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Exploradores de la Fuente de Escuaín

Este verano las excursiones rumbo a los nacederos de los ríos pirenaicos pueden ponerse de moda. Aparte de algún que otro motivo muy concreto en el que aquí no voy a entrar, jugaría en favor de este, digamos, montañismo de surgencia, el hecho de que 2018 haya sido un año de fuertes lluvias primaverales, lo que habría surtido de abundante caudal a las autopistas del agua altoaragonesas. En concurrencia con la efeméride de los cien años del Parque Nacional de Ordesa, tales circunstancias animarían a que muchos andarines quieran conocer dónde brotan cursos sobrarbeses con tanta personalidad como, pongamos, el Arazas, el Cinca, el Bellós…, o el Yaga.

Aquí nos vamos a quedar hoy. Porque los surgimientos de muchos de los ríos de Huesca sirven historias que alguna de sus altas cimas circundantes bien quisiera para ella. Como se verá, el agua también interesó a los pirineístas de la edad de oro.

Quienes saben algo de torrentes suelen adjudicar el título de padre del turismo fluvial pirenaico a Diego Quiroga, un periodista de temas de naturaleza que difundió su serie sobre los “Ríos del Pirineo” en varios números de la revista Oasis del año 1935. Por desgracia, el estallido de nuestra Guerra Civil hizo que sus recomendaciones en favor de este curioseo anfibio se quedaran entre el Bidasoa y el Gállego…

Pero el interés por las cintas acuosas de Aragón venía muy de lejos. Así, el 21 de diciembre de 1610 el cosmógrafo portugués Joao Batista Lavanha informaba de que el río que hoy nos ocupa “nace debajo de las Tres Sorores, pasa por Escoain, Revilla, entre en el Cinca debajo de las casas del Hospital”. Acaso fuera esta la carta de presentación del luego celebérrimo Yaga. O la Garona, que lo mismo se dice allí.

La siguiente cita del curso que horadó la Garganta de Escuaín llegaría por cuenta del navarro Pascual Madoz. Hacia 1850 nos informaba de que dicho torrente bajaba de una “montaña en terreno estéril y clima frío, terreno escabroso poblado de pinares, hayales, roblizales y arbustos, casi todo el año cubierto de nieve y parte todo el año”. Aunque el pamplonica se explayó más que su predecesor lisboeta, no parece que ninguno de los dos tuviera el humor de acercarse para comprobar con sus propios ojos las informaciones que habían recolectado. ¿O sí?

Mayor misterio suscita la nota que Lucas Mallada dedicó a nuestro río en 1878. Durante varias campañas, el oscense rondó los sectores que iba a describir, aunque proporcionando pocas pistas de sus andanzas reales sobre el lugar. No por ello su texto resulta menos válido:

“Es el Yaga la única corriente, y no muy caudalosa, que por el valle se observa, la cual, procedente de las manchas de nieve entre Sesa y las Tres Sorores, cruza rápidamente los montes de Escoain y los de Mirabel, en aquellos abismos donde apenas llegan los rayos del sol; de allí con sinuosa marcha, cercada de montes más bajos y con barrancos a diestro y siniestro, vuelve al sureste para terminar en el Cinca, junto a la Infortunada [hoy, La Afortunada]”.

Tras los testimonios estos pioneros peninsulares, será preciso que, como de costumbre, le cedamos el testigo a alguno de los inquietos exploradores que llegaron desde el norte. Por suerte para nosotros, pues, si no, gran parte de la herencia pirenaica se hubiese perdido…

El descubridor para el turismo de la Garganta de Escuaín pudo ser Franz Schrader. En 1877 decidió desplazarse hasta un territorio que consideró como una especie de patio trasero del Monte Perdido, donde pudo constatar sus “decorados africanos”; es decir: de un exotismo desbordado para los cartógrafos de espíritu norteño. Enseguida le chocó al bordelés su nombre, que supuso de resonancias vascas. También picó su curiosidad el hecho de que el guía que tomara le informase de que visitarían “un pueblo donde no se iba jamás”. Así, este Gabardous le habló de “la gran garganta, la más profunda del Pirineo, que va hasta el fondo del Marboré”.

El recorrido del tandem Gabardous-Schrader, los días 17 y 18 de agosto de 1877, fue difundido en esa misma añada desde publicaciones tan prestigiosas en Francia como el Tour du Monde o la Revue de Géographie. Schrader expresó en ellas su maravilla ante una “fisura de aristas vivas y paredes rojas” como era el gran desgarro calcáreo de Escuaín. A partir de entonces, cada verano recibiría a dos o tres grupos de visitantes. Este goteo de turistas provocó que el nombre de tales lugares comenzara a circular por el país vecino, si bien en diferentes grafías, según creyesen entender de sus interlocutores locales: Escuaïn (Schrader), Escoaïn (Wallon), Escoïn (Cénac-Moncaut), Esgoaïn (Belloc)…

Sin embargo, quien hizo más por difundir las bellezas del surgimiento donde se reforzaba un río Yaga/Tonta Garona que descendía desde Gurrundué, iba a ser cierto parisino: Lucien Briet. Un hombre que nunca se cansó de airear a los cuatro vientos, ya en francés, ya en español, las maravillas naturales que aguardaban escondidas, un poco por todo, en el Alto Aragón, y que todos cuantos amaban los paisajes irrepetibles debían visitar sin falta…, a pesar de las incomodidades de estas regiones a comienzos del siglo XX. Según Briet, esos pequeños inconvenientes no tendrían que suscitar escasez de visitas: solo veía necesario mejorar el aspecto de la poca difusión de sus más bellos parajes y, sobre todo, favorecer un tanto las comunicaciones. En el umbral de su recorrido del año 1903, el pirineísta galo aún lamentaba la “sombra de discreción con la que este desfiladero se envuelve”.

El 21 de agosto Briet accedía por fin a Escuaín. Así pudo describir un desfiladero “coronado de torres y de defensas, cerrando los cielos, con los torreones, paredes, glacis, troneras y almenas que lo caracterizan”. El texto que redactó para el Bulletin Pyrénéen, en sus números 45 (mayo-junio de 1904) y 47 (septiembre-octubre de 1904), sobre “La crevasse d’Escoaïn”, en diecisiete páginas, cinco fotografías y un croquis, hoy tendría que ser de lectura preferente. Contiene fragmentos muy bellos: no hay duda de que las fuentes del Yaga fascinaron a Briet, quien constató aquí cómo “el macizo calcáreo se defendía por todos sus costados como una especie de Olimpo habitado por dioses”, para presentar los “restos de un palacio feudal sobrehumano de arquitectura insensata”.

El parisino se acercó a la hendidura del Yaga acompañado por un guía de Bielsa llamado Pedro Mur, así como por el galo Pierre Soulé. Desde tiempos de Franz Schrader, un habitante de Escuaín, el célebre Don Jacinto, mostraba la Fuente de Escuaín a los turistas. Sin embargo, en 1903 ya había  fallecido, por lo que una de sus hijas envió con los tres forasteros a su niño de diez años. Lucien Briet loaría a este Perico Garcés, quien les condujo “como un hombre por el dédalo de la Garganta”. Según le trasladaron, las cabras les habían enseñado el camino del fondo a los nativos, pues nadie se hubiera figurado lo que había allí escondido…

Resulta extraño que nuestro detallista explorador, siempre tan atento a la toponimia de las regiones que visitaba, no registrase su designación como Fuente de los Viveros. Parece que los sobrarbeses con los que se relacionó se limitaron a hablarle de la Fuente de Escuaín, término que anotó en sus textos franceses de tal modo que, pronunciado por sus compatriotas, sonara como los españoles decían. Por lo demás, el pirineísta expresó su creencia de que dicha expresión designaba a una “fuente estrangulada entre las alturas”, o sencillamente, a “la fuente”.

Los párrafos que nuestro galo destina al descenso hasta la Fuente de Escuaín se pueden clasificar entre los más logrados de su catálogo. Por ejemplo, en las inmediaciones de este poderoso surgimiento, hablaba de que “en ningún otro lugar de la región del Monte Perdido el mármol altivo de los Pirineos se fractura con mayor orgullo” como en esta Garganta. El Yaga le pareció una corriente no demasiado caudalosa cuyo nacedero real habría que localizar en la Fuente de Escuaín, “y no en las manchas de nieve entre Sesa y las Tres Sorores”, tal y como había supuesto Lucas Mallada. También comentó que los nativos llamaban a dicha corriente “la Garona”, lo que acaso significara “río rápido” o incluso “pequeña laguna”.

Justo antes de acceder a este manadero, el explorador recorrió un caos por donde “el río Yaga escapaba como podía”. Bien se nota que Briet disfrutó de veras marchando por el fondo de este tajo abierto entre murallas marmóreas:

“El alma prueba un verdadero encantamiento en el seno de las profundidades de la sorprendente Garganta de Escuaín… Maravillosas paredes grises, rojizas y doradas, como impregnadas del sol de España… ¡Los Pirineos calcáreos parecen haber querido desplegar aquí todo cuanto tienen de augustos, todo lo que tienen de artístico, todo lo que tienen de fantástico, luminoso y vivos!”.

Recordando sus experiencias militares argelinas, el parisino comparó Escuaín con la Garganta de Rummel, en Constantina, si bien reconoció que la aragonesa dejaba siempre impresiones amables debido al verde de los bosques que la recubrían. A partir de la Feixa del Onso, cerca ya del barranco de la Sarra, “el río Yaga, hasta entonces bastante apacible, comenzaba a emanciparse y a volverse turbulento, como si fuera consciente de su juventud”. Finalmente el pirineísta llegó al punto donde se reforzaba este torrente con la gran surgencia en la roca:

“La Fuente, manantial del torrente perdido en la Garganta de Escuaín, aparece al fin, como el centro de una trama de decorado tan bien trucado que uno tiende a alzar los brazos y a lanzar exclamaciones admirativas”.

Lucien Briet la constató muy abundante por varios lugares de una pared rocosa recubierta de musgos, plantas y árboles, juzgándola más bonita de frente que de perfil. A sus lectores del Bulletin Pyrénéen les recomendaría una visita de al menos el primer tramo del Yaga, de unos dos kilómetros de recorrido…

Y un detalle malévolo, ya para cerrar: gracias a su interés por los nombres autóctonos y a sus entrevistas con informantes locales, Briet situó perfectamente en este viaje a ciertas montañas que, según pudieron comunicarle, separaba el cuello de Añisclo:

“La punta del Soum de Ramond, al otro lado de los picos de Añisclo, ofrece como unos estigmas de nieve: finalmente, más o menos en el centro de este paisaje desolado, unas cortinas blanquecinas coronan una especie de farallón lívido donde la dirección de la Gran Garganta se presenta a medias. No se encuentra de inmediato el emplazamiento de Escuaín”.

En el croquis que adjuntara en su artículo, cierto embrollo toponímico, ahora muy de moda, quedaba bien esclarecido: los nativos le debieron de informar a Lucien Briet en 1903 que el “Gran Pico de Añisclo” era el actualmente conocido como Zucón… Es de suponer que el hecho de que en algún mapa autóctono se le llame “Pico Añisclo Chicot”, sea para chotearse de las recolectas del gran pirineísta a comienzos del siglo XX. ¡Esta es una tierra de cachondos, caramba!

Pero hoy quería hablar, tan solo, tan solo, de uno de los nacederos más deslumbrantes de los ríos de Aragón. De visita obligada, diría yo.

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