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Briet en Ordesa

La revista Grandes Espacios está a punto de editar un especial sobre el Parque Nacional aragonés para festejar su centenario. En el interior aparecerá cierto artículo sobre uno de sus más fervientes precursores: Lucien-Henri-César Briet. Un parisino por cuya biografía proliferan datos no confirmados a través de documentos. Con varios mitos pintorescos circulando por ahí, como el de su alistamiento en la Legión Extranjera francesa, una madrastra malvada o la destrucción de su casa durante la I Guerra Mundial…

Quienes deseen conocer mejor al gran cronista del Divino Cañón harán bien en hacerse con el número de junio de GE. No en vano, entre sus páginas se airean unas cuantas novedades sobre el biopic Briet que hace una docena de años rescató del olvido el investigador Silvio Trévisan. Entre tanto, se puede realizar un acercamiento al gran pirineísta sin desvelar el contenido de esta revista del Grupo Desnivel, apuntando a sus primeras aproximaciones hacia la vertiente sureña de las Tres Sorores…

En el verano de 1889 Luciet Briet ganaba la brecha de Rolando, emocionado por esos textos de Louis Ramond que leyó en el colegio durante su niñez. No fue el único encuentro de esta visita inaugural: desde el remate del Pimené, nuestro parisino vislumbró la silueta contundente del Monte Perdido perfilándose hacia el Sur. Poco tardó en dirigir sus pasos hacia esta montaña, que ascendió en el estío siguiente.

En 1891 regresaba a su “paraíso cárstico”, recorriendo el valle del río Arazas y conociendo, por ende, a Henry Russell; por entonces, todo un mito viviente. A su regreso a la llanura, Briet impartiría una conferencia en Burdeos sobre el tema de “Tucarroya y Ramond de Carbonnières”, iniciando de ese modo una intensa carrera como divulgador del Marboré. Su fascinación por estas elevaciones quedaba confirmada en su artículo “Autour du Mont-Perdu” (1902), del que tomaremos unos párrafos más que reveladores:

“¡Bajo cuántos aspectos variados he admirado los melancólicos esplendores del circo de Soaso! Lo he visto manifestando apenas señales de vida, como un espectro envuelto en lívido sudario. Lo he visto a través de millares de gotas de lluvia cristalina. Lo he visto rodeado de vapores movedizos, humeando cual un cráter de un volcán. Al igual que los grandes hemiciclos de la vertiente francesa, está tallado en plena montaña, en el mármol puro y soberano en que los Pirineos han querido eternizar su gloria. Faltan palabras para ensalzar el circo de Soaso cuando las nubes que le cubren solo dejan percibir la cúspide del Monte Perdido, cuando la Torre de Góriz se destaca aislada sobre el fondo blanquísimo de las nieblas. Mas su magnificencia es indescriptible a la luz del sol levante y al día siguiente de una tempestad, cuyos relámpagos fulminantes han limpiado el ambiente. Posee entonces el aire una transparencia que parece aproximar los objetos más lejanos. Se diría el cielo pintado de nuevo. Las nieves presentan una blancura incomparable y las rocas brillan cual si fueran de plata sobredorada. Todo armoniza en este mágico conjunto: las cascadas caen con aspecto diamantino, las fragosidades del terreno se difuminan, atrae una luz que no conocen los Alpes del Norte hasta el extremo de que creemos estar en otro mundo. Todo el Marboré, transportado e inmaterial se eleva como un hosanna de gratitud que la Naturaleza eleva a su Creador en medio de las pompas de la basílica terrestre”.

Briet dedicó buena parte de sus veranos pirenaicos a ensalzar las maravillas del alto valle del Arazas. Primero, en el Annuaire del Club Alpin Français, y después en diversas revistas de excursionismo, naturaleza y espeleología. Tanto en Francia como en España, previa traducción de sus textos en este último caso, el parisino nunca se cansaría de cantar al cañón de Ordesa o al Monte Perdido. De este último sirvió evidentes muestras de predilección sobre cualquier otra cúspide cuando lo descubrió desde la Faja de Pelay:

“Los estratos coordinaban perfectamente. Por encima del circo se veían declives de color gris, de lodo seco, formando la base de Monte Perdido y sus acólitos, destacándose del fondo del cielo azul, una belleza demasiado relevante para tener un pedestal tan humilde. Las Tres Sorores celebraban su propia apoteosis, y no era tan solo a ellas a las que debíamos rendir homenaje: el pico de la Fon Blanca formaba parte del grupo y acompañaba dignamente a la célebre trinidad del Marboré. Las nieves, que destruyen estas nobles elevaciones, acentuaban ciertos detalles geológicos que de otro modo pasarían inadvertidos. Con gallardía, el Monte Perdido afirmaba su preeminencia, su cúspide se dibujaba en trazos precisos y sus bajadas se acusaban hasta la base del Cilindro y hasta los bajos del Soum de Ramond”.

El Monte Perdido constituiría una tenaz referencia en los apasionados escritos de Briet, que pronto tendrían abundantes seguidores en España. Entre los meses de agosto y octubre de 1911, el galo afrontaba el estudio de la hidrología del entorno de las Sorores que no logró llevar a cabo el año anterior. Siguiendo los dictados de su pluma, se podría revitalizar cierto itinerario que había permanecido, hasta aquellas fechas, bastante eclipsado por los que partían de territorio norteño… Es natural: tan solo con el avance del siglo XX, el valle de Ordesa vería aumentar el número de montañeros que lo atravesaban de camino hacia el Monte Perdido, a despecho de la inexistencia de una carretera desde Torla. En cualquier caso, casi todos los neófitos notarían un nudo en la garganta ante la primera aparición del Gigante Calcáreo, seguido de la fastuosa antesala de las Gradas de Soaso, como sintió el propio pirineísta:

“Encaminemos ahora nuestros pasos al Monte Perdido, que nos aguarda allá por encima del hemiciclo de Soaso. Hay que andar y sacrificarse en un esfuerzo supremo, reanudando la ascensión interrumpida”.

Prosiguiendo una nueva ruta ofrecida a las oleadas de lo que los patriarcas del pirineísmo denominaron las “invasiones filisteas”, ahora a partir de las tierras de Aragón, Briet continuó animando a los turistas ibéricos desde las páginas de diversos textos, como su Viaje por el Valle de Ordesa (1911). Porque en ésta, su segunda visita al techo del macizo, llegaría hasta sus 3.355 metros por el sur. Olvidando el más de un siglo transcurrido, a tenor de su descripción, parece que el tiempo se ha detenido en las tumultuosas orillas del río Arazas:

“El sendero que escala la grada de Soaso lo efectúa en curva, y en algunas vueltas, sucediendo lo mismo en las inmediaciones de la cueva del Frachinal, cortan el paso troncos de pinos, con el fin de que los ganados no pasen de forma abusiva de unos pastos a otros. Se suben aún algunos escalones y los pies tropiezan en enormes bloques allí colocados a manera de piedras sepulcrales, cuyo final se desarrolla en el hemiciclo, término del valle, y coronado por dos cimas nevadas: el Monte Perdido y el Soum de Ramond.

”Al aparecer tan inesperadamente, el circo de Soaso parece saltar de una caja de sorpresas. Por encima de él y bastante retirado domina el Monte Perdido, pico de aspecto cónico dividido en pisos, que son sus famosas escalas, que se diferencia completamente del Soum de Ramond, cuya silueta semeja la del tricornio de un gendarme, y delante del cual se encuentra la Torre de Góriz. La situación menos elevada de esta Torre no la priva de poder ser contemplada en toda su belleza, sobre todo cuando al amanecer su silueta se destaca en sombra bajo el Soum de Ramond iluminado por el sol. Brilla un fragmento del pico de Fon Blanca, mas desde el fondo de Soaso no llega el rayo visual a percibir el glaciar que se extiende entre las Dos Hermanas”.

Ante semejantes reseñas, no era extraño que el tránsito hacia el Monte Perdido desde el sur se afirmase. A la cuenta de Briet habría que anotar las progresivas riadas de excursionistas que surgirían desde Torla, por ese camino de Turieto donde se situara más adelante su efigie, hasta lo más alto de las majestuosas Sorores en piedra. Acompañaremos un poco más al Cantor de Ordesa en su periplo por el fondo de ese Cañón que visitara en los años 1891, 1904, 1908, 1909 y 1911… Casi siempre con la mirada fija en las alturas donde reinaba esa montaña que los desvelos de Ramond de Carbonnières hicieron famosa:

“En el fondo del anfiteatro de Soaso se superponen dos murallas y sobre ellas conos de escombros, sin que lleguen a percibirse más de dos cimas, ya que para alcanzar a ver las Tres Sorores precisa atravesar el río, subir por un talud y apoyarse en las trincheras de la brecha de Góriz. Entonces se descubre el Cilindro, a la izquierda y cortado a pico, del lado del collado del Monte Perdido. Este espectáculo resulta maravilloso a poco que una tempestad haya dejado huellas de rocío en el sublime trío, acentuando hasta sus menores relieves”.

Ya sabéis: este mes de junio la tribu de los ordesianos tiene una cita con el número 244 de Grandes Espacios

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13 Comentarios

  1. El “otro lado de los Pirineos” sigue siendo bastante desconocido desde estos lares. Tanto en el medio físico y geográfico, como, sobre todo para reconocer los méritos de esos grandes pioneros que nos precedieron en el conocimiento y divulgación de cualquier rincón de la cordillera. No deja de dar cierta vergüenza que rincones como Ordesa o Mascún fueran “descubiertos” por gentes venidas desde “más allá”. A nosotros, pobres indígenas, solo nos queda reconocer y aplaudir su tesón y esfuerzo. Y esperar que algún día desaparezcan de verdad las fronteras y podamos considerar sinceramente a personajes como Briet uno más de los nuestros.

    • ¿No será que a los aragoneses de los siglos XVIII, XIX y gran parte del XX…, les disgustaba ese invento foráneo de encaramarse a las montañas “para nada”? Bien sabes que esa afición, fuera de ambientes “urbanitas”, sigue siendo poco y mal entendida por nuestros paisanos; los de ahora, me refiero… En los mismos pueblos de montaña, diría yo, donde apenas una porción mínima de “nativos” se echa al monte alto por gusto…
      En cuanto a lo de “hacer nuestras” las realizaciones de los ancestros de antaño, los nacidos donde sea (que eso no debiera de importar), pues yo creía hasta hace no mucho que era ya un hecho cierto, que habían quedado atrás las actitudes pueblerinas. A ver si el previsible hundimiento de los nacionalismos acaba con todo cuanto no sean actitudes “fraternales” en las montañas…
      Más saludos, José…

      • Sí; yo también lo creía. Que alguna salida de tono de la que fui testigo era tan lamentable como excepcional. Pero últimamente ha llovido mucho; aquí y un poco más allá. La diversidad de pensamiento y el anhelo de diferenciarse son algo maravilloso que nos enriquece. Pero, como el teléfono, pueden utilizarse tanto para un abrazo como para un puñetazo.

    • Eso está bien, Doble-A: que salgas de tu “área de influencia” de la Jacetania y el Somontano del Moncayo para degustar los encantadores placeres de la poligamia (montañera)… Y Ordesa, que supongo conocerás aunque sea de forma superficial, es un lugar perfecto para este razonable acto de infidelidad (montaraz)…

    • Tampoco es que quiera destripar ¿tu artículo? en Grandes Espacios. Pero puedes adelantar algo sobre los errores en la biografia de Briet ¿no?

      • Pues la respuesta a tu pregunta podría dar para un libro, Makako… Si te parece, me centro en un par de cuestiones que no abordo más que de pasada en el artículo para Grandes Espacios. Unos datos que el desaparecido investigador Silvio Trévisan, con quien tuve el honor de colaborar (en grado mínimo), trató de difundir mediante un dúo de artículos en Francia y en España, hace una quincena de añadas…
        ¿Empezamos por su árbol genealógico? Las biografías de Briet se ven salpicadas con esa leyenda en la que, hijo de un primer matrimonio, tras la muerte de su madre pasaba a depender de una segunda esposa, supuestamente malvada, con la que se llevaba fatal… Nuestro querido Silvio investigó por los registros, con el auxilio entre otros de su nieta Maeva, descubriendo documentos que probaban que el pasante de notario Louis-Henri Briet (1815-1887) se desposó primero con Geneviève-Césarine Garnotel (1828-1849), con quien tuvo a Valérie (1849-1872). Tras el fallecimiento de su esposa, se casó con Louise-Rosalie Yvonnet (1826-1892), con quien engendró a Euchère-Marthe (1854-1857), Henriette-Marthe (1858-1859), Lucien-Henri-César (1860-1921) y Hélène-Marthe (1868-1869). Parece que en vida Lucien fue un devoto de su madre. Y que ninguna de sus cuatro hermanastras/hermanas le sobreviviría.
        Lo de su paso por el Ejército galo, rastreado igualmente por Trévisan en los archivos militares, no resulta menos jugoso. No; no fue un antimilitarista, como se ha llegado a decir, que escapó a Bélgica para evitar el servicio de armas. Por el contrario: tras finalizar una especie de bachiller, se enroló voluntario en 1880 mediante un “enganche condicional”, posiblemente para ser suboficial profesional al cabo de un año. Pero algo le disgustó del 51 Regimiento de infantería donde servía, del que se fugó en 1881 rumbo a Bélgica. En Bruselas protagonizó una de las páginas más surrealistas de su ya de por sí extraña trayectoria: le dedicó unos poemas (“Au Drapeau”) al regimiento del que había desertado. En 1885 se hartó del exilio y se entregó, siendo condenado a dos años de trabajos públicos. Una amnistía le conmutó en ese mismo año la pena, que pasó como soldado de segunda, parte en Argelia, parte la metrópoli, encuadrado en el 11 Regimiento de infantería, hasta su licencia en 1886. No pisó la Legión Extranjera, donde sin duda nuestro pirineísta hubiera compuesto un magnífico “Beau Geste”…
        En fin: la vida de Briet es rica en leyendas. O, mejor, dicho: en lo que parecen ser resbalones originados por la transmisión oral, mil veces repetidos sin confirmación documental alguna…

          • En realidad, si te fijas, verás que en esencia lo ha hecho el propio Briet, a quien cuanto más leo, más me gusta… Lástima que no sean estas lecturas de la devoción de los “expertos” en toponimia aragonesa ¡Para el caso que hacen de lo recolectado por el parisino…! Pero, claro, como era gabacho…
            Ánimo, Doble-A: decídete a “ponerles los cuernos” al Moncayo y a la Jacetania con Ordesa en cuanto mejore un poco el tiempo…

          • Ahí va. Alberto que con un parrafito de cinco líneas me conformaba. Gracias por este “libro” sobre Briet. Y gratuito.

          • Tranqui, que he metido por aquí las notas que me dejé a mano para redactar el artículo de Grandes Espacios. Pero el formato papel exige resumir mucho… ¿Adivinas por qué me encanta el formato “sin límites” de desnivel.com? De cualquier forma, de nuevo he de insistir en que quien se trabajó estos datos por toda clase de archivos con una paciencia de cartujo fue el hoy desaparecido amigo, Silvio Trévisan… Más saludos rumbo a lo más alto de tu cocotero…