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Huida al Magreb (primera parte)

Cuando regresé a casa estaba aturdido. La mayoría de mis amigos ya habían marchado a otras ciudades para continuar sus estudios en la universidad. Los niños ya no paseaban por las calles con sus bicicletas y sin camiseta. Los vencejos —esas aves oscuras que todas las tardes llenaban el cielo de mi pequeña ciudad con sus ágiles piruetas aéreas y sus silbidos— habían comenzado su viaje hacia el sur. Y a pesar de todo, me costó trabajo comprender que el verano estaba a punto de terminar. En tan sólo un mes he intentado hablar y comprender tres idiomas, he ascendido decenas de montañas y he recorrido miles de kilómetros. Mientras trataba de repasar todo lo que había ocurrido en los últimos treinta días me invadía una incómoda sensación de desconcierto. Julio Cortázar decía que el jet lag se debe a que el alma es más lenta que los aviones. A menudo, los modernos medios de transporte trasladan nuestros cuerpos a una velocidad mayor a la que estamos preparados y, en ocasiones, pueden provocar vértigo.

Sin embargo, tan sólo unos días después he comenzado otro viaje. Me alejo de casa inexorablemente mientras el autobús avanza hacia el sur. El pequeño espacio entre asientos que me corresponde se llena de dudas; me encojo para intentar caber en él, pero mis fantasmas consiguen avanzar a una mayor velocidad. Todavía no sé qué pasará durante las próximas semanas. Ésta será una expedición cargada de incógnitas. En esta ocasión no tengo ningún compañero y mi mochila, cargada de material de escalada, no logra tranquilizarme. Recuerdo las palabras de Javier Campos: «el viaje como necesidad tiene algo que mezcla lo terapéutico con lo patológico».

En la amplia ventana se reflejan las líneas intermitentes de la carretera. El aspecto del paisaje ha cambiado durante los últimos kilómetros; la llanura terrosa y amarillenta ha dado paso a un bosque que cada vez es más denso. Ahora, encinas y quejigos redondeados se suceden con velocidad detrás del cristal. Decido continuar la lectura de una recopilación de algunos de los relatos de Jack London. Los textos son tan trepidantes que consiguen mitigar mis dudas. Leo con atención la historia de Tom King. Su edad y tantos años trabajando como boxeador profesional le han mermado la salud. Hace meses que no combate y su mujer y sus hijos están hambrientos. Camina despacio hacia el cuadrilátero. Si gana, podría pagar sus deudas y aún le quedaría algo; si pierde, no cobrará nada. London escribe: «Tom King había dejado todo lo que tenía [su familia y una habitación vacía] para hundirse en la noche y conseguir comida para su compañera y los cachorros, no como un obrero moderno que acude a la planta industrial, sino al antiguo modo primitivo y animal: luchando por ella».

Jack London fue marinero, vagabundo, buscador de oro, corresponsal de guerra y escritor. Al igual que ocurrió durante su intrincada vida, en sus narraciones la acción discurre repetidamente por los escenarios más insólitos: noches árticas, atolones tropicales, suburbios obreros, desolados paisajes nevados… Sus experiencias, añadidas a su encendida imaginación, le sirvieron para escribir textos con una intensidad que pocos autores han conseguido transmitir.

Mientras leo sus relatos el tiempo transcurre rápido. De pronto, los campos inabarcables de olivos son sustituidos por un paisaje urbano. El autobús está a punto de alcanzar Granada. Por encima de los edificios aparece la oscura silueta de las montañas de Sierra Nevada. Guardo el libro en la mochila y me entretengo identificando el nombre de las cimas más altas. Las he recorrido tantas veces que no me es difícil reconocerlas. Dentro de una semana cruzaré el Estrecho de Gibraltar en un barco, pero, hasta entonces, me quedaré en esta ciudad. Mi huida hacia el Norte de África comenzará aquí.

  1. disfruta de la experiencia, yo creo que me voy a agarrar a tus palabras y viajaré dentro de ellas.

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