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Los Felices Veinte en el Mons Caunus

Durante un tiempo hemos rondado los montes de Zaragoza. En esta ocasión lo haremos de la mano de los, acaso, grandes desconocidos del montañismo aragonés: los Exploradores. A nada que se bucee entre sus crónicas previas a la Guerra Civil, se descubren atisbos de actividades deportivas muy adelantadas para la época. Por justicia, habría que sacarlas cuanto antes a la luz.

En el terreno de las invernales y el esquí, los scouts aragoneses fueron unos precursores a los que apenas hemos rendido tributo. Quizás en su natural discreción estuviese el origen de este olvido clamoroso. Puede que la prohibición franquista hacia sus actividades de comienzos de los años cuarenta, fuera la causante de este despiste injusto.

Sea como sea, si se rebusca un poco entre las páginas de la revista de los Exploradores de Zaragoza, La Selva, van apareciendo pistas sobre unas prácticas montañeras más que interesantes. Sirva como ejemplo el anónimo “Resumen de los principales actos escultistas celebrados desde el verano de 1924”, tal y como aparecía en su número 1 (abril de 1926):

“El campamento de verano de 1925 tuvo lugar en el Moncayo. Durante nuestra estancia en tan hermoso monte, el escultismo se desarrolló con el entusiasmo de siempre. Se hicieron interesantes excursiones, entre las cuales merecen citarse las de la cumbre, la casa forestal, Ágreda, etcétera […].

”Todavía quedaba el entusiasmo por el Moncayo durante el invierno, y varios exploradores de cuarta categoría organizaron una excursión para los primeros días de enero, época de las nieves. Era una prueba dura, pues el frío era intensísimo en aquellas alturas. No podían hacerse excursiones largas, pues el día resultaba corto, y por la noche la temperatura descendía notablemente. Además, en aquellos parajes deshabitados había mucho que trabajar, pues no se poseían más comodidades que las que cada uno había llevado sobre sus hombros. Sin embargo, aún pudieron, tras grandes esfuerzos, subir los exploradores hasta la cumbre cubierta de nieve. No se pudieron hacer fotografías buenas porque el frío y la ventisca empañaban los objetivos apenas se destapaban. El viento era extremadamente fuerte y, para no ser derribados, era preciso que los expedicionarios fuesen fuertemente sujetos unos con otros. La única fotografía que publicamos es de la parte media del alto monte, en el límite del bosque e inmediatamente debajo de las nieves. Después de pasar allí dos días con sus noches, se emprendió el regreso sin novedad”.

De este modo se podía adelantar en un par de añadas la invernal del Mons Caunus, que hasta hace no demasiado se adjudicaba a un activo trío de scouts zaragozanos: Rafael Gascón, Gonzalo Lapetra y Antonio Tramullas, sobre el mes de febrero de 1927…

Otra revista que difundió las aventuras del montañismo zaragozano sobre la cota 2.314 metros fue el órgano del Sindicato de Iniciativa y Propaganda de Aragón. Entre sus hojas se esconde la más madrugadora descripción de una colectiva moncaína de los fundadores de Montañeros de Aragón. Si la entidad con sede en Zaragoza echó a andar en mayo de 1929, no esperó demasiado para que organizara una marcha hasta el techo de su provincia (y la de Soria). Nada como acudir hasta el número 63 de Aragón, correspondiente al mes de diciembre de 1930, para comprobar cómo discurrió esta “Excursión a Moncayo” según la divertida perspectiva de nuestro consocio Sebastián Recasens:

“El día 31 a las 16:00 h, salimos en el autobús de Tarazona camino de Vera, donde llegamos a las 19:30 h. Acto seguido, y con una buena noche de luna, emprendemos la marcha hacia San Martín de Moncayo. Tras una breve parada en él, continuamos, y a un kilómetro aproximadamente del pueblo, acampamos en un pequeño soto que hay a la izquierda del camino.

”Yarza, que es hombre previsor, arma su pequeña tienda de campaña y después de cenar con el apetito consiguiente, éste se mete en su tienda y los demás dormimos al raso envueltos en nuestras respectivas mantas.

”De madrugada, la luz y el fresco, contribuyen a despertarnos, y después de un ligero refrigerio emprendemos la ascensión al Moncayo. Sobre las 10:15 h llegamos al Santuario, donde dejamos las pesadas mochilas y continuamos la subida a la cumbre. El tiempo hasta entonces bueno, comienza a estropearse con boira y aire frío, que arriba llega a hacerse insoportable. Después de permanecer breves minutos en la cumbre al resguardo de unos pedruscos donde los fumadores encienden el consabido pitillo, como la boira [niebla] espesa e impide ver el más mínimo panorama y el viento arrecia, emprendemos el descenso velozmente.

”De vuelta en el Santuario nos quedamos en él a comer, y como el tiempo sigue malo decidimos pernoctar allí. Durante la tarde la espesa niebla forma debajo de nosotros magnífico cuadro que se resiste a ser capturado por la científica máquina de Ramón Serrano.

”A la mañana siguiente, con tiempo espléndido que permite distinguir con toda claridad la cadena pirenaica, valle del Ebro, Tarazona, Vera, Veruela, Cascante, etcétera, continuamos la excursión hacia peñas de Herrera por un camino que va a media ladera. Después de unas dos horas dejamos el camino que se dirige hacia el llano a la derecha para entrar en el barranco Morana, de inclinadísimas laderas formadas en su mayor parte por carteleras que hacen que la Baker (perra policía que nos acompaña) se aspee bastante en esta jornada. Tras dura marcha acampamos a la orilla de un pequeño arroyo afluente del Morana [¿el Horcajuelo?], y después de comer rápidamente continuamos la ascensión hasta el final del barranco que comienza en una amplia explanada de praderas. Al llegar allí subimos a unas lomas que hay a la izquierda y desde lo alto de las cuales se dominan las peñas de Herrera y la sierra de la Virgen al fondo, y dirigiéndonos a la derecha vamos a coger el camino de Beratón, que va por lo alto de un profundo y pintoresco barranco, y poco después llegamos al pueblo.

”En él nos aprovisionamos de pan y continuamos hacia Borobia, distante unas dos horas. Poco antes de llegar al pueblo paramos para pernoctar en la llamada Casa de Prado Espinar, donde durante la cena nos informamos, por sus habitantes y por unos pastores que allí encierran su ganado, del tiempo que hace en invierno y que parece propicio para hacer una visita con skis.

”Después de la cena nos trasladamos a nuestras habitaciones, consistentes en un magnífico pajar, el cual atravesamos con sumo cuidado bajo las indicaciones del guía para no ir a parar al establo. Nos echamos a dormir en el blando lecho y poco después Enrique Armisén el Oso, es sepultado por un alud de paja provocado por Buñuel, que dormía en regiones superiores y que por lo visto soñaba con un rápido descenso en skis.

”A pesar de estos ligeros sobresaltos la noche transcurre perfectamente, y continuamos el camino dejando a la izquierda Borobia, yendo a las lagunas, a la sazón secas. Después el camino atraviesa una pequeña llanura y se introduce por una hoz que va a desembocar cerca de Ciria y allí hacemos un pequeño alto para ver las ruinas de un castillo que domina el pueblo y sin pasar por él, continuamos hacia Torrelapaja por otra hoz, por la que marcha el ferrocarril Santander-Mediterráneo.

”Una vez allí nos enteramos que ha sido suprimido el tren que pensábamos tomar, por lo que pernoctamos en una venta próxima a la estación, y en la cual, por estar ocupadas todas las camas, nos vemos obligados a dormir empajuzados [¿entre heno seco?], y después de una tranquila noche interrumpida por los estornudos de un caballo, los de Jesús Buñuel a cada uno de ellos, y los sobresaltos de Ramón, que creía ver su mochila devorada por unas cabras que por allí andaban sueltas, nos levantamos al día siguiente teniendo que mover fuertemente a José María Serrano, que, como el más perezoso del grupo, se encuentra perfectamente en su lecho.

”Y luego la vuelta a Zaragoza en lento ferrocarril y larga espera en Calatayud, pero alegres, optimistas y contentos de la excursión realizada”.

Nos despediremos de estos moncaínos de los Felices Veinte con un poema muy del gusto de la época. Se publicaba en el número 2 de La Selva (mayo de 1926). Dentro de ciertas “Notas de una excursión”, así plasmaba el ya aludido Rafael Gastón, ascensionista invernal, sus experiencias con estos versos dedicados “Al Moncayo”:

“¡Moncayo! Tierra impregnada

de aromas de poesía;

sublime cumbre encantada

donde vuela apasionada

la luz de la fantasía.

”Mole que elevas triunfante

tu belleza sobre el suelo.

Para llegar arrogante

Con esfuerzo de gigante

A besar tu hermoso cielo.

”Atalaya de los vientos

que a tu alrededor envías

llevando a los sentimientos

la fuerza de tus alientos

desde tus cumbres bravías…

”Fue tu atracción misteriosa

la que hasta ti nos llevó;

tu misma mole grandiosa,

del Cielo y la Tierra esposa,

nuestro camino trazó.

”Tu alta silueta arrogante

nos dio vigor y osadía

para ir siempre adelante

con el ánimo constante

por tu aspereza bravía.

”Y entre tus bosques frondosos,

y entre tus ásperas breñas,

corriendo siempre animosos,

admirábamos, gozosos,

tus barrancos y tus peñas.

”Complaciente nos mostrabas

tu belleza natural,

y nada nos ocultabas;

siempre a todos alentabas

con tu espíritu inmortal.

”Y al más oscuro camino

y a la más brava maleza,

nos llevó nuestro destino,

para ver el peregrino

tesoro de tu belleza.

”Todo era calma y dulzura;

todo era luz y armonía;

todo paz; todo ventura;

vida, frescor, hermosura;

grandeza, en fin, poesía…

”Después, cuando declinaba

el sol en el horizonte

y lentamente se alzaba

la tiniebla, que inundaba

el vasto y tranquilo monte,

mirando siempre hacia arriba

de vuelta ya al campamento,

veíamos tu atractiva

cumbre que se alzaba, altiva,

a tocar el firmamento…

”Siempre en el alma reposo;

siempre voluntad sincera;

siempre en el pecho gozoso

un pensamiento animoso

que ofrecer a la bandera.

”No se pueden olvidar

libres de todo pesar,

días de tanto sentir

con la Natura sin par

que convidaba a vivir.

”¡Moncayo audaz! En la historia

has de tener perduranza,

pues dejó tu inmortal gloria

un recuerdo en la memoria

y en el alma una esperanza.

”Pues al final del camino

donde nos lleva el destino

siempre soñando ideales,

el aroma de tu pino

y de tu agua los cristales,

hará nuestro ánimo fuerte

como otro tiempo lo hiciera,

para vencer nuestra suerte

y otra vez ir a ofrecerte

los besos de una bandera.

”Y si, con ardor constante,

alcanzamos nuestro anhelo,

iremos siempre adelante

hasta tu cumbre gigante

para mirar hacia el Cielo”.

  1. Si dices que algo no te gusta cuando en realidad lo que ocurre es que te da pereza conocerlo, eso se llama pigricia… Otro gallo cantaría si todo el mundo fuera tan currante y desinteresado como tú, Alberto…

    • ¿Pigricia? Nunca a la cama te irás sin saber una cosa más…
      De todas formas, anda que no te estás moviendo tú por todo el Pirineo rastreando las raquetas de nieve y otras actividades invernales. Ver páginas 18-70, en:
      https://www.montanerosdearagon.org/wp-content/uploads/boletinDigital/BD61_2018.pdf
      Corren buenos años para los rastreos hispanos, diría yo, dado que nuestros vecinos del norte nos piden cada vez más artículos en revistas serias. Que ya era hora de que nos moviésemos rastreando un poco sobre nuestros deportes…

      • Me alegro de haberte descubierto una palabreja, lo cual no es fácil… Comparto tu opinión respecto a la seriedad de nuestros vecinos del norte… De cualquier modo, diría que fue Platón quien dijo que hay tres clases de personas; las amantes de la sabiduría, las amantes del honor y las amantes de la ganancia… Cada cual sabrá en qué categoría se encuentra, pero es indiscutible que tú perteneces a la primera…

        • Caramba: disculpa, Xavi, que estaba fuera y no podía acceder a estas páginas, que en apariencia estaban bloqueadas…
          Ya me has puesto colorado de nuevo… Sí: dentro de otros 56 tacos más, estaré algo más cerca de las Fuentes de la Sabiduría… Entre tanto, a ver si no meto en exceso la pata… Más saludos, amigo…

    • Unos textos magníficos Alberto. Emergen cuando parecía que todo estaba escrito ya sobre el Moncayo. El “Padre Moncayo” le decían en mi casa. El “Monte Cano” siempre será el predilecto de la “Novia del Viento”. De Zaragoza.

      • Pues no es mala tu analogía: el romance entre ese coloso de cabellos a menudo blancos por las nieves, con esa chica del centro de la llanura que casi siempre lleva la melena al viento… El Moncayo y Zaragoza, vamos. Más saludos, simio poético…

        • Mira, Alberto, muchísimas gracias por contarnos tantas cosas del Moncayo que yo diría que nadie más sabe. ni aun siquiera quienes lo hemos sabido tantas veces y por tantos y tantos sitios.

          • Ya miro, ya miro, Doble A… Bueno: ahora, con la digitalización de cien mil publicaciones, la cosa es fácil. A mí me maravilla que ciertos “expertos” no recurran a esta herramienta tan cómoda. Será que no les gusta eso de la crónica histórica… Entre tanto, espero que disfrutes con estas historias tanto como yo mismo. Otro saludo cordial más, moncaíno…

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