por

El Álbum del Moncayo

Érase una vez un cura navarro fascinado por cierto Monte Cano… Parece el inicio de un cuentecillo imaginario, pero no, que hablo de un hecho real. En esta segunda entrada en honor de José María Sanz Artibucilla revisaremos sus recopilaciones montañeras sobre el Techo de la provincia de Zaragoza…, y de la hermana Soria, claro. Los ecos de nuestros ancestros de finales del XIX y comienzos del XX sobre esas piedras consideradas sagradas desde antiguo.

Para ello, vamos a recurrir al texto sobre El Moncayo: Ciencia, Turismo, Religión (1935). Más en concreto, al apartado de sus citas montañeras, tanto de textos de los ascensionistas directamente como del llamado Álbum del Santuario. Lo haremos sin desviar la atención con ningún otro comentario, dejando que los moncaínos apasionados disfruten con quienes les precedieron sobre esta cima de 2.317 metros de cota:

“Lleno está el Álbum del Santuario de poéticas descripciones más o menos ingenuas y simplicistas, estudiando las diversas fases de los bellísimos cuadros que en Moncayo se admiran.

”Grandioso panorama, espectáculo sublime el que se contempla y admira desde esta elevada montaña [Tomás Aguirre en el Álbum, 1891]. Sin los canchales que separan los dos grandes picos de Moncayo no podría admirarse la más estupenda perspectiva que hasta este día he contemplado [Luis Ibarra en el Álbum, 1900].

”El mismo pensamiento con sentido profundamente cristiano y concreto está consignado en el Álbum [Félix Cerrada, agosto de 1904] con estas palabras: En la cima del imponente Moncayo, masa gigantesca colocada por Dios en el corazón de España… hace falta una Cruz monumental, que así, al saludar a Moncayo desde todo Aragón, Castilla y Navarra, podremos saludar y adorar el símbolo más grande de nuestra fe y el emblema de nuestras mayores grandezas […].

Ningún pincel, dice uno [Juan Bautista Simón, 17 de septiembre de 1891], ni siquiera el riquísimo de Pablo Veronés, sería capaz de trasladar al lienzo la orgía de colores que desde estas alturas se divisan. Este cielo de incomparable esplendor, el violáceo tono de la cumbre, que parece esmaltado de obscura pedrería; los lejos de rosados tintes en que nadan Litago y Santa Cruz, más lejos Tarazona, Cascante, Tudela; la nube de humo que se eleva de Trasmoz y se disipa en el aire como una gasa; las obscuras ruinas de su vetusto castillo tan poéticamente descrito por Bécquer; el bosque de virgilianas hayas que acaban de darnos sombra y ahora divisamos como suavísimo prado; todo esto es un fuego fantasmagórico de sombras y colores imposible de describir por la palabra humana.

Parece el Moncayo, afirma otro [Atilano Ramos, 1890], ora majestuoso altar con remates de afiligranada crestería, ora colosal jardín de caprichosas labores, ora extensísima muralla dentellada y almenada, ora gigantesca cristalización química en que los grupos y elementos que la componen afectan distinta configuración.

”Ya desde el Santuario [Longinos Navás, El Moncayo] de Nuestra Señora del Moncayo (unos 1.600 metros) dirigiendo la vista a los valles aragoneses se nos presentan los serrijones y montes, que yacen allá abajo, como sencillas arrugas del suelo, y todo el conjunto como una inmensa alfombra tendida ante nuestros ojos entreverada de pueblos como de blancas flores, adornada con sus dibujos de bosques y sembrados, cruzada de sus pliegues casi invisibles de los cabezos y colinas, de los montecillos y collados. Este espectáculo acentúa su grandiosidad desde la cumbre más alta del Moncayo o cerro de San Miguel (2.315 metros). ¡Ah!, entonces, dirigiendo la vista en torno nuestro divisamos el más extenso círculo de horizonte que yo jamás he contemplado. Porque de otros picos, por ejemplo Sierra Nevada o de los Pirineos, como tienen cabe sí otras sierras de considerable altura, se cierra y se empequeñece el horizonte a nuestros ojos; pero el Moncayo no tiene cerca de sí rival alguno comparable a su celsitud y descuella él solo entre innumerables montecillos. Así es que en torno nuestro vemos un círculo inmenso, solamente variado en lontananza por el relieve de los montes que lo cierran; por la parte de levante el Montsant (Tarragona); por el sur de los Montes Universales (Teruel); y dando la vuelta, el Guadarrama en Castilla la Nueva y el pico de San Lorenzo en la Vieja; por el norte se extiende la vista hasta el Pirineo. ¿Se divisa también el Cantábrico? Así lo he oído decir, que llega a distinguirse en las mañanas diáfanas y lo persuadirá la altura considerable de la cumbre y el grado de curvatura de la tierra.

”Uno de los que han contemplado este bellísimo cuadro lo cuenta así [Longinos Navás, 1904]: Un espectáculo que recordaré con placer toda mi vida presencié en una excursión al Moncayo. Salimos del Santuario muy de madrugada con intento de poder contemplar la salida del sol desde lo alto. Ya cerca de la cumbre estábamos cuando asomó el astro del día en el horizonte. Sentados sobre un peñasco lo mirábamos cuando dirigía hacia nosotros sus primeros y vacilantes rayos. Toda la tierra estaba envuelta en una gasa de matutina niebla y el mismo astro rey con esfuerzo penetraba los cenicientos celajes que lo rodeaban, tornándolos sonrosados. Para colmo de sublimidad una densa nube se puso a nuestros pies ocultándonos la tierra y dejándonos aislados en lo alto. Así estábamos como en un elevado astro, contemplando allá abajo al astro rey, como adorando el escabel de nuestro áureo trono […].

”Soberbio pedestal es el Moncayo [Federico Bordejé, Rutas Becquerianas XI] para el día que se proyectara emplazar en algún punto de España un Monumento que recordara a las generaciones venideras los hechos de esta patria nuestra, tan noble, activa y febrilmente civilizadora… Nada mejor que estas cumbres del Moncayo, atisbadoras del conjunto en que España nació, situadas en la confluencia de tres Reinos creadores de su nacionalidad, para emplazar tal recuerdo que habría de ser sobrio como su carácter, limpio como su historia, enérgico como la raza que tendría que perpetuar. Cuando otras civilizaciones acampen y renazcan sobre el suelo arrasado en que ahora nos movemos… entonces se necesitaría un testimonio inmutable y vivo como la Naturaleza, que proclamara que aquí vivió, luchó y pasó un pueblo anhelante de gloria y rico de idealidad.

”El gran entusiasta del Moncayo, el padre Longinos Navás, dijo en 1925 que había subido a la cumbre mucho más de treinta veces y siempre se había llevado de ellas muy gratas y nuevas impresiones […].

”Excursiones a la cumbre dignas de mencionarse hay muchas. Citaremos solamente algunas. Ya hemos dicho que el año 1860 se reunieron en la cumbre de Moncayo varios sabios españoles y extranjeros para estudiar el eclipse de sol.

”El cardenal Soldevilla y Romero, siendo obispo de Tarazona, subió por vez primera el 16 de agosto de 1889 después de una solemne y concurridísima romería, dejando en la cumbre una lápida con la fecha y su firma. Repitió la ascensión el 18 de agosto de 1896. También nuestro actual excelentísimo Prelado doctor don Isidro Gomá, gran entusiasta de la montaña, ha realizado esa excursión acompañado de varios veraneantes.

”Mayores encantos proporciona evidentemente contemplar el nacimiento del sol desde la cumbre y muchos son los que, para lograrlo, han acometido la ascensión muy de madrugada, sin faltar quien, tomándolo de víspera, ha montado su tienda de campaña sobre la cumbre más alta, proporcionándose la satisfacción de pernoctar en tan excelsa altura (Así lo realizó el 11 de agosto de 1916 un grupo de veraneantes presididos por Miguel Allué Salvador).

”Otras excursiones memorables fueron la que realizó el señor Allué Salvador, pernoctando en la cumbre según queda dicho y la que el mismo señor hizo con ochenta y cinco exploradores zaragozanos y varios veraneantes, el día 7 de septiembre de 1920, explicando, a las once de la mañana, sobre aquella altura, una magnífica lección de pedagogía, desarrollando el sugestivo tema Cómo educa la montaña.

”La Sociedad de Alpinismo Peñalara, dejó en la cumbre su escudo y firma de los alpinistas el 19 de julio de 1917, y su Revista publicó una bella narración de la ascensión a la cumbre el 26 de julio de 1930.

”Los Montañeros de Aragón han visitado muchas veces la cumbre de nuestro Moncayo y hace tres años dejaron allí el primer Álbum de la serie que han de colocar en las diversas alturas para registrar en ellos sus periódicas visitas”.

Para finalizar, una anécdota curiosa. Como se ha adelantado en el texto anterior, se erigió un busto de bronce en honor de Sanz Artibucilla en Tarazona. Realizado por el célebre escultor Félix Burriel, se inauguraba el 31 de agosto de 1957. El artista zaragozano ya se quejó en su día de que, para realizarlo, solo dispuso de una sola fotografía. Pero el monumento daría para otro chascarrillo más. Tras algún traslado de ubicación, la efigie del cronista de Tarazona terminó perdiendo…, ¡las gafas! Un complemento del que raramente se desprendía nuestro navarro enamorado del Moncayo.

Lo dicho: esta primavera, los Montes de Zaragoza van a estar muy, pero que muy de moda… El Moncayo y todos los demás.

Comentar

Comentario

12 Comentarios

  1. Hoy Alberto, hoy se podia ver muy bien el Grandioso Moncayo desde mi casa y mucho mejor con toda la lectura que nos has dado. Hay que ver lo que sabes maño.

    • Hola de nuevo, A. A. No sabes la envidia que me das, que cuando estoy en Mañópolis, si quiero ver a nuestro querido “Monte Cano” tengo que subirme a los pinares de Venecia…, o buscar los arcos septentrionales del puente de Piedra. Pásate un día por la orilla del Ebro y verás qué vistas hay del Techo de Zaragoza…

  2. y otra cosa alberto que no te parece que la cantidad tan bestia de cosas que has escrito sobre el Moncayo no da para uno de esos libros buenos de verdad?

  3. ¡Pues no se hable más, Alberto! Me voy a pedir esa guía de montes de Zaragoza, no vaya a ser que se acabe… Ya tengo ganas de subirme al Monte Cano y alguna otra cima de tu provincia… De cualquier modo, propuestas no me van a faltar…

    • Muchísimas gracias, Xavi. Ya sabes lo que es ser “padre” literario, y la emoción que se siente al ver plasmado sobre el papel dos años de bonitos esfuerzos y búsquedas…

  4. Es cierto. Los “Montes de Zaragoza” tienen su pasado deportivo. Y por suerte tienen también a dos cronistas de lujo para que nos lo cuenten en 100 capítulos. Para que nos lleven de la mano por paisajes que tan bien conocen. Mucha suerte en vuestra aventura Alberto y Eduardo.

          • Y a quien le interese el tema de los registros cimeros, tiene una cita con este magnífico libro:
            MASÓ GARCIA, Òscar (con la colaboración de MASÓ GARCIA, Albert), Libros de cima. Una historia de pasión y conquista, Desnivel, Madrid, marzo de 2018.
            ¡Más que recomendable…!