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La montaña vuelve de las vacaciones

Termina el agosto y con el las aglomeraciones en la montaña.
La temporada estival decae al mismo tiempo que la montaña, poco a poco, recupera su tranquilidad, esa que muchos buscamos en ella.
Lo que diferencia un entorno natural a otro urbano es básicamente la presencia permanente del hombre, al margen del paisaje. De hecho, en mi opinión, no hay paisaje natural feo. Mientras los pequeños pueblos están integrados  en él, y con una población constante, todo se regenera y el cambio de paisaje lo marcan las estaciones. Pero si los saturamos de gente… Llega la destrucción, y se acumulan las marcas en la tierra.

La presencia humana en la montaña se podría comparar con la lluvia. Cierta presencia  resulta sostenible, e incluso beneficiosa  en los entornos rurales. Pero cuando esta  presencia se convierte en masa equivale a las lluvias torrenciales en zonas secas: Aunque haga falta lluvia, si está viene de golpe, provoca más destrucción que beneficios, y multiplica los devastadores efectos de una larga sequía. Así mismo, las masas en entornos de montaña, por tener estos una capacidad limitada de regeneración, provocan, entre otras muchas cosas (Erosión, basura…) que la tranquilidad y la necesidad de autosuficiencia para disfrutar de la montaña desaparezcan, como  lo hace la tierra de una zona devastada.

Y visto así, podría decirse que la soledad es el alma de la montaña, la esencia. Es lo que hace que nos sintamos vulnerables, que notemos la magnitud del entorno y la trascendencia de nuestros actos y decisiones. Las consecuencias de la falta de conocimiento o preparación en un entorno salvaje la pagaremos a menudo con dolor y sufrimiento. Y así, a mayores consecuencias por nuestros errores y decisiones, mayor será la aventura que podremos vivir. Más cerca estaremos de sentir esa esencia.
Por suerte-o por desgracia-según se mire, en Europa hay pocos lugares en donde un rescate realizado por profesionales no pueda tener lugar. Esto ha acercado la montaña a muchas mas personas, también ha contribuido a que los profesionales de la montaña podamos vivir en ella con más facilidad. Y por supuesto a que los pueblos más cercanos puedan sobrevivir al cambio  de los tiempos.También los avances tecnológicos y la información permiten que muchas personas se sientan capaces de visitar lugares hasta hace poco salvajes, sin señales en las sendas, sólo marcadas por animales, en donde la libertad se vivia con intensidad. Pero la mayor presencia de gente está influyendo inevitablemente, y de manera inversamente proporcional, en la calidad natural del entorno.
Como guía vivo cada temporada una lucha interna entre el amor que siento y transmito por la naturaleza y mi contribución directa a masificar los lugares más bonitos o populares y por ende, a que se pierdan buena parte de su belleza y encanto. Su esencia es espantada cada verano, a golpe de autobuses y ofertas multiaventura. 
Se vacían las grandes ciudades y con la gente se trasladan los problemas propios de estas al medio natural: Suciedad, contaminación acústica, colas, atascos, olor a desagüe en los pueblos…Los caminos se erosionan, la basura invade los lugares más visitados. Los gritos delatan la situación de los barrancos antes de que lo haga el agua. Y así, verano tras verano las cicatrices de las masas se hace más evidente. Es esta la montaña que buscamos?

…Y cada temporada me hago las mismas preguntas.
¿No sería posible que los guías, las personas relacionadas con el turismo de montaña y los visitantes de ciudad cambiaramos esta tendencia a modificar la montaña, sin dejar de disfrutarla?
¿Sería acaso posible si nos olvidamos de los nombres y las cifras, y nos centramos en buscar otros lugares menos conocidos?
¿Sería razonable que sacrifiquemos los lugares más espectaculares en pro de la conservación de otros que basan su atractivo en ser naturaleza auténtica? En este caso, corremos peligro de que cada vez más, la gente asuma que la montaña es así, como el parque de la ciudad, pero más grande, y se deje de valorar la montaña auténtica.

¿O tendríamos que hacer todos un esfuerzo por alargar la temporada y así diluir las masas en agosto?

Para todas las preguntas hay respuestas variadas. En mi caso, para reconciliar mis contradicciones, buscaré lugares con algún nombre que me cueste recordar, un lugar sin rastro de humanos, mejor sin caminos, pero sobre todo, sin masas, allí donde se encuentra la esencia de la montaña.