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Entre Wallon, Saint-Saud…, y Adalberto

Ya hemos viajado hasta la Alta Zaragoza con pioneros como Virila y Labanha. Pero, a pesar de sus tempranas actividades en plena naturaleza, este sector del Pirineo no iba a recibir demasiados visitantes. Por eso resulta más curiosa esa constatación de que las cotas altozaragozanas fueron rondadas por los pirineístas de finales del siglo XIX. Los franceses, vamos. ¿Quiénes, si no?

Dos de estos visitantes que llegaron desde el Norte brillan de un modo especial debido a que se atrevieron a bajar hacia el tórrido sur, alejándose de la verde muga con Francia. Su objetivo era la exploración de lo que Henry Russell describiera como “los campos infinitos de la sed”…

El primero de estos gabachos que destinaron su tiempo y energías a cartografiar el complicado relieve del sector fue Édouard Wallon. El 27 de agosto de 1879 este infatigable pionero ganaba la Peñaforca, observando lo que sería el escenario futuro de sus reconocimientos:

“En la región sur la vista podía seguir las sinuosidades de los valles de Hecho y de Ansó hasta su desembocadura en el llano del río Aragón, más allá del cual se estampaban las líneas azuladas de las sierras de San Juan, de Santo Domingo del Paco, etcétera. Todo ello cálidamente aclarado y esplendoroso de luz”.

Poco a poco nuestro normando fue avanzando hacia las colinas del norte de Zaragoza. Dos días después proseguía su recorrido “de Ansó a Berdún”. Así, para un contacto inicial con aquella zona incógnita, su guía Mariano Aragüés le recomendó que trepase hasta cierta punta Forcala (¿1.476 metros?), dominadora de la Canal de Berdún, diciéndole que era muy fácil de subir. De nuevo aparece por los textos la vieja colaboración entre los cartógrafos galos con sus guías locales que hoy se quiere minimizar… Logrado este objetivo, Wallon se puso manos a la obra para aclararse junto a Aragüés con las demás cimas circundantes, de las que indicaré entre interrogantes las altitudes que iría obteniendo:

“Al sur, los picos gemelos de San Salvador (¿1.545 y 1.524 metros?) de la sierra de San Juan, y más a la derecha, sobre una de las últimas sierras, la cima redondeada de Santo Domingo (¿1.396 metros?) y, al oeste, la Virgen de la Peña (¿1.398 metros?), cima boscosa que se alza al noreste de Berdún […]. Por el lado oeste, más allá del río de Fago, comienza Navarra, cuyas montañas parecen muy boscosas y forman un amontonamiento que escapa hacia el infinito y, después, se pierden, hacia el sur, en los vapores cálidos y lacados de las llanuras, en tanto que, hacia el norte, se elevan de forma regular y forman una serie de cimas que se unen a las montañas de la frontera y de Aragón”.

Insisto: nuestro hombre reconocía estas sierras para ofrecernos los mapas de un territorio que hasta entonces estaba en blanco. Algo que los aragoneses decentes tendríamos que agradecerle en la actualidad, por cierto… Wallon siguió fichando las siguientes atalayas desde donde realizaría las futuras observaciones, localizando hacia Berdún esa “punta de Orba que avanza como un promontorio hacia la llanura”. Unas labores meticulosas y difíciles en las que su gran amor por estas montañas le ayudó sin duda a superar las dificultades de todo tipo que tuvo que vencer. Atentos a esa imagen que reseñara desde su base de operaciones en Berdún:

“Mientras el día duró, permanecí en el balcón de la fonda, que daba al sur, teniendo bajo mis ojos la llanura y el curso del río Aragón, que se perdían de vista, y, enfrente, la sierra de San Juan, cubierta de bosques y labrada por numerosos barrancos”.

Dos añadas después, Édouard Wallon regresaba con el objeto de completar sus notas anteriores. Para este trabajo sobre “Los confines de Navarra” recorrió de nuevo los Pirineos Occidentales aragoneses junto al guía Pujo. Partiendo desde Lescun, subirían hasta esa punta de Picoya (¿1.988 metros?) o de Segara, alzada entre Echo y Ansó, un 11 de julio de 1881. El día 13 salían de Ansó para recorrer la divisoria entre Aragón y Navarra: las puntas de Calveira (¿1.681 metros?) y de Idoya… Esta vez con el auxilio de un pastor local llamado Domingo como guía. ¿A quién le preguntaría los topónimos que luego registró en sus mapas, si no…? ¿A algún político aragonesista que paseaba por allí…?

Este itinerario cartográfico walloniano terminó en Isaba. El 15 se hallaba en Belagua para subir al puerto de la Piedra de San Martín, antes de regresar a Ansó con objeto de trepar a la punta de Furquello (¿1.227 metros?) en la sierra de Santo Tomé… Pero dejemos ya que descanse este hombre de Nantes.

A cambio nos asomaremos un poco a las peripecias de otro cartógrafo amateur que llegó desde Francia. El futuro Socio de Honor de Montañeros de Aragón: Aymar d’Arlot, conde de Saint-Saud. Recurramos, pues, a los “Recorridos por el Sobrarbe” de 1881 para entrever un tanto sus trabajos de recolección de datos. Así, conducido por los guardabosques ansotanos, Joaquín Añaños y Antonio López (¡de nuevo la tutela de los nativos!), el bordelés se internó por las cimas entonces inexploradas de la Alta Zaragoza:

“Pasé por el puertecillo de Ezpelá o de Puyeta, no demasiado alejado de la ermita homónima, incendiada por los franceses en la triste Guerra de la Independencia. Bajé por un sendero tallado en la roca hasta el valle de Fago. Desde esta población, subí hacia el noroeste rumbo al verde valle de San Chuán, desde donde subí a la sierra de Algaralleta o Salariña (¿1.261 metros?). En tanto que mis compañeros asaban en un espetón de fortuna un gran cuarto de cabritillo, me puse al trabajo. Me hallaba en el punto exacto de confluencia de las provincias de Huesca, Pamplona y Zaragoza, una posición que está muy mal descrita en los mapas, y que me propuse concretar de forma definitiva. La vista era muy interesante hacia Navarra: las montañas de Lumbier, Olate, Pamplona, Abodi y Ori”.

Así pudo concretarse la primera conocida a la puntita misma de la provincia de Zaragoza, el monte indicado en los carteles de la oscense población de Fago como Algaraieta. Pero sigamos un poco más las andanzas de Saint-Saud por el valle que llamó de San Chuán:

“Es muy interesante para los botánicos. Me encontré ejemplares muy variados y con matices poco conocidos como el Helianthemun blanco, amarillo pálido, amarillo oscuro, naranja claro, naranja oscuro, rosa muy pálido, rosa fuerte (variedad esencialmente española) y, finalmente, rojo fuerte. También recogí ejemplares de Catananche caerulea, de Lenzea conifera, etcétera”.

En la primavera siguiente el pirineísta de Burdeos regresaba al teatro cartográfico de la Alta Zaragoza. De este modo ingresó en el terreno que hoy nos ocupa para sus “Excursiones a Navarra y Aragón” de 1882:

“El 31 de mayo llegué a Salvatierra de Esca, en la provincia de Zaragoza. No por el camino normal, sino pasando por la cresta que separa Iziz de Burgui a través de la Alquería de Palacio y el paso de la Cañada, donde pude tomar algunos datos. Burgui es un pueblo bonito situado en el comienzo del valle de Roncal, en el extremo de un desfiladero magnífico: la Foz de Salvatierra, que separa Aragón de Navarra. Dicha garganta, que me resultó imposible de fotografiar debido a la hora tan tarde que era, se abre cortada a pico entre las montañas de Nuestra Señora de la Peña (¿1.297 metros?) y Ollate (¿1.422 metros?). Posee, pues, una profundidad aproximada de unos 700 metros. Salvatierra se halla encajonada entre estas dos montañas y la de Orba, que se conecta a la larga sierra de Leyre a pesar de esta hendidura de la Foz de Sigüés por donde corre el río Esca.

”Fui muy bien recibido y alojado por el alcalde, Pascual Navarro. El día que llegué, habían esquilado a sus ovejas. Así, al ocaso había muchos invitados. Durante la cena pude convencerme una vez más de la inteligente viveza de los españoles del Pirineo, que supera con diferencia a la de nuestros rudos montañeses. Estos otros campesinos carentes de educación discutían con una sagacidad excepcional algunas cuestiones toponímicas e incluso asuntos de interés internacional”.

Muy interesante su último comentario, ¿eh? Y más de moda que nunca, merced a los nuevos inquisidores de la toponimia… Sobre las diferencias en la muga de Navarra y Aragón, cuando ya se aproximaba a Salvatierra de Esca, esto decía Saint-Saud el 31 de mayo de 1882:

“Aquí [en los Pirineos de Navarra] se puede vivir quizás no con comodidad, aunque sí de un modo satisfactorio. Las comunicaciones resultan más fáciles y tal vez la población se muestra más acogedora: no me quejo de las bienvenidas que recibo en Aragón, sino todo lo contrario. Sin embargo, creo que a los rostros les cuesta más alegrarse que en Navarra”.

¿Acaso estos pirineístas de antaño eran infatigables? ¿qué comían, pues…? El 1 de junio nuestro cartógrafo se allegaba hasta otro de los hoy vértices importantes de la Alta Zaragoza para iniciar una interesante campaña hacia el interior de la provincia central aragonesa. A pesar de su extensión, la he traducido íntegra:

“La arbolada sierra de Orba (¿1.220 metros?), formada por rocas de un gres rosáceo del Triásico muy fino, recibiría mi visita. ¡Qué día tan triste! La naturaleza parecía sumida por completo en una suerte de estupor. Sobre nuestras testas se estaban formando las tormentas que estallarían en Francia: el cielo se mostraba plomizo, el viento era seco y ardiente, el clima pesado y enervante, las cimas con nieblas. La posición de esta cumbre, dominadora del valle de ese río Aragón que discurría por el lado sur de su zócalo, situada enfrente de la de Santo Domingo, era excelente para los trabajos que tenía que abordar. En su porción más oriental se alzaba una ermita que aprovechaba el emplazamiento de una fortificación árabe que controlaba el valle del Aragón.

”De vuelta a Salvatierra asistí a su baile y a los cánticos que hubo en casa del alcalde. Los músicos improvisaron jotas en mi honor, las cuales correspondí improvisando otras en las que alababa tanto su hospitalidad como sus montañas, lo cual los colmó de alegría.

”Para penetrar en la sierra de Santo Domingo me recomendaron que fuera a Longás, un pueblo situado en los basamentos septentrionales de esta montaña. Evitaré al lector todo el recital de barranqueras, collados y pueblos por los que tuve que pasar para situarme allí. Sencillamente, diré que, después de atravesar el puerto de Piedraco (¿715 metros?), cruzamos el Aragón en Puente Berdún. En su albergue solo conseguimos que nos sirvieran una tortilla horrible hecha con un aceite verdoso de la que me resultó imposible tragar un solo bocado. Tuve que conformarme con un trozo de pan negro, seco y duro […].

”Abandonamos Longás la mañana del 3 de junio [de 1882] para ir a la sierra de Santo Domingo. El sendero que va al puerto del Portillo es muy pintoresco, pues esta cordillera tan alargada aparece bastante recortada: aquí todo son rocas verticales, agujas calcáreas, bosque y boscaje, con alguna cascadita. En el Rincón de la Loma el paso se estrecha para después ensancharse repentinamente al arribar a un pequeño y bravío circo, el de Fuen Mayor, que aparece rodeado de una especie de muralla almenada. Por el sur, el estrecho Portillo lleva hacia Biel y sus llanuras. Continuamos por la cresta hacia el este, pasando por el puerto de las Minas, para llegar a la ermita de Santo Domingo (¿1.507 metros?), una capillita situada unos metros por debajo y entre las dos puntas más altas de la sierra. En una de estas puntas, el Tozal, se alza una torreta; en la otra, que es algo más alta y se denomina peña de la Cueva (¿1.530 metros?), no existe señal alguna. Así, instalé mis instrumentos sobre el Tozal (¿1.526 metros?), que es uno de los pocos puntos triangulados por el Instituto Geográfico y Estadístico de España. El viento soplaba con fuerza, por lo que me resultó difícil realizar las mediciones. Me quedé unas tres horas en esta cumbre de primer orden.

”Como en otros miradores excelentes orientados al sur como Sevil, Guara o el Pusilibro, las vistas son estupendas. La llanura del Ebro se extendía por todo el horizonte, limitada por los trazos azulados de las sierras de Cucalón y de Calatayud, por el Moncayo y los montes de Álava. La gran cadena calcárea que iba desde los Alanos hasta el Monte Perdido se presentaba al completo. Santo Domingo pertenece a un largo cordal que discurre desde la sierra de Sevil, junto al río Cinca, hasta la sierra de la Peña, junto al río Aragón. Una cordillera de un centenar de kilómetros, en ocasiones cortado por fisuras profundas, aunque nunca del todo interrumpida, por lo que sorprendía debido a su regularidad y por el tono azulado cuando se contemplaba desde las cumbres de Francia.

”Descendimos hacia Agüero, un trayecto que nos brindó más encantos aún que la subida, dado que seguimos durante varias horas la cresta oriental, que estaba formada por una serie de pitoncitos agudos y por roquedos extraños separados por barrancos muy hondos, por praderas verdes como el de Campo Fenero o por frondosos pinares. Por fin llegamos a las 19:00 h ante Agüero y sus impresionantes mallos […].

”Aunque llegamos a Murillo de Gállego a las 21:00 h, no tuvimos un mal recibimiento. El segundo del alcalde me llevó a la casa de Francisco Bercero, donde nos brindaron su más amable y generosa hospitalidad con una cordialidad emocionante. Estos españoles buenos entendían que al trabajar en el trazado de un mapa de su país, contribuía así a su futuro bienestar, dado que sin mapas, no habría apenas viajeros ni comercio, luego tampoco ingresos.

”Al día siguiente, 4 de junio, abandoné este pueblo después de asistir a la misa matutina junto al segundo del alcalde, el secretario del ayuntamiento y mis anfitriones. Nos dirigimos a Linás, admirando durante un rato largo los mallos de Riglos, más conocidos pero no más hermosos que los mallos de Agüero”.

En fin: digan lo que digan ciertos seres politizados actuales, de este modo recorrían nuestras montañas los pirineístas galos del siglo XIX. Y uno de los resultados de las cuitas de Saint-Saud en 1882 fue un mapa a 1:250.000 donde salía la peña Rueba, sin su nombre y con la cota 1.160 metros, incluida dentro de los Mallos de Agüero, o Los Mallos. Acaso, una de las montañas más resultonas de los montes de Zaragoza…

No me resisto a rematar esta pequeña monografía sobre el montañismo primitivo en esta región que comparten hoy las comarcas de las Cinco Villas y la Jacetania, sin aportar un pequeño toque de ambiente local. O, mejor dicho, cederle el espacio a Antonio Serrano Montalvo para que así lo haga desde su Alta Zaragoza. Viaje por la piel de Aragón (1977). Atentos a su anécdota, pues quién sabe si fueron testigo de ritos similares nuestros queridos Labanha, Wallon o Saint-Saud:

“Nos cuenta [el alcalde de Escó o Esco] lo del Irasco. Ese cordero con flores y campanillas que el día de San Andrés, Patrón de Escó, es asado y repartido para todo el pueblo. Antes se sacrificaba un cordero por cada mozo. Ahora, la economía manda, es uno solo. Pero la fiesta es hermosa, tumultuosa, y encima del Calvario, donde los mocés lucen sus fuerzas y apuestan en el singular juego de tociar.

Tociar es embestir, cabeza contra cabeza, para ver quién la tiene más dura. Juego insólito, difícil y bravo, en el que es maestro de maestros el mocé Adalberto, ayer en Escó, y hoy, lo dice el señor alcalde, trabajando en Burlada.

”Nadie como Adalberto para tociar. Gran testa la suya. Única, tumbando contrincantes. Tan fuerte es Adalberto que una vez apostó a llevar sobre sus espaldas una gran losa de piedra, durante todo un domingo, por las escarpadas callejuelas de Escó, ganándola, naturalmente, a costa de una enfermedad. Adalberto, también apostando, se comió una camiseta, una boina y un buen puñado de pelos de cabeza. Es muy fuerte Adalberto. En pleno enero atravesó el pantano en ida y vuelta para poder saber si podía cumplir la apuesta de hacerlo. Lo vio tan difícil que no quiso cobrar después la apuesta porque Adalberto, testa dura, cabezón máximo, campeón de tociador, ayer en Escó, hoy en Burlada, es un auténtico caballero”.

Ya lo veis: la Alta Zaragoza aguarda ya a esos visitantes que deseen conocer un Pirineo muy distinto al que están acostumbrados…

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Comentario

  1. Justo a tiempo como la caballería. Ahora mismo le doy a imprimir y me lo subo a Jaca para enseñar. Muchas gracias y que tengas buen Puente.

    • Bueno, Luis: tampoco te creas que lo busco mucho: a nada que se lea un poco sobre nuestros pioneros, salen testimonios como éstos… Pero no te apures, que en el entorno de los comisionistas-asesoristas-toponimistas ni pestañearán, que van a lo suyo: a colocar sus elucubraciones nacionalistas pasando de, por ejemplo, la historia. O, lo que es decir: amordazando la voz que los cartógrafos de antaño recogieron de los montañeses…

  2. Tampoco es que vaya a pedir que pongan calles en honor de estos infatigables gabachos que cartografiaron nuestra tierra a finales del siglo XIX… Pero un poquito de respeto por sus esfuerzos sí que merecen. ¡Ah, tranquilos!: sus respectivos tresmiles, ubicados plenamente en territorio francés, no parece que corran ningún peligro de cambiar de nombre.

    • Ajá. A ver si lo entiendo Alberto. Según los indicios que recopilas de textos históricos y no del ideario de ningún partido político los pirineístas “gabachos” a los que se les acusa de usurpar los nombres de las montañas del Sacro Santo Aragón parece que consultaban a los nativos. A los de entonces. A los que se quiere amordazar hoy para los rolletes nacionalistas de cuatro gatos. ¿Y no es eso una especie de expolio de las tradiciones montañesas? Las del siglo XIX. Cuando no se había metido la política por los mapas quiero decir.

      • Ajajá. Yo diría que entiendes bien, Simio Ilustrado. Ahora tenemos entre nosotros los modos peores-peorcicos de la política, envueltos entre unas actitudes que, me parece a mí, eran del todo desconocidas en las alturas, donde imperan las razones objetivas, los hechos demostrables, las ideas que convencen, las acciones que unen… Hasta las Elecciones autonómicas que ya se intuyen, espero…