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El Sermón de la Montaña

En el camino hacia el parque de Ordesa no todo fue Briet-Briet-Briet. Así, la prensa española de 1917 y 1918 aparecería bien salpicada de peticiones para que ese Divino Cañón que el parisino supo promocionar tan acertadamente fuera declarado un espacio protegido. Lógico: por mucho que se pudiese animar desde el lado norte del Pirineo, nada se hubiera logrado sin los oportunos apoyos y adhesiones desde la vertiente hispana. Presionando sin descanso al Gobierno, vamos.

Entre todos estos clamores que se generaban en España destacan de un modo claro los escritos de Pedro Pidal. Su estilo tan particular, colmado siempre de frases rotundas, pudo hacer mucho en favor de las ansias conservacionistas de este antiguo cazador, reconvertido ahora al naturalismo. Por desgracia, sus textos no circulan en exceso entre nosotros, cuando acaso fuera recomendable que se leyesen en las escuelas del Sobrarbe. Como poco.

Por ejemplo, por ejemplo… Cierto artículo de Pidal sobre la “Filosofía de los Parques Nacionales” para el diario generalista El Imparcial obtuvo una amplia resonancia en su aplauso del Real Decreto de la Ley de Parques de febrero de 1917. Tal es así que en mayo de 1917 sería reproducido en una publicación más especializada como era España Forestal. Tal y como era habitual en el marqués de Villaviciosa de Asturias, arrancaba dicho trabajo con una suerte de introducción de lo más colorista:

“Si entre el Paraíso perdido y el Paraíso prometido no guardamos el Paraíso poseído, merecemos, por Adanes, quedarnos sin ningún Paraíso”.

Con un inicio tan prometedor, es seguro que el Padre de los Parques Nacionales captó la atención de no pocos lectores. De este modo desarrollaba Pedro Pidal el resto de su alegato en un tiempo en el que la cuestión de los espacios naturales protegidos no estaba del todo resuelta:

“La verdad es que entre el tronar incesante de los cañones y la metralla fuera de casa [la guerra de 1914-1918] y el zumbar continuo cargante de la murmuración y de la envidia por dentro, le dan a uno ganas de escurrirse por la tangente y salirse fuera del globo terráqueo a respirar el aire libre. Santa Teresa, que ya iba estando un tanto asqueada, pedía a la muerte que viniese tan escondida que no la sintiese venir, porque el placer de morir no fuera a darle la vida.

”Pero nosotros, en vez de llamar a la muerte, llamamos a la vida, porque todas las imperfecciones de la humanidad son faltas de vida, y porque pueden y deben corregirse tomando algunas inyecciones. ¿Quieres mejorarte, quieres corregirte? —le preguntaríamos—. ¿Quieres acrecer tu vida? ¿Quieres ir ganando más ganas de trabajar y menos de pelear o de romperte la crisma? ¿Quieres no empequeñecerte despellejando al prójimo de uno u otro modo? Pues entre el cielo y la tierra tienes precisamente tu salvación, tu sanatorio, tu apartadero, tu asilo. Tiene sobre el cielo la ventaja de que no precisas morir para alcanzarlo, y sobre la tierra el de que, conforme la dejas, te alejas del aire impuro, contaminado, de la ciudad y de los valles. La ascensión es el camino del cielo por el sendero de la vida, la marcha triunfal por los derroteros que conducen al Olimpo, que fue, es y será siempre la verdadera morada de los Dioses. ¡Oh, humanidad doliente! Convierte los Olimpos o Paraísos que poseas en cada una de tus naciones en Parques Nacionales para que la idiotez, la codicia o la barbarie no te los destruyan. Asciende, aunque sea con trabajo, que ad augusta per augusta, como dice el refrán, hacia las fuentes puras del bien, de la verdad y la belleza, y te sentirás física, moral e intelectualmente robustecida o rejuvenecida. El elixir de la vida se encuentra en las montañas.

”La verdad es que los humanos vivimos malhumorados y rabiosos porque hemos perdido el Paraíso. En cuanto lo recuperemos, nos sentiremos otros. La felicidad poseída es la felicidad irradiada. La dicha, la dulzura.

”El Paraíso, la panacea de los males. En las montañas, todo es afecto y simpatía entre los hombres. El semejante odiado, resulta siempre el prójimo querido. Subamos a la montaña y predicaremos, como es natural, el Sermón de la Montaña.

”El Diablo, para tentar a Cristo, lo subió a una montaña. Si San Antonio no hubiese estado en las llanuras del desierto, hubiese sufrido otro género de tentaciones. El que ha probado la montaña, repite. Conforme se sube, conforme se multiplican los términos y se agranda el horizonte, el alma se eleva, se engrandece. Ideas y sentimientos nuevos germinan. Por eso los antiguos hicieron del Olimpo, de altura aproximada a los Picos de Europa, la verdadera morada de los Dioses. Nosotros, que no queremos traerlos tan cerca para tenerlos siempre en el Más Allá, cuando muramos, nos limitamos a convertir el Olimpo en Parque Nacional, en reserva triple donde se respeten los árboles, los animales y el paisaje, que son las tres personalidades distintas que componen el Paraíso verdadero, la naturaleza vive en todo su esplendor.

”La naturaleza es la base, la madre de toda realidad, la realidad realísima. Dios, que nos permite dudar de lo transcendental, incluso de su propia existencia, no nos permite dudar, en cambio, de lo que experimentamos, y lo que experimentamos es la naturaleza. La naturaleza es el Dios que vemos, y Dios la naturaleza en que creemos. El arte es naturaleza imitada. La religión, naturaleza imaginada.

”Pues para imitar e imaginar como es debido, nada como partir del buen modelo, de la realidad más excelsa que nos sea dable contemplar, de los Paraísos o Parques Nacionales que tengamos. La naturaleza, que es el arte de Dios, es el templo mejor para adorarle.

”Si la pedagogía, que es conducción del niño, lo lleva a los jardines de la infancia, la política, que es conducción del ciudadano, debe llevarlo a los Parques Nacionales, como la religión, que es conducción del hombre, lo lleva al Paraíso. Giner [de los Ríos], el pedagogo [de la Institución Libre de Enseñanza], llevaba los estudiantes a los Picos de Europa. Alfonso XIII, el político, lleva los españoles con el ejemplo a la sierra de Gredos. El arzobispo de Tarragona señala a los aragoneses el camino del valle de Ordesa, que visita. La pedagogía, la política y la religión marchan de acuerdo.

”Cuando la naturaleza se acaba, cuando falta o se muere, acudimos al arte de la imitación, de la imaginación o del ensueño, y nos complacemos con las pinturas de los museos, con las decoraciones de los teatros o con la fe en la resurrección de las iglesias. Cuando nos sobra, en cambio, la naturaleza, no nos entusiasma tanto lo ficticio ni lo futuro. El bosque con su maleza y la montaña con su aspereza, es lo que nos llama, lo que perseguimos con ansia para romper y dominar, para compenetrarnos y confundirnos con la realidad realísima.

”Nunca olvidaremos las excursiones que hacíamos por el Retiro cuando chicos, las ansias de felicidad que nos dominaban corriendo y saltando por las frondas. Pero, cuando al llegar a las tapias del mismo echábamos una ojeada por encima de ellas y contemplábamos la estepa, el páramo, las arideces, la muerte, nos quedábamos mustios, pensativos, cariacontecidos, tristes, dando la razón a Cánovas [del Castillo], cuando decía en discurso memorable del Senado: ¡No me choca que un día hayamos perdido el Rosellón, el otro Cerdeña, el otro los Países Bajos, las Américas, etcétera, etcétera; lo que me choca es que hayamos podido sostener tanta conquista desde estas pobres y áridas llanuras de Castilla!

”Y el modo que teníamos de sacudirnos la morriña era el siguiente: volvíamos por el museo de pinturas; atravesábamos corriendo o poco menos la gran sala de los Velázquez, Goyas, Rafaeles y Murillos; cogíamos la escalera que daba acceso al Museo de Arte Moderno, hoy en el Palacio de la Biblioteca, y, una vez allí, nos quedábamos absortos contemplando el paisaje estupendo, de Haes, de los Picos de Europa. Aquello era y es la quinta esencia de la verdad en la imitación de la Naturaleza.

”¿Y qué dirían cuantos contemplan ese cuadro si supiesen que en ese mismo paisaje se están destruyendo los árboles y los animales? Pues el que esto escribe se encontró no ha mucho en las gargantas del río Cares con tilos estupendos, milenarios, recién abatidos por el hacha. Las mujeres [del pueblo] de Caín, al decir de los hombres, por no tomarse la molestia de subir al árbol o de llevar un chiquillo que lo haga, para recoger un puñado de hojas de tila, no encuentran medio más cómodo y más inteligente que el de echar el árbol abajo. Y cuando uno piensa que esto se efectúa en España sin que los Ayuntamientos ni las Diputaciones Provinciales se preocupen, hay que preguntar dónde tienen el seso las gentes y cómo se atreve a abominar de los gobiernos un pueblo que tan poco discurre. La política del poder central tiene que intervenir para irradiar una cultura que las localidades desconocen y tienen que dejar de preocuparse principalmente, como lo hace, de lo que dijeron o pudieron decir fulanito o menganito acerca de la mayor o menor proximidad de la crisis. Estamos destruyendo a España y hay que saber si los españoles somos o no capaces de hacer examen de conciencia, porque si no reflexionamos o no discurrimos, apaga y vámonos.

”En medio de la insensata devastación, dice Mariano de Cavia en su notabilísimo artículo titulado “Las tierras de Mío Cid”, que ha convertido las antiguas florestas en eriales, quedan todavía en el interior de la Península doce o catorce oasis, verdaderos monumentos nacionales, que la naturaleza ha librado milagrosamente de las garras de la codicia y las pezuñas de la estulticia.

”Pues arrancar estos oasis de estas pezuñas y estas garras, ya en ellos clavadas, es lo que se proponen los Parques Nacionales; que el yermo y el páramo, como dice Cavia, en vez de incitar al Cid a correrías y a conquistas, le hubiesen recluido humildemente en el pueblo de Vivar.

”Un paisaje sin árboles, a más de feo, resulta ininteresante. ¿Qué interés puede ofrecer lo que de una sola ojeada se conquista? Cuando aparecen los árboles, en cambio, nos alegramos instintivamente, sentimos el acicate de la curiosidad que nos espolea. ¿Qué habrá detrás?, nos preguntamos. Deseamos apearnos del tren, del coche o automóvil, y el paisaje aparece revestido con todo el encanto de lo misterioso, de lo oculto, de lo recatado, de lo ignoto.

”Un paisaje sin árboles prefiere atravesarse de noche mejor que de día, leyendo mejor que mirando por la ventanilla. El [ferrocarril] Sur Expreso jamás debiera llegar a Madrid a las tres de la tarde, como no fuese con la intención de exaltar el patriotismo de los extranjeros, europeos o americanos, que obligados en pleno día a atravesar lo más feo de España, recordarán con amor y apreciación creciente sus tierras. Una patria sin árboles es como una mujer sin pelo, cejas ni pestañas.

”Pero España no es eso, España no es el páramo, la estepa. España no vive solo de reliquias, de recuerdos históricos y de esperanzas religiosas. España tiene un presente espléndido. España goza de paraísos, de Parques Nacionales, con paisajes y panoramas excelsos, estupendos, sobre toda ponderación pintorescos; poco conocidos, eso sí, de los españoles, que pecamos por demasiada afición al extranjero, pero que pueden y deben salir de la obscuridad en que yacen para gloria del solar nacional y encanto de propios y de extraños. Y al solo anuncio de la creación de los Parques Nacionales en España, ya están preguntando con interés creciente de América y otros puntos, a pesar de la guerra. Los españoles nos hemos empeñado en que a los extranjeros solo les interesa arte, y estamos equivocados de medio a medio. El original siempre fue más apreciado que las copias.

”Un paisaje sin árboles, es un paisaje sin vida, sin vista, sin música. Los vientos y las aguas, no contenidos por los árboles, se convierten, respectivamente, en huracanados y torrenciales. Las tierras, esa tierra vegetal que forma la capa anual de la caída de la hoja, no retenidas por la raigambre de las raíces en las laderas, las arrastran las aguas para ir a cegar el cauce de los ríos y enturbiar en la desembocadura el agua de los mares. La roca queda al desnudo, pelada; el suelo, estéril, y el paisaje del todo a propósito para irse con la música a otra parte. Los pobres emigran. Los ricos se ausentan. Y los que quedan se entregan en cuerpo y alma al arte o a la religión; pero no como naturaleza que se expansiona, sino como naturaleza que se suple.

”¿Cómo no había de recibir la opinión con los brazos abiertos la Ley de Parques Nacionales? ¿Cómo no había de recibir con igual aplauso el Real Decreto de 24 de febrero último [de 1917]? El señor Gasset, el cuerpo nacional de ingenieros de montes, y dentro de él, de un modo especialísimo, el señor Armenteras, a quien tanto debe la causa forestal en España, están de enhorabuena. La Junta Central de Parques Nacionales acaba de formarse.

”Ahora, manos a la obra. Lo que no pueda declararse Parque Nacional podrá declararse acaso Sitio Nacional. Todo para ser protegido. Y lo que desde luego se formará y publicará será el Catálogo Oficial Ilustrado de las Bellezas Naturales de España”.

Así se influía en la opinión pública española del año 1917. De este modo se avanzaba un pasito más en dirección a nuestros primeros parques nacionales…

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Comentario

  1. ¡Bravo una vez más, Alberto! Ya te digo si sería recomendable que escritos como los de Pedro Pidal se leyesen en todas las escuelas… Por otro lado, me da que no le haría mucha gracia ver que en ciertos Parques Nacionales se continúa cazando (por poco tiempo según se ha publicado) o accediendo con atronadores taxis o autobuses 4×4 hasta la misma puerta de algunos refugios de montaña, miradores, etc. ¿No son un poco sospechosas este tipo de “compensaciones” de los municipios? Eso sí: está prohibidísimo ir en bicicleta, pernoctar, bañarse en los lagos, descender en kayak y un largo etcétera.

    • Ay, ay, ay… Pues, para esas cuestiones que apuntas, casi mejor te remito al presidente del Patronato de Ordesa, que yo no me meto en otra batalla antes de finalizar la que está en curso… Saludotes, Xavi…