ya a esa porción de su recolecta de nombres sobre el terreno realizada junto al pastor Ramón Palomera en julio de 1905. Fue a resultas del encuentro casual en el valle alto de Ballibierna, sobre los 2.300 metros de la majada de Llosás, donde el galo descubrió una cabaña de piedra baja cercana a unos pinos hendidos por el rayo:

“La habitaba un español que, según lo que suponen quienes nunca han vivido largo tiempo entre los autóctonos, hubiera tenido que estar perfectamente informado sobre las montañas y los nombres de las montañas que lo rodeaban.

”En efecto: cada verano desde hacía veinticinco años, subía con sus rebaños hasta Llosás y pasaba muchos meses al pie del pico [de Aneto]. Pero, para Ramón Palomera, el único habitante de la residencia humana más cercana a la cota 3.404 metros, la cima que dominaba la cabaña era simplemente la Punta. El pastor benasqués no disponía en su vocabulario de ningún nombre especial para denominarla. El que nosotros pronunciamos ante él no le evocó recuerdo alguno, observación alguna, contradicción alguna, crítica alguna. Al pico que nos imponía con su masa nunca le había dado designación: era la Punta, una punta como también lo eran otras puntas (pues en su mente no las diferenciaba) de los demás picos que nos rodeaban, coronando este circo, tan risueño en la parte baja y tan feroz en esas crestas donde viví diez jornadas que, quizás, resultaron las más bellas de toda mi carrera pirineísta.

”La Punta fue exactamente el mismo término genérico que me pareció entender, cierta tarde del mes de agosto de 1903, delante de la débil fogata encendida bajo el roquedo que servía como cabaña, al pastor de Góriz, que era como designaba al Monte Perdido.

”Los motivos por los que, dos o tres veces al año, subía hasta allí y, bajando por el collado del Cilindro, seguía hasta la brecha de Tucarroya, no tenían nada que ver con la poesía de las altitudes o el deseo de ver bajo otro aspecto las montañas que le rodeaban: sencillamente iba a buscar bajo las piedras de la cima o sobre la mesita de la chimenea del refugio [de Tucarroya] esas cosas tan extremadamente raras y preciosas en todo el Alto Aragón: unas botellas.

”Por otra parte, creo que Ramón Palomera, el pastor de Llosás de 1905, no hacía sino perpetuar las tradiciones de sus ancestros”.

Que cada uno extraiga aquí las conclusiones que desee. Porque vamos ya con el segundo acto de este vodevil toponímico que nos transmitiera Louis Le Bondidier. Esta vez, servido cuando quiso abordar el “Origen y empleo local de la punta d’et Chibau” de Benasque. Aunque ganas no me falten, nada apuntaré, salvo su interesante texto:

“En la actualidad [1942], el orden de altitudes de los picos principales de los Montes Malditos, ¿es algo que desconocen las poblaciones que viven a sus pies? ¿Acaso no los diferencian a través de nombres distintos? Evidentemente no lo hacen. También es cierto que el carabinero del Hospital [de Benás] y el patrón de la posada benasquesa repetirán, para la ocasión, al viajero de paso, esos nombres que han oído pronunciar a otros viajeros. Resulta igualmente probable que, si se les pregunta, respondan que esos nombres son de la región, que existían desde tiempos inmemoriales y que han llegado así hasta nuestros días.

”Esos nativos se equivocan y, sin quererlo, equivocan a quienes les escuchan. Sobre el empleo local, sin reflexionar, sin pensar en verificar y sin tratar de demostrarlo, ellos concluyen que tiene un origen local: el distingo entre lo que se emplea y lo originario les parece, por una parte, extremadamente sutil y, por otra, sin interés.

”Los toponimistas que, con gusto, consideran a las gentes de la zona como a una especie de pitonisas de las cuales se debe registrar sus oráculos sin someterlos a crítica y sin rebuscar sus orígenes, a veces sospechosos en cuanto a su inspiración, incurren seguidamente en la misma confusión y asignan la misma autoridad toponímica a un nombre de origen extranjero empleado por los locales que a un nombre verdaderamente local.

”Un ejemplo típico de este tipo de error y de la facilidad con la que un neologismo puede introducirse en la toponimia me fue proporcionado en los Montes Malditos por Ramón Palomera, ese pastor de Llosás que, en 1905, no tenía para designar al pico de 3.404 metros [el Aneto] otro nombre sino el genérico de la Punta.

”A finales de 1913 [Henri] Brulle, con quien estaba en correspondencia por cuenta de ciertos rincones poco conocidos del macizo de los Posets y del reverso de los Montes Malditos, me escribió para contarme que, habiendo acampado, el verano anterior [de 1912] cerca de la cabaña de Llosás, había escuchado al viejo pastor cómo designaba al pico de Ballibierna bajo el nombre de punta del Chibau. Ese nombre local tan extraño, que hasta entonces jamás había sido utilizado en la literatura pirineísta, le intrigaba a mi corresponsal, quien me preguntó lo que sabía y lo que pensaba al respecto.

”La explicación resultó tan simple como inesperada.

”Ese pico de Ballibierna que alza con orgullo frente a la cabaña de Llosás su cara abrupta y convulsa, se divide, si no geográficamente, al menos históricamente en dos cimas: la Occidental (3.067 metros), que es la más elevada, y la Oriental (3.055 metros). Entre ambas existe una arista calcárea de la que Russell había dicho: Es inútil pasar, aun a riesgo de perder la vida, sobre la extremidad occidental, separada de la otra, que asimismo constituye una cima, a través de una laja calcárea en la que los dos pies de un hombre apenas caben.

”Ya he explicado en el relato de una campaña por Cataluña y Aragón, realizada en el verano de 1905, las conversaciones que sostuve, varias noches seguidas, dentro de su cabaña ahumada, sobre la famosa laja de calcáreo, la Taillante [el Tajo del Ballibierna], y las dificultades de su travesía. Incluso se estableció una apuesta entre los porteadores, uno de los cuales, Peye, dijo que la pasaría no solo a caballo, sino de pie.

”Ramón Palomera, quien en 1905 lo ignoraba todo sobre el pico y no le atribuía nombre alguno, retuvo dichos propósitos [de Peye], confirmados porque se jugó una botella de [vino] rancio de la que, naturalmente, él se tomó su parte. Así, cuando ocho años más tarde Brulle le preguntó el nombre del pico, le respondió con toda naturalidad: la punta del Chibau, o el pico sobre el que se pasa a caballo [origen del hoy Paso del Caballo].

”Se lo comenté a Brulle y el incidente no tuvo continuidad, toponímicamente hablando. Pero si, como hubiera podido pasar, yo hubiese fallecido de la grave enfermedad que por entonces padecía, o si no hubiera podido comunicarme con Brulle, sin duda que habría anotado este vocablo algún toponimista ardoroso, ansioso de reformas, que habría pedido el retorno al nombre local recogido en boca del pastor de Ballibierna. Un regreso en apariencia tanto más legítimo y necesario, dado que dicho vocablo, procedente de la particularidad de una ascensión terminal, parecía demostrar que el pastor, sus colegas o sus ancestros conocían todos los detalles del pico, al que habrían subido”.

Espero que anoten bien estos trazos de historia pirineísta los actuales toponimistas ardorosos. Puestos a sacarse de la manga el nombre de un tresmil aragonés, que se esfuercen un poco más y que inventen mejor sus neologismos. Aunque gocen de todas las complicidades políticas del mundo, es lo menos.

13 Comentarios

  1. ¡Bravo, Alberto! Claramente, sin subterfugios ni circunloquios, sin tapujos… Te aseguro que si yo estuviera en el lugar de esos toponimistas ardorosos actuales no tendría la conciencia tranquila… ¡¡Qué escándalo, qué vergüenza y qué país!!

    • No comparto tus ideas, Xavi… Yo diría que, bien agarrados al sillón o a la subvención como parecen estar todos estos promotores/artífices de la Lista Soro, viven tan ricamente: disfrutando de las buenas vistas que hay desde las alturas. Lo que digan los “Pepitos Grillo” de nosotros, el “populacho”, les quita poco el sueño. Bien se ve, tal y como nos han endosado el “trágala” de su, digamos, “Colección Pintoresca de Tresmiles Imaginativos y Aragonesizados”. Ya sabes cómo es la Tierra de Buñuel…

      • Pues aunque soy medio maño, esta vez no voy a seguir en mis trece, Alberto… Por desgracia creo que tienes razón, pues está claro que los artífices de la Lista de Soro (o de Prames) contaban con las hasta ahora buenas tragaderas de nuestro colectivo, el cual desde luego no les quita el sueño… De cualquier modo, ¿crees que esta vez han ido demasiado lejos o por el contrario continuarán actuando impunemente?

        • Pues cualquiera sabe, Xavi: tienen la sartén por el mango y ellos lo saben. No sé qué podrá más: si sus ganas de seguir con su Aragón Imaginario (supuestamente montañés) antes de que las elecciones, si lo hacen, los pongan en su sitio como séptima fuerza política de nuestra Comunidad. O si la resistencia que deben de estar constatando les hace ser más prudentes…
          Aprovecharé para decir, una vez más, que los no nacionalistas, los sencillamente aragoneses, siempre hemos apreciado la ayuda de quienes vienen a las montañas pirenaicas con ganas de hacer algo por ellas. Muchos nunca hemos considerado que son “nuestras”en exclusiva, por haber nacido en una demarcación territorial más o menos cercana, más o menos vinculada a ellas. Eso son las cosas de esos nacionalistas de miras cortas…

  2. De lo más ilustrativo. En cierta ocasión experimenté algo parecido, con la intención de averiguar el nombre real de la Forca de Cavichirizas, dirigiéndome para ello a naturales de Piedrafita. En este caso, el testimonio de una persona de origen autóctono, pero ya plenamente asentado en la cultura urbana cesaraugustana, me dio la impresión de responder más a resonancias de denominaciones de uso reciente que a recuerdos de su niñez ya olvidada.

    • Sí, es lo habitual… Hace no demasiado protagonicé una de mis mejores “caneladas” hablando, largo y tendido, con un nativo que llevaba toda la vida viviendo y trabajando por los montes de Guara… Una charla bien prolongada sobre el terreno, porque el hombre prefería hablar de política y de uno de los santos locales. Pero, en fin, con paciencia (y mucho tiempo, que no veas lo que me retrasó), conseguí que me hablara de cosas de las alturas… Por ejemplo, le saqué el mapa de editorial autóctona que llevaba, y le pregunté si a la cota máxima de Guara, ellos, los pastores-cazadores-agricultores, le llamaban Tozal o Puntón de Guara… Casi se me parte, y me dijo que esas eran “nuestras cosas”: que ellos le llamaban, sin más, “el Pico”… Y en cuanto al Tozal des Cubilars, Cabezón de Guara, Ballemona y demás, pues me dio nombres de lo más simplificados… Lógico, ¿no?

  3. muy interesante alberto como siempre que salimos de una gorda y nos metemos en otra mas gorda aun

    • Pues tengo material como este como para ir sacándolo de aquí a las próximas elecciones autonómicas… Pero voy fatal de tiempo, y lo tendré que ir espaciando. Espero que disfrutes, sin sulfurarte (demasiado), de los siguientes, Luis. Insisto: la Lista Soro es para tomársela, el tiempo que permanezca entre nosotros, con cierta filosofía y sentido del humor… Va: otro saludo.

    • ahora que lo veo al monte perdido le llamaban los pastores la punta y nada de treseroles ni nada de esos nombres raros de ahora

      • Muy agudo, Luis, veo que te has fijado en lo más llamativo, pues lo de “La Punta”, para el Aneto, es un dato que se aireó en nuestra tierra a partir, creo, de Escudier, en 1972… Lo de “la Punta”, para el Monte Perdido, tiene su miga: ni Tres Sorores, ni Tres Herores, ni Tres Serols, ni Moum Pergut, ni Monperdito, ni, mucho menos, Punda-Farabunda del Monperdito-tito-tito, o como hoy se llame oficialmente según los genios que han puesto nombres a su gusto para la Lista Soro…

        • Alberto yo me quedo con lo de tomar lo que dice la gente del país como si fuera el Oráculo de Delos. Ya se sabe que en los pueblos como en todas partes hay gente lista y tonta, gente que conoce su tierra y que no. Desde luego que los pastores serían listos algunos pero no todo lo que decían era como para mirarlos como a Pitonisos.

          • Muy buena observación, Adrián. Seguro que todos cuanto hemos charlado con algún montañés hemos comprobado que, en efecto, ¡no todos son pitonisos! Como ya advirtiera Le Bondidier a esos “toponimistas ardorosos” que parecían creer lo contrario… Otro saludo más.

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