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EL Atlas, la magia de las montañas bereberes

Hace un poco de frío y ascendemos por las sombras de la montaña camino de la cumbre más alta de Marruecos, el Toubkal, montaña que conozco perfectamente, pues esta será mi 24 ascensión.
Amo estas tierras, estas cumbres de color marrón eminentemente rocosas que en invierno se tiñen de blanco y son dominadas por el frío y los vientos.
Cada vez que miro hacia atrás veo la bonita sonrisa de Uli. Está feliz, es la primera vez que visita estas tierras y creo que también se está enamorando del Atlas.
Ascendemos por un camino estrecho y no siempre facil. Hacia los 3.600 metros de altitud los rayos de sol acarícian nuestras caras. Lo agradecemos.
Uli llega junto a mi, le doy un beso y ella me regala su sonrisa.
Escalamos un pequeño resalte y después nos dirigimos hacia la cresta de la derecha, donde nos esperan varias cumbres altas. Es el primer cuatro mil que hacemos juntos. Después vendrán algunos más.
La cresta final del Toubkal es facil, alcanzamos la cumbre y nos regalamos un abrazo. El día es perfecto. Hacia el sur vemos el desierto, soñamos…..
Destrepamos la Cresta Norte y aún tenemos tiempo para trepar hasta la cumbre de otras dos atalayas de casi 4.000 metros.
Volvemos al refugio, pasa la tarde y nos abraza la oscuridad de la noche. Junto a mi, Uli me mira, está contenta y sonrie, hoy hemos podido hacer una bonita actividad. Mañana será otro día…
La cresta del Ras es preciosa. Se trata de una ruta normal que, sin ser difícil, reune todos los requisitos de una bonita ascensión en altura.
Del Ras al Timezguida es un paseo con unas vistas bellísimas en todas las direcciones. Hace frío, nos regalamos un abrazo, una sonrisa y un beso.
Es hora de bajar, de deslizarse hacia el valle, de perder altura y ganar oxígeno. Hace tres días que ascendimos la primera cumbre, un bonito 2.000 cercano a Mzik, ese pueblo en el que he pasado tantos días de mi vida.
Descubrí la encantadora sonrisa de Uli en una calle de Barcelona, sonreí, abracé sus manos y juntos partimos hacia las montañas de más al sur. Marruecos nos regaló sus misterios y todo lo que allí se esconde. Vivimos siete jornadas hermosas, nos regalamos cumbres y sonrisas, cascadas de felicidad, y después recorrimos las calles de Marràkech, la Ciudad Roja, el tesoro del mundo musulmán.
Cada noche miramos las estrellas, las que llevan hacia el sur, y hasta allí nos dirigiremos un día……..

  1. Quién conoce una vez las montañas y las gentes del Atlas no las olvida nunca… y vuelve a menudo. Hay otras muchas por el mundo, pero ninguna como ellas.

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