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El Moncayo de Sanz Artibucilla

Esta primavera los montes de Zaragoza van a estar de plena actualidad. Es de justicia: sobre sus relieves se pueden descubrir paisajes intensamente bellos y de fuerte temperamento. Sobre todo, ideales para una visita antes de que llegue la estación del calor continental a sus sierras. Bien que lo saben esos apasionados del montañismo maño que eligen con sensatez el día más adecuado para recorrer sus escenarios, tan poco trillados como únicos… De cotas nada ostentosas, pues los techos de nuestra provincia los conforman tres de los seis dosmiles que se contabilizan en el Moncayo. Y hablando de la emblemática cúspide del Sistema Ibérico…

No siempre se han abordado las viejas crónicas del Monte Cano desde la perspectiva deportiva. Afortunadamente, un erudito del siglo pasado se interesó por todas las facetas de nuestra montaña. Me refiero a José María Sanz Artibucilla (1877-1949), firmante del trabajo sobre El Moncayo: Ciencia, Turismo, Religión (1935). Puede resultar llamativo que sus aspectos de excursionismo-naturaleza fueran tratados en fechas tan tempranas (para el deporte aragonés) por este canónigo de la catedral de Tarazona nacido en Cascante, Navarra. Autor de los dos densos volúmenes sobre la Historia de la fidelísima y vencedora ciudad de Tarazona (1929 y 1930). De quien dijera en 1935 un concejal del Ayuntamiento turiasonense, Emiliano Murillo, que fue un hombre que pasó su vida “dedicado a por entero a investigar en los archivos de media España, buscando y rebuscando datos, cifras, hechos ocurridos que alguna relación tuvieran con Tarazona”. Y con sus zonas montañosas, claro.

Como suele ser lo acostumbrado en esta tierra poco lisonjera, la labor de nuestro apóstol del moncayismo fue reconocida como tal después de su fallecimiento. En el texto anónimo que publicó el Heraldo de Aragón del 1 de noviembre de 1957, refiriéndose al monumento que le alzaron en Tarazona, se hablaba del “gran historiador, canónigo, publicista y colaborador de Heraldo de Aragón”. Se les olvidó añadir que también fue uno de los pioneros del hoy conocido como turismo verde.

Pero dejemos ya que Sanz Artibucilla nos presente su Moncayo. Recortando los retales más montañeros del texto de 1935, de este modo difundía el navarro sus bellezas naturales cuando estas apenas se habían fomentado hasta entonces:

“Tarazona es la ciudad del Moncayo. Éste es el gran problema montañero y turístico de Tarazona. Así dijo la revista Aragón [del Sindicato de Iniciativa y Propaganda] y nosotros hemos de añadir que no es solo problema de Tarazona, aunque a nuestra ciudad le toque más cerca, sino que lo es también de Aragón y de España, porque difícilmente se encontrará una montaña que reúna tan cumplidamente cuanto el más exigente pueda apetecer. En todo tiempo y bajo todos los aspectos satisface plenamente el Moncayo para el turismo abierto; ciencia, higiene, emoción, belleza, religión; todo se armoniza allí soberanamente, brindando encantos, ofreciendo dones para que cada cual escoja según sus particulares gustos. El insigne padre [Longinos] Navás escribió con gran acierto: El Moncayo es un verdadero museo, un paraíso para los naturalistas. ¡Si en otras naciones lo tuvieran!

”El geólogo encontrará [en el Moncayo] un muestrario de los terrenos más típicos; el botánico podrá contemplar una flora propia y exclusiva llena de encantos, maravillas y novedades; el zoólogo y el etimólogo hallará cumplida satisfacción de sus anhelos, como lo han experimentado muchos españoles y extranjeros; el turista, ávido de emociones, hallará pasos fantásticos; el que desea grandezas de la naturaleza, en Moncayo las contemplará como en ninguna otra parte; el fatigado de cuerpo o de espíritu disfrutará un poderoso sedante y un vigoroso reconstituyente; el que vive en el bullicio de las grandes urbes descansará en completa paz; las personas, en fin, dadas a la contemplación y a la virtud se encontrarán estupendamente en Moncayo porque allí parece que se siente más cerca la majestad de Dios, porque allí tiene su casa la Virgen Santísima y porque allí se respira una atmósfera de paz y fraternidad cristiana y se vive un plácido ambiente de turismo piadoso.

”El Moncayo es, sin duda, el más soberbio balcón del panorama nacional, porque en ninguna parte, como en él, puede admirarse espectáculo de grandeza tan magnífica. Quede pues asentado que el panorama del Moncayo no tiene igual en extensión y en este concepto debe considerarse el primero de nuestra Península […].

”Innumerables son los espectáculos sublimes y de arrobadora belleza que nos ofrece Moncayo. Unas veces se poda la niebla a nuestras plantas, mientras nos envuelve la luz solar; se la ve subir por las escarpadas vertientes a las que se adhiere caprichosamente, para disiparse, como por encanto, al acercarse a nosotros, o juguetear con nuestro cuerpo al que arrebuja o del que se desprende a intervalos; otras, mirando a lo lejos las nubes que se dilatan por el firmamento, muéstranse blancas, iluminadas por los rayos del sol, semejando olas espumosas de un océano sin límites.

”Uno de los espectáculos más grandiosos es contemplar cómo se forman las tempestades que en el Moncayo son de una majestad extraordinaria por el fragoroso estampido de los truenos que resuenan poderosamente en sus concavidades y el deslumbrante fuego de los relámpagos que se incendian con proximidad estremecedora. Aunque menos frecuente, hay ocasiones en que estas tempestades estallan a nuestros pies y se contemplan con singular deleite, bañados en un sol que nos envuelve como en manto de oro. Esto es de lo más emocionante que puede apetecerse.

”Si te ha sorprendido uno de esos días en que la niebla envuelve en sus húmedos pliegues esos picachos; si extendida y rozagante la has visto vagar de uno a otro, ya cubriéndolos en parte, ya descubriéndolos, habrás visto que muchos de ellos semejan con toda propiedad amenazadores guerreros envueltos en ceniciento alquicel, otros, fantásticos espectros que se disuelven en la región de las nubes.

”El claroscuro de la tempestad, o las sombras del crepúsculo dan a estas rocas misteriosas cierta entonación como de monstruosa fisonomía, y si por entre ellas serpentea el rayo, si retumba el trueno o silba el agudo alarido del huracán te será imposible sustraerte a la impresión de poderoso respeto.

”Pero en cambio esta decoración terrible se trueca en extremo risueña cuando la doran los rayos del sol y la matizan los mil y mil arbustos de su vegetación frondosísima, y la embalsaman sus confortadores olores y la animan por doquier el murmullo de las fuentes, los gemidos de la brisa, los gorjeos de las aves y sobre todo los alegres cantares de la romería.

”Fuentes y arroyos que son, mejor dicho, bulliciosos arroyuelos o torrentes espumosos que caen de las piedras cubiertas de verde barniz sobre el fondo aplomado con que las viste la naturaleza, praderas y arbustos regados siempre con agua pura de nieve derretida, pendientes escarpadas, enormes pedruscos de formas fantásticas y caprichosas, vallecitos y alfombras de mullido césped, bosques umbrosos de majestuosas hayas, dilatados pinares, graciosos grupos de rebollos, senderos tortuosos que se pierden para aparecer después, auras o brisas olorosas y de salud, aires purísimos y muy oxigenados, chordón [frambuesa] tan sabroso como aromático, torrentes de luz: he aquí algo de lo mucho que a Moncayo hace deseable.

”La salida del sol en el Moncayo es un espectáculo lleno de encantos y rico en variedad de perspectivas todas ellas en sumo grado sugestivas: no se sacia el espíritu de contemplar repetidas veces un tan embelesante cuadro.

”La ligera enumeración que hemos hecho de los tesoros de todo orden existentes en el Moncayo, da idea de las muy variadas excursiones que allí pueden realizarse, escogiendo cada uno según sus particulares aficiones y especiales preferencias. Geólogos y naturalistas, atletas y románticos todos verán satisfechos sus anhelos. Montañeros, alpinistas, exploradores y turistas de diversas clases lo han visitado con frecuencia.

”Entre las excursiones las hay muy breves y más largas, de gran facilidad y de no pequeña dificultad, de suma emoción y de placidez suma. Nombremos algunas. Las más próximas al Santuario y de menor esfuerzo son, la fuente de San Gaudioso y las butacas al final de este paseo construido por el Obispo Castellón cuyas armas episcopales se ven sobre la fuente; encima del Santuario, la Nevera y el Cucharón por el sur, el paseo del Cura, el Casino y la cueva de San Jerónimo, por el norte; siguiendo la carretera en esta misma orientación pueden visitarse la Mesa de los Exploradores, el Hayedo, peña Nariz, peñas Meleras y el barranco de Castilla.

”Otras excursiones más largas pueden ser la Mina, la fuente del Morroncillo, el Cabezo de la Mata, Morca, Morana, la fuente de los Frailes, el prado de Santa Lucía, Agramonte y Fuentes Claras, que es uno de los sitios más deliciosos, situado a unos doscientos metros de Agramonte.

”El Moncayo es también muy a propósito para las excursiones hondamente emotivas. La revista Aragón [del SIPA] publicó unas fotografías y pasos arriesgadísimos y emocionantes por las peñas del Cucharón. No hay que ir a Suiza y a los Alpes para ver cosas más típicas.

”Entre las excursiones merece la prelacía la ascensión a la cumbre que han realizado gran número de aficionados al turismo abierto y casi todos los veraneantes del Moncayo, cuyos testimonios constan en el Álbum.

”La distancia desde el Santuario hasta la cumbre se salva con relativa facilidad por existir una senda en zigzag que hace más llevadera la ascensión, si bien hay que tener gran cuidado en no apartarse de ella para evitar lamentables consecuencias, y en no tomar equivocadamente la que de ella se desvía para llegar a la Nevera de San Miguel. Repetidamente han subido por ella caballerías, bien hasta el pozo de la nieve para cargar allí varias arrobas, bien hasta la misma cumbre, transportando utensilios de los excursionistas.

“Hemos mencionado antes el regreso vespertino de los excursionistas y su reunión en la iglesia para cantar los Gozos de la Virgen. Es éste uno de los más deliciosos cuadros moncaínos con marco altamente poético.

”Al sumergirse el sol en un océano de púrpura y oro, presenta el Moncayo el más sublime espectáculo, pues en esa hora, los últimos rayos que tan perfectamente delinean sus contornos, derraman sobre él un no sé qué de agradable y misterioso que parece convidar a los mortales a la meditación y el éxtasis descansando de sus trabajos y fatigas.

”¡Qué magníficamente rima entonces con el ambiente, la sonora campana de la iglesia llamando a la oración! Es al mismo tiempo el anuncio del regreso para todos los excursionistas que paulatinamente van apareciendo por sendas y vericuetos, poniendo en ellos pinceladas de color, llenando el ambiente con notas de inefables melodías al saludarse desde sus respectivas posiciones para, poco a poco, reunirse en agradable convergencia bajo el pórtico de la iglesia que, abierta e iluminada, espera a todos y a todos acoge, a fin de rezar juntos el rosario a los pies de la Virgen de Moncayo que es la Soberana de la Montaña y la bella Castellana de aquella berroqueña fortaleza […].

”Al salir del templo todavía se escucha la devota estrofa resonando en los ámbitos del Santuario y rodando por los canchales del gigantesco monte que parecen repetirla indefinidamente para que la súplica sea más continuada.

”Después…, al ir al comedor y durante la cena, una nueva y más espontánea alegría, si cabe, desbordada por todas partes y traducida en expansiones propias y características de estas alturas y de sus veraneantes, en los cuales se encuentra uno la verdadera España con sus notas características”.

No fueron estos los únicos párrafos más o menos montaraces que Sanz Artibucilla destinara en 1935 al viejo Mons Caunus. Por suerte para todos cuantos, además de ascender, deseamos conocer bien a fondo una montaña. Asimismo recopiló las emociones deportivas de quienes acudieron tempranamente a su trono alzado sobre los 2.317 metros de cota. Pero los contenidos del Álbum del Moncayo quedarán ya para la siguiente entrada…

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11 Comentarios

  1. Por aquí uno que se ha hecho con ese estupendo Montes de Zaragoza. La verdad es que exceptuando Moncayo, y sus vecinos, no he subido nada de la montaña de Zaragoza.
    Creo que esa guía me puede venir bien para obligarme a descubrir alguno de eso montes olvidados, modestos y sin “demasiado interés” montañero, que cuando los subes te dejan un recuerdo imborrable. Me ha pasado con varias tachuelas de mi tierra, que vas a ellos porque estás de paso, el tiempo te impide otras gestas… y luego cuando los descubres te tiras de los pelos por haber ignorado sistemáticamente esa y otras cotas “menores”. Buen trabajo, Alberto (y Eduardo)!!!

    • Pues no veas, Hugo, la de suelas de alpargatas que puedes dejarte al otro lado del Monte Cano… Te puedes ir extendiendo desde ese macizo, e ir pasando a otras sierras Celtíberas (antes de que llegue el calorazo, si es que llega)… ¡Sí que hay montes más allá del Padre Moncayo!

    • Seguro que sí, José… Ya lo estoy viendo sobre los mapas de editorial autóctona (y ultra subvencionada): el Moncayo terminará como la Tuquetica Blaqueriza, o algo parecido, tras sesudos análisis lingüísticos comparando el etrusco clásico con el nuevo arameo… Ahora fuera de coñas: en cuanto los comisionistas-asesoristas-toponimistas decidan volver a los montes, si es que no han terminado escaldados, donde puede haber una batalla verdaderamente interesante no será en las sierras Celtíberas sino…, ¡en Riglos!

  2. Hermoso canto a nuestro querido Moncayo… Hace algún tiempo que no lo visito, pero en la memoria siempre es un grato recuerdo.

    • ¡Con lo cerca de casa que nos queda a los “cheposos”…! En cuanto tengo un sábado o domingo suelto cuando hace bueno, en un par de horitas ya estoy estirando las patas por sus laderas…

    • Alberto muchas gracias: ahora mismo me he ido a leer tu artículo sobre el Moncayo a la ventana desde donde lo suelo ver en mi casa. Pero como hoy está nublado voy a tener que dejarlo para otro día. Muchas gracias por darnos a conocer bien la Gran Montaña Zaragozana.

      • Hola, Doble-A… No te preocupes: esperaremos hasta que las nubes se difuminen y veas brillar las nieves del “Monte Cano” por el horizonte… Muchas gracias por leer estas cosillas, por cierto…

        • Alberto haces bien en dar descanso y cambiar de tercio. Ya se sabe que los mensajes en los que se insiste en exceso dejan de interesar y pierden fuerza. Aunque presenten argumentos validos. Y ya sabes a lo que me refiero.

          • ¡Toma sagacidad simiesca! En efecto: unas entraditas sin hablar sobre la toponimia tresmilera, gloria de la Marca Aragón, pueden venir bien… De todas formas, este verano preparé material para ir sacándolo poco a poco (para no cansar en exceso) de aquí a las Elecciones Autonómicas: los siguientes irán sobre los techos del Macizo Calcáreo, con especial atención al Soum de Ramond… Luego se puede seguir, por ejemplo, con Aneto, Tempestades y Russell. Paciencia, pues.