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El inventor del paisaje pirenaico

En el año que se festeja el centenario del Parque Nacional de Ordesa se va a hablar mucho de Louis Ramond. Un alsaciano que fue declarado padre del pirineísmo, el propagandista temprano del valle del Arazas. No se citará tanto a quien hubiese podido ocupar dicha plaza y que, por los avatares de su peligrosa vida política, terminó descolgándose de la carrera por el Monte Perdido. Me estoy refiriendo a Henri-Irénée Reboul (1763-1839), a quien su reciente biógrafo, Jean-Paul Grao, le destinó muy justificadamente el título de “inventor del paisaje pirenaico”.

Antes de entrar en materia, abriremos boca con una cita del botánico Jacques Bernardin de Saint-Pierre para ilustrar el espíritu que flotaba en los ambientes ilustrados franceses de 1773 ante el interés que comenzaban a despertar los techos de nuestro Continente:

“El arte de volver a la naturaleza es tan novedoso que incluso los términos que se precisan no han sido aún inventados. Tratar de realizar la descripción de una montaña es la manera de hacerla que se reconozca: cuando se haya hablado de la base, de los flancos y de su cima, se tendrá ya todo. Pero, ¡cuántas variedades habrá en esas formas abombadas, redondeadas, alargadas, aplanadas, excavadas, etcétera, de las que no se hallarán sino ambigüedades!”.

Regresemos ya a la crónica pirineísta… El joven abogado Henri Reboul sintió pronto que su vocación quedaba más bien por el mundo de las Ciencias, lo que le indujo a estudiar primero Química y después Geología. Pero su formación en Letras era potente, pues había cursado oratoria y llegó a dominar cinco lenguas; entre ellas, el español. Por haber nacido en Pézenas se manejaba bien con el occitano, un idioma que le ayudaría en sus periplos en los territorios de las fablas aragonesas y bigordanas.

Puede decirse que la estancia de nuestro provenzal en París como alumno-becario de Antoine de Lavoisier, allá por 1785, terminó empujándole hacia las montañas del sur. En la capital francesa Henri Reboul adaptó un aparato de su invención, el eudiómetro, que medía las capas de aire en las zonas elevadas, y que utilizaría para confeccionar tablas con las que estimar las cotas de las cumbres sin necesidad de hollarlas. Además, en la biblioteca de su anfitrión leyó el célebre texto de los Voyages de Horace-Bénédict de Saussure de 1779, del que extrajo la idea de que solo el estudio de las montañas podía ayudar a comprender la Teoría del Globo; es decir: los grandes misterios de la formación de la Tierra. El idealista joven concluyó que a través de la Ciencia era factible combatir el oscurantismo religioso que había imperado hasta entonces. Por lo demás, en los salones de los Lavoisier logró conocer al propio De Saussure, junto a otros eruditos interesados por las cimas pirenaicas como D’Arcet o Monge.

Muy influido por las saussurianas ideas del Viaje a los Alpes, Henri Reboul decidió acudir a los Pirineos junto a su amigo Casimir Puymaurin, quien estaba emparentado con el obispo de Oloron, en cuya casa se alojaron. Tras haber escuchado el proyecto del padre del alpinismo de medir Mont-Blanc, ellos deseaban tentar algo parecido en la cadena franco-española. Comenzaron sus campañas en el estío de 1786. En realidad, tal fue el año en el que arrancó la exploración de esta cordillera.

Las operaciones barométricas permitieron sacar a Reboul una ventaja de casi dos estíos a Ramond, centrados en la entonces supuesta cúspide del Pirineo: el Midi de Bigorre. En 1788 nuestro provenzal se hallaba estudiando el valle del Gave de Pau y la región de Gavarnie, el terreno que hoy nos interesa…

Un poco antes que Henri Reboul, había comparecido por el Pays Toy Bernard Palassou. Un geólogo reputado que nos dejó cierta descripción del circo de Gavarnie y de su cinturón amurallado donde denotaba actitudes poco dispuestas a cobrar cota para obtener esos datos que la Ciencia de la Ilustración reclamaba:

“No se puede considerar sino con esfuerzo el horrible e imponente espectáculo de las torres de Marboré [el Casco y la Torre], situadas en las fuentes del Gave, que parecen presentar a la imaginación, incluso a la más tibia, la morada sagrada del dios que vierte las aguas saludables de este río”.

A partir de este punto nos ceñiremos a un texto de Henri Reboul al que acaba de dar difusión Jean-Paul Grao. Se trata de esa “Description de la vallée de Gave Béarnais dans les Pyrénées” que redactara para los Annales de la Chimie de 1792, que era el extracto de cierta “Memoria” de la Académie Royale des Sciences de 1788. Es decir: lo redactó un año antes de que Louis Ramond publicara el libro de sus Observations. En dicho trabajo, Reboul demostraba ser un adelantado del pirineísmo, puesto que manejaba una terminología hasta entonces desconocida, hablando de “monumentos naturales” y de “amor de las montañas”. Toda una declaración de intenciones de quien hubiese tenido que erigirse como el ideólogo de nuestro deporte primigenio. Trocearemos su aproximación hacia el Monte Perdido desde el norte en varios cuadros…

Así, su descripción de las cimas del circo de Gavarnie permitiría diferenciar a alguna de ellas (posiblemente, el Monte Perdido, el Cilindro y las Torres del Marboré) del hasta entonces indeterminado conjunto rocoso:

“Se perciben desde lejos las grandes cumbres y los elevados campos de nieve y de hielo desde donde las aguas se precipitan. Enseguida se reconoce que no forman sino una montaña o, más bien, una masa enorme por su altura y volumen, compuesta de una misma materia que, emplazada sobre una base desde la que no deja de subir en el espacio de diez leguas, se alza de pronto hasta las setecientas o las ochocientas toesas [1 toesa son 1’94 metros], y que domina de lejos todas las montañas que lo rodean. Las diferentes cimas con las que está coronado [el circo] se presentan bajo mil formas extrañas: van desde pirámides irregulares y grandes cilindros, o bien conos truncados cerca de su base que se parecen bastante a torres desmoronadas. Las crestas que se forman a través de la prolongación de esas cimas son tanto murallas inaccesibles bordeadas por un largo amontonamiento de ruinas como por un ancho foso de nieve helado a veces, interrumpidas por brechas profundas. No se pueden percibir todos esos objetos desde el fondo del valle: es preciso elevarse sobre algún resalte cercano, como la cima del Bergons o la del Pimené, para distinguir todas las porciones de este vasto decorado”.

Siguiendo las indicaciones de Reboul, nada como situarnos sobre el Pimené, cumbre que de este modo conocía al primer ascensionista foráneo del que por ahora se tiene constancia:

“A las fuentes del Gave [de Pau], que ocupan la parte central, se penetra por un corte poco profundo en una pradera en forma de óvalo bastante regular bordeado al este y al oeste por alturas con abetos y hayas, y al sur por amasijos de rocas rodadas y por las cimas que acabo de describir […].

”Majestuoso recinto, un anfiteatro no tanto destacable por la vasta extensión de su circo como por la altura prodigiosa de sus muros, por todas partes bordeados por salientes, hendiduras profundas, erizadas de rocas cuya ruina parece cercana, coronado hacia el sur por dos cimas cilíndricas [¿el Casco y la Torre de Marboré?], recubiertas por una espesa capa de nieve endurecida, cuyas formas las hace llamar torres de mármol […].

”Uno de los torrentes del costado este, cuyo volumen sobrepasa al de todos los demás juntos, se precipita desde lo alto del roquedo, que se abalanza en saliente y cae con un ruido horrible a más de mil doscientos pies de profundidad. Sus aguas, divididas en el aire, quedan reducidas a polvo, formando en torno a la cascada una bruma suspendida que se despliega ante los ojos del espectador con todo su volumen y velocidad de caída […].

”Los habitantes de la región [de Gavarnie] han aprendido por ellos mismos a distinguir estos monumentos naturales [del Circo]: han visto su estructura similar a la de un vaso ensanchado y recortado en sus paredes por una o varias entalladuras profundas, y lo han designado con la palabra oule, que deriva del nombre latino olla, y que para ellos designa a una marmita. Es una comparación tan justa como poco noble, aunque bien digna de estos observadores fríos, si bien exactos, igualmente desprovistos de prevenciones o de entusiasmo”.

Sin embargo, el comentario más interesante de Henri Reboul se materializaba cuando refería en 1788 sus tanteos a, muy probablemente, el Monte Perdido. Es decir: veinticuatro años antes de que visitara su cima Louis Ramond. Por desgracia, el sabio de Pézenas no dio apenas detalles sobre lo que hubiese podido cambiar, de salir adelante, el curso de la crónica pirineísta:

“No abordaré aquí la descripción detallada de la montaña del Marboré desde donde caen las cascadas. He intentado varias veces en vano el llegar a sus cimas, y cuando abandonaba estas montañas siempre me llevaba el deseo y la esperanza de colmar algún día esta tarea tan penosa como instructiva. Aquí está verdaderamente el Mont-Blanc de los Pirineos: sus laderas se abren por todos sus flancos en inmensos barrancos y valles profundos, y sus cimas sobrepasan en altitud a todas las demás de la cadena [dato erróneo que sostuvo hasta 1817]”.

Nos despediremos de Reboul con otras observaciones desde esas alturas a las que tan aficionado era. No olvidemos que este abogado se cobró (al modo pedestre) en el siglo XVIII un par de tresmiles como el Turon de Néouvielle y el Quayrat. En 1788 estudiaba las posibilidades (¡ecuestres!) del remate del Bergons:

“Esta cima poco visitada por los curiosos es sin embargo la más próxima de las poblaciones más frecuentadas, la más fácil de alcanzar sin descender del caballo y, osaría decir, la que su espectáculo ofrece los objetos más pintorescos, los contrastes más llamativos, las formas extraordinarias”.

No hay duda de que nuestro provenzal supo poner más corazón que nadie en sus tandas de recorridos por la alta montaña durante el Siglo de las Luces. Sus no muy difundidos escritos están salpicados de citas en las que proclama el “afecto que le unía al estudio de los Pirineos”. En su correspondencia reconoció que “no se podía amar a medias a los Pirineos”, y que “sentía siempre la misma avidez ante los hechos y las nociones que querían hacérmelos conocer mejor”. Nuestro explorador destacó igualmente por su interés en contactar con guías locales antes de emprender los viajes por la cordillera: en 1787 anticipó a su llegada al Pays Toy a cierto pastor-guía, que “fue informado de su llegada” con anticipación.

Alguno de sus colegas, como Léon Dufour, describiría a Henri Reboul como “de talla media, delgado, ágil y fuerte, amabilidad sorprendente, conversación amena e instructiva, espíritu vivo”. El referido entomólogo tampoco se privó de proclamar la importancia de este “sabio Reboul, el mismo que, antes incluso del viaje de Ramond a los Pirineos, había medido las principales alturas”. Asimismo añadiría que, junto al alsaciano, “resultó conocido y apreciado tanto en mitad de las masas colosales de los Pirineos, como en el apacible teatro de la más grave naturaleza”. Bueno, y en otros lugares, supuestamente más civilizados

Porque a nuestro temprano pirineísta se le recuerda hoy por sus vehementes discursos de 1792, cuando era miembro de la Asamblea Nacional Legislativa francesa, con los que evitó que se destruyeran las obras de arte del palacio de las Tullerías. El abogado de Pézenas se jugó la vida para que los cuadros y estatuas que pertenecieron a los Borbones quedaran preservados de cualquier intento de saqueo en el palacio del Louvre. Eso es: en Francia se considera a Reboul como uno de los padres del futuro museo del Louvre. Algo es algo.

  1. He de confesar mi profunda ignorancia respecto de Henry Reboul, a pesar de mis muchas visitas al Pays Toy y al pico que lleva su nombre, una hermosa ascensión que culminó en la travesía del Pic de los Trois Conseillers (no me ateví a continuar hasta el Neouvielle por su hermosísima arista).
    En fin…, gracias.

    • Sí: el bueno de Reboul es uno de los “grandes desconocidos” del pirineísmo. Pero, tranqui, que nuestros vecinos del Norte están lanzados rebuscando nuevos papeles, y seguro que nos dan sorpresas más pronto que tarde… Ya sabes: la mayor parte de estas novedades suelen publicarlas en la revista Pyrénées, que anda en libre por la Nube… Saludos, mega-abuelo-de-diez José…

  2. Wow, Alberto… Una información impresionante… ¡Pirineísmo en el siglo XVIII! De cualquier modo, imagino que tú sí citarías a Reboul en tu conferencia sobre Ordesa del 13 de junio pasado…

    • Hey, Xavi… Lo cité, sí, pues traté de trasladar temas poco o nada tocados sobre el “pirineísmo ordesiano” (Reboul, Ramond, Víu, Mallada, Schrader y Briet) en la vertiente sur de la cordillera… Antes de arrancar me hicieron una entrevista para el programa Ágora de Aragón Radio cuyo podcast acaban de pasarme, por lo que no he localizado todavía el intervalo de tiempo… Te la cuelgo, por si tienes algún ratillo suelto:
      http://www.aragonradio.es/podcast/emision/agora-15062018-observan-el-desgarro-de-una-estrella-por-un-agujero-negro/

      • Hacia el minuto 39, Alberto… Muchísimas gracias!! Por cierto, totalmente de acuerdo en que la toponimia que nos legaron personalidades como Mallada habría que respetarla y no saltársela como a veces se hace…

        • Hey, gracias por soplarme el “minutaje”, Xavi: ya sabes que llevo un par de semanas con otro proyecto en su fase de remate, y ando justo-justo de tiempo…
          Lo del uso “interesado”, o mejor “manipulado”, de la toponimia recogida por Lucas Mallada, no tiene nombre. O sí, pero ninguno de ellos amable. Nuestros particulares comisionistas-toponimistas-aragonesistas han elegido a la carta… Ya es malo que no se les haya ocurrido investigar, por archivos y mapas antiguos, los nombres que un lingüísta como Henri Reboul sirviera desde el siglo XVIII, como el de “Daillon” para el actual “Taillón”… ¡Pero arrinconar a un estudioso del siglo XIX nacido en Huesca cuando emplea “en exceso” los nombres en español…!
          Ahora que lo pienso, un repasillo “malladesco” igual nos viene bien y todo antes de que acabe este mes…

    • Nada más recomendable que “pillarse” en Francia los (por ahora) dos títulos que acaba de firmar Jean-Paul Grao sobre la eclosión de nuestro deporte durante los siglos XVIII y XIX:
      “Henri Reboul, l’aube du pyrénéisme”, Monhélios, Pau, 2013.
      “Deux savants dans les Pyrénées”, Monhélios, Pau, 2016.

      • Magnífica tu conferencia del día 13 Alberto. Lamento ejercer como “Pepito Grillo” y recordar que estos días se celebra otro cumpleaños: el de la “Lista Soro”. Cumple ya un año entre nosotros. ¿Sabes si está viva o muerta?

        • Ay, ay, ay… No me lo recuerdes, anda, Makako… No, no lo olvido; pero pensaba “descansar” de toponimia durante este verano en el que se celebra el cumpleaños del Parque de Ordesa…, y la irrupción de algún que otro libro que te puede interesar. De todas formas, guardo listos varios trabajos que sin duda sorprenderán a nuestros toponimistas desnortados sobre el “Som de Ramón”, el “Tarazón-Taillón”, la “Munia de doña Godina” y la “Teta de Guajira”… No; no son errores de tecla…

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