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La Edad de los Parques

Se concretan las nuevas conmemoraciones del centenario del Parque Nacional aragonés. Este cumpleaños ordesiano también se celebrará en Zaragoza, donde tendrán lugar unas conferencias que se iniciarán el 11 de junio en el Museo de Ciencias Naturales. Las abre ese lunes, como no podía ser mejor, Eduardo Martínez de Pisón. Me suena (vagamente) que la del miércoles 13 de junio abordará el tema de esos pioneros del pirineísmo que resultaron vitales en el descubrimiento turístico y promoción de la vega del Arazas… En fin; un par de entregas con cuatro datos cronológicos puede ayudar para que quienes acudan a los diversos actos programados se sitúen un poquillo.

La idea de acondicionar espacios donde se preservara el medio natural, muy parecidos a los actuales parques nacionales y naturales, se exportó desde el Nuevo Mundo. Aunque los norteamericanos del siglo XIX poseían un país enorme que se suponía inagotable, sintieron la necesidad de legar a sus hijos los paisajes más bellos y salvajes. En el año 1864 el Congreso de los Estados Unidos estableció un novedoso modelo de utilización de las tierras públicas cuando cedió el valle de Yosemite y el Mariposa Big Tree Grove al Estado de California con el fin de que los conservase perpetuamente “para uso público y lugar de descanso y vacaciones”. Tal fue la génesis del Parque Estatal de Yosemite.

Otro suceso, acontecido seis años después, señalaría el auténtico nacimiento del Sistema de Parques Nacionales norteamericano. En el año 1870 cierto grupo de excursionistas partió a caballo desde Helena, en Montana, para visitar los parajes que irrigaba el río Yellowstone en Wyoming. En sus praderas se refugiaban las últimas manadas de bisontes, una especie de la que apenas se contaban sino quinientos ejemplares: los supervivientes de una cabaña que se estimó a comienzos del siglo XVIII en setenta y cinco millones de cabezas. En torno a la hoguera de la cena, estos amantes de la naturaleza discutieron sobre el futuro inmediato de aquellos territorios aún vírgenes. A un juez de Montana, Cornelius Hedges, se le ocurrió proponer que dicho entorno “se conservase intacto como Parque Nacional para beneficio y recreo de todos los hombres para siempre”. La idea fue llevada al Congreso, donde se aprobó la ley que instituyó el primer Parque Nacional del mundo: Yellowstone. El presidente Ulysses S. Grant firmó dicho decreto en 1872. Dos años más tarde iniciaba su andadura el pionero Parque Nacional de Yellowstone.

En realidad, la idea de salvaguardar las especies animales y vegetales mediante algo similar a un parque se había asentado en la Vieja Europa desde el primer tercio del siglo XIX. Así, en el Reino del Piamonte, luego Italia, existía ya en 1821 una reserva de cabras montesas donde se estableció el último reducto de este rumiante alpino. Un inspector forestal del valle de Aosta llamado De La Pierre Zumstein logró convencer a sus compatriotas para que se impidiera de este modo la extinción de la Capra ilex ilex. Paradójicamente la Casa de Saboya, de gran tradición cazadora, apoyó su propuesta. Mediante este procedimiento chocante fueron salvados in extremis los menguantes rebaños de cabras alpinas, protegidos por un auténtico ejército de guardabosques valdostanos…, para que estuvieran solo a disposición del fusil del monarca. En 1922 esta Reserva Real de Caza daría paso al Parque Nacional de Gran Paradiso. Como colofón picante de este apartado, decir que el apellido Zumstein brilla hoy sobre uno de los cuatromiles alpinos sin que los cultos montañeses italianos o suizos protesten por este recordatorio toponímico de sus benefactores de antaño.

Acudamos ya al escenario pirenaico… En contra de lo que se cree, la preocupación por la defensa de la naturaleza no fue solo un afán de los extranjeros que visitaban nuestra vertiente sur. Mucho antes de que Franz Schrader o Lucien Briet mostrasen su inquietud por los abusos que detectaban, el navarro Pascual Madoz emitiría un llamamiento, desde el ecuador del siglo XIX y en las páginas destinadas a “Huesca” de su Diccionario, en favor de que se cuidaran las escasas masas forestales de esta provincia esquilmada:

“El reino vegetal sería admirable, particularmente en los Pirineos, si la mano del hombre no hubiera sido tan destructora. Pero, exceptuándose las faldas de los puertos que presentan interminables y espesos bosques de pino y hayas que se remontan extraordinariamente con un grosor imponderable, apenas hay en los montes bajos sino algunos pinos, abetos, hayas, robles y carrascas, en que nunca se ha hecho una limpia, y si alguna vez se trata de ejecutarla, es solo para su destrucción”.

Por lo demás, la historia de la creación de Ordesa, decana de las reservas del Pirineo, puede parecer un calco, en lo esencial, del pionero parque italiano. Aunque en este caso fue la Capra pyrenaica pyrenaica la involuntaria protagonista del drama: a comienzos del siglo XX la desaparición de nuestro bucardo, la subespecie autóctona de la cabra montesa, parecía un hecho consumado. Sus últimas manadas se escondían en las agrestes Proas de Ordesa. Según todo el mundo reconocía, con los días contados.

No era este el único lugar de nuestra Península donde se desarrollaba un desastre ecológico similar: en Gredos el número de especímenes de la Capra pyrenaica victoriae llegó a reducirse a un macho viejo y diez hembras, lo que motivó que otro rey escopetero, Alfonso XIII, declarase con presteza a la especie como protegida. Pero regresemos definitivamente al Pirineo…

Los rebaños de cabras sobrarbesas también contaron con sus abogados defensores. Lucien Briet, un asiduo visitante del Macizo Calcáreo desde 1889, se reveló como uno de los más activos portavoces de la indignación pirineísta ante las matanzas de bucardos que provocaban las batidas. En 1909 lanzó a los cuatro vientos un célebre artículo donde proclamaba que “la hora suena, es necesario proteger Ordesa, arrancarla de los leñadores y de los cazadores”. Desde 1911 Briet propondría un remedio para conjurarlo:

“Si no existe en España una sociedad para la protección de los paisajes, puede suplir ese cometido la Diputación Provincial de Huesca y la Real Sociedad Geográfica, con personalidad bastante para interesar al Gobierno de Madrid a favor del valle de Ordesa. Si éste impusiera su voluntad, el Divino Cañón se transformaría en la Península en un Parque Nacional, portentoso reflejo del creado por los norteamericanos en las orillas del Yellowstone, un Parque Nacional donde florecerían las siemprevivas de montaña, donde se reproducirían sosegadamente los rebecos y las truchas y donde, por último, la venerable selva de los Pirineos sería respetada como una abuela”.

En tierras hispanas se reparó pronto en los desvelos del parisino por Ordesa. Briet había destacado ante los prohombres de cierta misión oficial del Gobierno Español (Guerne, Gonzalo y Reparaz) en 1906, durante una conferencia en París, por su deseo de que se conectara Gavarnie con Broto a través de un buen camino para carros, y Pau con Zaragoza mediante una línea de ferrocarril que cruzaría por todo el eje del Alto Ara… Los intelectuales hispanos reconocieron pronto sus méritos como propagandista turístico de las regiones más remotas del Sobrarbe. Así, Victoriano Rivera lo definía en 1920 como “un alpinista infatigable, sagaz observador, naturalista y geógrafo, excelente poeta y brillante escritor, amante de España y conocedor como nadie de sus naturales bellezas en el Pirineo, que ha descrito con minuciosidad este valle [de Ordesa] y ha cantado sus bellezas maravillosamente”.

Mas la fe de Lucien Briet en este país corría pareja con su escepticismo. Sabía de los grandes intereses creados en el valle de Broto en torno al aprovechamiento de sus maderas, caza y pesca, no siempre acordes con la salvaguarda del paisaje. No extraña que muchas de sus predicciones resultaran bastante agoreras. En algún caso, sus vaticinios fallaron por solo tres años:

“Con toda seguridad, gracias al progreso, y para gran beneficio de los pobres campesinos que lo pueblan, llegará el día en que el Alto Aragón desempeñe un papel glorioso en el Teatro de la Naturaleza. Inevitablemente será algo que sucederá, algo que no me atrevería a poner en duda ni un solo instante. Pero, por desgracia, todo hace pensar que cuando llegue ese bien amado día, ya hará mucho tiempo que habrá desaparecido aquél que descubrió las gargantas del río Vero [Briet falleció en 1921]”.

Esta defensa de los valores naturales del valle del Arazas no se limitó a los bucardos. Asimismo llamó la atención del parisino la pérdida del arbolado de los bosques y la devastadora erosión de los suelos. Unos hechos, por otro lado, muy frecuentes en la vertiente gala… Desde sus primeros viajes a esta región recóndita del Sobrarbe, Briet no dejó de constatar la gran necesidad de una protección integral que evitase los estragos:

“Restos de antiguos talleres de sierra están señalados por las calvas en el monte. Es lamentable que este valle que debería ser respetado y atendido como un parque nacional, sirva de escenario a unos actos vandálicos que entristecen el ánimo. El hacha aragonesa emplea procedimientos extraños: no corta los árboles por la parte del tronco inmediata al suelo, los decapita un metro más arriba, dejando el tronco afeado por muñones medio podridos y de aspecto desagradable”.

Igualmente habría que destacar esa carta de nuestro galo en favor del Parque, publicada en El Porvenir de Huesca un 5 de diciembre de 1915, con el aval de trescientas firmas. O alguno de esos párrafos de su libro sobre las Bellezas del Alto Aragón (1913), que tuvieron tanto que ver con el impulso final de sus afanes proteccionistas:

“Hay que convertir al Cañón Incomparable en un asilo escondido guardado cuidadosamente, accesible solo a sus visitantes, donde las flores, los árboles y los animales queden al abrigo de los caprichos y de las necesidades del hombre… Los soñadores acudirían de todas partes a solazarse en plena naturaleza salvaje en un abrigo cerrado por muros olímpicos, perfectamente conservados, el cual se aparecería a generaciones futuras como una reminiscencia de la edad dorada o del venturoso Jardín del Edén”.

No fue, ni mucho menos, Lucien Briet el único defensor del medio ambiente en el flanco meridional del Monte Perdido. Desde antiguo el Macizo Calcáreo inspiró en las mentes de algunos promotores turísticos toda clase de proyectos alucinados: sirva como ejemplo el insinuado en 1892 por Jules Leclercq al anunciar que “los que aman la naturaleza virgen y los valles salvajes deben apresurarse, pues no está lejos el día en que se ascienda al Pico del Midi [de Bigorre] e incluso al Monte Perdido en ferrocarril”. El pirineísta se refería a ciertos proyectos de progreso, como la construcción de un ferrocarril por todo el Cañón de Ordesa con túnel hasta Gavarnie estudiado en el año 1841… Muy posiblemente tales planes suscitaron que el cartógrafo Franz Schrader exclamase en 1901: “No dejemos que toquen las altas cimas. ¡Que sean sagradas, pertenecen a la Humanidad!”.

Ya que acaba de entrar en liza, sigamos con Schrader… Este gran ideólogo del pirineísmo abogó de forma resuelta para que se amparara la belleza de los alrededores del río Arazas. Así, cuando el cartógrafo bordelés visitó por última vez Ordesa en 1913, treinta y tres añadas después de su primera tournée de reconocimiento, no dejó de cantar sus maravillas:

“Bosques, rocas, praderas, torrentes, no han cambiado nada. Pero yo los encuentro más admirables que nunca. ¡Qué elevaciones rocosas hasta la mitad del cielo, sobre el azul del cual se recortan como bastiones dorados! ¿Cómo podría el cerebro conservar de esto el recuerdo intacto con su verdadera grandeza?”.

Sin embargo, nuestro galo no tenía demasiados motivos para felicitarse en cuanto a la conservación del entorno originario durante aquella treintena de veranos transcurridos. Y aunque Schrader constató que desde 1875 había aumentado algo la región boscosa en las regiones elevadas del Cañón de Ordesa, no tuvo el menor empacho en censurar el papel negativo de los humanos sobre las praderas y forestas de la región inferior:

“¿Ha bastado que los hombres vengan un poco más numerosos a admirar la Naturaleza virgen, para que inmediatamente la destrucción, los estragos, la ruina, penetren aquí con ellos? Nadie de los que hoy llegan a Ordesa puede siquiera imaginar el esplendor que ofrecía, entonces, su belleza virginal”.

Entre otros precursores del Parque aragonés habría que incluir igualmente al historiador Henri Beraldi, por cuenta de su ingreso en la lista de quienes denunciaron las destrucciones en nuestra cordillera. En 1901 este parisino se lamentaba del “pasado de los Pirineos, que no es sino una inmensa deforestación, de ramoneo del ganado, quema y roturación”.

Bien se ve: con unos apoyos tan importantes, todo parecía indicar que serían escuchados los mensajes en pro de la salvaguarda de Ordesa. Pero, claro, las cosas de palacio van despacio. Y en Aragón diez veces más.

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Comentario

  1. Pues yo he tenido la suerte de asistir a una conferencia del profesor Eduardo Martínez de Pisón y a otra del autor de este blog… Ambas en el marco del Festival Pyrenades de Salardú… Si estuviera por Zaragoza la semana que viene no me perdería por nada estas charlas sobre Ordesa…

    • Sí; ya lo creo: Eduardo nos deja siempre maravillados en sus intervenciones públicas. Tenemos suerte los maños, pues a finales de enero ya estuvo por aquí… El lunes 11, ¡habrá que ir con tiempo para coger sitio! Más saludos, Xavi…

  2. Así que de recordar a un benefactor de la naturaleza va la Zumsteinspitze. Tienen suerte los italianos y suizos por no haber sido “visitados” por una Comisión Asesora de Toponimia. Ahora tendrían por decreto la “Repunda Zentral dera Monterrosica”.

    • Todo es posible, Makako… Seguro que tenemos por ahí, en nuestro propio terruño, a algún prestigiosísimo lingüista-visionario que demuestra que en el Monte Rosa de los Alpes tenían sus majadas unos pastores de la Bal deros Pichicaus, quienes le transmitieron, a él y solo a él, en misteriosas entrevistas (acaso desde el Más Allá), los nombres verdaderos y vernáculos de cada uno de los cuatromiles de ese macizo… Ya; ya estoy viendo al Consejero “Vertebrador” en su comunicado de prensa/arenga a los medios, ya…

  3. Para los interesados en el ciclo de conferencias, ahí va el texto redactado por sus organizadores:
    “Ciclo de Conferencias en Zaragoza sobre el Centenario del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. 100 años de historia (Junio de 2018): Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de Zaragoza.
    ”Ordesa cumple 100 años como Parque Nacional. Aquí y en la Montaña de Covadonga nacieron en el año 1918 los primeros Parques Nacionales de España, la figura más prestigiosa para la conservación de la naturaleza en nuestro país.
    ”En este ciclo de conferencias del centenario repasamos, de la mano de cuatro grandes expertos, el devenir histórico para la protección del paisaje pirenaico, la fauna y flora de este espacio natural maravilloso situado en la parte norte de Aragón, y cuya singular hermosura ha sido preservado para las generaciones venideras.
    ”En estas charlas haremos un viaje por la naturaleza, la historia y la cultura, acompañados del testimonio de los pirineístas, naturalistas, viajeros, fotógrafos, investigadores y soñadores que hace un siglo creyeron y lograron una nueva mirada hacia el territorio, el entorno natural y sus recursos.
    ”Inauguración por parte de Joaquín Olona, Consejero de Desarrollo Rural y Sostenibilidad del Gobierno de Aragón y de Yolanda Polo, Vicerrectora de Cultura y Proyección Social de la Universidad de Zaragoza.
    ”11 de junio, lunes, 19 h. Sala Joaquín Costa: “100 años para un Parque Nacional”. Los paisajes son la manifestación de la Tierra. Y los amamos porque son nuestra primera patria, de ahí que queramos guardarlos y defenderlos. Para eso están, precisamente, estos Parque Nacionales, donde se le ha concedido un “perdón desinteresado” al territorio natural. Ordesa es, en efecto, un logro de la civilización. Y los Parques Nacionales son tierra de todos, un lugar donde se indultan y se cuidan la naturaleza y el paisaje. En ese empeño estamos en Ordesa y Monte Perdido desde hace cien años. Por Eduardo Martínez de Pisón Stampa, Catedrático emérito de Geografía de la Universidad Autónoma de Madrid y Premio Nacional de medio Ambiente.
    ”13 de junio, miércoles, 19 h. Sala Costa: “Los pioneros pirineístas que pusieron en valor estas montañas”. Desde las tempranas visitas de José de Víu y Louis Ramond de Carbonnières a comienzos del siglo XIX, Ordesa ha sabido atraer a los visitantes. El futuro Parque Nacional logró interesar a grandes exploradores de la Edad de Oro del Pirineísmo como Franz Schrader, Lucas Mallada o Lucien Briet. Todos ellos quedaron fascinados por este universo calcáreo único. Por Alberto Martínez Embid, Montañeros de Aragón, investigador e historiador de temas pirineístas.
    ”19 de junio, martes, 19 h. Sala Joaquín Costa: “El origen de los Parques Nacionales”. Cien años de parques nacionales en España, con Ordesa y Covadonga como los iniciadores del movimiento, permiten echar la vista atrás para reflexionar sobre los orígenes de esta figura de protección de la naturaleza, que se ha extendido por todo el mundo. La idea surge a finales del siglo XIX en Estados Unidos pero se traslada y se reinterpreta en diferentes países y contextos. España fue uno de los primeros países de Europa en crear parques nacionales, gracias a la visión pionera de figuras como Lucien Briet o Pedro Pidal. Un contexto de intensa transformación urbana e industrial estimuló, paradójicamente, a aquellos pioneros para volver la vista hacia lo más agreste y bravío de nuestra naturaleza. Por Santos Casado de Otaola, biólogo, profesor de Ecología de la Universidad Autónoma de Madrid y especialista en historia de las ciencias naturales y de la conservación.
    ”20 de junio, miércoles, 19 h. Sala Joaquín Costa: “Ordesa. Su historia a través de los archivos fotográficos”. Es una delicia repasar la historia del Parque Nacional a través de las fotografías antiguas. Desde la primera imagen conocida del año 1857 y realizada en lo alto de la Brecha de Rolando, hasta los fotógrafos actuales, pasando por el imprescindible Lucien Briet, Maurice Meyss, Juan de Parada, Alphonse Meillon… sin olvidarnos de Ricardo del Arco, Ricardo Compairé, José Oltra, Bernard Clos o Fernando Biarge. Muchos de ellos fueron franceses de principios del XX que en la organización de sus viajes por el Pirineo español terminaban incluyendo lo que ya era una visita obligada: el valle de Ordesa. Por Esteban Anía Albiac, Fototeca de la Diputación de Huesca y Club Peña Guara.
    ”Lugar: Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de Zaragoza. Edificio Paraninfo. Plaza Basilio Paraíso, 4. Zaragoza 50005.
    ”Centenario del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Logos: Departamento de Desarrollo Rural y Sostenibilidad del Gobierno de Aragón. Vicerrectorado de Cultura y Proyección Social, Universidad de Zaragoza. Museo de Ciencias Naturales.
    ”Asistencia libre y gratuita hasta completar aforo”.