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Pirineísmo por la Alta Zaragoza

Nada tan agradable como indagar lo mínimo sobre las montañas que planeamos visitar. Nuestros recorridos pueden cobrar un nuevo significado a poco que se conozca la zona que se pisa. Incluso en caso de que se trate de un sector del Pirineo tan escasamente difundido como es el de la Alta Zaragoza.

Empecemos por el propio nombre. Se trata de un término geográfico que fue introducido allá por los años setenta del siglo pasado y que hasta ahora no ha tenido excesiva aceptación. Por lo general se prefiere aludir de forma individualizada a cada una de las sierras que componen la puntita que aparece en los mapas donde se representan los límites de nuestra provincia con Huesca y Navarra.

El concepto de la Alta Zaragoza, como el de la Jacetania, es relativamente reciente. La primera región nació de la mano de un viaje de reconocimiento de Antonio Serrano Montalvo y Sebastián Contín Pellicer. A consecuencia de sus estudios, fueron editadas tres obras por el Ayuntamiento de Zaragoza dentro de sus “Cuadernos”: el 21, 22 y 28, hoy piezas para coleccionistas muy apreciadas. De formato modesto pero densas en contenidos y erudición.

Así, vamos a marchar de la mano de estos pioneros por los sectores más montaraces que se alzan entre las Cinco Villas, la Canal de Berdún y los valles de Ansó, Hecho, Roncal… Por un territorio áspero enclavado en el Pirineo aragonés con fuertes vínculos históricos con Sos.

Para arrancar nuestro rastreo, nada como proponer a quien bien pudiera aclamarse como el santo patrono de los senderistas de la Alta Zaragoza. Porque existe un ejemplo que muestra cierta fascinación por sus montes y forestas desde la Edad Media. En su obra sobre las Historias de la Alta Zaragoza I (1977), Contín Pellicer nos revelaba las experiencias de cierto monje montañés:

“Corren por la cristiandad pirenaica los primeros años del siglo X. Rige la abadía benedictina de Leyre un abad natural de Tiermas llamado Virila […]. El abad tiene una preocupación constante que no le deja dormir, que le absorbe en sus meditaciones: no comprende cómo el bienaventurado puede gozar eternamente en la Gloria de la presencia de Dios sin que llegue un día en que sobrevenga el aburrimiento. En su cabeza no entra el gozo sin enojo del que hablaba uno de los narradores medievales de la leyenda. Pero no desespera el buen hombre del fallo de su fe, sino que ruega constantemente a Dios y a la Virgen María, se encomienda a los santos para que entre todos hagan entrar en su cabeza y en su alma la gracia que le haga comprender lo que a sus luces es de todo punto incomprensible, solo a fuerza de ciencias humanas. No comprende la eternidad, el gozo con principio pero sin fin […]. Son continuos los paseos entre los sobrecogedores alrededores del monasterio de Leyre, en esa sierra maravillosa que domina tierras y bellísimos paisajes, sobre su Tiermas natal, con altísimos árboles entre los que vuelan los pájaros y bajo los que corren los jabalíes, y andan los osos. Una mañana de primavera sale al monte del cenobio, como todos los días, meditando en su problema. Hace el sin igual recorrido de los alrededores, deteniéndose bajo un árbol y, recostando su cabeza en una roca, al lado de la fuente. Virila piensa en Dios y en las maravillas de la naturaleza que Él ha creado. Abstraído en estas meditaciones, oye un trinar que le extasía, y en este paisaje paradisíaco queda maravillado el buen abad. Oye durante un largo rato el canto del ruiseñor, sin pensar en nada. Al fin, oyendo el bello trino del pájaro, queda dormido.

”Despierta Virila de su sueño y vuelve al monasterio. Pero queda extrañado porque la abadía le parece muy distinta de la que dejó cuando salió a dar su paseo habitual. Piensa que tiene turbados sus sentidos y se acerca, temeroso, a la puerta del monasterio. La pequeña iglesita es ahora una Casa del Señor de gran categoría, de elevadas dimensiones, un hermoso templo de mayores proporciones, con bóvedas y torre. Virila llama al portalón de su abadía, respondiéndole el monje ostiario con su fórmula Deo Gratias. Se abre la puerta y es un monje vestido de blanco –Virila es un monje negro– el que le pregunta qué desea. El santo varón cree estar loco. No comprende nada de lo que ve. Pero explica al monje que él es el abad del monasterio, que se llama Virila, que salió hace un rato de paseo y que no comprende nada de lo que allí ve […]. En la biblioteca manda repasar a un monje antiguos códices, revisando las listas de los siglos pasados: don Félix, don Fortún, don Sancho, ¡don Virila! Don Virila, el abad que desapareció una mañana de Leyre hace doscientos años, sin que jamás se volviera a saber de él. ¿Será posible?”.

Como se ve, el pirineísmo local no esperó la llegada de Louis Ramond a finales del siglo XVIII para que mostrase los encantos de estas regiones salvajes. El mismo cuentecillo se registró en otros lugares como, por ejemplo, los Montes Universales turolenses. Sin embargo, se cree que Virila de Leyre fue un personaje del todo real, a tenor de la documentación que recopilara Contín Pellicer. Nuestro pionero del trekking (y del sesteo extremo) pudo vivir hacia el 934. Parece que fue un hombre andarín que marchó hasta Roma antes de hacerse cargo de Leyre, ya con cierta edad. El cronista apunta que tal vez aquí pudo radicar el origen del mito:

“La gente de la tierra, que le ve de nuevo entre ellos, deja correr el rumor de que ha estado treinta años en el bosque, oyendo el canto del ruiseñor. El curso del tiempo se encarga de aumentar el número de años y de difundir la leyenda”.

En cualquier caso, existe registro de esta leyenda desde el año 1610, cuando visita la zona de Leyre cierto cosmógrafo portugués llamado Joao Batista Labanha:

“Dicen los frailes que aquí hay el cuerpo de un abad que veneran por santo llamado San Virila, el cual dicen que salió del monasterio a contemplar el monte y que en él se quedó dormido doscientos años, al cabo de los cuales despertó y bajó al monasterio, donde murió santamente”.

Y, ya que citamos al lisboeta, bueno será que curioseemos un poco entre los motivos que le habían traído hasta esta porción del Pirineo. De nuevo es Sebastián Contín Pellicer quien nos lo cuenta desde sus Historias de la Alta Zaragoza II (1978), mucho antes de que la obra de Joao Batista Labanha se promocionara en Aragón.

El inicio de la aventura del célebre cartógrafo sería por cuenta del encargo de que trazara el Mapa del Reino de Aragón. Un trabajo que le llevó a emprender una serie de periplos desde el 25 de octubre de 1610 hasta el 16 de abril de 1611. Nuestro hombre entregaba sus esbozos en 1615, siendo editado el pliego cuatro años después. Hasta su revisión de 1718 se han contado once tiradas del mismo. Sin embargo, las notas que acompañaban al mapa desaparecieron por un tiempo. Solo en el siglo XVIII serían descubiertas en Amsterdam, donde pudo hacer copia Isaac de Vossio. El interesante Itinerario del Reino de Aragón fue editado inicialmente en 1895 gracias a la Diputación Provincial de Zaragoza.

De este modo sabemos que Labanha llegaba a la zona que nos ocupa el 18 de noviembre de 1610, procedente de Sos. Desde Leyre cruzó al día siguiente a Ruesta, pasando el 20 a Sigüés y el 21 a Ansó. Vamos a fijarnos solo en las referencias montaraces…

El sabio de Portugal mostró curiosidad por el pico de Santo Domingo, donde le dijeron que existía una “ermita de San Esteban de Orastre, cerca de ella nace el río Onsella, en una fuente llamada Fuen Mayor; cuentan que todos los años llevan a ella dos cirios, y un año que faltaron, no hubo agua en las fuentes de Ejea”. Un detalle a anotar para los tiempos de sequía.

También le interesaron los baños romanos de Tiermas, “los cuales son de agua caliente, nacen en un monte junto a la ribera del Aragón en su parte derecha, luego de pasado el puente; la cantidad de agua es bastante para moler un molino, es muy azulada y el recinto huele mucho a azufre”. Ya se sabe: hoy estas termas andan sumergidas bajo el embalse de Yesa.

Y aunque lo suyo no era firmar un texto senderista, Labanha sirvió diversas pinceladas sobre sus rutas, como cuando afirma que “de Tiermas a Leyre hay una legua grande de distancia por la falda de una sierra poblada de un bosque muy espeso en el que hay jabalíes, osos, corzos, lobos y otros muchos animales selváticos”.

Desde Leyre avistó de nuevo Santo Domingo, junto con la peña Oruel y la peña de Escarba. Igualmente rastreó ese río Esca, que “pasa entre altas peñas en las que abre un portillo, entre la sierra de Oyl y la de Orba, para salir al llano y entrar en Aragón”.

De hecho, el día 19 pudo subir nuestro cosmógrafo a ese monte de la Cerreda que dominaba Ruesta, avistando entre otros la montaña de la Peña, la ermita de Nuestra Señora de la Peña de Salvatierra. Allí acudiría al día siguiente, describiendo un poco por encima su ascenso:

“El camino es asperísimo por las peñas, en el fondo de las cuales corre el Esca y otro arroyo que viene de Gabarri, que es un término que dista de Salvatierra una y media leguas […]; de allí vuelta a oriente una legua por el valle por donde corre el arroyo que viene de Gabarri”.

El 21 de noviembre el lisboeta se hallaba en Ansó, subiendo hasta la sierra de Forcola. Desde uno de sus puntales se interesaría por cierta peña Escaurrido que separaba Aragón de Navarra, así como por la peña Ezcaurre…

Y con estos testimonios incipientes de criptosenderismo, ¿cómo no se desarrolló esta actividad por las alturas amables de la Alta Zaragoza? Aunque todavía faltara poco más de un siglo para que Jean-Jacques Rousseau y Horace-Bénédict de Saussure pusieran de moda los paseos entre los riscos y los glaciares… Una posible explicación nos la aporta Contín Pellicer dentro de su análisis sobre el bandidaje en la zona. Así, esto sucedió en 1657 en la venta de San Martín del Monte:

“Son varios vecinos de Cintruénigo asaltados por cinco hombres armados de arcabuces y tercerolas. Llevaban calzón, medias y alpargatas, y el que parecía el jefe era tipo alto con la ropilla vuelta, gorro blanco como de Roncal, mangas caídas, medias de hilo blancas y zapatos de baqueta; pisaba muy a lo guapo y llevaba mascarilla”.

Andando con garbo o no, el caso es que al menos esta partida fue capturada en 1664, siendo sus miembros condenados “a ser arrastrados, ahorcados y hechos cuartos”.

Hay otros motivos que pudieron influir para crear cierto mal ambiente hacia las ideas novedosas en la Alta Zaragoza. En su apartado sobre “El cura de Esco”, esto escribía Sebastián Contín Pellicer en 1977:

“Nació el cura [Juan Miguel] Solano en Berdún, pueblo grande, cercano al de su ejercicio pastoral, en la actual diócesis de Jaca. Como dato curioso, yo he encontrado un caso de herejía en otro habitante de Berdún, también de apellido Solano, pero más de doscientos años antes que el que nos ocupa […]. Muy pronto destacó nuestro inquieto cura, y le vemos perteneciendo a la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País de Zaragoza, en la sociedad filial de Jaca; es posible que se deban a él algunas reformas y mejoras que se introdujeron entonces en la agricultura comarcana –Tiermas, Berdún, Esco, etcétera– de las que nos hablan los archivos de la época y los libros de Jordán de Asso […].

”El cura de Esco era un hombre de ingenio bien probado, como lo demuestra el hecho de haber inventado y perfeccionado varios aparejos de labranza que le dieron fama en el seno de las sociedades económicas. Quizá fuera él de la mano del capitán Juan Mariano Monroy, natural de Zaragoza, que propuso en 1768 a Su Majestad un plan de aprovechamiento de las aguas del río Aragón mediante una presa de doscientas cincuenta toesas de travesía en Esco, que habría de regar 26.678 cahizadas de 24 cuartales en las Bardenas de Navarra, y 10.142 en las Cinco Villas aragonesas aproximadamente, lo que después sería el embalse de Yesa.

”Pero mosén Juan Miguel no se detenía a pensar solo en la agricultura, en aperos y en represas, sino que un buen día –malo para él– se le ocurre ponerse a leer la Biblia, y aquí comienza su desgracia. Tras muchas cábalas y extrañas imaginaciones, inventa por sí mismo un sistema religioso que tiene bastante de postconciliar, pero que entonces, cuando todavía existía, aun dando sus últimas bocanadas de vida, la Santísima Inquisición, sirvió de base para colgarle el sambenito y calificarle de hereje.

”Basado en su individual interpretación de las Sagradas Escrituras a la manera protestante, el bueno del mosén rechazaba y tenía por falso todo aquello que no estuviera contenido expresa y literalísimamente en el texto sagrado. De aquí a empezar a negar todo cuanto se consideraba sacrosanto, no había más que un paso, y este es el que dio Solano: negó la existencia del Purgatorio y del Primado del Papa, comenzó a predicar contra los diezmos, diciendo que eran un robo de los curas para explotar a los pobres indigentes […].

”De todas sus tesis elabora el hombre un tratado, que no he podido localizar todavía, y lo envía al arzobispo de Zaragoza y a varios teólogos, con lo cual, metido en la boca del lobo, que empezaba a prescindir de los zarpazos como medio resolutorio de los problemas de conciencia, no tuvo por menos que procesarle. Su primera intención fue huir a Francia, que se encuentra a menos de cuarenta kilómetros de Esco por el camino del valle de Roncal. Escapó a Oloron, población francesa cercana a la frontera española, pero tan convencido estaba de la certeza de sus tesis, así como de la justicia de su causa, que él mismo vino a ponerse en manos de los inquisidores. Después de muchas discusiones teológicas, en las que se mantuvo firme en su creencia de tener por única regla de fe la Escritura y la inspiración privada, rechazando la autoridad de papas, doctores y concilios, fue relajado por dos veces al brazo secular.

”Pero la Inquisición ya no era lo que fue […]. La Suprema se propuso a toda costa salvarle la vida, haciéndole declarar loco por el médico de su pueblo. Éste, enterado de que se trataba solo de salvar la vida del cura, certificó su locura. Al poco tiempo enfermó Solano gravemente, pero ni aun de esta manera y en estas circunstancias quiso dar oído a las exhortaciones del padre Santander, obispo auxiliar de Zaragoza, Solano continuó en las cárceles de la Inquisición de Zaragoza, a las orillas del Ebro, muriendo pero en 1805. No se le concedió sepultura eclesiástica y fue enterrado secretamente dentro del mismo edificio de la Inquisición”.

Lo dicho: antes de calzarnos las botas puede resultar interesante un breve buceo entre las crónicas antiguas. En espera de que ingresen en ellas los más que célebres exploradores que llegaron, ya con el siglo XIX, desde Septentrión. Pero esa es ya otra de las historias que nos reservan los montes de la Alta Zaragoza…

  1. Alberto: este Puente de San Jorge Patrón de Aragón me subo a la Jacetania y voy a llevar estas páginas de la ALTA ZARAGOZA que estoy seguro que no se conocen mucho por allí. Ya te contaré lo que me dicen.

    • ¡Eso es difusión, A.A.! De todas formas, antes de pillar el puente colgaré la segunda parte de esta mini crónica de la Alta Zaragoza, con protagonistas como Wallon y Saint-Saud, dos pirineístas de gran lujo del siglo XIX. Y algún personaje pintoresco más, ya verás cómo te gusta. Saludos…

  2. Doy fe de que en cierta Guía de montes de Zaragoza (Sua, 2018), en el apartado dedicado a la Alta Zaragoza, aparece un Vértice de Algaraieta (1.264 m), desde Fago… Con una magnífica introdución en la que se apuntan algunos de estos aspectos pirineístas tan interesantes, por cierto…

    • Seguro que a muchos les apetece subirse hasta la “punta” de Zaragoza… De paso que conocen los magníficos bosques de Fago, por cierto, pues la ruta a la que aludes pasa en su mayor parte por Huesca…

  3. Puede que, a pesar de hallarse en una zona pirenaica en pleno eje Pamplona-Jaca, no todo el mundo conozca alguna de sus cotas… Por este primer texto y el siguiente van a desfilar montes como Algaraieta, La Peña, Orba, Santo Domingo, peña Rueba… Ahora no hay excusa para no manejar datos sobre ellos, dado que se están editando guías para todo. También para estos relieves de la Alta Zaragoza y de las sierras norteñas de las Cinco Villas…

    • Di que si Alberto que yo paso mucho por Yesa y ahora me entero de todas estas cosas tan interesantes. Además de que tengo familia en Salvatierra de Esca y no se si saben todo esto. Allí nunca he escuchado lo de ALTA ZARAGOZA.

      • Hola de nuevo, Doble A… Pues si a partir de ahora miras los paisajes de la Alta Zaragoza de un modo diferente, me doy por satisfecho: a mí me ha pasado muchas veces, tras saber de alguna historia que no sabía de un lugar que creía que conocía. Si puedes, píllate la trilogía de opúsculos sobre esta zona; ya verás cómo te gusta. Otro saludo más…

        • alberto a mi me pasa lo mismo que porque ya lo tengo que si no iria corriendo a comprarlo de ganas despues de leer todas estas historias de montaña que nadie mas debe de conocer

          • Muchísimas gracias, Luis… Pues si ya lo tienes, ahora que llega el buen tiempo, ya sabes: a patear toca. Empieza, por ejemplo, por el más cercano a Zaragoza: por la loma de las Zorras… Más saludos cordiales…

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