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Mefisto y el Monte Cano

Comprender una zona de montaña que interesa implica rebuscar un poquillo entre las tradiciones de sus moradores. Charlar con quienes viven al pie de los montes debería ser una actividad corriente entre sus visitantes. En su defecto, también se puede recurrir a esos cronistas que lo hicieron por nosotros. Si es posible, los buenos escritores de los llamados tiempos reculados

Hoy viajaremos junto a un célebre periodista zaragozano llamado Fernando Soteras (1886-1934). Más conocido por su seudónimo de Mefisto, que obtuvo a través de esa ironía de la que acostumbraba a hacer gala desde las páginas del Heraldo de Aragón. Nos centraremos en un par de textos para La Ilustración Española y Americana de evidentes aires moncaínos.

El primero de ellos, del 8 de noviembre de 1919, versaba sobre “La Ruta de Bécquer: el castillo de las Brujas”. Un artículo eminentemente costumbrista que se fijaba en las leyendas del Somontano del Moncayo. De hecho, su ascenso a este monte de Zaragoza quedaba por completo relegado a un segundo plano. Una verdadera lástima. Poco se puede deducir del mismo, salvo que parece como si la visita a la cota 2.314 metros partiese desde Litago, y que acaso se realizara en gran medida (o del todo, que tampoco se especifica) sobre borricos…

Al menos Mefisto insinúa el interés que tendría para el turismo el fomento de cierta ruta de aventura (exotérica) que bien podría denominarse PR-Z-666 Sendero de la Tía Casca. O Ruta Senderista de la Marca de la Bestia, que lo mismo da y suena aún más rotundo. Pero acudamos ya junto a este peculiar cronista al Moncayo de hace casi cien añadas:

“La prensa zaragozana publicó en sus columnas el relato de un crimen espantoso que, basado en la superstición y la hechicería, se cometió allá por el año 1861 en el pueblo de Trasmoz, y del que fue víctima una pobre vieja conocida por la Tía Casca, acusada de bruja por todos sus convecinos.

”El hecho, en síntesis, fue el siguiente: un día, al atardecer, desesperado el pueblo por las maléficas hazañas que a ella se atribuían, unos cuantos mozos seguidos de gentes y armadas éstas de piedras y aquéllos de cuchillos y garrotes, persiguieron a la vieja hasta el borde de un precipicio, dispuestos a hacerla pagar todas sus maldades.

”–¡Ah, bruja de Lucifer!: ¡Tú has hecho mal de ojo a mi hijo y lo sacas de la cuna y lo azotas por las noches! –¡Tú has echado una suerte a mi hermana! –¡Tú has emponzoñado la hierba! –¡Tú has embrujado al pueblo entero!

”En vano gritaba la mujer: –¡Yo soy una pobre vieja que no ha hecho daño a nadie; no tengo hijos ni parientes que me vengan a amparar; perdonadme; tened compasión de mí…!

”La voz de la Tía Casca, aguda y estridente, no conseguía vencer las falsas acusaciones.

”Por fin, uno de los mozos, a cuya hermana hechizó la bruja, la más hermosa, la más buena del lugar, la hirió de muerte, arrojándola después por un derrumbadero; quedó suspendida de sus harapos a uno de los picos que erizan la cortadura, y una piedra gruesa, arrojada desde lo alto, le dio tal cantazo en el pecho que piedra y bruja bajaron a la vez saltando de escalón en escalón por entre aquellas puntas calcáreas, afiladas como cuchillos, hasta dar por último en el arroyo que se ve en lo más profundo del valle.

”Tal horrible suceso, referido pavorosamente a Bécquer por un pastor de aquellos contornos [en 1864], a la vez que le convencía de que no debía seguir la senda de la Tía Casca si quería llegar sano hasta la cumbre, avivó nuestra curiosidad, y la tarde que regresábamos del Moncayo, después de visitar el pueblo de Litago, que parece estar sufriendo los estragos de un terremoto, quisimos llegar a Trasmoz por la senda maldita donde sigue ejerciendo la bruja sus influjos maléficos.

”Libres de todo sortilegio, a horcajadas en nuestros ancianos burros, que como nosotros no sentían la fiebre de la superstición, atravesamos la senda de la Tía Casca, a orillas de un barranco, y heridos por el sol de la tarde, que centelleaba agresivo, hemos de confesar que llegamos a Trasmoz sanos y salvos, y libres, ¡gracias a Dios!, del satánico poder de la bruja.

”Desde la cima del Moncayo casi no hemos perdido de vista este famoso castillo, oscuro e imponente, que tiene por cimiento la pizarra negra de que está formado el monte, y cuyas vetustas murallas, hechas de pedruscos enormes, parecen obra de titanes, y donde es fama que las brujas de los contornos tienen sus nocturnos conciliábulos.

”Acompañados de un viejo labrador hemos visitado esta fortaleza, que hoy en ruinas conserva únicamente un lienzo de muro, horadado por varias partes, y la torre del homenaje, que refleja en la construcción toda su primitiva grandeza.

”Cuenta Bécquer que, pasando un día el rey, en tiempo de los moros, por aquellos lugares, vio en la colina que hoy se halla Trasmoz un lugar fuerte e inexpugnable, de gran utilidad, por encontrarse próximo a la raya fronteriza, para construir una fortaleza.

”Oyóle un pobre viejo, de descarnadas mandíbulas y unas barbillas blancas y claruchas, quien se comprometió a construir el castillo en una noche a cambio de concederle la alcaldía perpetua del mismo.

”Y efectivamente; por arte de magia, a la luz de una vela verde, leyendo las hojas de un libro con caracteres árabes y caldeos, en un tono de salmodia lúgubre, invocando a los espíritus de la tierra y el fuego, cumplió el viejo nigromante su palabra empeñada.

”Cuando a la mañana siguiente el rey volvía de Tarazona, contempló desde la altura de la Ciezma el castillo de Trasmoz, con sus cinco torres gigantes, su atalaya esbelta, sus fosos profundos, sus puertas chapeadas de hierro, fortísimas y enormes, su puente levadizo y sus muros coronados de almenas puntiagudas.

”En tan ideal fortaleza es natural que quisiesen tener albergue los diabólicos personajes.

”Preciso es reconocer que difícilmente en encontrará en parte alguna campo más apropiado para arraigar el espíritu de la superstición y la fantasía.

”Según la leyenda, las brujas no se resignaron nunca a desaparecer del castillo de Trasmoz.

”Mosén Gil el limosnero, dice el poeta [Bécquer], consiguió con sus exorcismos desterrar los espíritus infernales del castillo, poco tiempo después de pasar este a manos de los cristianos.

”Pero Dorotea, sobrina del bondadoso cura, fue conquistada por una bruja para que echase en su pila de agua bendita unas gotas de agua embrujada, y entonces nuevamente las satánicas viejas volvieron a celebrar sus aquelarres en el castillo de Trasmoz y a ejercer sus maldades en toda la comarca.

”Casi de noche hemos abandonado el pueblo.

”Nos dicen que al verídico y lamentable suceso de la Tía Casca, acaecido hace cincuenta y ocho años [en 1919], siguió otro muy semejante en Añón, del que fue víctima la Tía Juanurria, parienta de aquélla y aun hoy…

”Hoy la labor principal de la escuela ha de ser borrar para siempre todas las inicuas supersticiones.

”De lejos volvemos la vista al pueblo y nos sorprenden infinitas luces que brillan como estrellas sobre la esbelta colina. Y pensamos que Trasmoz, iluminado por mil lámparas eléctricas, no debe, no puede ya creer en brujas”.

Poco antes de este texto que acabamos de servir, Fernando Soteras Mefisto había escrito en la misma revista una crónica sobre Bécquer nada montaraz. Para cerrar esta especie de Himno Moncaíno, solo dos anécdotas que extraeré de su trabajo sobre “La celda del poeta” del 30 de octubre de 1919…

Sobre la actitud de los zaragozanos de entonces (raza peculiar donde las haya) ante Veruela: “Este verano en la hospedería situada en el segundo patio del Monasterio es mayor la colonia catalana que la aragonesa. ¡Siempre lo mismo!: mis paisanos aragoneses prefieren las incómodas obligaciones de una playa de moda, a saborear el encanto de este valle de Veruela, por ejemplo, situado a pocas horas de Zaragoza”.

Sobre la actitud de los nativos de este Somontano (no confundir con el de Barbastro) ante sus leyendas diabólicas: “Sirve nuestra mesa no aquella muchacha de un lugar inmediato a Trasmoz, provista de un enorme candil de hierro que sabía la historia de la Tía Casca, sino una buena mujer llamada Francisca Tejero, amable y servicial como el más exquisito maître d’hotel. Nosotros, imitando a Bécquer, le preguntamos si conoce las hechicerías de las Brujas en los pueblos del Somontano. Pero ella, ¡oh, desilusión!, nos dice que no cree ni en brujas, ni en conjuros… ¡Todo eso –insiste– son historias que inventan ustedes los que escriben pa sacar dinero…!”.

Sin duda alguna, hay que conocer cuanto sea posible las montañas para describirlas como bien se merecen. Aunque sea dentro de una guía ascensionista…

  1. Ciertamente, muchos de los que nos decimos montañeros, limitamos nuestro conocimiento de la montaña a solo unos pocos matices, exclusivamente relacionados con lo deportivo. Eso sí, a la vera del Moncayo, había (y puede que subsista) un merendero que ya, ya… sin pena de la obligada visita a Veruela.

    • Bueno, José; yo diría que un porcentaje importante del gremio de las montañas empolla lo suyo tanto los relieves como su entorno. Pero una vida laboral “clásica” no permite demasiadas alegrías y hay que limitarse a lo que más nos tira o a lo que más fácil resulta… Hace no mucho, en una presentación de libro, una amable lectora (especialista en orquídeas) me recomendó que estudiase más la flora montaraz, que no sabía bien lo que me estaba perdiendo… Tal vez lo haga en mi próxima reencarnación, si lo hago con forma humana (y no como verraco, como todo apunta)…

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