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El Wadi Rum

Gracias a un pequeño balanceo consigo agarrarme a una minúscula presa. Mis pies están en el aire. Todo el peso de mi cuerpo es soportado durante unos segundos por mis dedos hasta que alcanzo con la otra mano un canto más grande y cómodo. Para poder completar este movimiento sin caerme he necesitado al menos cinco intentos. Talal aplaude sonriente mientras me da la enhorabuena: “¡Very good! ¡Very good!”. Cada vez más extranjeros acuden al Wadi Rum todos los años para escalar paredes de centenares de metros como las que ahora mismo nos rodean, pero por el brillo de sus ojos me imagino que no son muchos los que han dedicado su tiempo a probar los numerosos bloques desplomados de roca arenisca.

Talal es un beduino. Lleva una túnica blanca que le llega hasta los pies y una kufiyya roja y blanca enrollada en la cabeza. Su pueblo ha sido nómada durante milenios. Nadie sabe desenvolverse en el desierto mejor que ellos. En vez de tener un territorio fijo como residencia permanente, se trasladaban con frecuencia de un lugar a otro por estas áridas tierras. Ésta es una de las formas más antiguas de subsistencia y, desde el punto de vista de eficiencia y sustentabilidad, quizás uno de los más sensatos, ya que consiste en mover la población hacia los recursos y no al revés. Sin embargo, actualmente tan solo el uno por ciento de la población beduina sigue manteniendo sus costumbres nómadas. En los años ochenta el gobierno jordano les compró vehículos todoterreno y les ofrecieron tierras con agua y luz eléctrica para que se asentaran aquí. Desde entonces, muchos han cambiado el pastoreo por el negocio del turismo.

Hablamos sentados en el suelo. En un inglés muy básico me comenta que hace unos días un par de franceses escalaron la montaña que tenemos justo enfrente. Se trata de una pared de, por lo menos, cuatrocientos metros prácticamente verticales. Yo le digo que me gustaría estar ahora mismo allí arriba, pero que no puedo porque me duele mucho la rodilla. Le explico que tengo que cuidarla porque dentro de poco, si todo sale bien, voy a hacer un viaje muy largo para escalar otras montañas mucho más altas, tanto que en sus cimas siempre hace mucho frío y el sol apenas calienta. Mientras tanto, al fondo, escuchamos los gritos de un numeroso grupo de turistas españoles. Acaban de llegar en decenas de todoterrenos para ver el atardecer. Beben té recién hecho en una jaima enorme convertida en tienda de recuerdos. Talal es uno de sus propietarios, pero ha dejado su trabajo durante un momento para estar conmigo.

Más tarde me encuentro con Montse. Es una de las guías-acompañantes del grupo de los españoles. Le apasiona viajar y los deportes de riesgo. Ha hecho de todo, pero lo que más le gusta es el parapente. Cuando habla sobre las sensaciones de volar sin motor, se le iluminan los ojos. También escala con frecuencia. Desde que ha entrado en el desierto no ha parado de mirar hacia arriba, imaginándose en lo alto de alguna de las enormes paredes de roca rojiza, como yo. No puede soportar estar más tiempo en el suelo firme y me ha llamado para escalar una montaña cercana. Juntos buscamos el mejor sitio por donde subir, el camino más sencillo. A veces tenemos que utilizar las manos para trepar. Poco a poco vamos ganando metros. Los todoterrenos y los turistas con sus cámaras de fotos son cada vez más pequeños. Ya apenas podemos distinguir los mil surcos que el viento ha ido dibujando en la delgada arena del suelo.

Estamos a unos pocos metros de llegar a la simbólica cima. Sólo una pequeña trepada de segundo grado nos separa del punto más alto. El vacío imponente se nos abre bajo nuestros pies, pero lo superamos sin mayores problemas. Mientras chocamos las manos celebrándolo el viento comienza a golpearnos. Nos sentamos para ver cómo se esconde el sol a lo lejos, detrás de montañas con paredes tan verticales que parecen cortadas con un cuchillo. El color anaranjado del atardecer acentúa todavía más las caprichosas formas que hacen las delicias a tantos escaladores extranjeros. Este es un lugar único.

Ensimismados por el espectáculo, casi no oímos los gritos de un policía jordano que acompaña al grupo. El gobierno lo ha asignado para garantizar que los turistas no tengan ningún problema en su excursión. Quiere que bajemos inmediatamente ya que teme por nuestra seguridad. Le hacemos caso e iniciamos el descenso con desgana. Ya en el suelo, mientras nos regaña, Montse y yo casi no podemos disimular nuestro entusiasmo. Tan sólo unos minutos de escalada han sido suficientes para terminar totalmente enganchados a estas montañas. Sabemos que tenemos a volver…

  1. Hola bicho!!!!
    Hemos leído hoy tu blog y he de confesar que me he emocionado mucho jajajaja si, soy una blandengue!!! Y has descrito muy bien lo que paso y vivimos en esa pequeña montaña……….digo pequeña porque estoy segura que volverás y tu visión sera desde mucho mas alto (cuestión de ese “policía” del desierto jajajaja) Un besoteeee y sigue escribiendo así de bien, te sigo!

  2. Hola de nuevo!!!!
    Hoy me acordé de ti, me han pasado este link jajajaa es increíble, me preguntaban si era yo la de la montaña, las vueltas que da la vida y lo pequeño que es el mundo!!!
    Sigue con tus aventuras entre las montañas, pequeño saltamontes!!!! Y un beso enorme para ti, tu madre y tu hermana!

  3. ¡Hola Montse! ¡Qué bueno! Yo sigo viajando de una montaña a otra como si fuese un nómada. Ahora mismo te escribo desde el corazón de los Cárpatos de Rumanía. ¡Un beso!

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