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El adiós de Mario Naya

Pertenecer a un Club que está a punto de cumplir noventa años de andadura tiene un montón de cosas buenas. Por ejemplo, conoces a gente de gran calidad que te brinda sus vivencias, consejos, libros o, simplemente, amistad. La cruz de la moneda es que, un año tras otro, tienes que despedirte de alguno de ellos. Tales pérdidas siempre se lamentan, pero resultan mucho más dolorosas todavía cuando son del todo inesperadas. Como lo ha sido en el caso de Mario Naya Daniel.

El 11 de marzo pasado nos dejaba este escalador, un joven veterano de Montañeros de Aragón. En su día pude aprovechar que su negocio y mi domicilio quedaban cerca para, como a tantos otros consocios, acosarle amistosamente con el fin de que se animara a publicar en nuestros Boletines sus entretenidas peripecias trepadoras. Lo logré en un par de ocasiones. Así, hoy podemos recordar a Mario a través de sus experiencias…

En el Boletín de Montañeros de Aragón número 51 de su IIIª Época (octubre-diciembre de 1997), aparecía dentro del apartado sobre el Mundo vertical un interesante trabajo dedicado a “Los Mallos Pequeños”. Un texto de Mario envuelto en tintes nostálgicos que, dadas las circunstancias, hace que aún lamente más el no haberle insistido para que escribiese sobre sus trepadas juveniles:

“Cuando uno tiene la intención de transmitir una sensación, siempre le asalta la duda de si será capaz de explicarla por escrito. Por ello, voy a intentar, desde mi experiencia que, supongo, no será muy diferente de la de mis contemporáneos de los sesenta, describir lo que significaron para mí los Mallos Pequeños.

”Mis primeros contactos con las técnicas de la escalada fueron a escasos kilómetros del centro urbano, cerca del barrio de Casablanca, en el llamado Ojo del Canal: nuestro particular puente de roca. En el mismo curso del Canal, aguas abajo, las esclusas de Valdegurriana, también eran testigo de nuestros primeros pasos. Y, un poquito más lejos, Mezalocha nos brindó la posibilidad de alargar nuestros itinerarios.

”Con estos antecedentes, no es de extrañar que nuestra presentación en Riglos estuviera bañada de una sensación de inexpugnabilidad que aún tengo presente. Sentí que aquello era la montaña en estado puro. Mirar el Pisón de frente ejercía sobre mí un respeto que me impelió a tratarle de usted, y jamás he logrado tutearle. Espero que esta introducción sitúe al lector en mi perspectiva de aquel momento, y seguidamente pasar a explicarle mis primeros pasos en los Mallos de Riglos.

”En coherencia con lo anteriormente escrito, mis comienzos fueron en una progresión perfectamente escalonada. Inconscientemente, pero al uso de la época, me iba introduciendo lentamente de la mano de mis mayores. Fueron ellos los que me descubrieron las características del conglomerado, los que me enseñaron a distinguir cuándo un clavo era bueno por el sonido que producía al introducirlo en la pared, los que me dotaron, en fin, de suficiente formación y confianza para soltarme con ciertas garantías.

”Estas primeras experiencias las adquirí en el Cored, la Aguja Roja, el Gómez Laguna y otros Mallos que, sin duda, todos tenemos en mente. Las vías clásicas, que en aquellos años no pasaban de una decena, fueron los recorridos en los que aplicamos nuestras recientes lecciones.

”Posteriormente, y a la par que alternábamos con escaladas en el macizo del Pisón, los proyectos se trocaban más ambiciosos y las miras más altas. Me propuse repetir algunas vías que tan solo se habían escalado en su apertura, como la Guti al Cored o la Vía de Bajada al mismo Mallo. La sensación que me produjeron estas ascensiones fue de hazaña. Hoy reconozco, desde la visión serena que nos da la edad, que me pasé de sensación, pero mis años han cambiado de número, mi visión de la montaña ha aumentado y los diecisiete o dieciocho años dan mucho de sí para las emociones.

”Recientemente, tuve la ocasión de subir al Cored por la Oeste Clásica y comprobé, por su excelente equipamiento, que los Mallos Pequeños gozan de un excelente estado de salud, siendo aún recomendables por su seguridad a todos aquéllos que comienzan.

”No quiero que se me malinterprete y se piense que pretendo darles una importancia desmesurada. Solo he intentado explicar la dimensión real que tuvieron para mí y mi generación el conjunto de los Mallos Pequeños por su aportación a nuestra formación como escaladores. Desde aquí, mi agradecimiento, porque dejándome subir a sus pequeñas cimas me prepararon para vivir admirando todo lo que vino después”.

Poco después Mario se brindó a colaborar dentro del Boletín de Montañeros de Aragón número 57 (abril-junio de 1999). Y desde la sección destinada a la Crónica histórica nos regalaba este texto sobre el “Material de escalada en los años sesenta”, rebosante de su amable sentido del humor:

“Ser nostálgico dicen que no es bueno, pero recordar con nostalgia cosas o momentos vividos es hasta recomendable. Desde este Boletín me propusieron un día que escribiera unas líneas sobre los materiales de escalada que utilizábamos por los años sesenta, y haciéndolo me he sorprendido a mí mismo. Creo que los hay, en Montañeros de Aragón, más cualificados que yo para la descripción correcta, pero ¡qué más da!: se trata de que lo haga uno; hoy soy yo, mañana otro.

”Si establecemos un orden, lo lógico es empezar por la cabeza. El casco era poco frecuente hace treinta años, siendo la prenda más utilizada el gorro de lana. Los había curiosos, originales y hasta divertidos, pero tan solo nos servían para que no se calentaran o enfriaran las ideas, según la estación.

”La vestimenta consistía en camisa, pantalón bávaro y medias, todo con su toque personal. De las tres prendas, las más curiosas siempre han sido las medias, que yo me atrevería a clasificar en tres grupos según el color. Los dos primeros incluían los colores más usados en la época: las tonalidades blancas, tipo Makalu, en el primero; y los rojos vivos, en el segundo. El tercero y último, abarcaba una variedad de colores menos habituales, así como diferentes y diversos dibujos. Es en este tercer grupo donde me incluyo: mis medias siempre fueron de color negro, aunque es de bien nacido reconocer que se las copié a nuestro entrañable Futre, cosa que ni él sabe.

”Descendiendo, hemos llegado a la base, y para nuestras bases lo más común por aquel entonces era calzarnos unas Cletas, bota semidura con suela Vibram (goma con dibujo), siendo utilizadas en Riglos o lugares con mucha roca y poca aproximación. Para alta montaña, me vienen a la memoria dos marcas de bota dura, Lambert y Hebert, que si aún las recuerdo seguramente será porque no había mucho más para elegir.

”A lo anteriormente comentado no quiero quitarle importancia, pero de lo que yo realmente estaba enamorado, era de mi mazorca de material, con sus clavos y mosquetones: unos, comprados con gran sacrificio; otros, recuperados en alguna pared; y algunos, adquiridos por el método de traslación de otra mazorca a la mía, en aquellas interminables peleas después de una escalada al pie de pared, separando el material entre los amigos con los que aquel día habíamos escalado. Era tal obsesión la que teníamos para que el método de traslación no funcionase a mazorcas ajenas, que marcábamos todo nuestro material, unos con pintura, otros con señales estampadas…

”En cuanto al contenido de nuestras mazorcas, empezaremos por los mosquetones. Los más abundantes eran los de hierro, cuyo peso era para nosotros una pesadilla constante. Con el tiempo, fuimos reemplazándolos por los de duraluminio, muy ligeros y, por lo tanto, más caros. Cabe mencionar que siempre llevábamos uno roscado de seguridad, y su uso era casi exclusivo para rapelar. Salvando las diferencias por su evolución técnica, el mosquetón es uno de los pocos elementos que hoy permanecen en la escalada moderna.

”La diversidad, originalidad y hasta brillantez, la encontramos en nuestros clavos. Me entristece el no conservar ninguno de aquellos ejemplares, pero bien estaría que algún escalador con la Universidad en la espalda y con proyecto de tesis sin definir, hiciera un estudio histórico con cualquiera de los adjetivos arriba mencionados. Tan solo entraremos a comentar aquellos que fueron los más comunes en nuestras mazorcas y, por lo tanto, los más utilizados. Empezaremos por la melilla y el féretro, dos clavos que no estaban a la venta: pertenecían al Ejército, pero que no sé por qué conductos llegaban hasta nosotros. La melilla tenía un formato de P muy estilizado y se adaptaba muy bien a cualquier escalada, hoy podríamos decir que era un todo terreno. El féretro, como su nombre indica, tenía la forma del ataúd: largo, grueso, plano, la punta más estrecha y anilla al otro extremo, ideal para fisuras abiertas y profundas. Por otro lado, aquellos que por ser de marca estaban comercializados y se podían comprar en las dos únicas tiendas que tenían material de escalada: Benedí y Artiach. Sus formas eran las clásicas de P, de U y de cabeza invertida. Y, por último, aquellas maravillas de la creación, ingenios caseros, que resultaron ser una fauna variada, atrevida y, en ocasiones arriesgada, que suplieron con dignidad aquello que el mercado no nos ofrecía o, si lo hacía, a precio por encima de posibilidades. Uno de los más característicos que me viene a la memoria es el sable, llamado así por su parecido en longitud y forma. Era usado normalmente para dejarlo fijo en pasos estratégicos con fisuras muy profundas. La pitonisa era un clavo diametralmente opuesto al sable, por su escasa longitud, que se utilizaba en fisuras poco profundas, lugares de difícil clavado, artificiales para colgar un estribo, o como descanso en tiradas de continuada dificultad. Resumiendo: era un quitamiedos poco fiable que nos resolvía problemas en pasos críticos.

”Como complemento de los clavos, existían los tacos de madera, que siempre rondaban por nuestros bolsillos y mochilas. Eran de distintos tamaños y, generalmente, en forma de cuña. Clavados a la par, se lograba aumentar la dimensión del clavo en aquellas fisuras donde no tenía suficiente cuerpo. Algunos, particularmente grandes, con un taladro en su extremo y pasando un cordino en anilla, servían (sin clavo) para pasos específicos y nos resolvían algún que otro problema. Estos últimos, sólo se utilizaban en vías muy concretas y normalmente conocidas.

”Otro capítulo de aquel material eran los anillos de cuerda, tan imprescindibles entonces como hoy: eran de diversos diámetros y perímetros. El más personal era la baga de rápel, ya que nos la confeccionábamos a nuestra medida. Junto a los anillos de cuerda, estaban las cintas de color blanco con una línea negra en sentido longitudinal, muy evocadoras para los que tengan memoria. Siempre se ha dicho que tales cintas eran de paracaídas y, si así se decía, supongo que así será.

”Voy a saltarme buriles y algún otro elemento, porque me da la impresión de que os estoy metiendo un peñazo de los que marcan época. Pero, ¡quietos, no os vayáis!: me falta la cuerda. La cuerda quizás sea el símbolo más integrador del escalador, te une al compañero, te sumerge en esos lugares que la montaña reserva a unos pocos privilegiados y te regala sus aromas… ¿No habéis olido alguna vez vuestras cuerdas? Supongo que a cada uno le sugerirá olores distintos: a mí, en particular, me huele a roca y a momentos agradablemente vividos. Volviendo al tema que nos trae, recuerdo que las cuerdas de los años sesenta eran, en su mayoría, de nueve milímetros de grueso por cuarenta o sesenta metros de largo. En aquellos lejanos días, cuando empezábamos a escalar, éramos jóvenes con pocos recursos y, lo más común era alquilar las cuerdas. Desde aquí quiero hacer un homenaje a aquellas cuerdas que nos dieron la oportunidad de tomar contacto con nuestras montañas, en particular, y por su fama, la apodada chicle que, siendo una cuarenta, su singular estructura nos permitía rápeles que superaban holgadamente su longitud original.

”Con este repaso sencillo del material que manejábamos aquellos días, quisiera dar por finalizado mi comentario. No quiero hacer comparaciones con los materiales de hoy, pues aquéllos saldrían perdiendo y les tengo demasiado cariño por todas las satisfacciones, amigos, recuerdos y vida que me dieron”.

Todos te echaremos mucho de menos, Mario…

11 Comentarios

  1. Mario Naya ha sido un tipo excepcional. Considero un lujo haberlo conocido y apreciado. Su pasión y amor por la montaña que era mucho, todavía no llega a cubrir su sombra de SER HUMANO , así , con mayúsculas. Mucho nivel. Todos tarde o temprano acabaremos entregando la cuchara, sólo querría haber llegado a ser , y haberme comportado con los demás, con la calidad humana con la que Mario vivió su vida. Descansa en Paz si es que allí hay descanso, o disfruta y sigue viajando, si el cielo se parece a lo que realmente nos gusta.

  2. ¡Qué tiempos, qué tipo, qué recuerdos! En fin, es ley de vida.

    • Ciertamente, Mario era muy querido y respetado por su carácter tan agradable como educado… Fíjate que el sábado por la tarde, en el Albergue de Morata de Jalón, coincidí con un par de escaladores veteranos que habían trepado con él en los últimos años y me contaron varias anécdotas que apuntaban siempre en la misma dirección. Lo dicho: una pérdida terrible, pues todos contábamos que estaría con nosotros muchos años más… Un saludo “fontanero”, José…

    • En Montañeros nos hemos enterado algo tarde, y la reacción ha sido unánime: desolación. Muchos ánimos para encajar del modo menos malo posible este golpe terrible…

  3. Las peripecias de Mario Naya no son en absoluto un peñazo, Alberto… A mi entender, como mínimo, están a la altura de obras editadas en esta Casa como “La saga de los inventos”, de Giles Modica… Hiciste muy bien en “acosarlo”…

    • Pues ni te imaginas lo ameno que era Mario contando anécdotas a viva voz, durante cualquier encuentro o acto en el que coincidíamos. A menudo me despedía de él diciéndole: te tendría que haber grabado…

    • lo echaremos mucho de menos en las charradas de cuando nos encontrabamos por la calle

        • La verdad es que la noticia se está filtrando de forma un tanto retardada, acaso por las fechas. No veas qué cara pone la gente que lo trató, cuando se entera. Era un hombre de espíritu amable y elegante, muy querido en Montañeros. Bueno, qué te voy a decir, que tú lo trataste mucho hace años, cuando andaba con su hermano por la plaza Roma, Luis…

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