en Montaña

Travesía circular: Bujaruelo — Sarradets — Ordesa (I)

Buscamos la roca más grande y que nos proteja del fuerte viento que baja desde el puerto. Limpiamos el entorno de ortigas con los piolets y montamos la tienda. Hasta nos permitirmos el lujo de lavarnos utilizando como plato de ducha una gran losa de piedra caliente que alivia los rigores del frío. Cocinamos pasta con vistas hacia el espléndido valle de Otal que tenemos enfrente y vemos desaparecer el sol tras la Tendeñera.

La noche se adueña del ambiente y ya estamos dentro de los sacos. La pluma nunca sobra en Pirineos y menos cuando estás por encima de los 2000 metros y bajo el aliento gélido de la nevera de los Marborés. El saludo de las marmotas hace tiempo que hemos dejado de escucharlo y Moss ocupa su espacio bajo el ábside mientras se recuesta sobre la pared de la tienda. Entre sus riñones y los de Lourdes tengo el hueco justo para disfrutar de mis sueños.

lugar: pirineo aragonés, valle del río ara, puerto de bujaruelo
fecha: finales de julio de 2010
distancia: 18 kilómetros
desnivel: 1350 metros
tiempo: 7 horas
meteo: despejado, fresco


Tras haber empleado los primeros días en salidas cortas y algo de turismo ((Recomiendo visitar la estación de Canfranc, un lugar impresionante sacado de otra época. También hicimos una visita rápida al festival de música Pirineos Sur)) vimos en el telediario que se acercaba un tiempo más estable. Era, pues, el momento de montar los armarios y adentrarnos en la montaña con el tiempo y la autonomía suficiente para disfrutarla en todas sus vertientes: en la noche, en el amanecer, en el frío y en la soledad. No tenía muy claro cuál iba a ser el resultado de la travesía porque tenía tramos sin enlazar — desconocidos por completo para mí — pero con Lourdes y Moss eso no suele ser problema: tiran para adelante y no les tiembla el pulso. Así da gusto.


Preparados para salir

Dejamos el coche justo enfrente de la ermita de San Antón en un pequeño aparcamiento ((Soy consciente de que los que conocéis el parque y la zona de Ordesa os preguntaréis por qué salimos desde tan abajo. El tema es que cuando viajas con un chucho las cosas cambian y asuntos tan sencillos como montar en un autobús se vuelven un desafío imposible.)). De ahí cogemos un camino conocido como la senda de los Fabatons ((Esto tendrá que ver con las habas… ¿verdad?)) que nos acerca al puente de los Navarros ya metidos entre hayas y con el ensordecedor ruido del Ara rompiendo contras las rocas. Hace un día azul, sin viento, tranquilo y sorteamos helechos y ramas de boj mientras avanzamos por un camino muy poco transitado.


La fuerza del río Ara

Al llegar al puente de los Navarros pasamos por el control del Parque y cogemos la pista hacia Bujaruelo. Nos toca hacer unos kilómetros por la pista que tiene algo de tráfico. Por suerte pega sombra y hace fresquito así que lo llevamos bien. En el puente de Santa Elena dejamos las anchuras y nos adentramos en el hayedo por la margen izquierda del río. Se nos hará casi mediodía por este camino y apenas nos enteraremos ya que no entra la luz. Una senda muy recomendable si se quiere caminar en soledad hacia el magnífico entorno del puente de Bujaruelo donde nos comemos el bocadillo.


Magníficas las hayas


Un prado antes de llegar a San Nicolás

Tras reponer fuerzas y quitarnos un mínimo de peso toca sudar y remontar hacia el puerto de Bujaruelo por el barranco de Lapazosa. Este sí que es un camino muy trillado y nos vamos cruzando con la gente que desciende desde la zona francesa. La tarde sigue siendo buena, fresca y sin apenas viento, pero nada más tener vistas del collado final vemos entrar algunas nubes desde la zona de Gavarnie. No cesarán de amenazarnos durante todos los días de la travesía.


Desprendimientos en el ascenso al puerto de Bujaruelo

Sobrepasamos el refugio de ERZ — creo que lo utilizaron para levantar y mantener la línea de alta tensión que sube hacia el puerto de Lapazosa — y nos encontramos con unas campas muy llanas, verdes, con múltiples arroyuelos y repletas de madrigueras de marmotas. No pensamos encontrar nada mejor en el lado francés y, previendo además una normativa más dura y exigente al otro lado de la frontera ((Esto fue un acierto: nada más llegar al día siguiente al puerto vimos un cartel donde se prohibía todo, hasta mear. Curiosamente sí estaba permitido llegar en coche hasta ahí mismo utilizando una carretera.)), preferimos acomodarnos en este pequeño paraíso.


Con el campamento montado

Buscamos la roca más grande y que nos proteja del fuerte viento que baja desde el puerto. Limpiamos el entorno de ortigas con los piolets y montamos la tienda. Hasta nos permitirmos el lujo de lavarnos utilizando como plato de ducha una gran losa de piedra caliente que alivia los rigores del frío. Cocinamos pasta con vistas hacia el espléndido valle de Otal que tenemos enfrente y vemos desaparecer el sol tras la Tendeñera.


Viento frío


Atardecer mirando hacia el Pico de Otal

La noche se adueña del ambiente y ya estamos dentro de los sacos. La pluma nunca sobra en Pirineos y menos cuando estás por encima de los 2000 metros y bajo el aliento gélido de la nevera de los Marborés. El saludo de las marmotas hace tiempo que hemos dejado de escucharlo y Moss ocupa su espacio bajo el ábside mientras se recuesta sobre la pared de la tienda. Entre sus riñones y los de Lourdes tengo el hueco justo para disfrutar de mis sueños.