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Montañas mágicas

Camino a través de las callejuelas de un pueblecito del Pirineo aragonés. Del cielo caen pequeños copos de nieve. Hace un frío que corta. Avanzo despacio, encogido, con las manos dentro de los bolsillos de mi chaqueta de plumas. Aquí tan sólo viven una veintena de familias y reina una quietud abrumadora. El invierno pirenaico lo detiene todo: las exuberantes cascadas y saltos de agua se han congelado; sólo unos pocos pajarillos se atreven a cantar; los ciervos, los corzos y los rebecos han abandonado las alturas buscando otros lugares donde alimentarse… También estas casas parecen esperar a que el sol de la primavera vuelva a acariciar sus fachadas de piedra. Duermen acunadas por el susurro del cercano río Lubierre.

Sobre los tejados de pizarra de la mayoría de las casas se yerguen anchas y voluminosas chimeneas que mantienen, en lo alto, una piedra tallada de forma rectangular o una cruz: son los espantabrujas. Según la tradición, sólo de esta forma se puede evitar que aquellos terribles seres se cuelen en el interior de los hogares. Algunas antiguas leyendas populares cuentan que en las montañas del Pirineo viven escondidos multitud de seres fantásticos. A pesar de que muchas de ellas tienen más de diez siglos, aún hoy se conocen cientos de historias que hablan sobre duendes, hadas, gigantes, brujas y dragones.

Nuestros amigos J. y D. viven en este pequeño pueblo. Nos han acogido en su casa hace unos días. Su hogar se ha convertido en nuestro campamento base. Están durmiendo la siesta y abro la puerta despacio para evitar despertarles. Bruma, una perra mestiza del tamaño de una mesa, se baja rápidamente del sofá donde se había tumbado. Norte, un labrador, también me saluda con entusiasmo; tiene más de once años, pero aún conserva la vitalidad de un cachorro. Al fondo, en la chimenea, bailan las llamas del fuego, calentando la amplia habitación. Las pieles de foca de nuestros esquís se están secando colgadas de las vigas de madera. Las cuerdas están en la barandilla de la escalera y, en una esquina, un montón de tornillos de hielo, fisureros, mosquetones, cintas… Debajo de la mesa en la que se amontonan decenas de libros y revistas de escalada, guardamos la leña.

Esta mañana ha salido el sol por primera vez en varias semanas. Las cumbres parecían de algodón: relucían en lo alto blancas y atractivas, provocadoras, como si intentasen llamar nuestra atención. Los bosques amanecieron colmados de nieve. Las ramas de los árboles apenas podían soportar el peso de aquel polvo blanco. En el mismo lugar donde hace pocos días nos teníamos que detener para evitar que el viento nos tirase, hemos estado foqueando tranquilamente en camiseta. Alguien soltó un grito alegre. Sonreíamos. Incluso el monótono entrechocar de nuestras botas contra los esquís parecía sonar alegre. Dibujábamos garabatos en un inmenso lienzo blanco: primero líneas rectas, luego eses y curvas. A mi alrededor, bosques encantados y buenos amigos…

Echo un vistazo atrás recordando los últimos días. He pasado buena parte de este mes entrenando duramente en los Pirineos. Mis problemas de rodilla por fin han desaparecido. Todavía no tengo la forma física que había conseguido antes de lesionarme, pero, poco a poco, la estoy recuperando; estas montañas mágicas me llenan hasta los topes de renovadas energías. Me he rehabilitado a tiempo para hacer realidad un sueño: 23 días de expedición en uno de los rincones más salvajes de la Tierra, el Himalaya. Queremos escalar un pico muy conocido y que está lleno de gente y otro solitario y más bajito, cuyo nombre ni siquiera sé pronunciar. Ya está todo preparado. El 7 de abril saldrá nuestro avión. Dos escalas, miles de kilómetros y muchas horas después, estaremos en Nepal. ¿Nos acompañáis?

  1. Pablo enhorabuena por los post que escribe. mucha suerte en la expedicion al himalaya

  2. Está muy bien lo que escribes, pero daría mejor impresión aún sin en vez de poner “Publciado por” corrigieras la errata. Saludos.

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