en General

PESCADORES Y ESCALADORES

Siempre me enseñaron que la portada de un libro, de una revista, de un trabajo, debe contener aquello que es esencial en el estadio que trabaja el reclamo. Es una llamada a la atención de algo. En publicidad es la clave, en prensa es la llave o la puerta. Digamos que en ambas disciplinas lo que se trata es de que el mayor número de personas se fijen en una imagen, en un logo y por ahí venga lo demás. Desnivel acaba de publicar su numero en el que contiene un reportaje acerca de una increíble zona de acantilados en el Levante. La revista llevaba tiempo sin dar presencia a la escalada deportiva en sus portadas. Por esta razón y porque la portada que eligen es mía, me alegro. Sin embargo me alegra también comprobar que para los que contamos historias tanto a través de la pluma como de la imagen, la foto que ilustra la portada no puede estar mejor elegida. Un fotógrafo hubiera evitado la escalera que se ve en el plano medio de la imagen. Parece que estropea el conjunto, que le resta fuerza a la foto, que quita protagonismo a la escalada. Sin embargo sirve para narrar una historia de un lugar. Creo que no pocas personas se van a preguntar  ¿qué demonios hace esa escalera ahí?

Tras estar en estos acantilados unos días para poder hacer las fotos que ilustran este reportaje, viene la fase de ponerse a escribir. La historia de la escalada del lugar, la localización, los aspectos medioambientales, las vías, los locales…Hay que tocar todos los palos. Pero desde luego cuando buceé en documentarme sobre esa enorme escalera de hierro que cuelga al vacío, me sorprendí enormemente de la determinación humana. La cofradía de pescadores de la zona me llevó a la historia de los penyasegats. Algo así como zonas de pesca en pleno acantilado a las que se accedía por escalas o pasarelas. Son casi exclusivas de esta zona de acantilados levantinos. Recorrer las pocas que quedan te acercan a la determinación humana por conseguir algo. Son en la mayoría de los casos obras de ingeniería del bricolaje que rozan la locura. Maderas, alambres, cuerdas. Todo por conseguir un acceso por el acantilado a una pesquera o lugar querencioso de bancos de peces. Se pusieron de “moda” en las postrimeras de la guerra civil. La gente del interior, sin a penas recursos de subsistencia se trasladaba a la costa para poder pescar y de este modo conseguir alimento a la vez que un producto que alcanzara un precio alto con el que comerciar. El problema residía que la gente de tierra a dentro no tenían barcas o botes de pesca y menos dinero para adquirirlos. El ingenio de supervivencia hizo que alguien pensara que bajo los acantilados, allí donde las barcas se acercaban y fondeaban había un tesoro a recolectar. Sólo había que asomarse y pensar de que modo se podía bajar por las paredes rocosas…Hay que bajar y subir por alguno de estos penyasegats para comprender la dimensión del asunto. En este de Candelabros, que podría datar de 1950, la escalera metálica (enormemente pesada y a penas sujeta por unas estacas de hierro) salva un desplome de 25 metros y otra de madera permite bajar a una primera repisa a unos 15 metros. En total salva un vacío de casi 30 metros. Digamos que cuando uno llega allí la primera vez y echa las cuerdas para rapelar junto a ella masculla “no veas los pescadores”. Ya cuando estas rapelando dices “joder…” y cuando llegas a la repisa te preguntas y esta escalera para qué…No puede ser la gente viniera aquí a pescar. La verdad es que parece increíble.  Esta pesquera era famosa por los pulpos, rayas, dobladas, morenas y congrios. Su uso estaba restringido a las familias que inicialmente habían habilitado la zona. Digamos que era un coto privado. La senda que siguió el descubridor de la zona para la escalada – el inglés Rowland Edwards- era la dejada por los burros que acarreaban con el pescado una vez este era izado con espuertas desde la cueva en la que los pescadores se guarecían, guardaban los materiales y acumulaban el pescado de varios días de faena. Algo impresionante.

En fin es una bonita historia que rescata algo más de una España que vivió sus tiempos convulsos y que lleva la escalada a un rincón increíble.

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PESCADORES Y ESCALADORES

Siempre me enseñaron que la portada de un libro, de una revista, de un trabajo, debe contener aquello que es esencial en el estadio que trabaja el reclamo. Es una llamada a la atención de algo. En publicidad es la clave, en prensa es la llave o la puerta. Digamos que en ambas disciplinas lo que se trata es de que el mayor número de personas se fijen en una imagen, en un logo y por ahí venga lo demás. Desnivel acaba de publicar su numero en el que contiene un reportaje acerca de una increíble zona de acantilados en el Levante. La revista llevaba tiempo sin dar presencia a la escalada deportiva en sus portadas. Por esta razón y porque la portada que eligen es mía, me alegro. Sin embargo me alegra también comprobar que para los que contamos historias tanto a través de la pluma como de la imagen, la foto que ilustra la portada no puede estar mejor elegida. Un fotógrafo hubiera evitado la escalera que se ve en el plano medio de la imagen. Parece que estropea el conjunto, que le resta fuerza a la foto, que quita protagonismo a la escalada. Sin embargo sirve para narrar una historia de un lugar. Creo que no pocas personas se van a preguntar  ¿qué demonios hace esa escalera ahí?

Tras estar en estos acantilados unos días para poder hacer las fotos que ilustran este reportaje, viene la fase de ponerse a escribir. La historia de la escalada del lugar, la localización, los aspectos medioambientales, las vías, los locales…Hay que tocar todos los palos. Pero desde luego cuando buceé en documentarme sobre esa enorme escalera de hierro que cuelga al vacío, me sorprendí enormemente de la determinación humana. La cofradía de pescadores de la zona me llevó a la historia de los penyasegats. Algo así como zonas de pesca en pleno acantilado a las que se accedía por escalas o pasarelas. Son casi exclusivas de esta zona de acantilados levantinos. Recorrer las pocas que quedan te acercan a la determinación humana por conseguir algo. Son en la mayoría de los casos obras de ingeniería del bricolaje que rozan la locura. Maderas, alambres, cuerdas. Todo por conseguir un acceso por el acantilado a una pesquera o lugar querencioso de bancos de peces. Se pusieron de “moda” en las postrimeras de la guerra civil. La gente del interior, sin a penas recursos de subsistencia se trasladaba a la costa para poder pescar y de este modo conseguir alimento a la vez que un producto que alcanzara un precio alto con el que comerciar. El problema residía que la gente de tierra a dentro no tenían barcas o botes de pesca y menos dinero para adquirirlos. El ingenio de supervivencia hizo que alguien pensara que bajo los acantilados, allí donde las barcas se acercaban y fondeaban había un tesoro a recolectar. Sólo había que asomarse y pensar de que modo se podía bajar por las paredes rocosas…Hay que bajar y subir por alguno de estos penyasegats para comprender la dimensión del asunto. En este de Candelabros, que podría datar de 1950, la escalera metálica (enormemente pesada y a penas sujeta por unas estacas de hierro) salva un desplome de 25 metros y otra de madera permite bajar a una primera repisa a unos 15 metros. En total salva un vacío de casi 30 metros. Digamos que cuando uno llega allí la primera vez y echa las cuerdas para rapelar junto a ella masculla “no veas los pescadores”. Ya cuando estas rapelando dices “joder…” y cuando llegas a la repisa te preguntas y esta escalera para qué…No puede ser la gente viniera aquí a pescar. La verdad es que parece increíble.  Esta pesquera era famosa por los pulpos, rayas, dobladas, morenas y congrios. Su uso estaba restringido a las familias que inicialmente habían habilitado la zona. Digamos que era un coto privado. La senda que siguió el descubridor de la zona para la escalada – el inglés Rowland Edwards- era la dejada por los burros que acarreaban con el pescado una vez este era izado con espuertas desde la cueva en la que los pescadores se guarecían, guardaban los materiales y acumulaban el pescado de varios días de faena. Algo impresionante.

En fin es una bonita historia que rescata algo más de una España que vivió sus tiempos convulsos y que lleva la escalada a un rincón increíble.