por

Celebraciones sobre el Moncayo

La primera vez que le pedí una cita al techo del Sistema Ibérico, me equivoqué de monte. Increíble, ¿verdad? Sucedió en 1978, cuando junto a un par de amigos emprendí desde Tarazona toda una expedición a pata hacia la cota 2.314 metros. Hacia el monte de Zaragoza (y Soria) por definición…

Como sardinas en lata, pernoctamos dentro de una tienda chiquita en mitad de un tupido bosque. Bastante desorientados. El segundo día de nuestra aventureta amaneció con niebla. Haciendo gala de la típica insensatez de quinceañeros, tiramos todo hacia arriba hasta llegar a una cima que identificamos como el Moncayo. Pero no; no lo era. Bien que lo comprobamos de vuelta a Zaragoza, cuando nos comentaron que la cumbre de este Monte Cano lucía una columnata para la Virgen del Pilar… Yo diría que el Moncayo de Morca más nebuloso pudo ser mi primera cima del grupo.

Esta mención al pilar perdido me sirve como excusa perfecta para repescar cierto texto sobre las celebraciones cimeras moncaínas. Como la de un conocido literato y educador oscense ubicado en Zaragoza: Pedro Arnal Cavero. Quien difundió un prolífico artículo sobre “La emoción del Moncayo” desde varios medios, como el número 24-25 del Boletín de Montañeros de Aragón (marzo-junio de 1954), su Club. Un texto donde se aclaraba desde la Redacción de la revista:

“El 9 de mayo se conmemoró el XXV aniversario de la fundación de nuestra Sociedad con una misa en la cumbre del Moncayo. Debemos a Pedro Arnal Cavero (Socio de Honor) el artículo que copiamos a continuación y que apareció en Heraldo de Aragón el día 13 del mismo mes”.

Poco después salía una tercera versión de este trabajo sobre el Mons Caunus merced al homenaje que sus amigos tributaron al reconocido pedagogo por cuenta de su artículo en prensa número setecientos. Una excusa más que suficiente para regalarle en 1955 el libro sobre el Aragón de la Tierras Altas, donde aparecía, como segundo trabajo, allá por la página 12, las siguientes líneas de Arnal Cavero:

“Solo el hecho geográfico del Teide Aragonés, solo el capricho geológico del vulcanismo que venció a Neptuno millones de años antes de presidir tres reinos, es ya una emoción estática y eterna. Pero ayer en la emoción constante del Moncayo hubo una serie de agitaciones repentinas y breves del ánimo que serán inolvidables y son ya inefables.

”Enseguida que se pasa por Vera y por el Monasterio [de Veruela] estamos pisando las faldas del monte gigante, de la grandiosidad del grandor y de las grandezas. Por la carretera de montaña, por las zanjas de desagüe, por los arroyos vecinos bajan saltando y en algarabía los raudales que se hilan, al calor del sol, en las cumbres y en sus flancos nevados. Y la emoción primaveral en los robledales oscuros y bajos, en los acebos de hojas lustrosas y punzantes, en los morados suaves del romero en explosión floral, en el amarillo fuerte de las aliagas esquivas, en las formas y variedad de los arbustos y matorral del monte bajo en maraña laberíntica. Y enseguida la emoción de las pinadas espesas, oscuras, impenetrables con sus verdes variados de tonos cuartos del espectro, con las yerbas frescas que surgen del mantillo, con su olor a resina y a madreselva…, como aquellos montes de los aromas de la referencia bíblica, y la emoción de los hayedos milenarios a cuyos troncos se abrazan, en simbiosis fraterna y de egoísmo, las plantas amigas de tallos febles.

”El Santuario [de Nuestra Señora del Moncayo]. La emoción de ver llegar ocho, diez, quince coches y docenas de potentes motos. Y, sin perder tiempo, la fila india de dos centenares de personas que inician la subida a la cumbre. Hasta los límites de la vegetación, hasta dejar atrás y abajo el último pino, y el tierno y postrer helecho, y la alfombra herbosa que termina, todos ascienden con ánimos y optimismos, pero muchos con técnicas insensatas y esfuerzos mal calculados. El suelo pedregoso y escurridizo, la cuesta que obliga a escalar tanto como a trepar, las torrenteras imponentes, el abismo que se mira cercano, el glaciar peligroso, el ventisquero deslizante, la nieve en agujas, el hielo en petrificación durísima, la fatiga, la taquicardia, el ver tan alta, tan lejos, tan difícil y penosa la alta cima hacen sensibles bajas en los segmentos de la sinuosa fila. Y la emoción del gran monte casi vencido; y la emoción de llegar ya al primero de los tres picos, a la divisoria entre dos regiones hidrográficas; y la emoción del horizonte inmenso, de la vista, de la perspectiva sin fin; y la emoción de contemplar el Pirineo, y medio Aragón, y Castilla y Navarra, y la vereda de la cordillera Ibérica que marcha a hundirse en el Mediterráneo que nos llama porque quiere volver a ser nuestro…

”Pero la emoción del Moncayo estaba ayer en la cumbre, 2.350 metros de altura [suele darse hoy 2.314 metros], en la misa con que Montañeros de Aragón rendía amor y humillación a Dios. Nunca se habían sentido en cuerpo y alma tan cerca del Señor como los muchos aragoneses que comulgaron y vieron y oyeron el Sacrificio Santo; nunca ha tenido más realidad y símbolo el Tú solo altísimo, Tú solo santo, Tú solo el Señor, que ayer en el pico alto del alto monte, cuando el sacerdote se erguía sobre la punta de sus pies elevando sus brazos cuanto podía para mostrar al Dios y Hombre lo más alto que le era posible. ¡Bien que se rendía gloria a Dios en las alturas por unos hombres y mujeres, aragoneses todos de buena voluntad, de pensamiento único y edificante deseo de servir bien al Hacedor, a Aragón y a España! Y emoción en el rito cantado de la misa por los asistentes; y en la plática del sacerdote; y en la música de las banderas al tremolar con viveza al ser agitadas fuertemente por el viento; y en el momento de alzar; y cuando Cristo, Dios y Hombre, entraba en el corazón de esos montañeros que, tras el esfuerzo de subir cargados con el altar y objetos y ornamentos sagrados, comulgaban a las dos de la tarde, y desayunarían a las cuatro horas; y emoción en el silencio imponente de la cumbre altiva, roto no más que por el himno de la enseña patria aireada al sol puro y al cierzo sano; y emoción al ver cómo manos femeninas llenaban con los más hermosos claveles de la ciudad el altar improvisado; y emoción profunda al recibir en las alturas la Bendición Papal los Montañeros todos… ¡Sursum corda! Y esos niños de ocho años ¿qué impresión recibirían en sus almas inocentes en ese acto tan divino y tan cerca del vivir de los angelitos del cielo? Y…, ¿qué Cervinos, y qué Himalayas, y qué Anetos encontrarán difíciles cuando tengan veinte años?

”Unos grandes nubarrones quisieron asociarse al imponente espectáculo del bajar de la cumbre prócer con sus relámpagos, truenos y magnificencias, como si en un nuevo Sinaí Dios hubiese dado, en otro Sermón de la Montaña, leyes dictadas para la salvación de la Humanidad; pero los elementos no quisieron deslucir, ni amenazar, ni apresurar el descenso: la tormenta lejana solo fue acompañamiento y marco, vistosidad y simulacro.

”La emoción de la confraternidad, de la comunión en ideales y proyectos, del afecto recíproco, del mutuo prometer y planear… Zaragoza, Huesca, Tarazona, Soria, Borja, Ainzón…, en brazo cordial y en despedida hondamente, sinceramente amistosa. Y luego vendría otra emoción más altamente espiritual, allá en la hondura del valle, en Veruela, otra cosa y otra casa de Dios. La Arquitectura; la Ciencia; los libros; la religiosidad consagrada y formativa; los estudios profundos; la Historia; la vida recoleta y monacal; lo romántico, lo gótico; la variedad y el gusto en arte y en la construcción cenobitas…

”Ya hemos visitado una vez más el famoso Monasterio de la Orden del Císter [de Veruela]. Al salir de la Casa de San Bernardo han corrido unas señoritas montañeras a la Cruz de Bécquer. Unos compañeros de excursión sacaban fotografías. Estas lindas muchachas zaragozanas y montañeras ¿en qué pensamiento, en qué verso del poeta triste del amor silenciado estarían pensando? No sé; pero hay algo que explicar no puedo… Tal vez en ellas duerme en el fondo del alma una voz le dice: ¡espera!…

”Y sin más poesía volvimos corriendo a la ciudad alegre y confiada”.

El Teide Aragonés… El Kilimanjaro de Tudela… El Fujiyama del Somontano… Este Moncayo genera motes como pocas montañas. Junto con toda clase de emociones.

12 Comentarios

  1. Tiempo hubo en que cada curso celebraba el final de los exámenes de febrero en la UNED mediante una ascensión invernal al Moncayo… ¡Qué tiempos aquellos! Por cierto, que el apacible monte no siempre facilitó las cosas y nunca dejó de demostrarme que la cima tiene su precio.

    • Ya lo creo que sí, José… Mejor ni te cuento la de gatillazos que he protagonizado sobre las landas HELADAS del Padre Moncayo con los esquís de montaña…, ¡a la espalda! Lo cual me recuerda cierto proyecto gestado desde Mañolandia, un poco antes de la Guerra Civil (e incluso algo después), que pretendía montar una estación de esquí alpino en sus laderas, una especie de “Candanchú de Zaragoza”. En fin…

    • espero que tu celebracion del 1 de mayo haya sido tambien muy buena Alberto y que nos sigas dedicando tu tiempo a todos los amantes del Pirineo

      • y que cumplas muchos mas asi de bien como te encuentras vamos

        • Pero yo te absolvo, Luis, de este y de tus otros muchos pecados… Muchas gracias por acordarte…

      • Ya veo que haces un chistecillo por haber nacido en el Día del trabajo, ya…

        • Muchas felicidades Alberto. 56 estirones de orejaaasss.

          • Y tú que lo veas desde tu platanero. Muchísimas gracias por acordarte desde el Mundo del Mandril…

      • Enhorabuena por el éxito del Acto, Alberto. Enhorabuena también por este artículo con trozos encantadores sobre el MONCAYO del Maestro Arnal Cavero. Y ya puestos a ponerme pesado también mi enhorabuena por ser un año más sabio.

        • Hola otra vez, A.A. Desde luego que sí: como se ve en las fotos, tuvimos una excelente acogida en Borja. Lo que no entiendo es el mal careto que llevaba yo esa tarde… Más saludos cordiales.

Los comentarios están cerrados.