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Mujeres en peligro de expansión

  • Hace años escribía en esta misma revista, en su versión impresa, un artículo que titulé «Mujeres en peligro de expansión». En el contaba mis vivencias junto a la americana Aimee Aucoin en una vía del Capitán, por entonces considerada de las más difíciles en escalada artificial. Escribí sobre lo raro que resultaba ver a dos mujeres en una vía dura, y de cómo este simple hecho llamaba la atención hasta el punto de ser un evento seguido en el valle de Yosemite.

En la vía Aurora en el Capitán, que escale con Aimee Aucoin

Realmente no sabía hasta qué punto. Lo supe años después cuando charlando en la pradera del Capitán con el mítico Bridwell, este me mencionó el hecho de que dos mujeres hicieran Aurora años atrás. Lo cierto es que me hizo mucha ilusión que alguien como el, escalador pionero de talla mundial, (fallecido recientemente) recordara el evento con detalle, y yo, con orgullo le conté que fui yo, junto con Aimee quién me había aventurado en esa vía. En esta misma conversación hablamos de cómo la situación seguía siendo similar, pocas chicas se atreven, u organizan, o se ponen de acuerdo para escalar vías difíciles. Y sigue siendo noticia.
El título del artículo hacía referencia a una esperanza más que a un hecho.

Con Lizzy Scully y Nan Darkis, tras la 2a repetición de Inshallah, 1300 m., 7b, en Shipton Spire, 5850 m.,Pakistán, Karakorum

Siempre pensé que la igualdad avanzaba al ritmo de los tiempos, y que, por tanto, en pocos años, las mujeres íbamos a ser tantas en el mundo del alpinismo y la escalada que actividades como esta se valorarían por su dificultad, y no por el hecho de ser dos mujeres.
​Antes de Aurora, habia hecho ya 5 en El Capitán, y en todas había tenido una experiencia similar:

Con Roberta Nunes, quien falleció en 2006, después de abrir Hidrofilia (1620 m., 7a/A2) en el mayor acantilado del mundo, Groenlandia.

En todas escalé los largos que me tocaban de primera, por sorteo, a pie de vía. En ocasiones apurada, pasando miedo, subiendo el petate como correspondía, haciendo el mismo trabajo que mi compañero. Ninguna pega con quien escaló  conmigo. Fueron buenas experiencias, y me trataron siempre de igual a igual. Me siento bien compartiendo largos, decisiones e incertidumbres. Pero luego, cuando regresábamos al Campo 4 notaba como las felicitaciones iban dirigidas a mi compañero, y la pregunta de ¿Cómo es el largo duro? iba en todos los casos dirigida a él. No es que buscara reconocimiento, pero si lo tenía mi compañero, yo también me lo merecía. Incluso tenía que soportar que alguno preguntara si yo también tiraba. Yo me callaba, aunque cada compañero defendió mi trabajo ante las dudas. Pero mi interior bullía. El sentimiento de injusticia se convirtió en deseo por demostrar que la mujeres también podemos escalar paredes, y montañas, y lo que nos propongamos. Y que no hay por qué dudar de que podemos por sistema. Y la mejor manera de defender esta premisa, fue con los hechos.

Tercer día de pared, en Shipton Spire, Pakistán. La expedición provocó una gran expectación por ser la primera íntegramente femenina que visitaba el Glaciar de Trango.

​Esto me llevó a buscar una compañera para escalar algo motivador y difícil. Quería saber que pasaba, a quien le iban a preguntar por el largo duro. Necesitaba conectar con alguien que hubiera vivido las mismas situaciones que yo. Y así fue como conocí a Aimee, una fuerte escaladora americana, en una cafetería de Yosemite. Nos embarcamos en una vía, Aurora, durante 5 días, en las que todo salió tan bien, que en el artículo que escribí apenas tenía nada emocionante que contar sobre la escalada. Lo que marcó la diferencia fue como me sentí en la pared: En igualdad absoluta con ella, en armonía.
​Después de esta escalada, mi interés por demostrar mi valía ante los chicos decreció, al tiempo que crecía la motivación por conocer chicas como yo, que supieran lo que es tener la regla en la pared, lo que es llevar la mitad de tu peso en la espalda en los porteos, o que tengas que bajarte los pantalones para mear y enseñarle el culo a todo el valle varias veces al día. Lo cierto es que  los chicos con los que compartí escaladas, me apreciaron como escaladora, defendieron mi trabajo a medias y me demostraron que confiaban en mi como compañera de cordada. Aunque también me he encontrado quien ha escalado conmigo hasta que ha comprobado que lo que buscaba con él  era “solo” escalar, o quien ha dejado de escalar conmigo porque su nueva novia se ponía celosa, según su versión, claro.

Con Anna Torreta, tras escalar la cascada Nuit Blanche, en Chamonix, en lo que fue nuestra primera vía. Literalmente nos conocimos en la vertical.

 

Diferentes cartas, mismas metas.

Hombres y mujeres no tenemos las mismas cartas físicas al comenzar el juego- aunque con entrenamiento se pueden acercar- no obstante sería injusto para ellos y contraproducente para nuestro progreso y confianza si ellos hicieran más trabajo que nosotras al compartir una escalada. Pero la realidad es que somos diferentes -y estoy hablando en general- física y psicológicamente hablando. Escalando con chicas descubrí que me siento más en sincronía en la cordada que al hacerlo con ellos, aunque pueda nombrar tantos grandes compañeros de cordada hombres como mujeres. Y por esta razón continúe-y lo sigo haciendo- intentando conocer a todas las escaladoras de las que oí hablar.
​Así conocí a Lizzy Scully, Nan Darkis, Roberta Nunes, Katty Guzman, Míriam Marco, Elena de Castro, Ana Fuertes, Anna Torretta, Ixchel Foord… Con todas ellas he compartido viajes, expediciones y escaladas en medio mundo.

Con Ixchel Foord, en la aproximación a Kronnenberg, en Canadá

Y a todas las conocí en un aeropuerto, una pared o una cascada. En realidad, a pesar de que pueda parecer una locura, embarcarse en una vía de cinco días o un viaje a las antípodas de un mes, sin conocer a tu compañera de viaje, es un ejercicio de confianza que nació con la experiencia fantástica que tuve con Aimee. Y el caso es que me ha salido bien la mayoría de las veces. Es algo que rara vez haría un hombre, por lo fácil que resulta tener un amigo que escale. Las mujeres, si queremos compartir una actividad con otras mujeres, lo tendremos que hacer en algún momento. Así he ganado grandes amigas y compañeras de cordada en las que confió. Puede parecer una apuesta arriesgada, pero con la garantía de saber que la mujer que escala a medias habitualmente con hombres se curte físicamente y se acostumbra a dar todo lo que tiene, porque si no lo hace, se queda atrás rápidamente.

Con Ana Fuertes, de Huesca, y compañera habitual de escalada en roca, tomando aire en el ultimo largo del Zulu.

El hecho de atreverse a hacer un viaje o un gran pared con una desconocida también delata la naturaleza aventurera de todas, y la voluntad de llevarse bien. La satisfacción de lograr llevar a buen puerto una expedición con tantas incertidumbres es grande pero la certeza de que vamos a salir reforzadas pase lo que pase, inequivoca. Esta satisfacción es absoluta si, después de proyectar las imágenes de mi expedición, llego a saber que, inspirada por mi historia, alguna de las asistentes se anima a vivir su propia aventura.

Quizás  alguien más, que no lo sabía antes de mi charla, descubra que queremos formar parte, en igualdad de condiciones, sin que ser mujer sea lo principal que se aprecie de una cordada femenina. Y entienda que la igualdad no es alcanzar reconocimiento por ser mujer. Igualdad es comprensión y acercamiento sin segundas, es compartir proyectos serios, es dejarse de prejuicios,  de comentarios como “parece un tío” -si eres musculosa- o  ¿Vais solas?-si vas en cordada femenina. Y que nadie permita  el hecho de que alguien haga estos comentarios.

Anna Torreta, Ixchel Foord y yo en Turquía en Febrero. En Octubre iremos a Nepal a intentar la primera escalada de los Mugu Peaks en el Himalaya.

Es asumir, de antemano, que una cordada mixta comparte decisiones, méritos, trabajo y sufrimientos por igual. Es entender que las mujeres queremos tomar parte en el mundo de la montaña y el alpinismo al lado de los hombres, y no detrás. Que no es una excepción la que lidera, es lo normal como persona que quiere superarse. Es que haya mujeres en los departamentos técnicos de las Federaciones, que haya vendedoras y representantes entre las marcas de material de montaña. Que haya guías mujeres. Que las haya, como mínimo, en la misma proporción que estamos en la montaña. Que no tenga sentido promover el alpinismo femenino. Que el liderazgo no tenga género. Todo esto es igualdad.¿Que estamos mejor que en otros sitios? Por supuesto. Pero falta. Falta mucho. Y habrá que avanzar. Sumando entre nosotras, en mi opinión, es la mejor manera. De momento, a pesar de la esperanza que tuve ya hace casi 20 años cuando escribí este artículo, las mujeres en la montaña seguimos siendo todavía una especie en “peligro de expansión”.